Skip to main content

Full text of "Cronica De La Reja"

See other formats


DE LA REJA 

POR 

JUSTINO imKlk MÜNIZ 



CRABADOS EN MADERA 
DE ADOLFO PASTOR 


^ nONTEViDEO 

IMPRESORA DRUGVAYA S. A. 

loso 










JISTINO ZAVALA MINIZ 


CRÓNICA 

DE LA REJA 



CRABADOS EN MADERA 
DE ADOLFO PASTOR 


c.íohJ^'^- 


liONTEVIDEO 

IMPRESORA URUCVAYA S. A. 

1Q30 








DE ESTA OBRA SE HAN IMPRESO 
1500 EJEMPLARES EN PAPEL VERGÉ 
“aNTIQÜÉ”, NUMERADOS DEL 1 AL 
1500 , Y 150 EJEMPLARES FUERA DE 
COMERCIO, NUMERADOS DEL 

1501 AL 1650 



>ÍV 0185 


ES PROPIEDAD 

Reservados todos los derechos de reproducción y adaptación 

1930 

Copyright by “Impresora Uruguaya”, S. A. 

Cerrito esq. Juncal - Montevideo 



Para María Elena y nuestro 
hijo, este libro aprendido 
en noble memoria. 

EL AUTOR 










CAPÍTULO I 


F rente a la plaza desierta, en la mañana luminosa, Ricar¬ 
do hacía largo rato que se paseaba inquieto, cuando des¬ 
de el cuartel le llegaron los ecos de la diana. La nerviosi¬ 
dad del viaje que había de emprender apenas si le permitió dor¬ 
mir durante la noche, y cuando el pueblo despertó en el canto 
de los gallos, saltó presuroso del lecho para abrir la ventana por 
la cual, con los primeros rayos del sol, llegó una ráfaga de aire 
fresco que borró de su rostro toda huella de somnolencia. 

Desierta estaba la calle; dormitando apoyado en el poste 
de la esquina, el guardia-civil conservaba aún la noche en el 
rostro, cuando ya el sol brillaba sobre los naranjos. 

Ricardo sentía en el cuerpo la frescura de la mañana. Pa¬ 
seándose en espera de la diligencia, se sentía compenetrado con 
la ingenuidad de aquella mañana de su pueblo, fijándose como 
por vez primera en las filas de casas que se extendían, chatas 
y descoloridas, sobre las calles rectas y angostas que iban a 
morir al pié de las colinas de naranjos o a las márgenes del 
arroyo; en el laurel cubierto de flores róseas que se alzaba 
frente a la puerta de su casa y en cuyas ramas saltaban, llamán¬ 
dose, los chingólos. 

La calle se animaba por instantes. Comenzaban a abrirse 
las puertas, y en los zaguanes asomaban las criadas en espera 
de los lecheros que se veían llegar al precipitado trote de los 
caballos. 

Alto sobre la colina, el sol estiraba la luz sobre los pastos 
húmedos, hasta iluminar el rostro de Ricardo, 

Éste sentía un extraño deseo de saltar como los chin¬ 
gólos que bajaban a picotear junto a sus pies, y le inquietaba 
ya la tardanza de la jardinera en que había de emprender aquel 
viaje para ir a trabajar a un comercio de Laguna del Negro. 


13 



JUSTINO ZAVALA MÜN1Z 


Huérfano desde niño, y sin que sus hermanas tuvieran 
otro medio de hacer su porvenir, le era preciso marchar al 
campo en calidad de empleado cuando aún no había terminado 
la adolescencia. El había oído contar que en la soledad de los 
campos moraban hombres de costumbres extrañas y cuyas vidas 
en nada se parecían a las de las tranquilas gentes de su pueblo. 

En la mañana diáfana recordaba la visión de aquellos 
jinetes que entraron cuando la guerra ennegreciendo las casas 
con el barro que en las calles chapoteaban los caballos, hasta 
detenerse y formar círculo en la plaza donde un caudillo les 
habló de la lucha. Aún conservaba el recuerdo de los rostros 
cetrinos, de bigote hirsuto y con la perilla lacia y dura, de 
aquellos gauchos que se decían venidos de Treinta y Tres. 

i Oh, los «gauchos cruz»! | Cómo fueron su asombro de 
niño, con sus arreos de guerra; las botas de potro; los sombre¬ 
ros cuyas copas casi cubrían las divisas blancas, y la expresión 
sombría! Entre gente como ésa iba él a vivir; quién sabe por 
cuánto tiempo abandonaría las ruedas amigas bajo los naranjos 
en las noches calladas del pueblo, para estarse perdido en la 
abierta extensión que se ofrecía a sus ojos, más allá de la línea 
montuosa del Conventos que ahora miraba. 

—¿Ya tienes todo pronto, Ricardo?—dijo una doncella 
que asomó en la puerta. 

—Sí, Elisa. Espero a Felipe, que está demorando. 

Y los hermanos se empezaron a pasear, mientras Elisa 
abrumaba al joven de recomendaciones a las que él contestaba 
invariablemente con un sí nervioso. 


Acomodóse Ricardo junto al conductor; chasqueó el látigo 
de éste sobre los caballos, y avanzó la descolorida jardinera 
por la calle del pueblo en la cual Felipe saludaba a los vecinos 
madrugadores que se paseaban sorbiendo el mate, mientras el 
sol alargaba sus sombras sobre las aceras de las cuales preten¬ 
dían barrerlas las afanosas escobas de las sirvientas. 

Las seis de aquella mañana de verano marcaban las agujas 
del reloj de la capilla, cuando el coche dejó a su espalda la 
Plaza Nueva y avanzó hacia la amplia calle que daba al Paso. 


14 



CRONICA DE LA REJA 


El ambiente y los hombres, tenían un acento inédito para el 
espíritu de Ricardo, entonces. 

Y su atención iba desde las ancas húmedas de los caballos, 
hasta las casitas que se extendían cerrando las calles del barrio 
de Sancti-Spíritu y de las cuales sentía al pasar el golpeteo de 
los martillos sobre los yunques o el chillido áspero de las sierras 
de los carpinteros; o acompañaba a Felipe en el saludo a los 
vascos pobladores del barrio y que entonces se paseaban en las 
aceras, ingenuos como la hora, sus rostros. 

Bien pronto cruzaron el paso del Conventos y dejaron a sus 
espaldas las últimas casas de Meló. 

En vano era que el conductor pretendiese interesarlo con 
la historia de los rocines o evocaciones de pasadas peripecias 
en aquel viaje que realizaba todas las semanas; él estaba absorto 
en la contemplación del paisaje. Frente a sus ojos el arenoso 
Camino Nacional era una cinta grisácea extendida en el verde 
de los campos; soledad uniforme sólo alterada por la gracia 
de una loma interrumpiendo el paisaje, o un ombú cuyas ramas 
apenas se alzaban en la cuchilla. 

Desde allí venía una brisa fresca que inundaba sus pulmo¬ 
nes, mientras su vista espaciábase en las praderas envueltas 
en luz. 

A medida que avanzaban en la marcha, Ricardo comenzó 
a sentirse solo, y por primera vez desde que pensó en aquel 
viaje, se acongojó por la vida dejada en el pueblo cuyos techos 
veía relucir ahora, a la distancia, cuando volvieron un recodo 
del camino. 

En aquél amontonamiento de casas había transcurrido su 
infancia. Ahora veía con claridad elevarse en la diafanidad del 
cielo, la aguja de la capilla; más allá, bajando al Conventos, 
parecían más limpios los ranchos de la Cuchilla de las Flores; 
frente a la iglesia, cuyos ventanales brillaban al sol, estaba su 
hogar; y al fondo, envolviendo el caserío, las colinas cubiertas 
de naranjos. 

Así, pequeño y como ahogado por los campos que lo inva¬ 
dían por todas las calles, era Meló, el pueblo en cuyos horizon¬ 
tes se perdieron sus sueños del mundo desconocido. 

A medida que avanzaban en el viaje sentía pesar sobre 


15 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


su espíritu la soledad de los campos; y el espectáculo que tanto 
le sorprendiera en un principio, comenzó a tornarse monótono 
y a fatigar su vista fija en las afiladas cuchillas de la lejanía. 

Subían penosamente los caballos el Cerro de los Manan¬ 
tiales, cuando Felipe interrumpió las voces de aliento dirigidas 
a los rocines desde que empezaron a subir la cuesta, para seña¬ 
lar a su compañero la loma sobre la cual, semejante a un 
quitasol, un arbolito se alzaba solitario. 

—Al lao de aquel árbol—comenzó a decir—estuvo en otro 
tiempo el rancho del capitán Virgilio. 

Y con breves interrupciones para chupar el cigarro o alen¬ 
tar a los caballos, contó este episodio: 

—A poco de terminar la de Aparicio, allá por el 72, el 
capitán Virgilio pobló en esa cuchilla y trajo al rancho a su 
reciente esposa. Nadie le conocía enemigos. Pequeño caudillo 
del lugar, su nombre apenas si fué conocido por gentes de otras 
comarcas, cuando le encontraron mandando a los suyos en el 
combate. 

Gozaba fama de hombre piadoso cuyo puñal jamás se había 
manchado con la sangre de un caído en la lucha. 

Una madrugada de invierno, cuando la niebla apenas si 
dejaba ver en los patios en los cuales silbaba el viento, voces 
oídas en la puerta de su rancho, hiciéronle salir en recibimiento 
de sus huéspedes que decían ser gente de paz. 

Desde su lecho sintió la criolla las voces apagadas de los 
hombres, que fuéronse perdiendo hasta dejarse de oir, como 
si se alejaran hacia el bosquecillo de mimbres que hay en el bajo, 

I Quiénes eran aquellos desconocidos que sin protegerse del 
frío de la madrugada, volvían al campo con su esposo? ¿Por 
qué, si eran gente de paz, no se quedaron al abrigo del galpón 
donde su hombre pudiera ofrecerles hospitalidad? 

Atormentábase con tales preguntas la inquieta mujer, cuan¬ 
do presa de zozobra por lo extraño del suceso, y sin saber a 
punto fijo la razón de sus voces, salió a los patios buscando 
a su hombre en la penumbra. 

Por algún tiempo sólo los ecos de sus voces, perdiéndose 
en el silencio de la hora, respondieron a la angustiada esposa. 


16 













































JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


En su desesperación, corrió hacia los campos, haciendo levan¬ 
tarse a las lecheras que rumiaban junto a los corrales. 

—¡Virgilio!, ¿dónde estás? ¿No me oyes... ? 

Repetía con espanto de saber la verdad que presentía la 
infeliz, que anhelaba hendir con la vista la niebla en que se 
había perdido el esposo. 

Mas las sombras sólo un silencio trágico dábanle por res¬ 
puesta. 

El sordo golpear de los cascos de un caballo le indicó ya 
muy cercana la llegada de alguien, cuando vió surgir la confusa 
silueta de un jinete en cuya mano balanceábase un bulto. 

La mujer y el hombre se miraron un instante en silencio. 

—¿Dónde está Virgilio? — musitó la criolla, con temblor 
de miedo. 

Y el desconocido, al tiempo que hacía rodar por tierra el 
pequeño bulto que trajera en la mano, díjole: 

—Ahí está la cabeza; lo demás lo están picando los otros 
en el bajo. 

Cuando el frío de la mañana volvió la sensibilidad a la 
mujer, hallóse tendida junto al corral, y a sus pies, trágica y 
sangrante, la cabeza de su hombre. 

—¿Y los asesinos, qué fué de ellos?—interrogó Ricardo 
ansiosamente. 

—Nadie pudo saber quiénes eran. Es fácil apartarse de 
los caminos, cruzar los campos abiertos y no dejar güeyas. 
Pero dicen—agregó Felipe—que en algunas noches de invierno, 
anda rondando en la cuchilla el alma del capitán Virgilio. 

Y el conductor volvió a ocuparse de sus caballos, mien¬ 
tras el joven observaba con asombro aquellos campos por los 
cuales ya no sentía deseos de correr a su antojo, cuando al 
pasar junto a una tropilla que pacía a la vera del camino, 
veía salir de ella un potro de enarcada cola, nervioso galopar, 
huir relinchante por las lomas. 

Rojizo y sudoroso el rostro por el calor del mediodía que 
se acercaba, Felipe continuaba en su charla incesante sin lograr 
interesar en ella a su compañero de viaje. 

La desvencijada jardinera adelantaba camino dejando a 
su paso, ahora una cañada que ofrecía a la vista la verde 


18 



CRONICA DE LA REJA 


humedad de sus gramillas; luego un pajonal del que se elevaron 
en sereno vuelo las garzas sorprendidas; después una serranía 
sobre la cual reflejábase, escintilando, la luz; desierto todo, 
como si aquel camino llevara a una región de olvido de toda 
vida humana. 

Cruzaron llanos; detuviéronse a la sombra de los mimbres 
de Laguna del Negro, y volvieron a continuar la marcha su¬ 
biendo hacia la Cuchilla Grande, mientras en las ancas sudo¬ 
rosas de los caballos brillaba el alto sol. 

Ricardo advertía una callada hostilidad en aquellos campos 
extendidos en la luz de la mañana, por los cuales se veían los 
lentos ganados descender las cuestas que daban a los arroyos, 
y las majadas temblorosas de sol, avanzar en busca de una 
sombra donde esconder la cabeza. 

Todo era mudez en torno; sólo los teru-terus y las lechuzas 
dejaban oir sus voces cuando la jardinera les hacía volar del 
camino. 

A la distancia, de legua en legua, unos ranchos y el ombú, 
eran los únicos signos de que moraban hombres en la verde 
inmensidad. Y así se sucedían las lomas, siempre idénticas en 
sus suaves ondulaciones, sin que un sólo jinete se divisara 
sobre aquellos campos en los que tampoco veíanse brillar las 
rejas de los arados sobre los huertos. 

Subían por un sendero rojizo cuando Felipe golpeó la 
rodilla de Ricardo, para dirigir su atención hacia un rancho 
a punto de tenderse en la ladera, a corta distancia del camino. 

—¿Ves ese rancho y el paraíso del patio? Pues ahí vivió 
y murió Ña Tomasa. 

—¿Quién era Ña Tomasa? 

—Una vieja, bruja y borracha, que echaba maldiciones y 
curaba maldeojos, y que al último la mató el hijo. A él ya 
lo vas a conocer en la reja y te van a hacer el cuento de su 
vida. Pero sacate el sombrero, pues no está demás saludar a 
los dijuntos. 

Y los dos se descubrieron en silencio. 

Volvió Felipe a reanudar el diálogo, mas lo fué para 
indicar a su compañero el caserío que coronaba la cuchilla 
por la cual ascendían bajo las sombras de una fila de eücaliptus. 


19 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Allí era el término del viaje. Rodeado por algunos paraísos 
y una acacia levantábase el pesado edificio a cuyo frente, en 
el fondo de dos arcos, se veía una reja. 

Ladraron los perros al sentir el ruido de la jardinera 
acercándose; pero bien pronto acallaron los ladridos al reco¬ 
nocer la voz de Felipe llamándolos por sus nombres. 

—Estamos; — dijo el conductor estirándose contra el res¬ 
paldo del asiento. 

La puerta del negocio se hallaba entornada; todo parecía 
en silencio. Bajáronse los viajeros y Felipe delante, penetraron 
en la pulpería. En un rincón de la pieza, en mangas de camisa 
y desbruzado sobre el mostrador, dormitaba un hombre de 
cabeza cana. 

—i Eh, Don Manuel!—gritó el conductor a su oído, mien¬ 
tras conmovía el mostrador de un puñetazo.—Aquí está el 
muchacho. Eche una ginebra grande que hace un sol capaz de 
partir los sesos. Muevasé, Don Manuel, pues todavía tengo 
que ir a almorzar en la otra posta. 

Y el locuaz conductor continuó dando órdenes y haciendo 
comentarios sobre los caminos y el tiempo, mientras el sor¬ 
prendido Don Manuel y Ricardo dábanse las manos. 

Ya está el joven en su nueva vida. 

A la puerta del comercio aún mira alejarse en medio del 
polvo que levanta, mísera bajo el sol, la descolorida jardinera 
en la que Felipe continúa hablando a sus rocines a falta de 
mejor compañía. 


20 



CAPÍTULO II 


E n el verano del año 8o, cuando Ricardo llegó a la pulpería 
de Laguna del Negro, la región permanecía en paz des¬ 
pués de haber visto pasar tantas guerras desde los años 
de lucha contra los españoles, hasta el 75, en que fracasó la Re¬ 
volución Tricolor. 

Sobre el Camino Nacional, en una de las más altas cum¬ 
bres del contorno; pesado y extraño; singular trasplante de una 
arquitectura medioeval, se elevaba el edificio construido por 
Don Zenón para morada suya y asiento de la pulpería que 
ocupaba la parte este y mirando al camino en dirección a 
Meló. ' 

Los habitantes de la comarca dábanse allí cita cuando los 
días de fiesta, que se pasaban bajo la sombra de los paraísos 
junto a las canchas de taba; protegidos bajo los arcos de la reja 
cuando en los días de lluvia un payador hacía pasar inadver¬ 
tidas las horas, o rodeando la carpeta en que se jugaban las 
haciendas, en tanto que algún veterano contaba por centésima 
vez aquella carga de lanza cuando el Sauce, o la hazaña del 
caudillo comarcano, que él pudo ver mejor que nadie. 

Del Tacuarí, cuyos montes se ven serpentear en las hondo¬ 
nadas del sur antes de llegar al horizonte cerrado por el Cerro- 
Largo; de Bañado de Medina, sobre cuyas llanuras levántase, 
único, el cerro en cuya cumbre blanqueaba la estancia del cau¬ 
dillo Marcos Ramírez; del Frayle Muerto, a cuyas espaldas 
ábrese gigantesca y azul la puerta que simulan en el horizonte 
los Cerros de las Cuentas, y de la Cuchilla Grande desde donde 
el sol, al ponerse, envía sus rayos que hacen aún más intenso 
el rojo del camino, acudían los gauchos a la Azotea de Don 
Zenón, porque allí estaban seguros de encontrar a sus caudillos; 
al payador más renombrado del lugar y a la rueda de aparceros 


21 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


con quienes jugarse a la taba los escasos ahorros, al tiempo 
que sabrían de la próxima carrera en épocas de paz, o de las 
actitudes del caudillo cuando comenzaban los rumores de una 
nueva patriada. 

Centro de reunión de los criollos del lugar, era así mismo 
la Azotea escenario obligado del forastero que pretendiese ave¬ 
cindarse en la comarca. 

Payador o matrero; hombre en desgracia en busca de la 
protección amistosa de los paisanos para ocultar el recuerdo 
de una tarde de pulpería en que hubo de empuñar el facón 
por defender su altivez; pendenciero en procura de nuevos cam¬ 
pos para sus hazañas cuya fama fué sembrando en las reuniones 
de las rejas, o jugador de oficio, ¿cuál de ellos llegaría al pago 
sin detener su caballo bajo los paraísos de la Azotea? 

Don Zenón sabía, desde las bromas que Don Frutos dió 
a los «gallegos», y Urquiza a los paisanos que pretendieron 
requerir de amores a su china cuando de sus manos recibían 
el mate, hasta las hazañas de Tomás Moreira, El Clinudo y El 
Largo, tal como podía gloriarse de ser de los únicos que cono¬ 
cieron las mocedades de Justino Muniz. 

Tanto como era de popular su Azotea, lo era el propio 
Don Zenón a quien los gauchos respetaban por su bonhomía 
y honradez. 

Criollo de otros pagos, largos años iban ya que él moraba 
en la comarca, siendo su mansedumbre y vida laboriosa, la 
nota extraña en aquel ambiente donde las gramillas llegaban 
hasta ahogar en los patios los jardines de flores silvestres. 

Extraño como su morada era el paisano que había sor¬ 
prendido a la comarca con sus huertas florecidas; con las copas 
rosadas de los durazneros en flor agrupados junto a los ma¬ 
nantiales, y el verde sombrío de los naranjos cuyos azahares 
cubrían los senderos de la cuesta. 

En medio de aquella sociedad bravia, en cuyos ranchos 
se guardaban los arreos de la última campaña, prontos para 
la que siempre se esperaba, en aquel ambiente donde el facón 
y el valor daban primacía y honra, Don Zenón era el hombre 
de paz, bondadoso y decidor, a quien nadie pensó en llevar a 


22 



CRONICA DE LA REJA 


una patriada, a pesar del pañuelo blanco que lucía en el cuello 
como símbolo de sus amores partidistas. 

En su alma no cabían rencores, y siempre fué su palabra 
oída cuando en la reja los gauchos echaron mano a los puñales 
para dirimir viejos pleitos de hombría. 

Como su casa; como el trozo de camino sombreado por 
los eucaliptus de la cuchilla, él era una nota característica del 
pago, apareciendo con su barba ya blanca, pesado el andar de 
su cuerpo; reposada y picaresca la charla, cuando por el camino 
adelantaba el polvo de la diligencia o frente a la pulpería dete¬ 
níanse a desuncir las carretas al caer de las tardes. 

Tal como sirve de punto de referencia en los abiertos 
campos el blanco caserío de una estancia o el grupo de ombúes 
de una tapera, así él soñaba con que en los tiempos después 
de su muerte, dijeran los viajeros al señalar la ruta recorrida: 
Pasé por la Azotea de Don Zenón. 

A pesar de sus condiciones de hombre de paz, jamás se ce¬ 
baron en su persona las burlas de los paisanos, tal como ocurría 
con el pulpero Don Manuel, objeto de burla y escarnio cuando 
las ginebras quitaban la razón a los reunidos en la reja. 

Y no era porque aquél no tuviese en su vida un aspecto 
ridículo bien fácil de observar. Pues Don Zenón de tal modo 
perdía el seso viendo unas faldas, que su historia estaba llena 
de incidentes pintorescos de conquistador frustrado. 

Mas los gauchos, en su tímido respeto por la mujer des¬ 
conocida, jamás pararon mientes en tales desventuras del labo¬ 
rioso morador de la Azotea. Y hasta este episodio, de todos 
conocido, terminó por olvidarse de las conversaciones, produ¬ 
ciéndose en torno de él el piadoso silencio de los gauchos. 

Sabíase que en sus mocedades, cuando Don Zenón iba de 
carrera en carrera ofreciendo al numeroso concurso allí reunido 
los frutos de su quinta, una humilde muchacha del Tacuarí, 
hija de un guerrero de Don Frutos, era requerida de amores 
por el paisanito. 

Camino de la rinconada que el río forma entre las sierras 
cercanas al Cerro-Largo; donde el rancho del guerrero se perdía 
entre los precipicios en que los lagartos salen a bañarse al sol 
sobre las piedras a las que apenas tocan las hojas de las palmas 



23 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


nacidas en lo hondo de las quebradas, veían los paisanos cruzar 
en las mañanas del domingo al mozo que, a la sombra de los 
sauces crecidos junto a la corriente, o bajo los higuerones 
agrupados en torno del rancho, ofrecía sus amores a la mu¬ 
chacha. 

No estaba allí la madre para que su mirada celosa defen¬ 
diese a la joven de los arrestos de Zenón; y ésta, olvidada 
por el guerrero que confiaba en la mansedumbre del enamorado, 
pasábase las tardes corriendo en procura de camoatíes o nidos 
en el arroyo, hasta que el sol comenzaba a tenderse sobre los 
pajonales del bañado. 

Pasaron los meses idílicos, hasta que una tarde Zenón 
anunció, entre el pintoresco comentario de la reja de la pulpería, 
que su rancho tendría dueña dentro de breve. La paisanita del 
Tacuarí le había esperado el último domingo, con la faz llorosa 
para anunciarle que de aquellos paseos junto al arroyo, bajo 
los sauces y las palmas, sentía en su vientre agitarse una vida 
en germen. Y Zenón, enternecido, quitó al viejo guerrero de 
la rinconada del Tacuarí la alegría de la muchacha para llevarla 
a ser dueña de su rancho de Laguna del Negro. 

Hasta aquí, nada de extraño tenía para los de la región, 
la aventura del mozo. ¿Quién, de todos los de la reja, no 
tenía que contar el mismo romance con idénticos idilios bajo 
los sauces, a la vera de los manantiales o a la luz de la luna? 

Pero he aquí que, próximo a tener en sus brazos el fruto 
de aquel romance vivido entre las asperezas de las sierras, supo 
Zenón que cuando él se perdía en la última cuchilla del hori¬ 
zonte, otro gaucho que moraba en la falda de los cerros llegᬠ
base hasta la ventana que la muchacha dejaba abierta en su 
espera. 

Murió sin haber vivido más que breves días aquel niño 
que era un escarnio para el rancho de Zenón, y a poco dejó 
también de alegrar los patios la silueta nerviosa de la madre, 
muerta de extraño mal, contra el que nada pudieron los embru¬ 
jos de Ña Tomasa. 

Tal era la triste aventura de sus mocedades, que todos los 
gauchos sabían de Don Zenón, quien conservó siempre para 


24 







JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


la joven cuya cruz cubrían de azahares los naranjos de la loma, 
un piadoso recuerdo. 

Fué la honrada mano suya, la primera que estrechó Ricar¬ 
do aquella mañana azul de verano, cuando los dos caminaban 
hablando como viejos amigos, hacia el corral del que comen¬ 
zaban a salir las vacas cuyos hijos impedíanles marchar, al 
pretender chupar las ubres exhaustas. 

—Pues sí, amigazo; decía Don Zenón, avanzando entre las 
lentas vacas. Los hombres de por aquí, son güeña gente. La 
cuestión es entenderlos. A veces, — ¿ compriende ?, — cái algún 
malevo; pero ése es de otros pagos. El pulpero lo que tiene 
que hacer, es no meterse en asuntos ajenos. Usté vé: yo van 
pa muchos años que estoy aquí, y entoavía no he tenido cues¬ 
tión con naides. Los criollos hacen guerras; se pelean entre 
ellos; pero si usté se ocupa de su trabajo, no lo molestan 
pa nada. ¿Quiere dar una güelta por la qiüntita? 

La diafanidad de la mañana, cuya frescura llegaba hasta 
las narices de Ricardo desde los pastos aún húmedos por el 
rocío, tanto como de los naranjos que descendían poblando 
la cuesta; el cielo azul, con grandes nubes enrojecidas por 
el sol que en las quebradas perseguía a las temblorosas nube- 
cillas de la cerrazón aún flotando sobre las carquejas; quietos 
y dispersos los ganados sobre las lomas, y en la cuchilla próxi¬ 
ma un jinete viajando sobre las ondulaciones del camino, 
ponían en el espíritu de Ricardo deseos de andar, atento a lo 
que entonces narraba con voz reposada su bondadoso amigo. 

Costumbres; modos de vivir; hechos de guerra o sucesos 
en la reja, iba contando el viejo paisano entre aventuras amo¬ 
rosas y cuentos burlescos. 

A medida que su amigo le hacía conocer el espíritu de 
la sociedad en la cual iba a vivir, Ricardo menos se explicaba 
el asombro de espanto que le produjo el cuento del mayoral. 
Ahora, él mismo iba adquiriendo la tranquilidad de sus narra¬ 
dores al pensar en la vida del campo. 

¡Ruda lucha aquella, si decían verdad sus glosadores! 

No obstante, en la frescura del ambiente, andando bajo 
los naranjos sobre la tierra manchada a cada paso por el sol 
caído a través de las hojas, se complacía oyendo a Don Zenón. 


26 



CRONICA DE LA REJA 


—Güen día, viejo;—dijo deteniéndose junto al alambrado, 
el jinete que vieran venir sobre la cuchilla. 

—¿Cómo le va diendo, Martín?;—preguntó afectuoso Don 
Zenón al tiempo de extender la mano al recién llegado. 

Era éste un tipo débil, de ojos vivaces, de escaso bigote 
bajo el cual sobresalían los labios carnosos; duro el gesto y 
altanera la voz. 

Ricardo sintió una súbita repugnancia hacia aquel indio 
cuyas piernas colgaban flácidas, sobre las costillas del petizo 
overo que montaba. Entre ellos no hubo más que una mirada 
de mutua desconfianza; pero Ricardo creyó ver en los labios 
del otro un gesto de insulto cuando le miró al despedirse. 

Y Don Zenón le contó su historia. 

En aquel rancho casi tendido sobre la cuchilla, el mismo 
que le indicó Felipe, vivían Martín y su madre, a quien todos 
conocían por el nombre familiar de Ña Tomasa. 

Habían llegado al pago huyendo del paisano a quien Ña 
Tomasa olvidó por el pardo jugador que la acompañaba. 
Martín era ya casi un hombre cuando su madre fuése en se¬ 
guimiento del pardo, y él también prefirió hacer traición al 
gaucho infeliz que dejaron olvidado en una rinconada del Río 
Negro. 

Altanero y borracho, no tardó el pardo en armar penden¬ 
cia junto a una carpeta con un gaucho que, sin darle tiempo 
para desviarse, le deshizo la frente de un trabucazo. 

Ña Tomasa y su hijo continuaron viviendo en el rancho, 
al que dejaban solo de continuo; una, para ir a vencer a la 
criolla atacada de mal de ojo o de feitizo; y el otro, para 
pasarse en las pulperías las tardes junto a las rejas en que 
jugaba todo cuanto tenía, y las noches caído en los caminos, 
presa de continuas embriagueces. Curandera de renombre en el 
pago, Ña Tomasa no titubeaba jamás en montar en la jardi¬ 
nera de Don Zenón cuando éste iba en su busca, deseoso de 
llevar el auxilio de la vieja a los vecinos de la comarca. 

No faltaba entonces quien afirmase que Don Zenón gozaba 
de los favores de la curandera; aunque éste, con sonrisa ambi¬ 
gua, exclamaba: 

—¡ Qué cuála, amigo... si es tan vieja!... 


27 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Cierto es que la fama de Ña Tomasa corría en el pago, 
en cuyos ranchos pensábase inmediatamente en ella, cuando 
cualquier extraño mal parecía anunciar que allí se había fijado 
el embrujo, fruto, las más de las veces, de los despechos de 
algún gaucho o los celos de una criolla. 

Honra y dineros fué adquiriendo prontamente la vieja 
curandera, a quien sus abusos del tabaco y la ginebra servían 
para acentuar en la imaginación de los paisanos el poder mis¬ 
terioso que acaso una fuerza divina ponía en sus sortilegios y 
predicaciones. Temida y respetada de todos, aún mismo de los 
que aparentaban no creer en sus poderes de brujería, iÑa To¬ 
masa sentíase declinar, mientras su hijo continuaba en las 
rejas y enramadas de las pulperías, sin acordarse de ella más 
que cuando hasta sus armas habían ido a dar a manos extrañas. 

Una noche de invierno, madre e hijo tomaban mate junto 
al fogón que conservaban encendido en la cocina. 

Martín había llegado, bajo el azote de la lluvia y el viento 
cuyo rumor se oía sobre las pajas del rancho, cubiertas de 
barro las ropas a causa, según dijo a la madre, de una rodada 
del «maldito petizo». Entonces, junto al fogón que le separaba 
de Ña Tomasa, puestos los ojos en los tizones que ardían 
llenando de humo la pieza, sorbía, distraído, su mate. La ma¬ 
dre, sobre un banco de ceibo, recordaba sus años de juventud 
y la historia de criollas seducidas a quienes hubo de asistir; 
intentando interesar a su hijo en la monotonía de su charla, 
en tanto apuraba los últimos sorbos del frasco de ginebra que 
acariciaba en su falda. 

De labios de Martín, en una noche de embriaguez, supo 
Don Zenón lo demás. 

Había llevado ginebra con el propósito de hacer perder 
la razón a su madre y, entonces, hacerle decir en dónde escon¬ 
día las onzas que él sospechaba en su poder. El se había 
embriagado para darse coraje. 

—¿No tenés con qué pitar?;—dijo la vieja cuando ya en 
el frasco no quedaba ginebra. 

—Sí, mama, ¿quiere que le pique un cigarro? 

—Güeno, 


28 



CRONICA DE LA REJA 


Martín púsose a cortar el tabaco, y con los ojos puestos 
en lo que hacía, comenzó a decir: 

—¡Vea, mama: es pa pagar una deuda del juego. Usté 
sabe que con Don Fermín no se pueden hacer embrollos. ¿Por 
qué no me empresta esos pesos? 

Pero la vieja negóse de todos modos a ayudarlo en aquel 
trance. 

La ginebra puso en boca de una y otro violentos insultos, 
hasta que Martín, picando para él un cigarro, salió al patio 
en el cual continuaba la lluvia. En la mano el puñal, con el 
que devolvía a la oscuridad de tormenta el latigazo de luz 
de los relámpagos, Martín atisbaba los movimientos de su 
madre. 

Cuando relató a Don Zenón aquel instante, dijo que la 
embriaguez había ñjado en su frente el pensamiento del crimen. 
El compromiso con Don Fermín, impedido de cumplir por su 
madre y por el que debía ausentarse del pago; los insultos de 
Ña Tomasa; el asco de aquella vejez miserable por la em¬ 
briaguez, todo se agolpaba en su frente haciéndole odiar a la 
curandera. 

No obstante, permanecía con el arma dispuesta, sin vencer 
aún el terror supersticioso que en su espíritu ponía la fama 
de su madre. Y allí estaba, pegado junto a la puerta, bajo 
la lluvia y los relámpagos que hacían de los paraísos fantás¬ 
ticas sombras sacudidas por el viento, cuando Ña Tomasa, 
tambaleante por la embriaguez, se detuvo sobre el umbral y 
abrió los brazos sosteniéndose en el marco de la puerta. 

Sin aventurarse a cruzar la oscuridad del patio, la vieja 
pareció atisbar un instante las sombras. 

—¡Martín!;—gritó alargando el rostro hacia afuera. 

Bajo el temor de que la voz quisiera indicarle que su ma¬ 
dre había comprendido su intención; instrumento de una oscura 
voluntad que en él surgió irreprimible y salvaje, Martín hundió 
el puñal en el cuerpo de Ña Tomasa cuyas manos oprimie¬ 
ron el cabo del arma mientras ella se arrodillaba sobre el piso 
de la cocina. 

Entre las ropas mojadas de sangre y de lluvia, Martín 
miraba con horror el puñal sin atreverse a arrancarlo del cuer- 


29 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


po de la madre. En vano fué haber bebido ginebra para crear 
coraje. 

—j Mama, mama, perdóneme!—lloraba desesperadamente 
el asesino sobre la blanca cabeza sostenida entre las manos. 
Pero la vieja, esforzándose, le miró con los ojos brillantes y 
díjole: 

—Dios permita que te arrastrés como una víbora. 

—¡No mama, no; se va a morir, mama, no me maldiga! 

Presa del terror, sacudía la cabeza de su madre intentando 
animarla de vida para que negase la fatídica maldición y con¬ 
tinuaba gritando con el rostro casi junto al de Ña Tomasa 
que ya la agonía tornaba rígido. Un estremecimiento que re¬ 
corrió todo el cuerpo y él sintió en los brazos, detuvo el fati¬ 
goso respirar de la vieja, tal como si fuera a hablar. Martín, 
con la ansiedad del miedo, le apoyó el busto en sus rodillas 
trémulas y con voz ahogada imploró: 

—I Mama... perdón!... 

Ña Tomasa pareció aunar todas las fuerzas para abrir 
los ojos, cuando en sus labios entreabiertos asomó una boca¬ 
nada de sangre. 

En presencia de la muerte, Martín sintió hundirse su pen¬ 
samiento en un pesado vacío, y se aflojaron sus brazos por 
los cuales se deslizó hasta el suelo el busto de la madre. 

No pensaba nada, y hasta le parecía a breves instantes 
que Ña Tomasa no estaba muerta sobre el piso de la cocina, 
y él velando su cuerpo, mientras la lluvia sonaba sordamente 
sobre las pajas del rancho. Pero a medida que la noción de 
las cosas se concretaba en su pensamiento, la madre comenzaba 
a evocarle las leyendas que sobre sus diabólicos poderes cir¬ 
culaban en el campo, y a sus ojos se ocultaban los rasgos fami¬ 
liares, para ver en aquel rostro sólo los signos de la misteriosa 
mujer con quien había vivido sin temerla. Entonces, muerta 
por su mano. Ña Tomasa cobraba en el espíritu del hijo un 
poder que él nunca hasta esa hora conociera. No eran el dolor 
filial ni el arrepentimiento los que le tenían allí, vencido y 
despechado. Confusamente mezclábase el odio con el terror, 
dueño ahora de su espíritu al sentir que había lanzado sobre su 
cabeza los misteriosos poderes de aquella vieja temida de todos. 


30 



CRONICA DE LA REJA 


¡ La maldición... la maldición!... Zumbaban en su cerebro 
estas palabras fatídicas mientras un tinte violado iba invadien¬ 
do los labios que las pronunciaron. Y la cobardía y la igno¬ 
rancia, hostigaban a su pensamiento con la certeza de una 
fatalidad que acaso ya había empezado a cumplirse en su des¬ 
tino. De pie junto a la muerta, no había lágrimas en sus ojos 
que llenaba el espanto. 

Pegábanse al piso del rancho las ropas mojadas de Ña 
Tomasa junto a la puerta por la cual continuaba entrando la 
lluvia; los relámpagos mostraban las sombras de los paraísos 
moviéndose pesadamente en el patio, y entre el humo que des¬ 
pedían los troncos casi apagados del fogón, clavado sobre el 
pecho de la madre, Martín veía el mango de su puñal. 

Aquellos ojos sobre los cuales apenas si se cerraban los pár¬ 
pados pareciendo fijos en una visión lejana, resumían para 
Martín todo lo inevitable de su suerte; mientras él se desespe¬ 
raba en el pánico, aquellos ojos acaso lo mirasen desde la 
oscura región en que habitaría ya el alma de la bruja junto 
a los demonios de los cuales recibió tan poderosa ayuda cuando 
infundía miedo entre los hombres. 

Su puñal clavado en medio del pecho, había abierto un 
abismo de sombras entre la madre y él; y desde allá adonde 
él envió temerariamente a su alma, ella le estaría enviando 
la maldición que acaso ya le cercaba. Cuando él creyó que 
aquellos labios se abrían por última vez para decir el perdón, 
sólo dejaron escapar un coágulo de sangre. 

Temeroso de que sus pies tocaran los de Ña Tomasa 
atravesados en la puerta, Martín salió hacia afuera de un salto. 

Bajo la lluvia, fué en busca del petizo y ensilló para 
marchar. 

Pasó sin mirar hacia la puerta de la cocina y puso al 
galope al rocín. Pero cuando llegaba a la portera del camino 
tiró bruscamente de las riendas y le pareció como si el som¬ 
brero se levantase en la punta de los cabellos. Escuchó un 
instante con la respiración en suspenso, hasta convencerse de 
que sólo el viento silbaba en el ala del sombrero, y volvió a 
espolear al petizo. No había andado dos pasos, cuando se de¬ 
tuvo de nuevo. 


31 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—¡ Martíiin!... 

Era la voz ronca de Ña Tomasa llamándolo desde la cocina. 

¿Volvería? ¿Echaría a correr lejos de aquellos ranchos? 

Y sin decidirse aún, dejó andar al caballo hasta que, como 
sacudido violentamente por una mano empeñada en detenerlo, 
de nuevo oyó la voz: 

—¡ Martíiin!... 

Aquello era más fuerte que el miedo y la voluntad. El 
asesino volvió como guiado por una fuerza desconocida hacia 
la cocina desde donde partían las voces. 

Por un instante apareció en su frente el pensamiento, que 
no alcanzó a concretarse en esperanza, de que su madre aún 
viva le llamase para perdonarlo. 

De nuevo se encontró frente a la puerta; y los ojos an¬ 
siosos se fijaron en los labios de la vieja. Rígida, a la escasa 
luz del fogón que se consumía. Ña Tomasa continuaba con 
la misma mancha en los labios; apenas entornados, sus ojos 
parecían mirar desde lejos el mango del puñal clavado sobre 
el pecho, y a los ojos absortos de Martín. 

El terror dió fuerzas a aquel mísero espíritu y le hizo 
correr por los caminos fangosos, lejos del rancho en el que 
a los muchos días, atraídos por los círculos que en el cielo 
describían en sereno vuelo los cuervos, encontraron los vecinos 
el cuerpo de Ña Tomasa. 

Huyendo bajo la tempestad hacia tierras brasileras, des¬ 
cubrieron aquella noche los relámpagos la silueta de El Mal¬ 
dito, cuyo terror aumentaban las lechuzas cuando a su espalda 
le gritaban desde los postes: 

—¡Chis, Martíiin... Martíiin!.. . 


Hubo de dejar inconcluso el relato Don Zenón, pues ya 
llegaban junto a la reja en la cual se hallaban reunidos algunos 
gauchos entre los cuales, sentado en el banco de piedra, Ricar¬ 
do volvió a ver a Martín. 

Sin poderlo evitar, la mirada del joven se fijó en las 
piernas flácidas de El Maldito. 


32 



CAPÍTULO III 


B ajo ios arcos de la reja hallábanse los paisanos depar¬ 
tiendo sobre sus sencillas labores, cuando Ricardo y Don 
Zenón penetraron a la estancia. 

Don Manuel, con el cuerpo pesado de obesidad; los cabe¬ 
llos canos y las fuertes mandíbulas, iba desde los barriles de 
vino hasta el mostrador de la reja, haciendo sonar el piso 
enmaderado con sus grandes zuecos. 

Cada uno de los hombres tenía delante suyo el vaso de 
vino o de ginebra, mientras se iban tejiendo las narraciones 
y venían los recuerdos heroicos, mezclados con las hazañas 
en los rodeos o en las domas. 

Vestían chiripá algunos, junto a los otros de amplias bom¬ 
bachas; bota de potro los más pobres, y campera de rugoso 
caño los otros; en la nuca los sombreros dejando ver las fren¬ 
tes huesosas y tostadas por el sol; ocultando el cuello por 
detrás, las melenas románticas; golilla blanca todos, pues de 
blancos era el pago, y bajo los ponchos de verano asomando 
las mangas floreadas de las humildes camisas. Rostros de líneas 
fuertes en los que la barba creciendo a su antojo sólo dejaba 
al descubierto las narices rectas y severas y los ojos oscuros. 
Tales eran los hombres que recibieron a Ricardo con palabra 
amiga cuando el mozo fué presentado por Don Zenón. 

Era el hablar reposado, como si aquellos hombres que 
habitaban perdidos en las lomas lejos de toda sociedad, hubie¬ 
ran venido a reunirse bajo los arcos de la pulpería, con el 
único fin de enterarse de la noticia que cada uno llevaba, y 
luego quedáranse allí buscando en la memoria algún recuerdo 
de su vida con cuyo relato animar al concurso. Y entre ellos, 
interrumpiendo a cada instante el tranquilo dialogar, la voz 
ágria de Martín profiriendo palabras de injuria. 


33 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


El Maldito sentíase cada día que pasaba, más enemigo 
de los hombres. Largos años anduvo ambulando por las pul¬ 
perías brasileras hasta que por fin, cuando nadie se acordó ya 
más de Ña Tomasa y de su crimen, resolvió volver a los pagos 
donde su presencia fué desde entonces como el anuncio de una 
divina justicia cumpliéndose implacablemente. 

Primero una pierna; después la otra; una mañana la 
imposibilidad de mover un músculo; una noche un agudo dolor 
que terminaba en la inacción de un pié; así fué paralizándose 
el cuerpo de Martín ante los ojos asombrados de los parro¬ 
quianos de la pulpería. 

Lástima y terror inspiraba en las reuniones el cuerpo 
miserable cuando llegaba casi arrastrándose hasta el banco de 
piedra de la reja. Pero Martín, agobiado por la certidumbre 
de la fatalidad de su destino, parecía no comprender el sentido 
de las palabras de los gauchos. Se diría que a medida que 
menguaban sus fuerzas y se hacían más flácidas las piernas, 
su espíritu cobraba mayor pujanza de odio. 

Ya entonces nadie deseaba su compañía. De continuo 
Martín interrumpía los cuentos de burla de los gauchos con 
voces de injuria. Ninguno de los que en la reja de Don Ma¬ 
nuel se reunían, deteníase a contestar a aquel hombre cuyos 
agravios eran como el forzado final de cada cuento. Se sabía 
cuánto odiaba él a todos y a todo, para que los gauchos se 
detuvieran a sostener pendencia con quien amenazaba a cada 
hora con desenvainar el puñal que su mano temblorosa no 
podría sostener siquiera. 

A veces, cuando en la rueda la ginebra excitaba los áni¬ 
mos, no faltaba entonces quien recordara a El Maldito el origen 
de sus miserias, hiriéndolo en su oscuro terror. 

—Si vos no matás más que a tu madre, aleyao;—respon¬ 
día el desprecio del ebrio a los insultos de Martín, en cuyo 
espíritu caían las palabras como crueles latigazos. Congestio¬ 
nábase el rostro por el esfuerzo del hombre para erguirse y 
contestar con el puñal al ultraje; buscaba la mano crispada 
el barrote de hierro para sostenerse y avanzar; pero sus piernas 
apenas lograban moverse levemente, mientras el otro continua¬ 
ba la interrumpida charla. 


34 



CRONICA DE LA REJA 


Entonces, sus palabras buscaban la expresión capaz de 
sustituir al filo del puñal que no podía hundir en el cuerpo 
del otro. Y en la elocuencia brutal de su odio, eran las pala¬ 
bras sucediéndose nerviosas y precisas, como aceradas dagas 
hiriendo la altivez del gaucho. 

La sotera del rebenque cruzando los labios de Martín, 
terminaba de continuo la disputa. 

Aquella mañana de domingo, cuando Ricardo comenzó 
su vida de pulpero alternando con Don Manuel en el servir 
de los vasos y galletas, era la reunión numerosa y animada. 

Según las distancias que debieron trasponer, fueron lle¬ 
gando hasta detenerse bajo los paraísos, los paisanos que mo¬ 
raban en los distintos puntos del pago y maneando los caballos 
junto a los otros que ya esperaban, nerviosos con el fresco de 
la luminosa hora. 

El Comandante Yáñez comentaba con el Comandante 
González las lejanas proezas realizadas en las campañas de 
las provincias argentinas, mientras Chispa narraba a los gau¬ 
chos admirados, dejando ver en su acento la orgullosa satis¬ 
facción de ser el mentor de tales hechos, los episodios más 
nimios de la vida de su Coronel Marcos Ramírez a quien 
acompañaba a lo largo de los caminos. 

Y mientras iba la charla contando gestos de guerra y ha¬ 
zañas de trabajo, el sol continuaba elevándose en el cielo claro, 
en el que grandes nubes blancas viajaban pesadamente. 

A veces desde la reja, cansado el andar en el sopor del 
ambiente que comenzaba a pesar sobre los campos, veíase 
adelantar la nubecilla de un jinete sobre la franja gris del 
camino. 

A la distancia, no era más que una mancha descendiendo 
la curva de una cuchilla, avanzando por la llanura hasta llegar 
frente a los eucaliptus cuyas sombras manchaban de violeta el 
rojo del camino. 

Por el caballo; la manera de llevar el poncho o cualquier 
otro detalle, los de la reja conocían si era del pago el jinete 
en cuyo recibimiento salían los perros del pulpero. 

Desmontábase el recién venido entre saludos de camara¬ 
das, si él también lo era, o entre miradas de examen, si acaso 


35 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


iba de viaje; pero siempre, amigo o extraño, encontraba un 
lugar en la reja, oídos atentos a sus relatos, o un adversario 
para probar suerte en la cancha de taba. 

Otras veces era la nube de polvo de la diligencia que se 
veía adelantar rápida por el camino de «adentro». Era primero 
una mancha oscura en medio del gris del polvo que levantaban 
los caballos, bajo el claro sol. Luego distinguíase ya la figura 
del cuarteador, ondulando de uno a otro lado del camino en 
galope fugitivo ante la masa de caballos que arrastraban a 
la diligencia en cuya «vaca» se veían brillar las lonas exten¬ 
didas. 

—¡ A la derecha... tira animal! | Rosillo... Moro... 
Azulejo!...—se sentían las voces del mayoral subiendo la 
cuesta, sobre el claro chasquido del látigo en el lomo de los 
caballos sudorosos, hasta que Macricho, el famoso cuarteador, 
arrollaba su cuarta para que no la pisaran los otros caballos 
al detenerse envueltos en el polvo frente a la reja. 

Por unos instantes callaban los parroquianos, atentos a 
los rostros y vestidos de los que iban saltando de la diligencia 
y, una vez en tierra, sacudíanse las ropas, observaban el cielo 
consultando la hora, espaciaban la mirada en los campos ama¬ 
rillentos y desiertos, y comenzaban a pasearse para reanimar 
los músculos doloridos de aquel andar opresos a través del 
país. Macricho, viejo conocido, con su rostro desfigurado por 
la viruela; las crenchas largas y sucias del polvo de los ca¬ 
minos; el sombrero en la nuca sujetándose el barbijo en la 
nariz; curvadas las piernas por su vida de jinete, se llegaba 
a la reja en demanda de un vaso de ginebra, en tanto en el 
corral se alistaban los caballos que un peón ftié a buscar en 
los campos de Don Zenón. Y luego, otra vez los viajeros a 
encerrarse detrás de las ventanillas de la diligencia; el mayoral 
a acomodarse en el pescante y a hacer chasquear el látigo, 
y Macricho a extender su cuarta, y perderse el tropel detrás 
de la curva de la cuchilla, en medio del polvo bajo la sombra 
de los eucaliptus. 

Reanudábase la tranquila charla de los de la reja, mientras 
bajo el sol ardoroso del mediodía se acallaban los ecos de la 
diligencia que unos instantes puso su extraña nota de algarabía 
en el ambiente. 


36 



CRONICA DE LA REJA 


Llegaba la hora del almuerzo, en el ambiente pesado del 
sol reverberante sobre las cuchillas y los tejados de la 
Azotea. 

Bajo los paraísos, no cesaban de espantar a las moscas 
los caballos asustados de continuo por las gallinas que llegaban 
a guarecerse a la sombra de los árboles. Saltaban sobre los 
postes los carpinteros; posábanse en las esquinas de la Azo¬ 
tea o en las ramas de los árboles cercanos, y hendían el pe¬ 
sado silencio con sus gritos nerviosos. Sobre el rojo camino, 
las grandes manchas de las nubes que se estaban quietas en el 
amplio cielo de horizontes perdidos más allá de la vista; eran 
menos blancas las casas de las estancias; de las lomas habían 
huido los ganados buscando la sombra de las cañadas; sobre 
los pastos dorados del verano temblaba la luz. 

Sentado a la mesa de Don Zenón, Ricardo estaba atento 
a las lamentaciones de la prima de su amigo, que se esforzaba 
por hacer concebir al mozo sus años de mocedad cuando a los 
compases del minuet ella oyó frases galantes de los labios del 
general Oribe. Ahora, sin familia, sin hacienda, acompañaba 
a su primo perdida en aquella soledad, sin más vida social 
que la que le deparaban los viajeros obligados a hacer noche 
en la Azotea y, de tarde en tarde, recibir la visita de las 
hijas de los caudillos comarcanos, que más la molestaban que 
placíanle, de tanta como era la ingenua grosería de las mu¬ 
chachas. 

—¡ Ah, aquellos tiempos de mi juventud!... | Quién ha¬ 
bría de decirme que desprecié tantos hombres para terminar en 
esta cuchilla no viendo sino guerras y gauchos domadores! Si 
supiera Vd., joven, el pesar con que veo perderse desde la 
ventana a la diligencia bajando aquellas cuchillas del camino 
a Montevideo I... 

Y Misia Lolita, erguido el delgado talle; cruzadas las 
finas manos sobre el pecho, suspendía la mirada de sus ojillos 
oscuros en la lejanía del camino. 

Durante el resto del día Ricardo no pudo olvidar la expre¬ 
sión de angustia de aquella anciana recordando sus días de 
mocedad, en el brillo de las bujías de un salón ciudadano, 
cuando en las ruedas del minuet recibió el homenaje de los 
caballeros. 


37 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


El crepúsculo comenzó a hacerse sobre los campos. En 
la lejanía de las lomas el azul fué invadiendo el rojo del hori¬ 
zonte, y borrando en las cuchillas las manchas blancas de los 
caseríos. 

Desde la reja, Ricardo sentía llegar balando las majadas 
a acostarse al abrigo del corral; en los bretes llamaban los 
terneros a las lecheras que subían mugientes, la cuchilla de 
la pulpería. Bajo los paraísos ya sin sombras, Don Zenón 
charlaba con los gauchos que ajustaban sus recados y luego 
partían en pequeños grupos al trote diligente de los caballos, 
en el ambiente místico de la hora. 

Don Manuel dormitaba caída la cabeza en las piezas de 
género sobre el mostrador. 

A su espalda Ricardo tenía la sombra de los muebles y 
objetos de la pulpería; frente a él, la serenidad de la tarde, un 
trecho del rojo camino, y las lomas en las cuales los ganados 
pacían con los cuellos extendidos, que sólo erguían al paso de 
los gauchos alejándose de la pulpería. 

A veces desde los campos silenciosos, llegaba el relincho 
de algún potro que alargaba el hocico de anchas narices aspi¬ 
rando en el aire la cercanía de la tropilla. 

El joven evocaba los incidentes desde su salida del pueblo; 
las voces y el aspecto de los gauchos; la soledad en que ahora 
vivía; las palabras de Misia Lolita; El Maldito... Lejos de 
sus hermanas, de los amigos y del pueblo, el mozo se sentía 
más hombre al disponer de su vida en aquella sociedad extraña. 

En el silencio del despacho oía el respirar acompasado de 
Don Manuel. 

Ondulante en la brisa el blanco cabello, Don Zenón pasó 
con su andar reposado junto a la reja. 

—¿Extraña, amigazo, a su pueblo? 

—Sí señor, algo... 

—Esta hora siempre es triste en el campo. . . 

Por las losas de la vereda, aún Ricardo sintió un instante 
alejarse los pasos de Don Zenón. 

El horizonte se acercaba por momentos, mientras en el 
cielo se extendía el azul y brillaban unas después de las otras, 
las estrellas; en los campos las cuchillas perdieron sus perfiles, 


38 



CRONICA DE LA REJA 


y eran entonces como una continuada meseta sobre la cual 
curvábase el cielo. 

Frente a la reja, el vuelo de un pájaro fué una flecha 
hundiéndose en la sombra. 

Por el camino desierto llegaba el eco de los ejes de una 
carreta y las voces del hombre que la guiaba. 

Ladraron los perros al viajero que sentían llegar, desper¬ 
tando a Don Manuel. 

—¿Cerramos?,—preguntó el pulpero, con voz de sueño, 
desde su asiento. 

—Cerramos.—Respondió Ricardo levantando el postigo 
de la reja. 

—¡Naranjo... Comoquiera... Siga, siga, síiiga güey!... 
Pasaron frente a la reja y se alejaron, las voces del carrero 
por el camino dormido. 


39 



CAPÍTULO IV 


S UCEDIANSE los soles sobre los campos de Laguna del 
Negro, en tanto que Ricardo habituábase gradualmente 
a su vida de pulpero, ayudando a Don Manuel en la aten¬ 
ción de los clientes, escasos en los días ordinarios y numerosos 
el domingo. 

La vida sana y libre, tanto como los rayos del sol de 
aquel verano que ya se extinguía, acentuaban en el rostro del 
joven los rasgos de su fuerte mocedad. 

A poco de estar allí, ya Ricardo sentíase unido a Don 
Zenón por lazos de afecto que parecían al joven existir desde 
largo tiempo antes. 

Cuando el sol comenzaba a enrojecer el horizonte sobre 
el Cerro-Largo y la brisa desgarraba las azules gasas de las 
arboledas, él abría la puerta del negocio por la cual entraba 
el aire, sonoro de cantos de pájaros en los árboles cercanos 
y balidos de majadas dispersas en blancas columnas por las 
quebradas. Con el espíritu ágil y diáfano como aquella hora 
de los campos, esperaba el joven a Don Zenón, cuya silueta 
familiar asomaba todas las mañanas en la esquina del edificio, 
sonriente el rostro de blanca barba, y en la mano el mate 
amargo con que obsequiaba al amigo. Sentados en bancos 
de ceibo junto a la puerta de la pulpería, o paseándose sobre 
el camino bordeado de gramillas y ajo-machos en cuyas flores 
violetas brillaban las gotas de rocío, el viejo paisano narraba 
a su amigo la vida de los pobladores de las estancias y los 
ranchos que se divisaban en los campos luminosos y ondu¬ 
lantes. 

Por los relatos de su amigo; los comentarios injuriosos 
con que Don Manuel despedía al gaucho que se alejaba ya 
de la reja, o las décimas de los payadores, Ricardo fué cono¬ 
ciendo la vida y carácter de los vecinos del pago. Unos, como 


41 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Martín Cristo; Chingólo; ei Comandante González y Patri¬ 
cio, contaban con sus familias criollas del lugar, desde sus 
abuelos, guerreros de Frutos Rivera y Manuel Oribe; otros, 
Ninfa; el Pardo Gil; Candinio Viraré; el Comandante Yáñez, 
habíanse avecindado en el pago, donde encontraron propicio 
refugio para su constante ambular por las tierras de «adentro», 
perseguidos siempre por la justicia. 

Algunos de estos últimos gozaban fama de hombres de 
valor, gracias a las hazañas que decían haber realizado en 
otras rejas de pulperías o en reuniones de carreras, cuando 
los comisarios pretendieron rendirlos. 

Cierto que el misterio que rodeaba sus días anteriores, 
era auxiliar poderoso para impresionar durante los primeros 
tiempos a los gauchos del lugar; pero cierto, también, que 
una tarde habría de llegar en la cual cada uno de los de 
«pa dentro», se vería forzado a demostrar, puñal en mano, 
que no eran vanas leyendas las que él contaba de su coraje. 

Ayudado por la simpatía que entre los gauchos desper¬ 
taba la franqueza de su carácter, y protegido por los prudentes 
consejos de Don Zenón, Ricardo era ya amigo de todos los 
contertulios de la reja, en quien no se cebaban las burlas que 
herían de continuo el amor propio de Don Manuel. 

Hijo de la tierra, al fin, bien pronto el joven comprendió 
los hábitos y se ajustó al modo de vivir de aquellas comarcas. 

Habían pasado los meses; deshojábanse los árboles del 
camino en tanto se hacían más sombrías las copas de los na¬ 
ranjos de la quinta; era más breve el paso del sol sobre los 
campos verdes del otoño, y aún Ricardo no había logrado 
conocer a los dos personajes que más habían despertado su 
curiosidad desde sus primeros días en la comarca. 

En las décimas de Zacarías Peñaflor, mezclado con los 
nombres de Martín Fierro, Paja Brava y Caracará, había él 
oído glosar el nombre del Coronel Marcos Ramírez, cuyas 
hazañas narraba el cantor en el silencio admirado de la rueda 
de la reja. Todas las patriadas lo contaron entre sus caudillos, 
y en todos los entreveros agitó el viento de su caballo al galope 
su ensortijada melena, mientras la lanza brillaba al sol o, des¬ 
cribiendo semicírculos bruscos, adentrábase en las entrañas del 


42 



CRONICA DE LA REJA 


enemigo. Fué una vez en el Sauce; otras en Corralito, en 
Polanco o Frayle Muerto, cuando los escuadrones enemigos le 
vieron descender las cuchillas, adelantándose en el rápido galo¬ 
par de su caballo overo, firmes los pies en los estribos, curvado 
el busto sobre el cuello del flete, mientras en su pos erizaban 
el aire las lanzas de sus gauchos del Zapallar y Laguna del 
Negro. 

De seguro, nadie más que Ricardo, de todos cuantos pres¬ 
taban oído al extenso recitado de Peñaflor, seguíale con más 
aguda atención. Y era que para él, tenían aquellas décimas 
el poder de trazar en su imaginación la silueta del héroe de 
sus cantos, ora durmiendo sobre el caballo que busca por sí 
mismo el camino de la querencia donde encontrar refugio su 
dueño perseguido; ya provocador en el gesto y la palabra frente 
a los batallones enemigos cuando poblaban las quebradas con 
las columnitas de humo de los fusiles; junto a las trincheras 
de Meló o entre la densa polvareda del combate del Agua 
Fría; en todos y en cada uno de los combates evocados por el 
payador, destacábase la silueta romántica del Coronel Marcos 
Ramírez. 

Después, en la charla cansada de Chispa, el viejo asis¬ 
tente, el joven se esforzaba por comprender las horas de tra¬ 
bajo del caudillo, cuando en los rodeos era su lazo el más 
certero; más brioso su caballo en las reuniones de las carreras; 
sus gallos los mejores que calzaban «puñal» en el reñidero del 
pago, y alegre como ninguna de la comarca, la estancia blanca 
sobre la cumbre del cerro, más allá de Laguna del Negro. 

Muchas veces Ricardo había preguntado a Don Zenón 
cuándo vendría el Coronel Marcos Ramírez a la pulpería. 

—Ese ya no es hombre de rejas, amigazo;—respondía el 
paisano.—Di antes, cuando era mozo, mesmo, llegaba algunas 
ocasiones; pero lo más se lo pasaba domando baguales y tro- 
piando ganao chucaro por las estancias. Mi compadre Marcos, 
es gaucho de otra laya, que éstos que vienen todos los días. 
Aquel es hombre de guerras y de trabajo; demasiao tiene un 
caudillo pa rejuntar en la paz las haciendas que pierde en las 
patriadas. 

Cada vez que en las charlas junto a la reja Ricardo oía 


43 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


mentar el nombre del caudillo, se avivaba su deseo por conocer 
al hombre cuyo prestigio recorría los campos en las décimas 
de los payadores y las narraciones de los gauchos. 

j Cuántas veces, en los atardeceres lentos del otoño, había 
deseado estar frente al caudillo, en la estancia sobre la cual 
se tendía el crepúsculo!... 

El otro personaje a quien Ricardo desesperaba ya de cono¬ 
cer, adquiría en su imaginación los contornos imprecisos de 
los matreros cuyas vidas de lucha oyó narrar en las veladas 
del pueblo cuando los días de la infancia. 

Aquella mañana el comisario del pago había llegado a la 
reja en demanda de noticias acerca de El Macho. Una china 
del lugar, deseosa de recibir los homenajes del comisario, ser¬ 
víale de espía cuando el matrero llegaba por aquellos contornos 
y dormíase las noches en sus brazos sin sospechar la traición 
de la mujer. 

Cuando el comisario Carreras alejóse de los paraísos de 
la pulpería, en la reja un paisano aseguró haber estado el 
atardecer anterior con el temible muchacho, y narró algunos 
episodios de su vida trágica y andariega. 

A medida que el gaucho iba suspendiendo la atención del 
auditorio con el calor orgulloso del narrador enterado de los 
más nimios detalles de la vida de El Macho, Ricardo se 
imaginaba los primeros años del matrero, cuando boleaba los 
baguales a la puerta de la manguera para saltar en sus lomos 
desnudos y perderse en las quebradas en un vértigo de lucha, 
mientras sangraban los i jares del potro embravecido y las voces 
del muchacho poblaban con sus ecos los campos; la tarde aque¬ 
lla cuando cavó en el dorso de una loma la tumba de su padre, 
muerto en singular pelea con otro caudillo comarcano; la lenta 
y total destrucción de la hacienda y la familia, con cuyos cam¬ 
pos quedóse el pulpero del lugar a cambio del dinero otorgado 
con premeditada largueza, y las hijas fuéronse del hogar en 
seguimiento de sus amantes unas, y otras en compañía de la 
madre que en el pueblo vivía de los dineros que dejaban los 
paisanos de visita en su casa, conocida desde entonces en el 
pago con el mote de «la casa de las locas Suárez»; y por fin, 
la noche de pulpería cuando su primera desgracia. 


44 






















JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


En medio de aquella narración en que se mezclaban la 
desgracia, con el crimen y el valor; el dolor de unas vidas 
miserables y la bella fortaleza del matrero, Ricardo sentía pro¬ 
ducirse en su espíritu una creciente admiración por la figura 
de El Macho. 

—Parece qu’el comesario le anda con ganas al mucha¬ 
cho;—concluyó el narrador, comentando su aparición en el 
lugar. 

—Pa mí que esa carrera no se corre; — murmuró El 
Maldito. 

—Pueda ser, nomás... Aunque el hombre tiene fama de 
diablo. 

—Pa castigar sotretas no hay como el lagarto,—continuó 
Martín. — ¿Por qué no se le animó al Largo cuando anduvo 
por estos pagos? Lo que es ese Carreras no sirve más que pa 
prender negros del Tacuarí y castigar chinas. 

—No crea, amigazo,—intervino Don Zenón—mire que el 
hombre pelea... 

—¡Qué ha de peliar esa oveja!;—repuso vivamente el 
paralítico. — Ahí está Chispa que puede atestiguar lo que pasó 
en el camino con el Coronel. 

Gozoso por ser una vez más llamado a narrar el episodio 
ocurrido hacía unos meses entre el Coronel Marcos Ramírez y 
el comisario Carreras, Chispa bebió un sorbo de ginebra; cruzó 
una pierna sobre la otra, recogiendo un extremo del poncho 
que extendió cuidadosamente en la falda; aspiró una bocanada 
de humo del cigarro, y clavando los ojos en El Maldito, co¬ 
menzó : 

—Nosotro veníamos viniendo rumbo a la pulpería, la 
mañana en que se jugó la de la tostada del Coronel con la 
zura del Comandante. Dende que salimo de las casas, yo vide 
que el Coronel tráia el alma atravesada. En un galope subimo 
y bajamo las cuchillas de la estancia, sin que me dijiera una 
palabra en todo el viaje. Cuando pasamo frente a lo Caitán, 
los perros le hicieron espantar el rosillo, y él se dió güelta 
pa decirme: Regale un mangazo a ese bicho. ¡ Gringo trompeta, 
no sirve más que pa criar perros!—Pero no paramo el galope 
ni una sola vez, hasta que subimo arriba del puente de Saca- 


46 



CRONICA DE LA REJA 


Calzones. Dende allí yo bombié al comesario que venía con 
dos milicos armaos a carabina. Y me dije: Aura sí que no 
te escapás. El Coronel con la sangre hirviendo y vos cruzártele 
en el camino. ¡ Perra suerte te sigue, Carreras! 

—¿El comesario los vido? — preguntó ansioso uno de la 
rueda. 

—¡ Y cómo no!... Ahi nomás le cerró de piernas al ma¬ 
tungo, y se vino derecho al Coronel, como pa pararlo antes 
de bajar el puente. ¡Jué pa pior! El viejo cuanto lo vido 
venirse apuró el rosillo y bajó aquel puente que era sólo la 
polvadera, sin darme tiempo a echar mano a mi trabuco. Ya 
estaban cerca los hombres, y yo entoavía no me había emparejao 
al Coronel. ¡Hombre fiero cuando se enoja! En un redepente 
yo no vide más que un montón de polvo en el bajo, y la voz 
del Coronel que le gritaba: ¡Anímate, maula; peliá si sos 
hombre! 

—¿Y el comisario? 

—Nada, aparcero. Mientras el Coronel le había trenzao 
el pescuezo del rosillo po arriba de su caballo, manchándole de 
espuma el poncho, el hombre no hacía más que disculparse y 
pedir perdón, y decir que eran chismes aquellas historias que 
le estaba contando. 

—¿Y los milicos? 

—Pa ésos me bastaba yo. 

—¿Qué dice aura, Don Zenón?;—preguntó con no disi¬ 
mulado regocijo El Maldito. 

—Que aflojarle al Coronel, no es ser flojo, amigazo. 

—Ansina es — asintieron los otros. 

De la charla de los hombres, Ricardo dedujo que El Ma¬ 
cho y el comisario Carreras tenían empeñado un duelo en 
que se estaban jugando ante el paisanaje su reputación de 
hombres astutos y de coraje. 

¿Cómo y por qué se empeñó aquella extraña lucha? 

Nadie lo dijo entonces, y era ésta la pregunta que a cada 
instante se formulaba en la mente del joven cuando, sentado 
frente a Don Zenón, jugaba a las cartas en el comedor en 
que Misia Lolita remendaba sus vestidos a la luz de una lám¬ 
para de roja pantalla, que avivaba extrañamente el rostro de 
la anciana. 


47 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Era ya pasada la hora de la cena, cuando un mozo de 
regular estatura y ancho pecho, cuyo carácter recio parecía 
mostrarse en el brillo de los ojos negros, se paró frente a la 
puerta del patio. 

—Güeñas noches, pa todos;—dijo con sonora voz el recién 
llegado, en tanto su mano en cuya muñeca balanceábase el 
rebenque, quitaba el sombrero de la cabeza de larga y negra 
melena. 

—¿Vos por aquí, Juan? Pasá pa adentro, muchacho,— 
Respondió con su calma habitual Don Zenón, al tiempo que 
hacía ademán de levantarse. 

Ricardo fijaba la atención, ora en el desconocido cuyo 
cuerpo cubría un poncho de verano, ora en Misia Lolita, que 
había dejado caer en la falda su costura al sentir el saludo 
del otro. 

El anciano y el joven cambiaron breves palabras. 

—¿Entonces le digo que se allegue, nomás? 

—Sí, muchacho; decile que aquí hay comida y cama pa él. 

Cuando el extraño visitante hubo desaparecido en la som¬ 
bra del patio, en donde resonaron los tacones de sus botas sobre 
las baldosas, Don Zenón anunció que El Macho estaba a llegar 
y era preciso ofrecerle cordial hospedaje. 

Casi entre dientes, murmuró Misia Lolita al tiempo de 
alejarse: 

—Yo no sé, Zenón, cómo puedes tratarte con estos ban¬ 
didos. Si lo supiera el comisario... 

—Yo me doy con todo el mundo, Lolita. No hay pa qué 
meterse en cuestiones ajenas.—Replicó aquél con dulzura. 

Mientras la cocinera arreglaba un extremo de la mesa 
para el invitado, y Don Zenón paseábase frente a la puerta 
del patio, Ricardo se esforzaba por imaginarse la silueta del 
matrero que unos instantes después habría de estrecharle la 
mano. 

¿Se parecería, acaso, a aquel hermano menor en el perfil 
severo del rostro, en la firmeza de la palabra; en la brusquedad 
con que alargaba la mano, o en el brillo de los ojos negros? 

A través de las narraciones de la reja había intentado mu¬ 
chas veces representarse a El Macho cuando sus primeros años 


48 



CRONICA DE LA REJA 


de matrero; la noche en que hirió de muerte al Pardo Antonio, 
y sus horas de vagar en las sombras de los montes. 

El perfil moral recibido en las conversaciones de la reja, 
era audaz y temible; por fuerza, el joven debió atribuir al 
rostro de El Macho, las líneas físicas que coincidieran con las 
de su vida de matrero. 

En los serenos planos del rostro de Don Zenón, fácil era 
advertir la imperturbable bondad de su alma; las palabras y 
gestos de El Maldito, denunciaban claramente a los ojos del 
joven al asesino de su madre; los ojos de Candinio Viraré; 
el gesto del pardo Gil; el entrecejo siempre arrugado del Co¬ 
mandante Yáñez y el silencio austero de Cuchilla Grande, anun¬ 
ciaban el temple de espíritu de aquellos hombres. 

¿A cuál de ellos se parecería El Macho? 

De seguro, estaba a un instante de conocer al tipo más 
singular de la comarca, después del Coronel Marcos Ramírez. 

¿Cómo habría de recibir la mirada de fuego del matrero, 
cuando le extendiese la mano? 

Debatíase Ricardo en tales cavilaciones, cuando en las lo¬ 
sas del patio se sintió el eco de un golpe breve y seco, como 
de un hombre que avanzase dejando caer bruscamente el bas¬ 
tón sobre el piso. 

Don Zenón y Ricardo se miraron con extrañeza. 

Ya más cerca, el ruido de una rodaja al golpear las bal¬ 
dosas, sucedía, alternándose, con el primer sonido. 

Frente a la puerta, cruzadas las manos por detrás de la 
espalda, Don Zenón esperaba con gesto de bienvenida; Ricardo 
no apartaba los ojos del patio en el que se sucedían cada vez 
más claros los ruidos. 

—Güeñas noches, Don Zenón;—dijo un hombre al dete¬ 
nerse frente a la luz. 

—Adiosito, Macho. ¿Cómo vas diendo? Pasá, sentate. 
Caramba, esta vez sí que juíste del pago.—Y las palabras de 
cariñoso saludo, mezclábanse con los abrazos que el viejo co¬ 
marcano prodigaba al matrero, en tanto éste sonreía con dul¬ 
zura y oscilaba su cuerpo bajo los brazos del amigo. 

—Este es El Macho, amigo Ricardo. Acerquesé que no es 
mal hombre. 


49 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


El Macho y Ricardo se estrecharon las manos por enci¬ 
ma del hombro de Don Zenón. 

—Pero entrá, muchacho. ¿Qué te has quedao haciendo 
aquí? 

En los finos labios del matrero, apenas cubiertos por un 
débil bozo de juventud, la sonrisa tornó a jugar, haciendo aún 
más dulce el mirar de sus ojos oscuros bajo los párpados 
caídos con gesto de humildad. 

—Si usté no me deja dentrar, Don Zenón;—replicó al 
tiempo que se quitaba el sombrero dejando al descubierto el 
pelo sedoso, que a la luz de la lámpara adquiría tintes azu¬ 
lados. 

El matrero inclinó brevemente a la izquierda el cuerpo 
que cubría un poncho negro, y dió un paso hacia adelante pro¬ 
duciendo el mismo golpe, seco y breve, que se sintiera en el 
patio. 

—¿Pero que tenés, muchacho? ¿Venís herido que tráis 
muleta?,—decía el dueño de casa fijando sus ojos en las pier¬ 
nas del matrero. 

Una exclamación de asombro y de piedad, brotó de sus 
labios cuando El Macho recogió el poncho en la falda, al 
sentarse. 

—¡Bárbaro!... ¡Si estás inválido!... 

—Es verdá, Don Zenón. Esta vez me boliaron. 


50 



CAPÍTULO V 


F rente a la mesa Ricardo examinaba las facciones de 
El Macho, que respondía, cordial, a las preguntas de 
Don Zenón. 

Entre bocado y bocado, su palabra reposada, como si él 
mismo se escuchase, sentíase en la estancia alumbrada por la 
luz roja de la lámpara que suavizaba los rasgos de su rostro tos¬ 
tado de sol, sobre los cuales se destacaba la frente amplia y pᬠ
lida en la que descansaba un mechón negro de pelo. De nariz 
recta y fina; ojos oscuros casi ocultos por la habitual inclina¬ 
ción de los párpados; el mentón terminando el óvalo de la cara 
sin ninguna brusquedad en las mandíbulas ni en los músculos; 
arqueadas las cejas, la fisonomía de El Macho desconcertaba a 
Ricardo que creyó ver en él los signos fuertes de su vida de ma¬ 
trero. Era reposado el ademán de sus largas manos huesosas 
que un instante nomás sostenía la copa de vino junto a los 
labios. 

Cuando la cena hubo terminado, los tres hombres eran ya 
amigos entre quienes se cruzaba una cálida simpatía. 

—Muchas gracias, Don Zenón, 

—Güen provecho, muchacho. 

—Está linda la noche, — Insinuó Ricardo en el deseo 
de salir a continuar frente al camino la velada. 

—Demasiao clara — repuso el matrero. 

—¿Por qué no abrimo la ventana y dejamo entrar el 
fresco? 

—Como usté ordene Don Zenón; pero vamo a tener que 
apagar la luz. 

—¿No es mejor con luz? — dijo el joven deseando no 
perder el más leve gesto de El Macho. 

—No señor. ¿Usté carcula hasta aonde va esta luz de lám¬ 
para, en esos campos llenos de sombra? Pa nosotros es chica 


51 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


la luz; agataS si da pa vernos la cara. Pero dende lejos, en los 
campos a oscuras, no hay cuchilla de la que usté no vea esta 
luz como un ojo sangriento aguaitando en la noche. 

—¿Pero en eso qué mal hay? — Interrogó aún el joven 
sin alcanzar el sentido de las palabras de El Macho. 

—Hay, amigo, que de cualisquier lao nos están bombiando 
sin que nosotros lo maliciemos. Y pa mí que matrereo, me sé 
muy bien que cuando un comisario anda cansao de trotiar al 
ñudo en la noche, cualisquier luz de rancho lo está llamando 
dende las cuchillas. 

—Y ha de ver amigo Ricardo — agregó Don Zenón — 
cuando usté ande galopiando por las cuchillas sin ver más que 
las orejas del caballo, cuando no se puede mirar ni pal suelo, ni 
pa arriba, porque abajo lo encandilan los bichos de luz y en el 
cielo las estrellas, cómo usté tira recto su rumbo pa la cuchilla 
de donde lo está mirando la luz de un rancho. 

—Y dispués, — terminó El Macho — por algo dicen los 
paisanos que a la luz viene el hombre. 

Don Zenón abrió la ventana junto a la cual sentáronse, 
mientras Ricardo dejaba en sombras la pieza. 

Ladraron un instante los perros al sentir el murmullo de 
la charla, y sus voces se perdieron con lejanas resonancias en 
el silencio de la noche. 

Frente a la ventana la curva de la cuchilla próxima des¬ 
dibujábase esfumándose en la incierta claridad; en el cielo es¬ 
trellado, tenso el arco luminoso de la Vía Láctea apoyándose 
en los dos horizontes, guardaba en su seno a la Cruz del Sur. 

Todo era silencio en los campos dormidos bajo la clara 
luna. Sólo a veces, desde el rodeo venían las voces de la oveja 
y su hijo llamándose entre las sombras móviles de las majadas; 
otras, era el relincho de un caballo vibrando sobre las cañadas, 
al que respondían alarmados los teru-terus en las cuchillas. 

Junto a la ventana enrejada. El Macho comenzó a narrar 
la lucha que le costó su pierna derecha, interrumpiéndose a 
intervalos para chupar el cigarro cuya luz rojiza iluminaba un 
instante su rostro. 

Tiempo hacía que ambulaban por el Brasil, protegidos de 
la buena suerte en las carpetas, cuando a Juan se le ocurrió el 


52 



CRONICA DE LA REJA 


propósito de visitar a la madre llevándole parte de sus abundan¬ 
tes ganancias. Acaso el muchacho sólo deseaba hombrearse a 
los ojos de la madre narrándole los peligros habidos en su 
vida de matrero y enseñándole sus capacidades de jugador que 
de tal modo tenían repleto su cinto. Pero para El Macho no se 
ocultaban los riesgos que era preciso salvar para cumplir el 
extraño capricho del hermano. Desde la frontera hasta Meló, 
buscaban afanosamente los policías el medio de dar caza al 
matrero cuya fama iba de reja en reja poniendo en escarnio el 
valor de aquéllos. Decíase en los fogones que los comisarios 
evitaban el encuentro con el matrero y, apoyándose en sus 
verdaderas hazañas, la imaginación de los paisanos continuaba 
acrecentando la leyenda de su astucia y de su audacia. 

Mas, ¿cómo negarse a acompañar al hermano que había 
abandonado la estancia en donde trabajaba, para ir a reunirse 
con él el día en que le supo perseguido? ¿Acaso negarse a aco¬ 
meter esta empresa que el muchacho le proponía, no era lo 
mismo que deshacer en su imaginación de gauchito audaz el 
deslumbramiento que su propio ardor había puesto en él, al 
juzgar el arrojo del matrero? 

Cuando alejándose de la pulpería en que aumentaron las 
ganancias en el juego del monte, Juan insistía en su capricho. 
El Macho comprendía que su prudencia sólo era extraño temor 
ante los ojos del otro. Así fué cómo, dispuesto a jugarse la 
vida antes de aparecer cobarde frente al hermano que en él 
veía un héroe, decidió poner los caballos rumbo a Meló, sin 
apartarse siquiera de los caminos. Al declinar el sol que estuvo 
pesando sobre sus espaldas durante todo el viaje, los dos her¬ 
manos detuvieron los caballos y apeáronse para ajustar los 
recados en una de las colinas que rodean al pueblo. Desde allí 
divisaban el caserío extendiéndose en líneas rectas hasta perder¬ 
se en la hondonada del Conventos. 

Meló, con sus casitas rosadas, azules y blancas, sobre las 
cuales la aguja de la capilla hendía el limpio cielo de atardecer; 
con la línea de palmas cuyas grandes hojas parecían doblarse en 
el recogimiento de la hora; las oscuras curvas de los naranjos 
ascendiendo las laderas, y el trozo de arroyo teñido ¡xjr el rojo 
del horizonte, se adormecía en el ancho abrazo de los campos. De 


53 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


los ranchos cercanos veían elevarse en el aire tranquilo peque¬ 
ñas columnas de humo de los fogones encendidos en los patios, 
bajo cuyas parras aguardaban los pobres la hora de la cena. 

Por el camino sobre el cual se habían detenido a meditar el 
modo de aproximarse hasta el rancho de la madre, confundido 
entre los muchos que poblaban la loma próxima, los matreros 
vieron venir los carros de los vendedores de cebada, pasar 
junto a ellos, y alejarse envueltos en el polvo al lento trote de 
las muías, mientras en el cercano monte de eucaliptus multipli¬ 
cábanse los ecos de sus cantos hasta perderse en el silencio 
extendido del atardecer. A la izquierda, las ojivas de las parvas 
interrumpían el monótono sucederse de los surcos violados; 
verdeaban los plantíos de maíz por cuyos senderos llegaban 
cantando tras los bueyes, los labriegos de las blancas casas entre 
los álamos. A la derecha, el olor de los abrojos hacía fatigoso 
el respirar en la llanura próxima; estirábase lentamente el Con¬ 
ventos bajo el arco de los sauces llorones; más allá, la franja 
del camino perdiéndose en los campos silenciosos. 

Lx)s matreros tornaron a montar, dirigiéndose con lenti¬ 
tud hacia el viejo puente de piedra rodeado de sauces a cuya 
sombra un guardia-civil cuidaba la entrada al pueblo. 

Ya cerca, distinguieron al policía conversando con un ca¬ 
rrero cuyos caballos acababa de soltar en el campo por el cual 
ellos avanzaban. 

—^Viá a ponerme el pañuelo en la cara y a hacerme el bo¬ 
rracho pa atropellar al puente. Vos me seguís de atrás, tratando 
de asustar al milico con tu caballo. 

—Güeno — respondió Juan, gozoso de la aventura en 
que se hallaban. 

—¿Llevás prontas las armas? 

—Sí. 

—Güeno; si me descubren, voltiamos al milico y agarra¬ 
mos monte arriba. Caminando esta noche, podemos dir a que¬ 
darnos al Fray le Muerto. 

—¿Y si no? 

—Salimos mañana dispués de cerrada la noche. 

Dispuesto a jugarse la vida en aquel riesgo que el ánimo 


54 



CRONICA DE LA REJA 


ardoroso de Juan había buscado, El Macho clavó las espuelas 
en el caballo y partió en sonoro galope hacia el puente. 

Juan le seguía, gritándole: 

—Parate, borracho, vas a rodar. 

El policía y el carrero apenas si tuvieron tiempo para 
echarse sobre una de las paredes del puente, envueltos en la nube 
de polvo de los caballos que cruzaron piafando junto a ellos. 

—¡ Bárbaros!—gritó el policía cuando los matreros ya ha¬ 
bían pasado. 

—¿Van mamaos? — preguntó con ira el carrero. 

—Es éste; — repuso Juan cuando El Macho doblaba una 
calle y él detenía su galope. 

Dos noches después, los matreros avanzaban en silencio, 
evitando alarmar a los perros que denunciaban su paso ladrán¬ 
doles desde las próximas cuchillas. 

Descubiertos en Meló, debieron huir por entre los te¬ 
rrenos sembrados de maíz y los naranjos de las chacras, apar¬ 
tándose de los caminos que en la claridad lunar mostrarían sus 
siluetas fugitivas a los perseguidores. Al principio anduvieron 
al galope a fin de cobrar distancia, y entonces, perdidos en los 
campos cuyos escasos alambrados iban cortando, poder marchar 
lentamente para que los caballos resistiesen el viaje hasta el 
Brasil, sin que les fuera preciso detenerse un instante. 

A veces, al coronar una cuchilla a cuyos pies las sombras 
de la noche ya sin luna fingían un profundo bajo, los hermanos 
trataban de reconocer el lugar en que se hallaban, calculando 
las leguas que aún les quedaban por andar. Otras veces, la 
silueta confusa de una estancia donde ladraban los perros al 
sentir el paso de los viajeros, desconcertaba un instante a El 
Macho obligándole a detenerse y buscar afanosamente en las 
tinieblas un detalle del terreno que le indicase la dirección en 
que avanzaban. 

Ante las preguntas ansiosas de Juan, que entonces todo 
lo confiaba en su hermano, éste recorría en su memoria los 
lugares por los cuales habían pasado. 

—Primero juimos al Chuy; dispués doblamos pasando cer¬ 
ca de aquel ombú que dejamos a la izquierda; dispués cruzamos 
el camino y juimos rumbo a Aceguá. Aquella cañada... aque- 


55 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


líos talas... la estancia... la pulpería que tenía luz encendida... 

Así iban acudiendo a la frente pensativa del matrero todos 
los accidentes que él había adivinado en la claridad lunar, hasta 
que en lo alto se agolparon las estrellas a mirar las calladas som¬ 
bras de la tierra. 

Entonces comenzaron a confundirse las visiones de El 
Macho, y sus ojos clavaban la mirada ansiosa en los más pe¬ 
queños detalles del terreno, a fin de reconocerlo. Con el espíritu 
suspenso en un doloroso afán por reproducir en la memoria la 
visión de todas las cuchillas, cañadas y llanuras andadas desde 
la última vez que comprobó la certeza del rumbo. El Macho 
avanzaba seguido de Juan, estirándose unas veces hacia adelan¬ 
te intentando medir la altura de la cuchilla que presentía in¬ 
terrumpiendo la cañada; atento el oído a los ladridos de los 
perros, que le llegaban desde las lomas; o aspirando el aire 
tibio de la noche para descubrir en él el perfume que las ‘'yerbas 
de pajarito” prodigan abundosamente a los montes. 

Ni un arroyo; ni laguna; ni sierra, para reconocer la 
región por la cual adelantaban al lento trote de los caballos. 
Seguramente aquéllos eran campos de la Cuchilla Grande; pero, 
¿hacia dónde iban? 

Y era preciso continuar marchando, si esperaban que la 
madrugada los encontrase ya por la Cañada de Aceguá. 

Desde que dejaron de sentir a sus espaldas los disparos 
de los policías, los matreros apenas si habían cambiado breves 
frases de comentario sobre el riesgo en que se hallaban. Como 
dos sombras confusas iban coronando cuchillas y cruzando lla¬ 
nuras, mientras el eco de los cascos de sus caballos sonaba 
sordamente sobre los pastos. De pronto sentían que frente a 
ellos se levantaban grandes cuerpos oscuros y se hacían a los 
lados, asustando a los caballos, mientras en el suelo sonaban 
los golpes de las pezuñas de los ganados que huían, sorprendidos 
en su sueño; otras veces, eran sus fletes que comenzaban a ju¬ 
gar nerviosamente con la coscoja del freno, para terminar en un 
relincho de reconocimiento al sentir en la oscuridad la cercanía 
de una tropilla que huía por las lomas, poblando con los ecos 
de su galope el silencio de los campos. Nerviosos, los matreros 
clavaban las espuelas en los i jares de sus caballos, que aún 


56 



CRONICA DE LA REJA 


trotaban unos minutos piafando de inquietud por quedarse a 
pastar con los que sentían huir por las cuchillas. 

—{Malditos campos, éstos. Siempre los mesmos! — ex¬ 
clamaba El Macho. 

—¿Faltará mucho pa la madrugada? 

—Me palpita que sí. La luna dentra muy temprano. 

Breves, sobre los campos dormidos, las voces de las lechu¬ 
zas y los teru-terus delataban el paso de los fugitivos cuyos ojos 
sufrían el martirio de sondear las sombras vacías y sin límites. 

—¿Se acabó la caña? 

—No; toma un trago. 

—La verdá que si no juera por ésto, era capaz de dormir¬ 
me. Llevamos toda la noche trotiando. — Dijo Juan al devolver 
el frasco que el otro se llevó a los labios y luego guardó en el 
caño de la bota. 

Al subir una cuesta, los caballos comenzaron a piafar ner¬ 
viosos y su trote se hizo más rápido y breve. 

Comenzaron a levantarse y huir las ovejas, al sentir el 
trote de los caballos entre cuyas patas chocaban, balando. 

—¿Vos no ves un bulto en la cuchilla? 

—Pa mí que es una estancia; y ha de estar ahi nomás, 
porque aquí se siente el olor del rodeo de la majada; — repuso 
El Macho. 

—¿Llegaremos? Parece que hay luz. Pudiera ser una pul¬ 
pería aonde estén de jugada. 

—Allégate vos y preguntá por el camino. Yo te espero en 
el bajo. 

Ladraron desde la cuchilla próxima los perros al balar sor¬ 
prendidas las ovejas cuyas carreras producían un sordo rumor 
en la ladera que descendían los matreros. 

—Esto parece una manguera. 

Frente a ellos extendíase una pared de piedra a la cual 
llegó El Macho y desmontóse. 

Subía Juan la cuchilla donde brillaba la luz, cuando sintió 
junto a él el galopar de un caballo que describió, relinchante, 
el círculo de su soga en derredor de la estaca. 

Jinete en su caballo nervioso, ya andaba sobre el piso en¬ 
durecido de la playa del corral, cuando una voz le detuvo: 


57 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 

—¡Alto! ¿Quién vive? 

El matrero sofrenó bruscamente a su flete inquieto por los 
perros que le olían las patas y el hocico alargado en el afán de 
librarse de la sujeción de las riendas. 

Mientras ganaba tiempo para reflexionar, contestó: 

—Gente de paz. 

—Abajesé y arrime; — respondió la voz con aire de 
amistad. 

¿Acaso, en el desconcierto del rumbo, habían ido a dar a 
una comisaría? Si por desgracia todas las apariencias eran 
ciertas, estaban perdidos. Parecíale sentir bajo la sombra pesada 
del ombú del patio, agitarse a los hombres que estarían en su 
acecho, dispuestos a descargar sobre él las armas al menor 
indicio suyo de alejarse. 

En el breve instante en que el matrero se hacía tales re¬ 
flexiones, levantó la cabeza del caballo y clavó las espuelas 
en sus i jares para cerciorarse del ardor que aún le restaba. Sa¬ 
tisfecho del animal, una leve esperanza volvió el ánimo a su 
espíritu; si aquella era la comisaría de Aceguá, aún le quedaba 
el recurso de atraer al policía al campo abierto y, ya frente a 
frente, darle pronta muerte y huir. 

Juan decidió audazmente correr el riesgo. 

—No puedo bajar por los perros. Haga el servicio de venir 
a espantarlos; — dijo al tiempo que preparaba su arma en es¬ 
pera de que el soldado cayera en su terrible argucia. Pero el 
otro volvió a responder desde el ombú: 

—Abajesé que no muerden. 

No quedaba otro recurso sino llegar. 

Disimulando el rencor que le dominaba al verse preso de 
tan extraño modo por un centinela que desde la sombra le es¬ 
taría apuntando para obligarlo a entregarse sin lucha alguna, 
Juan se adelantó hasta el ombú desde donde avanzó el policía 
cogiéndole el caballo de la rienda, al tiempo de invitarlo a ver 
al comisario. El comprendió que sólo pareciendo no temer nada, 
podría volver al lado de El Macho; dispuesto a ello, traspuso 
el patio y se detuvo en la puerta de la comisaría. 

—A güeña hora muchacho, — dijo el comisario a modo de 
bienvenida. 


58 



CRONICA DE LA REJA 


—Gracias, Don. Venía a ver si me quería decir el camino 
del Brasil. 

Juan notó que el otro le examinaba de pies a cabeza, como 
si tratara de recordar su fisonomía. El mismo le había recono¬ 
cido, pues más de una vez había estado en su casa, cuando vivía 
el caudillo. 

—¿Pero vos no sos hijo del comandante Suárez? 

—Sí señor; yo soy Juan. 

—¡ Ah!.. . — y los ojos del otro volvieron a fijarse en 
todo el cuerpo del muchacho, mientras el rostro parecía sa¬ 
tisfecho del recuerdo. 

—Sentate, pues. 

—No señor, gracias. Voy de apuro, 

—Ta bien. . . 

Comenzaba ya a sentir angustia por la incertidumbre en 
que le tenía aquel hombre a quien tuvo unos instantes deseos de 
asestar una puñalada, para correr hacia su caballo, cuando un 
soldado vino a decir algunas palabras al oído del comisario, 
quien volvió a fijarse en él y le dijo: 

—¿Y esa coscoja que se siente sonar en el bajo, es de algún 
compañero tuyo.-' 

—Sí señor. 

—Entonce andás con tu hermano.. . 

Extraño olvido el de Juan y El Macho, era el no haber 
ensordecido la coscoja de los frenos, signos de elegancia gau¬ 
cha, para una noche como aquélla; pero ni un solo movimiento 
de los músculos de su cara traicionó a su voluntad, cuando 
respondió con impasible calma: 

—No señor; yo voy, justamente, a ver a mi hermano, al 
Brasil. 

El comisario continuaba mirándole, sin decir palabra; él 
comprendía que de su audacia dependía el que tuviera que 
hacerse matar para salvar a El Macho. Y dispuesto a terminar 
aquella situación de angustia, agregó: 

—¿Cómo va a matreriar mi hermano con un freno cosco- 
jero? ¿Quiere que Llame a mi amigo pa convencerlo? 

—No; podés dirte, nomás. Si ves a tu hermano decile que 
se cuide de pasar la línea, porque se va a encontrar conmigo, 
que no soy Carreras. 


59 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—Sí señor. Güeñas noches. 

—Mirá: pa encontrar el camino, seguí costiando la man¬ 
guera y dispués agarra derecho que vas a salir a la Cañada de 
Aceg^á. 

Cuando Juan volvió a encontrarse junto a El Macho, no 
pudo evitar el suspiro de alivio que ensanchó su pecho al sen¬ 
tirse libre. 

Orillando la manguera que veían extenderse junto a ellos, 
se alejaron los matreros sin decirse más que breves palabras, 
temerosos de que el eco de sus voces llevase en el viento el 
rumbo de su marcha. 

Mientras subían y bajaban cuchillas en cuyos pisos pedre¬ 
gosos sonaban claros y rítmicos los cascos de los caballos al 
trote, El Macho echaba cálculos sobre la distancia que aún 
faltaba recorrer para llegar a las sierras. 

Comenzaba ya a anunciarse en las cumbres la brisa de la 
madrugada cercana cuando, inquietos por el tiempo que lleva¬ 
ban trotando junto a la pared de piedra cuya sombra se alar¬ 
gaba subiendo las lomas o entre las altas piedras de las que 
surgían las siluetas confusas de los arbolitos, volvió a preguntar 
si nada más que una portera habían indicado para fijar el 
rumbo. 

Al principio Juan afirmaba que en la próxima hondonada 
hallarían la portera; pero siempre un doloroso fracaso hería sus 
esperanzas. 

Luego, ya no supo más; y en el largo silencio de angustia, 
trotaba al lado de su hermano quien, por su parte, callaba 
obstinadamente. 

De pronto, sin que supieran explicarse cómo, se hallaron 
coronando la cuchilla en cuya cumbre brillaba la luz de un 
fogón. 

—¿Habremos dao con el camino?; — preguntó Juan, an¬ 
sioso de que El Macho pudiera afirmarlo en su esperanza. 

—Pueda ser. 

—¿Querés que vaya a averiguar? 

—Güeno, peí o andá con cuidao. 

A medida que se acercaba hacia las sombras confusas de 
las casas que entonces se percibían en el comienzo de la ma- 


60 

















JUSTINO ZAFALA MUNJZ 


drugada, la desconfianza acentuábase en su ánimo. Iba ya a 
retroceder desalentado, cuando desde el ombú le detuvo la 
misma voz de su primera llegada. 

—(Alto! ¿ Quién vive ? 

—Soy yo, amigazo, que no he dao con la portera. 

Por breves instantes sintió el murmullo de varias voces, 
como si el centinela consultara con otros su respuesta. 

—¡ Caramba, aparcero, se ve que usté no es criollo de estos 
pagos; ¿por qué no se abaja y espera a que aclare pa seguir 
viaje? 

—No señor, gracias. ¿No podía darme otra seña pa en¬ 
contrar el rumbo? 

—Agarre esa senda que sale de la manguera y va a dar, 
justo, al camino. 

—Gracias, güeñas noches. 

—Adiosito... 

Ni Juan ni El Macho podían ver la senda anunciada, pues 
no alcanzaban a divisar el suelo envuelto aún en sombras; pero 
los matreros tenían urgencia en alejarse de la comisaría, pues 
acabarían por provocar las sospechas de los soldados que ya 
entonces se sentían andar en los patios. 

Interminables, parecían aquellos instantes que pasaban sin 
que se iniciaran por fin en el cielo los resplandores del ama¬ 
necer. 

Mientras se hacía cada vez más tardo el galope de los 
caballos en cuyos músculos ya invadía el cansancio. El Macho 
continuaba acechando las sombras, fija la vista en la manguera 
y maldiciendo a instantes su situación. 

— I Si nos habrá tocao la hora del Destino! 

—¿ Por qué no nos apiamos. Macho, a esperar el día ?—Se 
atrevió a insinuar el hermano, cuyos párpados cerrábanse ya 
de cansancio y la mano apenas si sostenía débilmente la rienda. 

—¿ Pa que nos agarren durmiendo y embretaos como unos 
cochinos ? 

Y El Macho, estoico ante su propio cansancio, oponiendo a 
la malaventura la terquedad del ánimo disciplinado en tantas 
correrías; insensible al dolor de los músculos entumecidos de 
apretarse contra el recado; más fuerte que su propia desgracia. 


62 



CRONICA DE LA REJA 


hincaba las espuelas en los i jares sangrantes del pobre caballo 
cuyo galope menguaba a cada instante. 

Entonces, entregado a la fatalidad anunciada para él en 
el agotamiento de todas las energías, Juan admiraba como nun¬ 
ca hasta ese instante el temple moral y físico del hermano, 
como si recién comprendiese la dura vida del matrero, ahora 
cuando él caía en una pérdida absoluta de la voluntad. 

—¡Cosa fiera es el sueño! 

—Toma un trago pa espantarlo. 

Desde la lejanía llegaba con largos intervalos el ladrido 
de los perros, 

Al principio caminaron cuidándose de dejar siempre a la 
espalda la luz de la comisaría; pero luego, a causa de la propia 
curva de la manguera que se extendía cerrándoles el paso, veían 
con angustia llegar hasta la cumbre de la cuchilla que acababan 
de coronar, estirándose en las sombras, la luz de los fogones. 

En la penumbra de la madrugada los matreros adivinaban 
los campos, inmensos y solitarios, abriéndose detrás de aquel 
círculo fatídico de piedra que sus caballos no podrían saltar. 
A veces, al sentir salpicar el agua de alguna corriente entre 
las piedras, percibir la confusa silueta de un árbol o notar cómo 
los cascos del caballo se hundían en los tembladerales próximos 
a un manantial, Juan repetía a El Macho: 

—Parece que por aquí no pasamos hoy. ¿No habremos dao 
con el camino? 

Y por unos instantes la esperanza templaba su ánimo des¬ 
fallecido hasta que, fatalmente, como un centinela persiguién¬ 
dolos en la sombra, en la cuchilla próxima les alcanzaba el 
ojo fatídico del fogón. 

Otras veces intentaba iniciar cualquier charla, para ahu¬ 
yentar el sueño que ya le doblaba sobre la cabezada del recado 
y entumecía sus piernas; pero El Macho, sordo a las preguntas, 
continuaba espoleando a su flete, interrumpiendo a largos in¬ 
tervalos su silencio con palabras de comentario acerca de algún 
accidente del terreno. 

Y pasaban las horas, bajo el cielo inalterable con la in¬ 
finitud de sus estrellas tendiéndose en una lejanía imperceptible; 
sobre los campos sumidos en absoluto silencio sólo turbado a 


63 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


instantes por el llamado de las lechuzas posadas sobre las 
piedras; venían hondonadas y cuchillas, unas después de las 
otras, con fatal regularidad, y los matreros continuaban andan¬ 
do como esclavizados a la interminable pared de piedra que 
con ellos se hundía en las quebradas y con ellos coronaba las 
cuchillas en las cuales les esperaba el haz de luz roja del fogón. 

—Macho: se me cai, de pesada la cabeza. 

—Ag^antá otro poco que aura sí, creo que vamos bien. 

Deseoso de animar a su hermano, ya a punto de rendirse a 
la fatiga. El Macho comenzó a simular la esperanza de haber 
hallado por fin el rumbo, en aquel cañadón sobre cuyas grami- 
llas sonaban sordamente los cascos de los caballos. 

Largo rato iba ya que, sin saber cómo, se habían alejado 
de la manguera, cuando de pronto al subir una cuchilla, rígido, 
inevitable, les llegó, picaneándoles los cuerpos doloridos, el haz 
rojo de la luz del fogón. 

Con la rabia de su desesperanza, dijo El Macho: 

—iCanejo, si estaremos presos como la víbora en la baba 
del venao! 

Juan no contestó; oía cómo la brisa llevaba por el cañadón 
sus voces, hasta despertar a los perros en la cuchilla. 

—¿Otra vez habremos caído en la comisaría?;—pregun¬ 
tó al cabo en su ansiedad. 

—Me palpita que no. ¿No ves que no hay luz? Tal vez esté 
ahi el camino. 

Cruzaban ya el bajo cuando el relincho jubiloso de un ca¬ 
ballo vibró sobre la cabeza de los matreros. 

El viento les trajo, y alejó por las cañadas, un silbido. 

—Arrímate Juan, y si es la policía, córrete pa acá que los 
vamos a peliar. 

No bien había el muchacho subido la cuchilla, cuando sin¬ 
tió martillar un arma y la voz del centinela: 

—Parate y echá pie a tierra. 

La inminencia del peligro y sus ansias que ya colmaban 
el ánimo ardoroso poniendo en su espíritu el deseo de terminar 
pronto con aquel martirio, volvieron al cuerpo de Juan las 
energías que parecían perdidas en aquella noche de angustia; 
hiciéronle detener el caballo, empuñar el arma y acechar en 


64 



CRONICA DE LA REJA 


la penumbra de la madrugada el cuerpo sobre el cual disparar. 
Sobre la cuchilla hubo un breve silencio de espera; Juan sentía 
llegar desde el bajo el sonido de la coscoja del caballo de su 
hermano. 

Repercutió, en el callado ambiente de los campos, el eco de 
un disparo. 

Juan esperó un instante. Cerca suyo, oyó el chocar de 
sables en las botas de los soldados que se hablaban en voz baja. 

Sobre el caballo embravecido por el disparo, continuaba 
atisbando a sus enemigos, cuando una bala pasó silbando cerca 
suyo y fué a perderse en el viento. 

A su derecha, a su izquierda; frente a él, sonaban, potentes 
y repetidos en el silencio de los campos, los disparos de los 
policías pareciendo que un círculo de fuego le cerraba el paso. 

Eran las descargas de los otros a cada instante más nu¬ 
tridas, y el muchacho aún no había logrado descubrir una sola 
de sus siluetas entre las piedras que se hacían por grados visi¬ 
bles a sus ojos en acecho. 

Junto a los cascos de su cabalgadura vinieron a chocar dos 
plomos, mientras un tercero silbó delante de su pecho. 

La imposibilidad de apuntar a los enemigos enardecía so¬ 
bremanera a Juan, que oprimió con rabia el gatillo del arma. 

Lleno de asombro notó que a sus movimientos no sucedían 
las detonaciones. 

En la febrilidad de su cólera, Juan se dió a oprimir sin 
descanso el gatillo que chocaba incesantemente contra las balas, 
produciendo un leve sonido metálico. Entre tanto, eran cada 
vez más próximas las detonaciones en la cuchilla, mezcladas 
con insultos a los que él contestaba sin medir el mal que se 
hacía delatando su situación. 

—I Juan! ¡Juan!... ¿Estás asustao?, — le gritó con ansias 
incontenidas El Macho, al notar que su hermano no respondía 
al fuego de los otros. 

—¡Qué he de estar, cañe jo! ¡Malhaya esta arma que no 

tira! 

—Córrete pa acá, pues, que yo hago frente. 

Y El Macho espoleó el caballo que galopó dando grandes 
saltos hasta detenerse bruscamente al comenzar la ladera. 


65 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—¿Quieren a El Macho, sotretas? Aquí lo tienen, tiren! 

Como si la sola enunciación de su nombre esperaran los 
otros, cinco detonaciones respondieron a las palabras del ma¬ 
trero, cuyo caballo abalanzábase, respirando sonoramente, cuan¬ 
do silbaban junto a sus orejas los plomos. 

A espaldas de los policías comenzaban a desgarrarse las 
nubes, hendidas por los resplandores primeros del amanecer; 
en los árboles de la comisaría cantaban los gallos sorprendidos, 
mientras en los campos vibraban los relinchos de los caballos. 
La brisa del amanecer llevaba a las narices de El Macho el 
olor a pólvora de los fusiles, enardeciendo su coraje que no 
reparaba en que el sol lo hallaría a pocos metros de los ene¬ 
migos y sin saber cómo huir. 

Por la cuchilla el matrero divisaba a intervalos la silueta 
de los soldados intentanto cercarlo, guiados por sus propios 
disparos. 

De pronto, una voz le gritó muy cerca suyo: 

—¡Ya cáiste, bandido! 

Torció bruscamente su flete hacia la izquierda, y disparó. 

Sonaron casi simultáneas las dos detonaciones. 

Como si alguien le hubiese tirado hacia atrás la pierna, 
El Macho sintió perder el estribo, al tiempo que su caballo se 
paraba, resoplando, sobre las patas traseras. Volvió a apuntar, 
esperando a que el otro apareciese tras unas piedras, pero sólo 
oyó una voz que le gritaba: 

—¡Nos mataste uno, asesino! 

El iba a contestar, cuando notó que un líquido caliente 
corría por su pierna pegándole sobre ella las ropas. 

Faltáronle las fuerzas para detener la carrera de su caba¬ 
llo, que huía relinchando hacia el bajo; la brisa del amanecer re¬ 
frescaba su frente afiebrada; en el cielo hacia el cual levantó 
los ojos, se apagaban ya las últimas estrellas y un rosa tenue 
invadía la inmensidad del horizonte. En las casas las detonacio¬ 
nes de los fusiles turbaban la limpia alegría del canto de los 
gallos. 

—¡Macho! ¡Macho!... — creyó oir la voz de Juan cuan¬ 
do un dolor agudo crispaba sus manos. 

De pronto le pareció que el piso se ahondaba súbitamente 


66 



CRONICA DE LA REJA 


y las sombras volvían a cercarlo. Dobló sobre el pecho la cabe¬ 
za; cayéronse de sus manos las riendas, y tuvo la sensación de 
que se hundía en un profundo e irresistible sueño, mecido por 
el galope del caballo... 

Cuando volvió a ver, estaban junto a un limpio arroyo, 
bajo los árboles en cuyas ramas cantaban los pájaros y se que¬ 
braban los rayos del claro sol de la mañana. A su lado Juan 
dormía sobre el recado; del anca de su caballo manaba un débil 
hilo de sangre. A lo lejos, escintilaba la luz sobre las tierras 
sedientas del bañado de Aceguá; más allá, elevábanse, recor¬ 
tándose bruscamente en el espacio, las sierras azules. 

Quiso levantarse pero se lo impidió el agudo dolor de su 
pierna envuelta en el poncho de verano. 

La brisa que jugaba sobre los altos pastizales del monte, 
no bastaba a refrescar su frente por la cual se cruzaban los 
recuerdos de la noche anterior, como visiones de una intermi¬ 
nable y dolorosa pesadilla. 


Declinaba la luna, cuando El Macho terminó su narración, 
a la que prestaron atento oído Don Zenón y Ricardo. 

En el silencio encerrado en el patio, resonaron los ecos de 
la muleta y la rodaja y saltaron sobre el brocal del aljibe donde 
cayeron, multiplicándose. 


67 



CAPÍTULO VI 


C OMENZABAN a entrar por las rendijas de las venta¬ 
nas los primeros albores de un amanecer de otoño, cuan¬ 
do Ricardo despertó de improviso a las voces de los 
gauchos cuyos caballos piafaban de inquietud junto a los pa¬ 
raísos. Tiempo hacía ya que era obligado tema de la charla 
de los paisanos, la carrera que esa tarde habría de correrse 
entre el «Sarandí» del Coronel Marcos Ramírez y el «Fierro» 
del Comandante Sánchez. Allí mismo entre los que se agrupa¬ 
ban demandando vasos de ginebra, Ricardo escuchaba por cen¬ 
tésima vez las probabilidades ^e triunfo de uno u otro caballo, 
deducidas de las virtudes de su compositor, de la ascendencia 
del animal, o de la habilidad de los corredores para «largar 
cortando». 

A medida que el sol desgarraba las nubes sobre el Cerro 
Largo, los grupos de jinetes llegaban en el mejor flete de la 
tropilla, flameando en la brisa de la mañana la golilla blanca, 
animando las cuchillas y el rojo camino desde donde escindía 
a intervalos el grito estridente de los venteveos sobre la charla 
inquieta de las cotorras. Algunos»se detenían a aumentar el 
conjunto de los que ya esperaban en la reja, en tanto que los 
más iban a detenerse en el bajo, frente a la casa de Don Zenón, 
bajo los árboles y las enramadas que indicaban el lugar de la 
carrera. 

Ricardo encontraba particular gozo en asistir a aquella 
bulliciosa reunión de hombres de campo, ágiles y seguros sobre 
los briosos caballos, mientras vibraban sobre las cabezas los 
ardorosos relinchos de los potros presintiendo la proximidad de 
las yeguas. 

Semejante a un pueblo nómade descansando de una larga 
jornada, era aquel campamento pacífico a cuyo alrededor pas¬ 
taban los caballos en las sogas, mientras los hombres se agru- 


69 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


paban sobre ias húmedas gramillas a la sombra de los mimbres, 
junto a las mesas de las carpas. 

Bajo el sol de la mañana sin nubes, todo era una fiesta 
de colores sobre el verde de los campos. 

Ricardo sentía llegar hasta la reja los ecos de la alegre 
reunión, mientras él y Don Manuel no se daban descanso en 
el servicio de los que llegaban en demanda de ginebra, y volvían 
a la cancha luego de cambiar breves frases de augurio sobre la 
carrera, con los que allí quedaban. 

En la jovialidad de los rostros; en la desusada animación 
de las conversaciones, como en las constantes burlas que se 
cruzaban entonces, comprendía el joven cuánto significaba para 
aquellos hombres la fiesta para la cual continuaban llegando de 
las cuchillas numerosos grupos de jinetes. El hecho de pertene¬ 
cer los caballos a los caudillos de más renombre de la comarca, 
tanto como la circunstancia de que cada uno de aquéllos había 
conquistado su fama en canchas que jamás pisaron juntos, daba 
particular interés a la carrera, ya que los aparceros de cada 
caballo ponían en él la adhesión que en la guerra tenían a su 
dueño. 

Los de aquellos lugares, en la paz como en la guerra, ja¬ 
más se mezclaron con los del Comandante Sánchez que vivían 
reducidos a las sierras del Infiernillo, hoscos, por su parte, a 
confundirse en las pulperías con los de otros pagos, como si 
obedecieran a un ancestral e irreductible antagonismo que na¬ 
die, de seguro, sabría explicar. Los de Cuchilla Grande, desde 
Frayle Muerto hasta los límites de Bañado de Medina, tenían 
su caudillo, su pulpería, sus oficiales cuando las guerras, sus 
payadores y su tradición, siendo difícil que en su ambular por 
los campos llegaran a avecindarse en otro pago, donde sin duda 
serían extraños para quienes no habría lugar fácil de conquistar 
sin luchas en la gran familia reunida en torno del caudillo y 
de sus glorias. Sólo cuando las guerras, en seguimiento del 
caudillo, era la verde inmensidad de los campos, como una 
abierta esperanza para que en ella pasearan sus sueños heroicos 
las montoneras gauchas. 

Era ya pasado el mediodía, y aún continuaban los grupos 
alegrando la soledad de las cuchillas. Uno de ellos suspendió 


70 



CRONICA DE LA REJA 


la charla de los parroquianos de la reja, cuando al asomar en 
un alto del camino fué conocido el jinete que lo encabezaba. 

—Allá viene el Coronel. .. 

Volviéronse todos los ojos hacia los eucaliptus bajo cuyas 
sombras adelantaban numerosos jinetes rodeando al caudillo 
cuya barba blanca se destacaba sobre el negro de los vestidos. 

En las cabezadas de los recados y en los pasadores de los 
estribos se quebraba el sol entre ligera nube de polvo que envol¬ 
vía el trote de los caballos rodeando al Coronel Ramírez, mien¬ 
tras la brisa agitaba blancos gallardetes en el cuello de sus 
gauchos. 

Al pasar junto a la reja, Ricardo apenas pudo distinguir 
el fuerte busto del guerrero y la cabeza de recias líneas ter¬ 
minando en su rizada y blanca barba, entre los soldados que 
saludaron cariñosamente a los que en la pulpería esperaron, 
quitados los sombreros, el paso del Coronel. 

—¡ Juerte está el viejo!. .. 

—Pa ése no pasan los inviernos. 

—¿Conociste el rosillo? 

—De juro... el de la Tricolor. 

—Animal güeno pal camino. 

—Probao lo tiene dende aquella vez, cuando nos sacudimo 
en los arenales del Conventos con Aguilar. 

Y el paso del caudillo torció el rumbo de la conversación 
que hasta entonces fuera acerca de caballos y célebres carreras 
habidas en el pago, para enderezarse al relato de las hazañas 
del guerrero cuya silueta quedó en los ojos de Ricardo como 
la imagen de un patriarca a cuyo alrededor vivían los gauchos 
de sus glorias, y soñaban con volver a acompañarlo en las pa¬ 
triadas. 

Por fin llegó para el mozo la hora de cerrar el postigo de 
la reja, e ir a confundirse en la alegría de la reunión que po¬ 
blaba de colores y de ruidos la llanura cercana, de la que huyó 
sorprendido el ganado tambero que en los mediodías protegía¬ 
se del pleno sol bajo los mimbres. 

Ni la más leve nube turbaba el azul profundo del cielo 
curvándose en la lejanía de las cuchillas. 

En la llanura, Ricardo veía aquí y allá alzarse las enra- 


71 



JUSTINO ZAFALA MUN1Z 


madas ocres de los mataojos resecos, alternando con las blancas 
lonas de las carpas que manchaban a intervalos el verde de las 
gramillas. Bajo las carretas pintadas de blanco y rojo, los ca¬ 
rreros dormían indiferentes a la alegría de los otros, el cansan¬ 
cio de sus largos viajes bajo las lunas. Pacían con el cuello 
extendido los caballos en las sogas, conjunto multicolor en el 
ambiente, mientras el sol quebraba sus reflejos en los aperos 
de los que se agrupaban, fatigoso el respirar, junto a las carpas 
y enramadas. En la abigarrada multitud diseminada en la lla¬ 
nura, oía Ricardo las voces de los payadores elevarse en el 
silencio de admiración hecho en la carpa, mientras la carpera, 
enrojecida de calor, distribuía el mate o los pasteles al final 
del almuerzo; cruzarse los desafíos y las apuestas en la cancha 
de taba o junto al círculo reunido en torno de una carona sobre 
la que el tallador dejaba caer las cartas, o las voces de los hom¬ 
bres que saludaban al pasar frente a las enramadas donde 
beben y ríen sus aparceros. Y a intervalos, la juventud de un 
caballo ponía en su cuerpo las vibraciones del relincho, al que 
contestaban aquí y allá los otros, dominando a la algarabía 
de los hombres, la alegría de aquellos relinchos que escindían 
en el sopor de la hora, y cuyos ecos se alejaban en la brisa 
hasta perderse en las lomas luminosas y desiertas. 

Ricardo iba de uno a otro lado, deseoso de verlo y oirlo 
todo, contagiado por la alegría de los otros, cuando junto a los 
trillos comenzaron a alinearse los jinetes a la nueva de que ya 
estaban sobre la cancha el «Sarandí» y el «Fierro». Entre el 
apretar de manos amigas y detenerse a escuchar las décimas 
de los payadores, había pasado el tiempo sin que hubiese logra¬ 
do ver al Coronel. Temeroso de que al terminar la carrera pu¬ 
diese volver el caudillo a su estancia sin que le fuera dado oir 
su voz y examinar sus actitudes, ahora que su nombre estaba 
en los labios de todos y en las décimas de los poetas comarca¬ 
nos, el mozo recorrió el largo de la cancha, sin hacer caso a 
los gauchos que pasaban al galope, en alto la mano ofreciendo 
la apuesta, provocador el gesto y en la nuca el sombrero, mien¬ 
tras en la leve brisa de la tarde flameaba la golilla y el poncho 
de verano, y ellos iban gritando: 

—¡Al «Sarandí», señores, lo que paguen... No respeto 
parada con el caballo del Coronel. . . 


72 



CRONICA DE LA REJA 


Hasta que otro gaucho surgía de la multitud y se cruzaba 
con el desafiante al tiempo de gritarle: 

—j Pago! 

Otras veces era un partidario del «Fierro»: 

—Si dan luz con el zaino, señores, juego... 

Al que respondía un chusco: 

—I Pa éso hizo el viaje ? Más seguro estaba en su casa. 

Algo retirado de la multitud, próximo al extremo de la 
cancha, Ricardo vió un carruaje ocupado por señoras de claros 
vestidos, rodeado por varios jinetes, entre los cuales creyó ver 
destacarse el fuerte busto del Coronel. Fué a pasar los tri¬ 
llos, cuando un policía le empujó con su caballo, al tiempo 
de decirle: 

—Recule amigo; recule que ya están partiendo. 

En el principio de las rectas tendidas sobre el verde que 
entonces impedían ver los cascos de los caballos, Ricardo vió 
enardecerse a los parejeros sobre cuyos lomos los corredores 
semejaban pequeños arcos a punto de ser despedidos. 

—¿Pa dónde va, amigazo? ¿Quiere jugarse unos ríales? 

—Hola, Don Zenón, Ud. es el hombre que andaba bus¬ 
cando; quiero conocer al Coronel. 

—Güeña ocasión, amigo Ricardo, pa arrimarse al Coronel, 
áura que está con la familia. 

—¿Es su familia la que está en la jardinera? 

—Sí; pero tenga cuidao con Misia Adela si piensa echarle 
el ojo a la gurisa. 

Así iban hablando los dos amigos, mientras hacían el largo 
rodeo de los trillos junto a los cuales se agitaban nerviosos los 
caballos, y los policías iban de uno a otro lado demandando can¬ 
cha para los parejeros, 

—Se nos va el hombre, pero es lo mesmo; irá a hacer 
alguna jugada y volverá. 

Rodeado por los hombres de su confianza, el caudillo 
alejábase de la jardinera, cuando hasta allí llegaban Don Zenón 
y Ricardo. 

—Contra el zaino lo que pague, Misia Adela; — dijo el 
paisano dirigiéndose a una criolla de cabellos blancos y fuerte 
mirar, que desde el coche respondió jovialmente: 


73 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—El campo es poco pa darle al doradillo. 

Desde que se aproximaron al grupo, Ricardo sintió sobre 
sí dos miradas que turbaban su espíritu: la de Misia Adela, 
que parecía medirle y examinarle escrupulosamente, enterada 
ya de que aquel era el «pulperito», y la de la joven morocha, 
de suave y gracioso busto, negro el cabello como los ojos 
profundos y asombrados, cuyas mejillas enrojecieron levemente 
al tiempo de extenderle la mano. 

Aquella debía ser la «gurisa», rara flor de delicadeza en el 
ambiente semi-bárbaro de los campos, en torno de la cual el 
cuidado celoso de la madre ahuyentaba los requiebros de los 
galanes gauchos. 

Eran del grupo, Misia Lolita, vestida con exagerada pul¬ 
critud ciudadana, afectando suma corrección en la palabra y en 
el gesto, que contrastaba con la despreocupada franqueza de 
la esposa del caudillo, mujer inquieta y nerviosa, cuyos ojos 
fijábanse en cada jinete que pasaba junto a los trillos propo¬ 
niendo apuestas, y cuyas manos, tostadas de sol y algo endure¬ 
cidas por las faenas familiares, arreglaban de continuo el cuello 
del vestido que le causaba un evidente ahogo. Junto a ella una 
criolla ya cuarentona, de fuerte pecho anunciándose bajo la 
bata rosa, y en el rostro una nariz blanda y gruesa que le daba 
un extraño aspecto de humildad, se esforzaba por hacer a Ri¬ 
cardo memoria de los triunfos del «Sarandí». 

Pero el joven apenas si contestaba brevemente a las pre¬ 
guntas de Misia Adela, y simulaba atención a las palabras de 
la criolla sentada a su lado. 

Sin precisar las causas, notaba que su ánimo se había 
vuelto triste, como si la tardanza en ver la carrera le hubiese 
causado hastío. 

Por los costados del coche continuaban pasando los jinetes, 
en alto la mano en que mostraban los dineros ofrecidos en 
apuesta en favor de uno u otro parejero; relinchaban inquietos 
los otros caballos junto a los trillos, mientras elevábanse de 
continuo carcajadas que partían de los grupos donde algún 
chusco hizo menosprecio de la fé de un gaucho por el triunfo 
de su parejero favorito. 

Otras veces, un movimiento de inquietud corría a lo largo 


74 











JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de la reunión, y estirábanse hacia adelante los jinetes para ver 
mejor, al tiempo que trasmitíase la voz de: 

—¡ Se vinieron!—Hasta que un mismo comentario murmu¬ 
rado en un extremo de los trillos, iba de labio en labio aquie- 
tanto la impaciencia de todos, mientras frente a los banderas 
continuaban partiendo los parejeros. 

—Había sido lerdo Cartucho pa largar; — rezongó, ya 
impaciente, Misia Adela. 

—Dicen que es gaucho muy alarife y esperará enojar al 
«Sarandí», porque el «Fierro» es un matungo, de manso, en las 
partidas; — comentó Don Zenón, 

—Pero Baqueta ya le conoce las mañas y no se va a 
dejar cortar. 

—¿Ud. cree que gane el «Sarandí», mama? — Interrogó 
con inquietud infantil la doncella. 

—Ta claro, m’hija; si nunca ha estao mejor compuesto. 

—Pero hace ya tanto que están partiendo, que pueden 
cansarlo. 

—Eso no es mella, muchacha; porque el zaino está como 
variao en la arena. 

En ese instante pasó un jinete, cuya melena ondulaba en 
la brisa de su caballo al galope. 

—i Al zaino, señores, al zaino. Doy luz, señores, con el 
caballo «Sarandí». ¿No hay quien se anime? — Y sus palabras 
se perdieron, como su silueta, en la multitud de la cual partían 
voces y relinchos. 

i Bella fiesta gaucha, cuya alegría no alcanzaba a disminuir 
la interminable espera a que estaban sometidos los hombres 
por los corredores que, en lance de habilidad y de astucia, que¬ 
rían merecer entonces la fama de que con largueza gozaban en 
la comarca. Pero Ricardo, sorprendido por la gracia de Maruja, 
que él no sabía en qué encanto suyo colocar plenamente, ya no 
podía gustar del espectáculo que en un principio pusiera reto¬ 
zona alegría en su espíritu. Ahora todo era para escuchar sus 
breves palabras y mirar de soslayo la clara sonrisa de la joven, 
en cuyo rostro parecía haberse dulcificado el sol para no qui¬ 
tarle el encanto rosa de las mejillas. 

En la plena luz de la tarde, frente a las verdes lomas de 
la lejanía, sus ojos parecían llenos de una visión azul y rosa, 

76 



CRONICA DE LA REJA 


recogida en la ligera falda, en los ojos, en el cabello y en la 
sonrisa de Maruja, 

Intentó hacer un cumplido, pero hubo de detenerse bajo 
los ojos fuertes de Misia Adela, que le miraban como si inqui¬ 
riesen bajo su frente los temerosos pensamientos. 

¿Habría la criolla adivinado con sus ojos sagaces, el es¬ 
tado de ánimo suyo frente a aquella joven que de tal modo 
parecía extraña al ambiente en que se criara? Sin que se pre¬ 
cisara claramente en su espíritu, Ricardo sintió temor de que los 
celos de la madre le apartaran bruscamente de su hija. Pero 
Misia Adela cambió de súbito la actitud, distraída de su pre¬ 
sencia, para dirigirse a un jinete que se llevaba la mano al 
sombrero en el momento de pasar junto a la jardinera. 

—¿Y usté no juega, capitán? 

—Ya jugué, Misia Adela, — respondió el paisano de ojos 
azules y noble gesto. — Pero aura la cosa se está poniendo 
fiera, 

—¿Se enojó el «Sarandí»? 

—Y Baqueta también. Parece que Cartucho lo está aguai¬ 
tando pa cansarle el caballo. 

—¡Endiablao el pardo... ¿Y el «Fierro» cómo está? 

—Como chingolo’e patio, de tan manso. Dicen que el 
Coronel ya mandó largar como lleguen a las banderas. 

—Es lo que debía hacer; van pa más de dos horas que 
están partiendo al ñudo. 

—Ansina es, sí señora. 

Cartucho comenzaba ya a inquietar a la aparcería del zai¬ 
no, con sus recursos de maestro en las largadas, pues conocedor 
del ánimo de los dos caballos, intentaba sacar partido de la 
mansedumbre del «Fierro», que se detenía tranquilamente en 
las banderas, mientras el «Sarandí», a cada instante más ar¬ 
doroso, abiertas y temblorosas las anchas narices, manchándose 
el pecho con la espuma de la boca, en alto la cabeza y enarcada 
la cola, atravesábase en el trillo que apenas tocaban sus finas 
manos, sujeto su impulso por lanzarse a correr. 

Arrollados sobre el lomo de los parejeros; firme la mano 
que sostenía fuertemente la rienda; encogido, en ademán de 
golpear el rebenque sobre las ancas, el brazo que lo empuñaba; 


77 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

puestos los ójos del uno en los del otro, Cartucho y Baqueta 
se acechaban con ansias, sin que pudieran darse el «tajo» digno 
de sus famas y de la carrera que habrían de decidir, tanto como 
los caballos. 

Agobiados de sol, los banderas esperaban con la inalterable 
paciencia de hombres acostumbrados a tales lides. 

De pronto, tres palabras pasaron, breves, por todos los 
labios nerviosos, a lo largo de la cancha: 

—¡ Aura!... ¡Se vinieron!... 

Empináronse sobre los estribos en líneas paralelas hacia 
los trillos, los jinetes; remolinearon los caballos, mientras los 
policías gritaban a los que se adelantaban: ¡Reculen! ¡Recu¬ 
len!... En la emoción del breve silencio de angustia, sólo se 
sentía el golpear de los cascos de los parejeros sobre el piso 
endurecido de la cancha de la que se levantaba pequeña nube 
de polvo. 

Ricardo vió adelantar los caballos, extendidos como agu¬ 
das proas cortando el aire los cuellos, mientras los hombres ex¬ 
tendíanse, elásticos, hacia adelante, imitando el impulso de sus 
fletes, pareciendo que iban a saltar de sus lomos, y continuaban 
vuelta la cabeza hacia el contrario. Frente a él percibió entre 
el polvo que los envolvía, las fauces abiertas de los caballos 
cuyas crines erizaba el viento, y las caras enrojecidas de Baque¬ 
ta y Cartucho. 

La angustia de la escena se apoderó un instante de su 
ánimo. El «Fierro» llevaba pequeña ventaja, cuando de pronto 
vibró un grito salvaje de Baqueta: 

—¡ Ahaáa!... — y el «Sarandí», en un esfuerzo heróico, 
cruzó como un dardo delante de sus ojos. 

Al paso de los parejeros sucedió un épico tumulto. Se en¬ 
cabritaron los caballos de los otros en una emulación ardorosa, 
tal como gritaban enardecidos los jinetes, ¡Sarandí! ¡Fierro! 

¡ Sarandí!; según era su esperanza por la posición de los caballos 
al pasar frente a ellos. 

Y en sonoro tropel de cascos, voces y relinchos, envueltos 
en nubes de polvo, corren todos hacía la sentencia, mientras 
en la llanura verde, más allá de las líneas rectas y grises de 
los trillos, saltan aún los parejeros cuyos bríos quieren dominar 
los corredores curvados en sus lomos. 


78 



CRONICA DE LA REJA 


Pocos momentos después partían de la sentencia los prime¬ 
ros jinetes, sobre sus fletes embravecidos por la espuela que la 
alegría hincaba en los i jares, mientras aquéllos agitaban en el 
aire los sombreros y voceaban calurosamente: 

—¡ Sarandí! ¡ Sarandí! ¡ Sarandí! ¡ No hay pareja pa ese 
flete... 


Comenzaba a declinar dulcemente la tarde. Más allá de 
la Cuchilla Grande, el sol daba aspectos fantásticos a los eu- 
caliptus de las estancias, mientras las nubes parecían danzar 
en un inmenso círculo, sobre los cerros de las Cuentas y el 
Largo, bajo el cielo profundo y azul. 

En la transparencia de la tarde, las verdes lomas se aleja¬ 
ban sosteniendo en las curvas de sus ondas el blanco caserío 
de las estancias hasta perderse en la remota lejanía bajo el 
horizonte. 

Era suave y diáfana la brisa que jugaba sobre los altos 
pastos y en las melenas y golillas gauchas, trayendo aromas 
de gramillas y el largo balar de las majadas. Continuábanse 
corriendo carreras en los trillos, y en las enramadas cantando 
los payadores, cuando una extraña visión sobre las cuchillas 
dejó en suspenso a todos los espíritus. 

—¡ Franco Aguilar!. .. 

—¡ Sangre’e toro!. . . 

—I El Coronel Aguilar!... 

^Repetían las voces con admiración, ante la presencia de un 
grupo de jinetes que al galope rítmico de sus caballos, acababa 
de coronar la cuchilla en seguimiento de un jinete en cuyas 
cabezadas de plata se quebraban los rayos del sol mortecino, 
mientras flameaba, en el aire azul, el pendón de su poncho rojo. 

Y los gauchos de pañuelos blancos o celestes; los dueños 
del pago entre quienes sentíase la presencia de sus caudillos, 
esperaban con asombro a los del grupo que ya bajaban la ladera 
y continuaban galopando en la llanura; diez, a lo más; firmes, 
arrogantes en los elásticos fletes, tras el jinete cuyo poncho man- 


79 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


chaba de sangre el azul de la tarde, aleteando en la brisa las 
puntas de sus rojas golillas. 

—¡Bien montaos, los indios! 

—¡Qué viento lo habrá tráido a ese pájaro! 

—¡No pierde la maña de cáir de sorpresa! 

Aún comentaban los de la reunión, cuando los de Franco 
Aguilar paseaban ya, entre el flamear de las golillas blancas 
y celestes, el romanticismo de las suyas rojas. 


80 



CAPÍTULO VII 


J UEGUE, Comandante; ahi tiene a la sota que se ha 
puesto salidora y querendona. 

Dijo Franco Aguilar, levantando los azules ojos hacia 
el Comandante Yáñez que erguido el cuerpo gigantesco bajo el 
poncho de verano, ceñudo el gesto y fría la mirada, atendía 
sin decir palabra al sucederse de las cartas sobre la carpeta. 

—No soy aficionao a las mujeres — respondió sin mirar 
a Aguilar, cuyo poncho parecía de un rojo más sombrío a la 
luz de la lámpara pendiente de un tirante de la pulpería. 

El tallador colocó cuidadosamente las cartas sobre la mesa, 
y miró a los que a su alrededor se sentaban, en espera de la 
jugada. 

—¿Y a usté, Don Zenón, que es entendido en polleras, no 
le gusta esa moza? 

—No, Coronel; en negocio de hembras no hay que fiarse 
mucho. 

—Va éso a la sota—dijo el Coronel Marcos Ramírez, co¬ 
locando junto a la carta varias monedas de oro. 

—Usté siempre ha de ser el que me aceta el convite. Co¬ 
ronel. 

—Es razón; aunque más me hubiera gustao ganarle con el 
zaino; pero usté no pierde la maña de cáir siempre a los pas¬ 
teles. 

Rieron los de la rueda, uniéndose sus voces a las de los 
gauchos que acodados en la reja miraban jugar a los caudillos, 
al comprender la alusión picaresca del coronel blanco, mientras 
Franco Aguilar, vuelto de cara el naipe respondía, recalcando 
intencionalmente las palabras: 

—No, Coronel, no es que tenga maña de llegar tarde, pues 
a peliar y a jugar, sólo el maula llega tarde. Yo — y aludía 


81 


6 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ahora francamente a su hábito de caer de sorpresa sobre los 
enemigos y dispersos escuadrones — gaucho pobre y oficial de 
poca gente, me reservo la plata pa jugármela seguro. Y ocasio¬ 
nes acontece, y más si es con usté la partida, que por mucho 
madrugar me fallan los palpites. 

—Es que el Coronel — intervino Don Zenón jovialmente 
— en las sierras es como animal que extraña la querencia; no 
se echa en toda la noche. 

Así, mezcladas la broma regocijada acerca de los vaivenes 
del juego, con la alusión escondida a guerreras hazañas, iba la 
charla animando la rueda de los paisanos dentro de la pulpería; 
en la reja se agrupaban los gauchos de rojas y blancas golillas, 
atentos a las palabras y a la suerte de los caudillos, mientras 
por encima de sus cabezas se ahondaba la noche. 

Era fresco el aire que venía de los campos, trayendo el 
eco de las voces de los payadores en las carpas. 

Junto a la mesa de juego sentábanse los caudillos blancos 
del contorno, teniendo entre sus manos las monedas que colo¬ 
caban o recogían de sobre las cartas que distribuía Franco 
Aguilar, cuyo poncho rojo era allí una nota audaz, en tanto él 
divertía al concurso con sus constantes agudezas. 

Cebaba el mate Don Manuel, insensible al cansancio de un 
día de afanosa labor, por la orgullosa alegría de ver tan en¬ 
cumbrada reunión en su negocio, y cuidaba Ricardo de que 
estuviesen llenos siempre los vasos de ginebra con que el cau¬ 
dillo ganancioso en la carrera obsequiaba a los gauchos. 

Enjuto de carnes; angulosos los hombros que cubría el 
poncho de verano; largo el cuello rodeado por la golilla; arisco 
el mirar, el Comandante Sánchez atendía el juego, interviniendo 
apenas con monosílabos en los comentarios que provocaba la 
partida. Junto a él, Don Zenón anunciaba con un mote a cada 
carta ganadora, mientras el Comandante Yáñez, de pie a espal¬ 
das de Aguilar, insultaba con ronca voz a la carta que le había 
hecho perder. 

Nervioso por el abuso de la caña; llevándose de continuo la 
mano al bigote encanecido, Fernando González seguía obstina¬ 
damente, en el juego como en la guerra, la suerte de su coronel 
Ramírez. 


82 



CRONICA DE LA REJA 


Como abstraído profundamente en reflexiones extrañas a 
la escena, o saboreando con fruición el humo del largo cigarro 
de chala, Isabelino Quiroga estábase de pie, perdida la mirada 
de sus ojillos negros en la espesura de la barba que ocultaba 
el rostro, para intervenir, en raros palpites, con su inalterable 
pregunta: «¿Me lleva una puntita. Coronel?». Dejaba sobre la 
carpeta el dinero y, perdedor o ganancioso, tornaba a sus largos 
silencios. 

Eran pues, Don Zenón, Marcos Ramírez y Aguilar, quie¬ 
nes animaban con breves comentarios y recuerdos las horas de 
aquella noche de jugada. 

Los dos caudillos enemigos en la guerra, tratábanse en¬ 
tonces con visible cordialidad, movidos por el concepto que uno 
a otro merecía. 

Sobre ellos estaba detenida la atención de Ricardo, como 
la de los gauchos que comentaban con repetidas carcajadas las 
agudezas de aquéllos que eran allí los primeros, como lo eran en 
los días de la lucha. 

Altivo, con instintiva y despreocupada altanería en el ges¬ 
to; serenos la palabra y el ademán como quien pesa lo que dice 
y está pronto a afirmarlo con el puñal, si es preciso; finos y 
severos los labios bajo la blanca barba sobre la cual brillan, 
profundos, los ojos negros, el Coronel Marcos Ramírez gozaba 
con la presencia de aquel gaucho de ojos azules, llena de movi¬ 
bles rugosidades la cara, que le daban, según fuera la contrac¬ 
ción de sus labios finos, fisonomía de picaro o de cruel. 

Sin duda la presencia de aquel rostro audaz y cínico a un 
tiempo mismo, produciría en cualquier espíritu recto el des¬ 
agrado que sintió Ricardo al extenderle la mano. Pero en cam¬ 
bio, era tan insinuante en sus ademanes; tan grata la charla 
regocijada de su voz de sonoridades femeninas, que a poco de 
oirle, se comenzaba a descubrir en el fondo de aquellos ojos 
azules, al caudillo audaz y valiente, y se olvidaban las manchas 
que su crueldad había puesto en la clara fama de su arrojo. 

Viéndolo de pie, calzadas las botas de potro; curvadas por 
el caballo las piernas; cubierto con el poncho rojo bajo el cual 
se anunciaban los bordes del chiripá de merino; de cuerpo pe¬ 
queño, Ricardo observaba cómo perdía Franco Aguilar la des- 


83 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


envuelta arrogancia con que llegara ese atardecer, sobre el 
caballo vibrante, a la reunión gaucha. Para sentarse, como ahora 
lo estaba, en aquella pulpería de pago blanco, él contaba con el 
respeto que el arrojo despertaba en el gauchaje y con su inalte¬ 
rable gratitud, nacida en la guerra, hacia el Coronel Ramírez. 

Criado en las asperezas de Sierra de Ríos y Aceguá, Fran¬ 
co Aguilar era como un fruto autóctono y genial de aquellas 
comarcas en las que a cada instante muda el paisaje y las que¬ 
bradas se suceden, imprevistas, entre las afiladas sierras que 
interrumpen continuamente el horizonte. 

Gaucho voluntarioso y rebelde, él entendía la guerra a su 
modo, sin que le fuera posible admitir una voluntad extraña 
sobre la suya, tenaz y salvaje. 

Señor de las sierras, en la paz recortábase su silueta en 
los horizontes sobre las afiladas curvas, ocupado en contraban¬ 
dear con el Brasil y hallando en cada rancho un «compadre» 
aliado suyo para engañar a los policías. 

De aquellos gauchos, criados en el hábito de seguir los 
rumbos más ocultos de la frontera, se formaba la legión de 
baqueanos a cuyo frente Franco Aguilar permanecía cuando 
las guerras los días escondido en las quebradas de las sierras, 
esperando la noche para descender a los llanos, viajar en el si¬ 
lencio de las sombras y caer como un vendaval sobre las dor¬ 
midas huestes del enemigo, y desaparecer, perdido el rastro en 
sinuosidades sólo de ellos conocidas, dejando en los ojos de 
espanto de los vencidos, la temida visión de sus ponchos rojos. 

Solo, apartado de todo ejército regular, aquel caudillo 
enemigo del orden que limitaba el impulso de su potente indivi¬ 
dualidad, era como un centinela apostado sobre las sierras desde 
las cuales esperaba ver surgir las columnas enemigas y di¬ 
seminarse en los campamentos, ignorantes del peligro que guar¬ 
daban las lejanías azules de Sierra de Ríos desde las cuales 
descendería sobre ellos el pánico, venido en el correr sonoro de 
los caballos de Aguilar. 

Sólo una vez, recordaban las crónicas lugareñas, había 
abandonado sus sierras y seguido al ejército de Goyo Suárez 
cuando el 70, más allá de sus pagos. 

Entonces los hechos de su audacia sembraron en el país 


84 



CRONICA DE LA REJA 


la fama de aquel jinete de poncho rojo, cuya silueta fué fami¬ 
liar a los de Timoteo Aparicio, perdiéndose, alíjera, en las 
cuchillas del horizonte. Mas, si era cierto que Aguilar dejaba 
en la mente de quienes vieron pasar la guerra sobre sus campos, 
el recuerdo de su audacia, no era menos cierto, también, que 
todos evocaban con espanto la llegada de aquellos indios de 
golilla roja, pasar como un viento de desolación sobre las huer¬ 
tas, diezmar las haciendas, saquear las pulperías y ultrajar el 
honor de las mujeres. 

La disciplina y el honor del ejército ataron, como a un 
perro de caza, con el hastío de las jornadas al tranco, a aquel 
caudillo en espera siempre de un próximo peligro, para dar 
libre acción a su espíritu ardoroso. 

Y contaba la fama, que cuando en los escuadrones disper¬ 
sos de Timoteo Aparicio relinchaban en las sogas los caballos 
asustados por el viento que estremecía los montes; o cuando en 
las hondonadas se sentía el galopar de fuga de los matreros, en 
la desolada curva de una cuchilla envuelta en sombras, el «cen¬ 
tinela perdido» empuñaba temeroso el fusil, pronto el caballo 
para la huida, creyendo oir en los ecos que llevaba el viento 
acercarse a través de la noche el galope de los indios de Aguilar. 

Así cruzó el caudillo los campos del país, hasta que por 
fin las andanzas típicas de la guerra gaucha trajeron nueva¬ 
mente al ejército de Suárez a los campos de Cerro Largo. 

Marcos Ramírez, transida y desmoralizada su división, 
reorganizábase en los pagos de Franco Aguilar, y el gueriillero 
audaz partió una tarde del ejército de Suárez a defender con 
el centenar de sus indios el señorío arisco de las sierras. 

Hacíase lentamente el crepúsculo sobre las llanuras en las 
cuales se apagaban las líneas sinuosas de los caminos, y acallᬠ
banse en los montes próximos del Chuy los cantos de los pája¬ 
ros. Sobre la más alta cumbre del lugar, Franco Aguilar ob¬ 
servaba cómo empezaban a encenderse en el cielo las estrellas 
y en el valle los fogones, mientras pacían diseminadas las ca¬ 
balladas de Marcos Ramírez, agrupábanse en las pequeñas lo¬ 
mas los ganados, y venía en la olorosa brisa el relincho de los 
potros. 

Después, todo fué silencio en la llanura bajo la. claridad 
lunar. 


85 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


De súbito un alarido salvaje precedió al estruendo de cien 
trabucos disparados sobre las caballadas, y fué como un hura¬ 
cán trágico que sacudió el sueño del ejército en la noche de 
improviso poblada de voces, sonar de cascos y relinchos, vi¬ 
brando sobre el tropel de los caballos que huían despavoridos, 
la voz del clarín ordenando el degüello. 

Presas del pánico, los de Marcos Ramírez dábanse traidora 
muerte unos a los otros; alzaban en el aire tizones encendidos 
pretendiendo ahuyentar el avance de los caballos que reventa¬ 
ban las sogas y huían, relinchantes y aterrados, por la abierta 
llanura; o eran los sorprendidos escuadrones, diezmados por las 
lanzas de Aguilar que no cejaban en su galopar arrollando todo 
cuanto encontraban a su paso. 

Huían desesperados de salvarse los escuadrones blancos 
ante aquella legión de fantásticos jinetes surgidos en la noche 
del seno de las sierras, cuando de pronto, sobre los árboles del 
Chuy, vibró un clarín de pelea, y la voz de degüello respondió 
a la voz de degüello del clarín de Aguilar, cuando del paso 
de Pesiguero galoparon sobre la llanura nuevos jinetes cuyas 
lanzas recortábanse, rectas, en el claro de luna. 

Franco Aguilar se detuvo, sorprendido a su vez. 

¿ Es que acaso alguien le esperaba ? ¿ Quién era el caudillo de 
aquellos que ya estaban cercanos a los suyos? 

—¡ Sangre de toro! — vibró, potente, una voz de reto so¬ 
bre el sordo sonar de los galopes. 

—¡ Pampa! — gritó Aguilar con su voz afeminada, recor¬ 
dando que la barba blanca y su corpulencia dieron a Marcos 
Ramírez, en la imaginación de sus contrarios, semejanza con 
un toro pampa. 

Y los caudillos se buscaron en el entrevero, donde cho¬ 
caban lanzas, algunas de las cuales saltaban tronchadas por el 
golpe de los sables; rodaban por tierra jinetes y caballos; toca¬ 
ban a degüello los clarines, y oíase gritar, ¡aura salvajes!, ¡ca¬ 
yeron sumacos I, entre ayes y blasfemias. 

Conocido y rodeado por tres indios de Aguilar, Marcos 
Ramírez buscaba el modo de abrirse entre ellos paso con su 
lanza que en fieros botes amenazaba el pecho de sus bravos ata¬ 
cantes, cuando de pronto su caballo cayó pesadamente, herido 


86 






















JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de muerte por un hachazo en la cabeza. Al verlo a pie, uno 
de Aguilar fuése sobre él, con la ciega confianza de su arrojo; 
mas detúvose bruscamente el caballo, y el jinete cayó junto 
a sus patas, herido de un lanzazo. En medio de la lucha que 
sostenía con los dos indios que le atacaban, Marcos Ramírez 
vió llegar galopando un jinete y oyó su voz familiar: 

—i Reventaste, salvaje! — Y un hondo quejido de dolor 
señaló la curva descripta por un cuerpo al caer delante de su 
caballo. 

—jChengo!; — gritó el caudillo. 

—jAhi va su negro. Coronel!;—respondió el recién ve¬ 
nido, al tiempo que interponía su caballo nervioso, entre el 
último guerrero de Aguilar y Marcos Ramírez. 

Ante la llegada de aquel nuevo jinete, el atacante de Ramí¬ 
rez, viéndose perdido, clavó las espuelas en su animal y, en 
alto el sable, acometió al caudillo que lo esperaba de pie, lanza 
en la mano. 

Piafante el caballo embravecido por la espuela, acercábase 
veloz hacia el caudillo, cuando la lanza de Chengo abatióse rᬠ
pida en rudo golpe que desgarró el poncho y el hombro del de 
Aguilar, cuyo sable cayó a los pies de Ramírez, y él corría so¬ 
bre los llanos. Bajo la clara luna, el jinete perseguido Cheii- 
go, eran como dos sombras huyendo hacia las sierras cuyos pe¬ 
sados contornos levantábanse en el cercano horizonte. 

Pocos instantes después, doblado de dolor sobre el caballo 
cuyas riendas cogía Chengo, el guerrero de Aguilar tornaba, 
herido y prisionero, a la carpa del Coronel Marcos Ramírez. 

Cuando a las pocas horas del combate se hizo el día, la 
columna de Ramírez emprendió la persecución de Aguilar, lle¬ 
vando prisionero a un sobrino del caudillo, aquél a quien de¬ 
tuvo Chengo en el instante de lanzarse, sable en mano, sobre 
su jefe. El arrojo del muchacho impresionó fuertemente el áni¬ 
mo de Ramírez y así fué cómo, contra lo que todos esperaban, 
conociendo el antagonismo de los dos guerreros, más que su pre¬ 
sa de guerra, fué un amigo a quien tributáronse en la carpa del 
jefe solícitos cuidados a sus heridas. 

No mostraron las sierras las huellas de Aguilar a los hom¬ 
bres de Ramírez, quienes se alejaron hacia el sur llevándose 


88 



CRONICA DE LA REJA 


consigo el prisionero, hasta que un atardecer junto a un monte, 
el muchacho, aprovechando la confianza puesta en su lealtad 
por el jefe blanco, desertó de la columna para volver a la Sie¬ 
rra de Ríos. 

Tal era la razón de la gratitud que por siempre obligó a 
Franco Aguilar con Marcos Ramírez; y fué por ella que, 
conocida de los paisanos, pudo su caballo airoso galopar al solo 
arbitrio de su jefe, por los pagos blancos. 

Era suave la noche luminosa de estrellas. 

En el silencio de los campos levantábánse de pronto las 
voces de los payadores cantando sus querellas de amor o ro¬ 
mances heroicos en medio de la rueda de los paisanos; relin¬ 
chaban los caballos en las sogas, despertando a los teru-terus 
en las cuchillas, o mugían los toros en las dormidas lejanías. 

Junto a la mesa jugaban los caudillos, en tanto Ricardo, 
vencido ya del sueño, sumíase en los múltiples recuerdos de 
aquel día. 

Sobre el tumulto de voces de la fiesta, gozaba en detener 
en su imaginación el recuerdo de aquel carruaje donde, entre 
las señoras, vió los ojos negros de Maruja y jugó en sus 
labios rojos la gracia de una sonrisa. 

El hubiese querido hablar a solas con Chispa para oir 
de sus labios cómo pasaban las horas de la estancia; hacia donde 
miraban las ventanas de Maruja; si acaso era hacia el sur que 
ella veía todos los atardeceres volverse violeta el horizonte; 
cómo eran de alegres los patios con la silueta suave de la joven. 
Pero el viejo asistente permanecía silencioso, acodado a la reja, 
fijos los ojos en las cartas que Aguilar dejaba caer sobre la 
mesa, y en los movimientos de la mano de su caudillo que le 
daba entonces la espalda. 

Indiferente a las reuniones de las carpas, reconcentrado el 
gesto. Chispa vigilaba la suerte de su caudillo, doliéndose de 
sus desaciertos y gozando en sus ganancias. 

A veces una mirada de odio asomaba a los ojos del gaucho, 
cuando la suerte protegía a Aguilar a quien él jamás perdonaba 
el ser colorado y merecer, aún así, el afecto de Marcos Ra¬ 
mírez. 


89 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


jOh, en ésto sí que su coronel no esperase nunca su com¬ 
placencia ! ¿ Podría pedirse algo más indigno de un caudillo 
como Ramírez, que el hecho incomprensible de dar su amistad 
a un «salvaje» como Aguilar? ¿Entonces, para qué eran los par¬ 
tidos y las guerras? 

Y los celos de Chispa producían hondo rencor en su alma 
leal y sencilla. 

Atento al rostro del caudillo blanco, Ricardo buscaba en 
sus gestos, en su palabra y en sus ademanes, algo que le recor¬ 
dase a su hija. 

Sin que él pudiera saber a punto fijo la razón, cierto era 
que entonces sentíase, también él, atraído hacia aquel gaucho 
de hablar reposado y firme, en cuya presencia parecían evocarse 
heroicos entreveros y duras andanzas por lejanas tierras en pos 
de aquel hombre que daba la sensación de una total seguridad 
de regir su vida y sus destinos. 

Impasible al halago y a la desventura; distraído de la ad¬ 
miración de aquellos gauchos que se agrupaban para llenarse 
los ojos de sus más pequeños gestos; pareciendo que hasta en 
sus afectos tenía puestas las riendas de su voluntad, Marcos 
Ramírez era para Ricardo el hombre libre de toda emoción 
exterior; seguro, absoluto, dominando sus días para hacerlos 
cumplir, fatalmente, quién sabe qué fuertes destinos. 

No recordaba entonces ninguna hazaña suya. Era sereno 
el gesto y afectuosa la palabra; pero la sola presencia de aquel 
hombre, dábale la certeza de que era el más fuerte de cuantos 
hasta entonces hubiese conocido. 

La curiosidad de su juventud deteníase ante aquella cabe¬ 
za de rasgos firmes dibujándose bajo la blanca melena y la 
barba rizada, y delante de aquel pecho recio anunciándose bajo 
el poncho de verano. 

¿Qué pensamientos iban por la frente de oscuros ojos? Ri¬ 
cardo estaba seguro de no sospecharlo, siquiera; pero él podía 
afirmar, que eran bien distintos de cuantos ocupaban la mente 
de los demás. Y sin que se lo propusiese, notaba cuán espontᬠ
neo y singular era el respeto con que atendía a la menor palabra 
de Marcos Ramírez. Esa noche el joven comprendió la fé de 
los gauchos en sus caudillos. 


90 



CRONICA DE LA REJA 


Era ya próxima la madrugada, cuando se levantó la rueda 
de la pulpería. 

En los campos se había hecho el silencio. Sobre las cabezas 
de los pocos gauchos que aún restaban en la reja, las estrellas 
fulguraban, límpidas en el cielo sereno, mientras la brisa del 
amanecer refrescaba el ambiente del negocio. Cuando las si¬ 
luetas de los caudillos perdiéronse al doblar la esquina en pos 
de Don Zenón que les ofrecía hospedaje, Ricardo permaneció 
unos instantes en la puerta recibiendo el aire fresco de la noche. 

Lejos, curvábase el cielo con la profusión de sus puntos 
luminosos, sobre las calladas cuchillas; en la limpia profundi¬ 
dad del azul, se destacaba, magnífico el camino de Santiago; 
del bajo venían a intervalos murmullos de voces de alguna 
carpa en que aún continuaba el juego; más cerca, brillaba la 
rojiza luz del fogón de los carreros, que sorbían su mate antes 
de iniciar el viaje. 

El joven miró hacia el norte. Apenas si veía un pequeño 
trozo del camino y luego, curvarse el cielo sobre los campos 
en que se alzaba la estancia de Marcos Ramírez. 

¿Cuándo le sería dado tomar aquel camino y viajar hacia 
el cerro que en los atardeceres veía desde la reja tornarse azul 
en el horizonte ?.. . 

Ya en el lecho, resonaban en su pensamiento las visiones y 
las voces de aquel día de fiesta gaucha. 

¡Qué alegres entonces eran aquellos campos con su caudi¬ 
llo; los payadores; las carreras; el sol sobre el verde de las 
gramillas; el camino animado con el paso de los viajeros; los 
ganados reunidos en las lomas; el canto de los pájaros en los 
eucaliptus de la pulpería y el relincho de los caballos!... 

Resonaban en su mente los múltiples recuerdos de aquella 
sinfonía de los campos, y sobre ellos, Ricardo sentía destacarse 
la clara sonrisa de Maruja. 


91 



CAPÍTULO VIII 


E l invierno, sacando de su cauce a los ríos del contorno, 
quitaba al camino Nacional su habitual alegría. Apenas 
si de la Cuchilla Grande se veían adelantar bajo las ce¬ 
rradas garúas a los peones de las estancias en busca de surtido, 
y con muchos días de interrupción llegaba la diligencia cubierta 
del barro que había chapoteado durante el camino. 

Bajo aquel constante gris del cielo que parecía apoyarse 
pesadamente en las curvas de las próximas cuchillas, sólo el 
pampero iba por los caminos de los que ahuyentó a los gauchos 
recogidos entonces al calor de los ranchos. 

Asediados por la lluvia, viendo desde la reja el mismo y 
breve paisaje, los pobladores de la Azotea compensaban con 
el calor de una afectuosa intimidad, la desolación del ambiente 
que les rodeaba. 

En tanto Don Manuel dejaba la atención de la pulpería 
al cuidado de Ricardo, para estarse junto al fogón donde la 
morena Liberata alternaba sus quehaceres con las caricias ofre¬ 
cidas ruidosamente al amante gallego, el joven y Don Zenón, 
sentados detrás de la reja, recordaban crónicas lugareñas o 
hacían propósitos de porvenir, hasta que la noche comenzaba 
a hacerse en la tienda. 

Así iban los días ordinarios, vacíos y monótonos frente a 
la reja, compensados sólo para Ricardo por la amistad de Don 
Zenón y las veladas junto a la mesa sobre la cual extendíanse 
los enseres de las labores de Doña Lolita, hasta que al llegar 
las mañanas del domingo, comenzaban a agruparse en la reja 
los gauchos que a despecho del pampero cargado de garúas, 
iban a reunirse protegidos bajo los arcos de la pulpería. 

Eran siempre los mismos; idéntico el asunto de las con¬ 
versaciones, como si gustaran repetirse lo que era de todos sa- 


93 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


bido, e igual la actitud de reserva huraña de unos hacia los 
otros, como si a pesar de aquella amistad, fuera por debajo de 
la cordialidad del ambiente un viejo rencor que a cada instante 
podría llevar las manos a los puñales. 

Sentados junto al mostrador alineábanse Ricardo, Don 
Zenón y el Comandante González, frente a los que en la parte 
de fuera jugaban a las cartas o escuchaban a los payadores. 

En rueda de valientes y de otros que simulaban serlo, 
el Comandante González, hombre leal y bondadoso, estaba siem¬ 
pre dispuesto a salir en defensa de Ricardo cuya rectitud de 
espíritu y ánimo resuelto habían conquistado desde el primer 
momento la adhesión simpática de aquel guerrero ingenuo y 
fuerte. 

Formaban en la rueda, Candinio Viraré, gaucho de «pa 
dentro» recién llegado a la comarca y a quien se atribuían 
imprecisas hazañas de coraje. Alto, fornido, de enmarañada y 
renegrida barba, tenía en ios ojos una mirada aviesa en armonía 
con su hablar siempre oscuro, como si guardase para sí la 
última intención de sus palabras. El Tuerto Narzo, cuyos 
desplantes de hombre de coraje lo hacían ridículo en aquella 
rueda en que era de todos conocida su cobardía. Isabelino Qui- 
roga, Timoteo Centurión y Lorenzo Rivero, criollos del mismo 
pago; sobrios en el hablar; graves en la actitud, eran, bajo los 
gruesos ponchos de invierno y con sus rasgos firmes y severos, 
los tres por igual, el tipo del gaucho valiente y humilde, que 
mostraban aquellas duras miradas sobre las barbas negras y 
espesas, el tosco ademán de las manos y la arrogancia de los 
cuerpos fortalecidos en la ruda vida de los campos. 

Juntos hacían los domingos el camino de la pulpería, para 
estarse en silencio oyendo las narraciones y los cantos de los 
payadores, sin buscar ni rehuir la pendencia, y volver luego 
a sus ranchos que formaban círculo en torno de la estancia del 
caudillo, como si en las noches de paz velaran el sueño de Mar¬ 
cos Ramírez, ellos que en la guerra mostraban sus siluetas vi¬ 
gorosas en la escolta que comandaba Bernabé. 

Viéndoles de pie junto a la reja, Quiroga, Centurión y 
Rivero, más que hombres de paz, semejaban guerreros gauchos 
descansando de una larga jornada en la rueda de la pulpería 


94 



CRONICA DE LA REJA 


en espera del ejército al cual se adelantaron en busca de ene¬ 
migos. 

Singular en la rueda, Patricio, como todos los gauchos, 
creía en el valor; pero desde el día en que desertó de las co¬ 
lumnas revolucionarias de Timoteo, fingiéndose loco, se dedicó 
a ponderar el valor con el homenaje de su admiración ofrecido 
a Marcos Ramírez y hablando con cuidado respeto a los bravos 
de la reja. De las virtudes gauchas, él había escogido para sí 
aquella que amoldábase en mejor modo a la debilidad de su 
carácter enemigo de todo riesgo. 

¿Cómo no sentirse expuesto a las burlas de los gauchos, si 
era de todos sabida su cobardía; si nadie le vió jamás montar 
un potro y huyó siempre del peligro en los días de la guerra 
como en las rudas labores campesinas? Y Patricio, sin hazaña 
para lucir su recuerdo en la rueda de la pulpería, se hizo paya¬ 
dor. Se decía que un correntino, breve huésped de su estancia, 
de ello hacía largos años, le había enseñado el secreto sentido 
de la décima de Jauricaragua. Desde entonces, el inocente Pa¬ 
tricio tuvo su virtud y su décima. 

Con los ojos pequeños y vivaces; el hablar bullicioso, Pa¬ 
tricio había encanecido en las lomas de sus campos y en las re¬ 
jas de las pulperías, cantando siempre con inocente orgullo 
de que nadie acertara a traducir su sentido, la décima de 
Jauricaragua. 

Era infaltable los domingos en la Azotea, y cuando en 
la pulpería aburríanse de oir el extenso recitado del Pardo Gil 
acerca de las desventuras del Buey y el Caballo, Patricio, des¬ 
pués de vivas instancias que bastaban a su orgullo, apoyaba 
en las rodillas la guitarra, echaba hacia atrás el busto y, pues¬ 
tos los ojos en los arcos de la reja, comenzaba, ante el silencio 
de aplauso de los otros, aquella décima que constituía todo su 
caudal de payador. Con gesto del más simple arrobamiento, el 
cantor modulaba su incomprensible décima a cuyo final los 
gauchos respondían los mismos comentarios de asombro por 
aquel habilidoso embrollo de palabras. Y entonces Patricio, 
colmado de dicha, empinaba un vaso de ginebra y pasaba, con 
ademán de triunfo, la guitarra al Pardo Gil. 

Con su barba en cruz; los grandes ojos negros de fiero 


95 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


mirar; el Pardo Gil había llegado a la pulpería un atardecer 
de verano, colgada a la espalda la guitarra, y el trabuco luciendo 
por debajo del poncho. 

Misterioso; mostrando grave respeto por los que se ha¬ 
llaban en la rueda; contenido en la palabra, Gil fué recibido 
con honda curiosidad por los parroquianos de la pulpería, cuan¬ 
do por vez primera allí detuvo su caballo. Respondió con severa 
cortesía a las preguntas de Don Zenón acerca de su vida; aludió 
vagamente a su pago lejano y dejó flotando en sus palabras 
como un pudoroso deseo de ocultar el trágico motivo de su 
viaje. 

Tenía en el cuerpo los signos todos de un valiente, y fácil 
fué lograr el ajeno respeto, al gaucho que en la mesura de la 
voz y la palabra, de tal modo comenzaba por respetarse a sí 
mismo. 

Aquella tarde de invierno, mientras iban sobre las lomas 
las garúas, el Pardo Gil, grave la actitud, ceñudo el gesto, 
hacía ya largo rato que templaba las cuerdas de su guitarra, en 
medio de la rueda habitual de paisanos. 

Como siempre, entre grandes bocanadas de humo del ciga¬ 
rro de chala, había anunciado al coger la guitarra: 

Señores voy a contar. 

Si escuchan como es de ley. 

Lo que en su modo de hablar 
Le dijo el caballo al güey. 

Aunque era por demás conocido aquel diálogo versificado 
ingenuamente, que a la puerta del corral sostuvieron al volver 
transidos del trabajo el caballo y el buey de un labriego, acerca 
de las desventuras de su suerte, los de la reja prestaron atento 
oído al payador. Pero, sea que los dedos entumecidos de frío 
se hubieran vuelto incapaces de templar la prima, o porque al 
músico le pluguiese la atención con que esperaban sus palabras, 
lo cierto es que iban ya dos primas que reventaban sobre la 
guitarra, cuando al romperse la tercera, el Pardo Gil con voz 
de hondo enojo, se dirigió a Ricardo: 

—Diga, pulpero: ¿Usté quiere ráirse de la gente con estas 
primas fallutas? 


96 



CRONICA DE LA REJA 


—Las primas son de las mejores y no es mía la culpa si 
usted no sabe tocar. 

No se esperaba de seguro el payador aquella réplica, a 
juzgar por el gesto de asombro con que la escuchó. Pero re¬ 
puesto pronto y con intención de mostrar al joven su osadía 
al ser el primero en desafiar su coraje, el Pardo Gil dejó sobre 
el banco de piedra la guitarra y con voz bronca, dijo: 

—No he conocido al varón que le responda a este gaucho; 
y a usté, cajetilla, si le gusta, puede dir saliendo... 

Antes que en las palabras, en el gesto violento de Gil com¬ 
prendió Ricardo el efecto de las suyas. No había él hablado bajo 
el impulso consciente de la ofensa; pero sus labios, instrumentos 
espontáneos de un sentimiento que él jamás había juzgado fría¬ 
mente, dejaron escapar las palabras mortificantes, que resumían 
su juicio sobre aquel hombre cuya altanería no disimulada al 
hablarle, él recibía como una violenta humillación. 

El prestigio de Gil; la destreza de su fuerte brazo; el largo 
puñal en la mano decidida, mientras él sólo podía oponerle 
la pistola rudimentaria que llevaba al cinto sin haber pensado 
nunca esgrimirla en contra de nadie; la crueldad bárbara con 
que sería tratado; lo pensaba todo, con claridad y sin esperan¬ 
za, cuando Gil se quitaba el poncho para dirigirse al patio des¬ 
cubierto. 

El Comandante González, movido por los mismos senti¬ 
mientos, se interpuso pretendiendo contestar al desafío. Pero 
Ricardo, que jamás había pensado en la posibilidad de un acto 
suyo de arrojo, apartó con breves palabras al amigo y se dirigió 
hacia la puerta del camino. 

No sentía odio, ni las violentas sacudidas del coraje; clara 
en su pensamiento la noción del instante dramático, avanzaba 
guiado por el impulso irremediable de conservar, por encima de 
todo dolor, el sereno orgullo que entonces mostraba su rostro 
ante la rueda amiga. 

De pie, quitado el poncho, el puñal en la mano, el Pardo 
Gil lo esperaba bajo la lluvia, cuando él dobló la esquina del 
edificio y se dirigió al centro del círculo que formaban los otros. 
El Tuerto Narzo y Patricio se hicieron a un lado prudente¬ 
mente, en tanto Quiroga, Rivero y Centurión, se alineaban jun- 


7 


97 



JUSTINO ZAFALA MÜNIZ 


to a la pared de la reja, con los ojos puestos en los ojos del 
joven como si quisieran penetrar el estado de su ánimo en el 
grave trance que corría. 

Una extraña voz se levantaba en la conciencia de Ricardo, 
apagando los ecos del ambiente exterior. El corazón no daba un 
latido más; su pensamiento fijaba estóicamente las desventajas 
de la lucha; el puñal en manos de Gil se levantaría con segura 
rapidez para golpear y hundirse en su cráneo. En la mano de 
aquel hombre extraño iba a entregar toda su trabajosa vida de 
pulpero, todos sus sueños; a padecer dolorosa muerte, sólo 
porque Gil había creído fácil hazaña el humillarlo, para lucir 
un episodio más en su vida bárbara de guapo. Así, en la tarde 
indiferente, había dispuesto su destino que terminaran tantos 
afanes. 

Sin odio y sin esperanza, avanzaba poseído de un senti¬ 
miento más inquebrantable y trágico: seguro de que se acerca¬ 
ba a recibir la muerte, ya en el ánimo dada su vida, ninguna 
prudencia ni dolor detendrían a su débil cuerpo cuando él sólo 
se ocupara en cobrar por la suya, la vida del otro. 

Con el rostro tan rígido como su alma; reseca la gar¬ 
ganta; dura la mirada; seguro el paso, no sentía la lluvia que 
le golpeaba ni el barro que pisaban sus botas. 

Temeroso por la suerte del amigo, Don Zenón le seguía, e 
intentando volver la paz a los espíritus, dijo: 

—Amigazos, no es la cosa como pa que se maten dos 
hombres. 

Pero casi a un tiempo mismo, replicaron Viraré y Gon¬ 
zález. 

Dijo el uno: 

—^Vamo a ver cómo se porta el pulperito. 

Replicó el otro: 

—Pa mí que ese pardo tiene flojas las tabas. 

Gil oyó en silencio la afrenta, puestos los ojos en los del 
joven. 

Ya estaba Ricardo cerca suyo, y nadie de los de la reja 
había dado un paso más pretendiendo evitar la pendencia. 

Un pensamiento de tragedia tenía en suspenso a todos 
los espíritus al ver frente al gaucho de arrogante audacia, al 


98 



CRONICA DE LA REJA 


joven que, sin jactancia y sin miedo, le apuntaba con su pistola. 

Gil sentía sobre sí las miradas interrogantes de los otros; 
se agolpaban a su frente los recuerdos de las repetidas veces 
en que hizo alarde de su coraje en presencia de aquel pulperito 
pueblero, y una angustia torturante iba invadiendo su espíritu, 
mientras sus ojos atónitos estaban puestos en la pistola con que 
una mano segura apuntaba a su pecho. 

De los dos, era él quien debía comenzar la lucha. Así se 
lo imponía la defensa de su fama y la audacia con que insultó 
al joven, seguro de humillarle; pero en sus manos sintió aflo¬ 
jarse el mango del puñal bajo la mirada ardiente de Ricardo 
cuyos labios se contraían con firme resolución. 

Y ante el silencio que zumbaba en sus oídos, el misterioso 
payador debatíase angustiosamente por levantar del fondo de sí 
mismo un impulso de coraje, cuando el joven dió un paso hacia 
él y le increpó: 

—Si sos tan malo, ¿por qué no pegás? 

El pecho de Ricardo estaba al alcance de su puñal; en la 
mirada de todos había la misma ansiedad por lo que iba a 
ocurrir. 

—¡Aura Gil!;—gritó Candinio Viraré. 

Pero de los ojos de Gil se habían borrado todas las vi¬ 
siones, para ver solamente el cañón del arma de Ricardo. 

Un paso más y, ante el asombro de todos, la mano del 
pulpero asía bruscamente el puñal del payador, y con gesto 
de desprecio lo lanzaba, sin decir palabra, lejos de sí. 

Gil permaneció atónito ante aquella afrenta, mirando sin 
poder precisar lo que pasaba delante suyo, cuando le llegó a 
los oídos la carcajada jovial del Comandante González, y sus 
palabras: 

—¡Oigalé el duro! Se disgració como gallo dormido! 

Y el eco de las otras risas cayó cruelmente sobre sus hom¬ 
bros. 

Agobiado de vergüenza; desnudo ya el gesto de la antigua 
altivez con que cubría su fama, el Pardo Gil dió la espalda a 
Ricardo y fuése en busca de su puñal, sin volver la cabeza hacia 
aquella reja junto a la cual se había hecho una cruel claridad 
sobre su alma, cuya cobardía tornábase entonces visible a los 


99 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ojos de todos. Montaba ya para marcharse, olvidado de su gui¬ 
tarra y el poncho, cuando Patricio, su adversario en las payadas 
y a quien él siempre despreció su décima de Jauricaragua por¬ 
que sabía que el infeliz no podría defenderla de sus burlas con 
el puñal, corrió hacia él y le entregó, con gesto de piadoso cari¬ 
ño, las prendas. 

Ya trotaba el vencido payador sobre el camino enlodado, 
cuando el Tuerto Narzo aún le hirió con crueldad cobarde en 
su humillado orgullo: 

—Adiosito, amigo Gil. ¿Va tan despicao ese gallo, que ni 
se despide } 

Gil, terciada a la espalda la guitarra, sobre la cual golpeaba 
sonoramente la lluvia, galopó en silencio hasta perderse detrás 
de las cortinas tendidas por las garúas en el camino. 

Ricardo guardó su pistola y volvió a la rueda de la reja, 
en donde se comentaba con estupor el arrojo suyo y la cobardía 
del Pardo Gil, de cuyo valor nadie hasta entonces dudara. 

Al extender su vaso para que de nuevo el joven le colma¬ 
ra de ginebra, Lorenzo Rivero di jóle cordialmente: 

—Más ginebra, pulpero; que es mano de guapo la que 
sirve. 

—No es que yo sea guapo, Rivero, sino que Gil resultó un 
maula. 

—Ansina es;—asintió Timoteo Centurión.—No se com¬ 
priende cómo el amigo Gil, sabiendo que no aguantaba el tirón, 
se quiso jugar la fama con este mozo. 

—Por eso mesmo, ¡qué canejo!, lo vió pueblero y se abu¬ 
rría ya de tener fama y no probarla. En la rueda le pareció el 
más flojo Ricardo, y por eso quiso como comprarle los vicios. 

—Ta bien. Comandante; pero la verdá es que se topó con 
el horcón del medio,—dijo Quiroga. 

—El hombre no era malo,—opinó Patricio.—Pero ¿ pa qué 
le habrá dao por hacerse el corajudo en esta ocasión? ¡Y era un 
güen cantor! 

Centurión echóse hacia atrás el poncho, cogió la guitarra y, 
como terminando el comentario, dijo: 

—Deme otra copa, pulpero.., ¡ Qué diantres con don Gil...! 

—Al Pardo Gil nadie hasta áura, lo había llamao a que 


100 



CRONICA DE LA REJA 


mostrase el coraje; pero el hombre andaría con el alma atrave¬ 
sada, y pareciéndole la ocasión güeña pa una hazaña, quiso asus¬ 
tar al amigo Ricardo. Pero pa su desgracia, le pasó lo del sapo: 
cuando dijo ¡ erré!, ya era tarde. 

Como si despertara de un sueño, Ricardo volvía a sentir las 
voces amigas; a ver pasar las garúas por el camino; los peque¬ 
ños baches del patio descubierto; los muebles del despacho, y su 
trabajo de pulpero, un momento interrumpido. Fugaces, volvie¬ 
ron a pasar delante de sus ojos, igual que en la bruma de un 
lejano recuerdo, todos los episodios de la disputa... Libre de 
todo orgullo, sólo un sabor amargo sintió en su espíritu. Por 
eso deseoso de desviar la conversación, pidió a Don Zenón que 
explicase el sentido de sus últimas palabras, a lo que accedió el 
bondadoso anciano, comenzando de este modo: 

—Aquellos habían sido días de ün temporal más fiero que 
éste de áura. No había zanja que no juera un arroyo, arroyo que 
no juese un río y bañao que no pareciera un mar. Pa cualisquier 
lao que usté mirase, todo era un blanquiar de agua, como si las 
nubes se hubiesen deshecho todas en aquel pago y no hubieran 
dejao más que el caminito de la cuchilla. Los animales que ma¬ 
liciaron dende un principio lo que iba a pasar, juyeron pa las 
alturas y allá estaban amontonaos los caballos con los ñanduces, 
las vacas con los zorros y los venaos... Ocurrió que las ranas 
que se habían pasao cantando contentas cuando comenzó el agua¬ 
cero, se hallaron de golpe con que las zanjas salían campo ajue¬ 
ra y allí nomás se iban a ahugar todas o morir duras con la hela¬ 
da. Así jué que salieron campiando hasta dar con una cuchilli- 
ta, adonde hicieron campamento, contentas de aquel seco que se 
habían agenciao pa mientras bajase la creciente. 

Pero aconteció que una mañana de sol, vieron que una ca¬ 
rreta venía viniendo cargada hasta el techo, rumbo a la cuchilli- 
ta en que estaban. Carcularon los sapos que el hombre los iba 
a echar de aquel terrenito seco, y comenzaron a envitar pa lar¬ 
garse al agua. Mas ahi jué el llorar de las ranitas y el rezongar 
de las escucrzas. 

Hicieron una riunión pa ver el modo de salvarse, y un sapo 
propuso: 


101 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—¿Y si juéramo y le dijiésemo al carrero que se ladée un 
poco pal costao y nos deje tranquilos? 

Al óirlo, las gargantas de los sapos se sacudieron a carca¬ 
jadas. 

—¡ Gué...! ¿ Adonde viste, sapito, que un carrero se ladée 
pa dar paso a naides? ¿Habrá bicho más emperrao que un ca¬ 
rrero ? 

El sapito se largó al agua avergonzao de su inocencia, y las 
ranas volvían a llorar viendo que había que juir pal frío de las 
zanjas. Un escuerzo que estaba en la riunión, pegó el grito y 
dijo: 

—Ta bien; naides se mueva que yo vi’a parar la carreta. 

—¡ Bárbaro, mirá que te va a aplastar! ¿ No ves que viene 
muy cargada?,—le decían los sapos. Pero las ranas, contentas, 
le gritaban: 

—^Vaya, Don Escuerzo, usté que es el más corajudo, y la¬ 
dée la carreta. 

Ta claro que el viejo no necesitó más pa hacerse de cora¬ 
je, y carculando por adonde pasaría la carreta, clavó las patas 
en el suelo, hinchó la panza y esperó con el lomo arqueao y sal¬ 
tándole los ojos. 

Las patas del primer güey le anduvieron raspando, cuando 
las ranas le gritaron: 

—¡ Aura, Don Escuerzo; hinche el lomo y ya está. 

Los sapos repitieron dispacio y convencidos: 

—Abrite, Escuerzo, mirá que te revientan... 

Pero él, hinchao de coraje, contestó: 

—¡ Apriendan, maulas, a volcar carretas! 

El guapo estaba tan contento de ver la hazaña que hacía, 
que ni pensaba en la carreta, cuando en un redepente un pedazo 
de barro le chicotió el lomo y le hizo cerrar los ojos. 

Ya habían pasao los güeyes, cuando una ranita le gritó 
asustada: 

—¡Dispare, Don Escuerzo! 

Pero él se quedó hinchao hasta que, al cáir la rueda, dijo 
muy dispacito: 

—Erré... 

Y le saltaron las tripas. 


102 



CRONICA DE LA REJA 


La fábula regocijada de Don Zenón, cuyo sentido humano 
advirtieron los de la rueda, les hizo olvidar al Pardo Gil, y la 
charla desvióse hacia cuentos populares, hasta que en la reja 
comenzó a hacerse la noche, y los parroquianos se alejaron por 
el camino fangoso bajo el azote de las garúas que el pampero 
tendía sobre los campos. 


103 



CAPÍTULO IX 


B ajo ios paraísos el viento cantaba, rústico, en la boca del 
barril; unas veces con largos sonidos broncos, otras es¬ 
tridente, sobre el murmullo de las ramas que se golpea¬ 
ban sin cesar, deshojándose. Frente a la reja pasaban grandes 
nubes grises como en una migración de cielos. 

Sentados en los bancos de piedra empotrados bajo los arcos 
de la reja, dos paisanos hablaban, lentos, con el aburrimiento de 
la tarde en la charla. 

—Sigue mal este tiempo pa las majadas. 

—Bicho ruin la oveja, ¿no.? 

—Sí, maulóte pa los fríos y el agua; pero muy güeno en los 
rindes. 

—Yo no me podría hacer a lidiar con él. 

—A todo se aquerencia el hombre. 

—Sí señor, pueda ser. .. 

Apoyado en el mostrador, Ricardo escribía distraído en una 
libreta, oyendo sin atender trozos de la charla, o desviándose su 
atención hacia el rumor de los pensamientos que pasaban por su 
frente, imprecisos, fugaces, como las nubes que iban sobre los 
campos callados. Pensaba en su vida de pueblo. En el recuerdo 
se levantaba una voz amiga, que ya borraban el vivo color de 
unos rizos de muchacha, la silueta de un carro recortándose en 
el filo de una cuchilla del camino frente al dorado horizonte... 
De nuevo le distrajo la charla de los otros. 

—El finao Juan no créia que cuidando ovejas un hombre 
pudiera juntar plata. 

—Es verdá, sí señor. 

La voz de uno era alegre, vivaz, de cambiantes sonoridades; 
la del otro, monótona y opaca. Vestía el primero grueso poncho 
de invierno; sombrero de alta copa, tal como si recién la hubiese 


105 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


sacado de la pulpería y así, virgen de toda huella de los dedos, 
se lo sujetara en lo más alto de la cabeza; sedoso pañuelo en el 
cuello y fino rebenque en la mano. 

Remangada la camisa sobre los brazos nervudos que el pon¬ 
cho dejaba ver; descolorido el pañuelo y en la cabeza un som¬ 
brero cuyas alas quebradas por los vientos y las lluvias sombrea¬ 
ban el rostro anguloso, así el otro. 

Uno hablaba cordial; el otro respondía humilde. 

La atención de Ricardo se detuvo en Don Teodoro El Ca¬ 
rrero que ya contaba entre verdades e invenciones de su imagina¬ 
ción, las opiniones del finado Juan sobre las ovejas, a Cuchilla 
Grande que le oía benévolo y atento. 

Don Teodoro El Carrero venía sólo de tarde en tarde a la 
pulpería; cuando había apilado ya muchos cueros en sus galpo¬ 
nes, tenía cerda bastante como para cambiarla por yerba o taba¬ 
co, o cuando siguiendo las comparsas de esquiladores llegaba 
con su sopanda repleta de sandías. Después, difícil era que él 
abandonase las lomas de su pequeño campo sobre las cuales siem¬ 
pre lo encontró el sol al salir, tirando surcos o curando ovejas, 
sin enterarse de las fiestas gauchas, sin visitar a los amigos, ávi¬ 
do de las horas de sus días, por mejorar su hacienda, rodear de 
altas arboledas los ranchos, atento a la indolencia de los veci¬ 
nos para extender una cuchilla más allá sus alambrados. Ya 
blanqueaban los cabellos y todavía no había logrado más que do¬ 
blar la pequeña extensión de campo que recibiera de su padre. 
Sí, había empezado muy tarde en sus años. 

Su memoria más lejana lo mostraba una madrugada bru¬ 
mosa corriendo a pié entre las chircas que le mojaban el rostro 
y las ropas, detrás de los bueyes que se resistían con lenta ter¬ 
quedad a arrimar las testas humilladas a los yugos que sostenía, 
paciente, su padre. Después, vino el viajar sin tregua por los ca¬ 
minos, mientras él crecía sobre el lomo del caballo. 

Su espíritu se maravillaba ante el espectáculo diverso de los 
pagos y los hombres que iba conociendo al lado de la carreta. No 
recordaba cuántos años habían hecho juntos aquel viaje de sur 
a norte y de norte a sur con su padre; hasta que un atardecer, 
quebrada la voz de éste por la fiebre, le anunció que le dejaba 
solo en esa marcha y partía para el rancho del cual Teodoro 
nunca más lo vió volver. 


106 



CRONICA DE LA REJA 


Entonces vino la soledad. Lx)s soles y las lunas marcaban 
sus marchas cuando, abandonando la ingenua plaza del pueblo 
estrellada de fogones de los otros carreros, cruzaba las cuchillas 
de Laguna del Negro, bajaba al Frayle Muerto, volvía a subir 
a los Cerros de las Cuentas y así, una noche desuncía en Tupam- 
baé, otra en la Ternera, siempre hacia el sur, hasta que al cabo 
de lentos días comenzaban los plantíos alegres de Canelones y 
las huertas florecidas de Montevideo. 

Los matreros; los policías; los payadores; los turcos cruza- 
campos; los contrabandistas; la sociedad gaucha toda se cruzó 
con él en los caminos bajo las lunas, y junto a la culata de la 
carreta se detuvo una hora en la cordialidad de su mate y de su 
charla sabia en historias lejanas. 

Confiados a su honradez, bajo el techo de la carreta lle¬ 
vó de Cerro Largo a Montevideo los signos del trabajo, y de la 
ciudad al campo lo necesario para la vida material de los hom¬ 
bres. En cada pago recogió una historia que luego, mientras 
los bueyes adelantaban al paso por el solitario camino, él iba en¬ 
riqueciendo en su imaginación para volcarla en la reja de la pul¬ 
pería cercana; mantuvo en sus labios, con breves mensajes, la 
amistad de los caudillos lejanos, y espoleó el ardor valeroso del 
matrero de Cerro Largo con las hazañas del conocido en Flori¬ 
da. Y así, en la vida pasional de los pagos, él pudo cruzar la 
carreta cargada de frutos, pacífico y bondadoso, sin más arma 
contra el maleva je y la ambición violenta de los hombres, que su 
fresca bondad saltando en la regocijada charla y ofreciéndose, 
generosa, en el mate. 

¡Bella vida cambiante para su juventud! 

El sol al salir, extendió la sombra azul de su carreta en la 
llanura, y lo vió esconderse apretado entre unos cerros; una ma¬ 
ñana viajó con cielo claro, y al anochecer se hundió en la tor¬ 
menta; la huella que en su boca unos labios dejaron en Saran- 
dí, la borraron otros en Mansavillagra. 

Para la curiosidad de su espíritu, el camino era una ancha 
cinta de renovadas sugestiones delante de los ojos; había em¬ 
pezado el viaje en las soledades de Cerro Largo, pobladas sólo 
de romances heroicos, para terminarlo en Montevideo después 
de haber visto cómo los hombres aplicaban a la tierra el esfuer¬ 
zo que la erizaba de arboledas azules y ponía rubias cabelleras 


107 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


a las lomas. Su espíritu se enriquecía de vidas, tanto como los 
ojos de cielos diversos; y mientras sus paisanos de Laguna del 
Negro exprimían una historia cien veces para burlar el silen¬ 
cio monótono de una tarde en la reja, sus labios manaban histo¬ 
rias y crónicas renovadas sin cesar, alimento de su espíritu in¬ 
quieto y jovial. 

A los pueblos conmovió con los cuentos heróicos de los 
campos, y a los pagos asombró con las visiones imposibles de 
la ciudad. 

Pero vinieron los años y el cansancio. 

Un atardecer, la verdad de su vida apareció, desconsolado¬ 
ra, en su alma. Aquellos paisajes cambiantes le eran ya tan fa¬ 
miliares y vacíos como las cuchillas íntimas de su comarca; y 
en los caminos, como en las rejas, no había visto más que ros¬ 
tros diversos y hombres desconocidos, pero moviéndose todos 
por simples impulsos en la vida. Perdió su espíritu con el andar 
de los años la curiosidad ávida que transfiguraba en bellas su¬ 
gestiones los hombres y las cosas, y en el reposo de su alma co¬ 
noció la desolación de los caminos. Como si estuviera sobre la 
más alta cumbre de su pago, así fijaba la atención en los recuer¬ 
dos, y divisaba llanos, arroyos, cuchillas y sierras, envueltos en 
luz o en las sombras azules de la tormenta, desde Meló a Mon¬ 
tevideo, sin misterios ya para él, cruzados por hombres que eran 
sólo sombras adelantando al galope a su carreta. 

Había perdido entonces la frescura de espíritu de aquellos 
primeros viajes en que, mirando desde el fogón la carreta va¬ 
cía, creyó llevarla cargada de cielos; perdió sentido aquel tenaz 
empeño de unir horizontes sin advertir que sobre el surco del 
camino iba él sembrando, al paso tardo de los bueyes, civiliza¬ 
ción. Un vago sentimiento de desgano y de inutilidad comenzó 
a surgir en su ánimo, mientras viajaba bajo la luz de las estre¬ 
llas al costado de su carreta cargada con las mercancías ajenas, 
pensando que su vida era como la de sus bueyes, fatigosa e in¬ 
cambiada, vendida a la prosperidad de los otros. El estaba tam¬ 
bién uncido a la riqueza ajena, y por ella desgarraba con su pi¬ 
cana las gasas grises de las garúas en los caminos. 

El recuerdo de aquel atardecer había quedado impreso en 
su ánimo para llenarle de tristes sugestiones. 


108 



CRONICA DE LA REJA 


En las ramas de los árboles comenzaban a subirse, entre 
gritos, las gallinas; de los bajos llegaban mugiendo las lecheras 
en la hora íntima del anochecer; en los ranchos sentía levantarse 
las voces alegres de los hombres al finalizar la labor. Unciendo 
los hueves delanteros, él veía las sombras confusas en la clari- 
dad del patio reunirse en apretado círculo frente a la luz del fo¬ 
gón, y adivinaba una tranquila dicha envolviendo la rueda fami¬ 
liar. 

En el murmullo del viento sobre los pastos le llegaron las 
voces de tina guitarra; y el canto de un hombre se alzó en los 
patios, llegó al camino, y se alejó en el aire sonoro... 

¡ Si él pudiera quedarse a oir aquellas canciones en la paz 
sosegada de la rueda familiar! 

—{Naranjo... Alegría... Alegría... Vamos güey! 

Y se hundió en la quebrada oscurecida siguiendo, como en 
una obsesión de monotonía y cansancio, el tintineo de la cam¬ 
panilla con que el buey corneta pretendía ir despertando el sue¬ 
ño de los campos a uno y otro lado del camino. 

Entonces sintió que él no tenía hogar en cuyos patios co¬ 
rrieran los hijos en la luz de las mañanas; recordó el recogi¬ 
miento de su familia bajo la sombra del ombú en los anochece¬ 
res como aquel que había herido a su alma cuando, sentados a 
la orilla del fogón, escuchaban en atento silencio las canciones 
de los payadores llegados sobre las lomas sin huellas de los cua¬ 
tro horizontes. 

Su vida había andado al tranco de la carreta; atravesan¬ 
do pagos y más pagos, sin mezclarse en sus amores ni en sus pa¬ 
siones, indiferente al dolor que dejaba en un rancho, sin po¬ 
der detenerse en una reja a oir el final de un relato, ni en una 
cuchilla para ver cómo terminaba la historia de valor entre dos 
hombres, que los demás quedaron viviendo. Como los bueyes 
que en la mañana recogían en sus ojos llanos que al anochecer 
borraban sierras, así iba él también, frente a los abiertos cam¬ 
pos, sin poder apartarse nunca de aquellas leves barreras de 
alambrados que se extendían cerrando el camino y dejando sólo 
abierta para el ardor de su espíritu una distancia: hacia adelan¬ 
te, adelante, en un caminar estéril y sin tregua. 

De los años mozos, sólo le quedó la alegría de su charla flo- 


109 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


reciendo sobre la indiferencia de los días de viajar, de fogones 
improvisados un mediodía y abandonados un atardecer, sin de¬ 
tenerse nunca, mientras el ambiente familiar le llamaba desde las 
alturas donde quedaban las casas mirándolo pasar y todavía, 
desde las vueltas lejanas del camino, veía alzarse en los cielos 
el índice extendido de un álamo señalándole la paz de un pro¬ 
longado reposo. 

Una mañana, mientras los bueyes se miraban en la corrien¬ 
te de un río, le detuvo una partida armada de lanzas. Era la 
guerra. 

Cortaron alambres; abandonaron el camino seguidos de su 
carreta. Poco días después se unieron al ejército que se agitaba 
en la pasión heroica de una lucha recién iniciada; pero él no ha¬ 
bía hecho más que torcer el rumbo. Al ejército siguió lento, in¬ 
diferente, al paso de sus bueyes; un verano y un otoño a través 
del país sirvió, sin sus pasiones, a la guerra que iba extermi¬ 
nándolo todo, así como había servido al progreso sin mezclarse 
en sus bienes. Hasta que otra mañana, enflaquecidos los bue¬ 
yes, le volvieron a dejar solo en el camino. 

Y siempre al tranco, cansado el hombro de apoyar la pica¬ 
na con la que iba trazando semicírculos en el cielo, continuó la 
marcha sin vanos apuros, como una fatalidad cumpliéndose en 
su vida. 

Frente al bobo asombro de la luna llena que se levantó so¬ 
bre el monte para alumbrarle el camino callado; hundido en el 
fango donde rechinaba el eje de la carreta sacudida por el es¬ 
fuerzo de los bueyes para arrancarla hacia el suelo propicio; ba¬ 
jo la mirada húmeda del lucero de la tarde, su alma adquirió la 
heróica resignación de seguir, tenaz vencedor de distancias, 
aquel viaje siempre comenzado que ya sólo esperaba terminar en 
el anochecer de la muerte. Hacia el sur o hacia el norte, lo mis¬ 
mo importaba marchar, ya que él no tenía otro fin que hundir¬ 
se con el verde ingénuo de su carreta y la mancha alegre de sus 
bueyes en uno y otro horizonte, entre los cuales tendía el arco 
de su silbido impasible. 


lio 
























JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Como el cielo de lejanos horizontes que ve extenderse des¬ 
de la cuchilla, Teodoro siente vacía a su alma. 

Restallan sobre los leños encendidos las gotas de grasa del 
asado frente al cual el carrero se ha sentado a escuchar las vo¬ 
ces oscuras que van por debajo de su frente desde que una vo¬ 
luntad más alta que la suya, matando a su padre cuya sepultu¬ 
ra él vió aún húmeda esa mañana al llegar, le hizo torcer el 
rumbo de su viaje y le detuvo allí, en la soledad escondida, en 
un alto al fin sin madrugada. Al dolor de la muerte, unióse el de 
un desengaño en el alma de Teodoro. Cuando volvía de la la¬ 
dera en donde los vecinos dejaron a su padre, vió, en la aridez 
de la potente luz de la mañana, la cuchilla donde se había cria¬ 
do y a la que tantas veces en los caminos deseara volver a aco¬ 
gerse al calor cordial de sus patios. La casa; la huerta floreci¬ 
da; los árboles creciendo y levantándose a mirarse con los de 
las cuchillas distantes; la sonora alegría familiar sobre la tierra 
sin la extensión fugitiva de los caminos, cercada como para que 
él pudiera poseerla todos los días con el surco de su arado; nada 
de todo ésto encontró al acercarse al rancho que encogía su pe- 
queñez bajo la sombra de los dos viejos ombúes; sin una voz 
ni un ruido el patio que se ahogaba entre los altos tréboles. El 
mismo silencio hostil de los caminos halló en el pago para su al¬ 
ma afectiva. Y Teodoro casi había resuelto esa mañana vender 
el campo heredado, estéril para su esfuerzo, indiferente para 
sus instintos sociales, e irse hacia el sur en donde las huertas 
se unían por breves senderos a los pueblos hacia los cuales iban 
de continuo los mansos hombres del trabajo a comerciar los fru¬ 
tos de sus labores. 

La pequeña sombra de una golondrina en el anochecer, 
pasaba y repasaba frente a sus ojos, visión tenaz y fugitiva co¬ 
mo la de un pensamiento difícil. Sentado junto a los ombúes 
se siente envuelto en el húmedo aroma del trebolar; desde el pa¬ 
lenque parte el sendero con la emoción de que ha de perderse 
ahogado en las lomas desiertas sin alcanzar al camino; más allá, 
el horizonte pone un lienzo dorado en el arco de su carreta em¬ 
pinada. Aunque entonces pueden ir a pastar en las laderas leja¬ 
nas, los bueyes rumian unos, acostados junto a la cadena de los 


112 



CRONICA DE LA REJA 


yugos que él dejó olvidados sobre los pastos en actitud de mar¬ 
char, mientras otros, con sus largas lenguas mojadas lamen, 
lentos, imperturbables, las coyundas del pértigo; desnuda del 
bozal la cabeza, el caballo pace sin embargo allí cerca, sujeto por 
la soga invisible de la costumbre. Aquel anochecer como los de 
todos los días anteriores, mientras en los campos va cayendo el 
silencio, los animales le esperan a que monte y, cargada la pi¬ 
cana, marche con ellos alargando el silbido en la brisa. 

Bajo la ensanchada intimidad de los cielos abiertos, el re¬ 
cuerdo del padre comenzó a avivarse en su espíritu y un impre¬ 
ciso remordimiento por las dudas de esa mañana, asomó 
a su frente. Abandonar el pago; aquellas anchas sombras de los 
ombúes sobre la apretada rueda del patio; el callado rancho, e 
irse por el sendero hacia las lejanas tierras de los hombres pue¬ 
bleros que en sus viajes él había ido admirando, laboriosos y 
mansos frente a la altanera indolencia de los paisanos amigos 
de su padre, fué en el alma de Teodoro como un renunciamien¬ 
to traidor. 

Allí habían sido los últimos años de forzosa quietud de su 
padre, cuando el frío de los caminos le inmovilizó las piernas; 
sobre aquellas lomas se habían ido sus pensamientos de vencido 
en las calladas tardes en que esperó en vano que se alegrara el 
sendero con el paso de un amigo cordial. 

En el silencio de la hora el paisaje fué poblándose de anti¬ 
guas voces íntimas que despertaban en su alma recuerdos fami¬ 
liares borrados hasta entonces por las extrañas visiones de sus 
viajes. En la dorada luz del crepúsculo se levantaban en cada 
trozo del patio, en la curva de la loma, sobre la sombra alargada 
del rancho, las imágenes de su infancia como si le hubieran 
aguardado largos años escondidas entre los altos tréboles y aho¬ 
ra, cuando por fin había torcido el rumbo de su carreta, se le¬ 
vantaran nítidas a su alrededor para ocultarle, en alegres coros, 
los nuevos caminos de su vida. Y Teodoro se dejó ganar por es¬ 
tos simples pensamientos que extendieron en su alma una nue¬ 
va esperanza, mientras cortaba el asado junto a los labios y se 
tendía luego sobre el recado al abrigo de la carreta. 

En los tréboles temblaban las alargadas sombras de los bue¬ 
yes; tenaz, en la frente de Teodoro estaba el recuerdo de una 


113 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


mañana en que, mientras con su carreta al coronar una cumbre 
le iba poniendo puertas al cielo, en la llanura próxima un ara¬ 
do trazaba un surco de luz sobre la tierra violada... 

Hasta que, sin advertirlo, sobre el paisaje familiar se le 
cerraron los ojos cansados de llevar horizontes. 

Desde entonces nadie vió ya más a Teodoro por los cami¬ 
nos largos. Gozoso de esperanzas, sobre la cumbre achatada de 
los ranchos lo encontraron los soles guiando a los bueyes mien¬ 
tras él hundía el surco de su arado, inadvertido en la grandeza 
del paisaje, que era como el de su voluntad de fecundar la sole¬ 
dad hostil. Vió crecer las tempranas plantas; el tesón de su amor 
protegió hasta verlos levantar por encima del rancho las altas 
copas, a los paraísos; y cuando ya sus majadas pacieron con los 
lomos blancos de la primera esquila, él volvió una mañana al 
rancho con la que iba a ser madre de sus hijos. Sordo a la bur¬ 
la de los paisanos que no alcanzaban el nuevo sentido de su vida; 
alejado de las carpetas tanto como de los fuertes trabajos de las 
domas y de los rodeos, él continuaba en la mansedumbre de su 
huerta, cuidando las ovejas cuya ruindad los otros desprecia¬ 
ban, hasta que ya le fué preciso buscar el auxilio de peones pa¬ 
ra atender la multiplicada hacienda. 

Desfiguró la monotonía del paisaje con la mancha azul de 
sus árboles; dobló la extensión del campo heredado, sobre la 
propiedad de un vecino indolente; poblaban sus patios las infan¬ 
tiles risas, y en el galpón había empezado, hasta extenderse en el 
pago, el Don con que ahora le llamaban. Y sin embargo, nueva¬ 
mente en el alma de Teodoro volvió a oscurecerse la colmada ale¬ 
gría de la vida presente. Un insospechado sentimiento de avari¬ 
cia fué insinuándose hasta fecundar y dominar en su espíritu co¬ 
mo fruto de los afanes de sus años. La soledad continuaba sién¬ 
dole hostil; a pesar de los esfuerzos redoblados, a él le era im¬ 
posible apresurar o detener los plazos de la vida: mientras len¬ 
tos eran los años para el crecer de los árboles, lijeros pasaban 
para su cuerpo cuyas fuerzas sentía perder. Y sus ojos se vol¬ 
vían cada vez más de continuo hacia la vieja carreta que perma¬ 
necía olvidada en el patio con el pértigo rígido hacia los anchos 
cielos. 


1 14 



CRONICA DE LA REJA 


Entonces los alargados caminos de sus antiguos viajes vol¬ 
vieron a tener en su imaginación el fresco encanto de la juven¬ 
tud y el recuerdo de aquellos días de viajar no desapareció ya 
más de su charla. Parecíale que recién advertía el significado de 
las vidas que se cruzaron con él en las mañanas y los atardece¬ 
res en los lejanos pagos; y sus labios se convirtieron en la his¬ 
toria viva de aquellas horas, ilustrada con expresiones extrañas 
al ambiente, que él usaba, ingénuo, para señalar la distinción ci¬ 
vilizada que había adquirido en la ciudad distante. 

«Las personitas y los individuos», como dice Don Teodoro, 
aludían risueños los hombres en la reja, nombrando a las ove¬ 
jas y carneros. Pero ninguno de ellos advertía que, por debajo 
de aquella charla pueril del antiguo carrero, manteníase el impul¬ 
so tenaz de su egoísmo. 

—Aquí tiene, Don Teodoro, su libreta. ¿Usted mismo va a 
llevar sus compras? 

Dijo cordial Ricardo, que sentía por el carrero una mezcla 
de piedad y admiración. 

—Sí señor, yo mesmo nomás; mi caballito está acostumbra¬ 
do a llevar las maletas pesadas. 

Cuchilla Grande, que miraba al camino, dijo: 

—Parecen los baguales de Claudio. ¡ Lindo el azulejo! 

Al tranco, dispersos por el camino sobre el cual había co¬ 
menzado la garúa, seis baguales adelantaban distraídos, daban 
un mordisco sobre las más altas matas, deteníanse a mirar, aten¬ 
tos, las lejanías grises, y volvían a avanzar guiados por el ba¬ 
gual azulejo que inquieto, en alto el cuello de flotante crin, se 
acercaba resoplando, en un continuo erguir y agachar las ore¬ 
jas, al claro frente a la pulpería. 

—Sí, allá viene el hombre. Siempre bien montao.—Con¬ 
testó Don Teodoro.—Voy a esperarlo pa apretarle la mano. 
¡ Paisano alegre y caminador!... 

En el alto de los eucaliptus, en un bagual pampa cuya cabe¬ 
za, más blanca aún por la fina garúa, pretendía esconder entre 
las patas delanteras que apenas parecían en su andar nervioso 
tocar la franja del camino, vieron adelantar a un jinete erguido 
bajo el grueso poncho, acompañado por otro que sacudía al rit- 


115 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


mo de su lehto petizo las largas piernas como para hostigarlo 
en la marcha. 

—Güeñas tardes;—dijeron a un tiempo cuando ya estaban 
bajo los arcos de la reja. 

—Güeñas... 

Claudio Corro, hombre de treinta años, no lo parecía con 
su rostro cetrino sobre el cual apenas sombreaba un lacio bigo¬ 
te; afilada la nariz de vibrantes aletas; fuerte el pecho sobre el 
que caía pesado de lluvia el poncho, fué extendiendo la mano a 
los amigos mientras blanqueaban entre sus labios los pequeños 
y apretados dientes, inclinaba los ojos grises de miradas lejanas, 
y la otra mano movía el sombrero que se sujetaba sobre la mele¬ 
na renegrida. Detrás suyo El Maldito oscilaba entre las dos mu¬ 
letas. 

Claudio Corro y el carrero eran antiguos conocidos de los 
caminos. En los viajes lentos del uno, el otro lo había alcanzado 
muchas veces, sus baguales por delante. Con él se había detenido 
las horas de sol junto al fogón y luego, cuando la brisa llegaba 
en la tarde, Don Teodoro lo había visto partir, alegre y vivaz 
como un pájaro, apartándose de aquel camino que él seguía can¬ 
sado mientras el domador se perdía libre, hacia cualquiera de 
las cuatro distancias, hollando las cuchillas con su galope, y po¬ 
blando los callados cielos con sus gritos épicos sobre los ba¬ 
guales. 

—Siempre caminando, amigo Claudio. 

—Es verdá, don Teodoro; usté es que ha juído de los cami¬ 
nos. He óido que se va haciendo estanciero. 

—No crea, se trabaja duro y nunca se sale de un ser. 

—Mas me dicen que también usté alambra sus campos. ¿ No 
le parece Cuchilla Grande, que estos hombres con esas costum¬ 
bres de áura, no nos van a dejar ya libre más que el cerco de 
los caminos pa nuestras domas? 

—Pueda ser. .. como no. 

—La ambición les ha dao por ahi aura. Como si maliciasen 
que los pobres les vamo a levantar en peso las cuchillas que tie¬ 
nen, van atando los campos con sus alambraos. — Comentó 
Martín. 

—Se va haciendo preciso, amigo Claudio; se perdían con 
los zanjaos muchos animalitos. 

1 1 6 



CRONICA DE LA REJA 


El Maldito no se dió por advertido de que no se le había 
contestado, y concluyó. 

—Cualisquier día a los miseria se les va a venir a la idea 
alambrar también, sólo pa ellos, la luz del sol. Pero ya vendrá 
una guerra y dará con todo eso en el suelo. 

—Siempre habrá pacencia pa levantarlos. 

—Si también no le cortan a los dueños el cogote. 

Se hizo un silencio de disgusto. Cuchilla Grande, grave, 
tercamente, clavaba la mirada en las cinchas y encimeras que 
colgadas de los tirantes el viento movía dentro del despacho; 
se diría que por primera vez advertía allí aquellos objetos. 
Claudio Corro disimulaba su silencio sacando despaciosamen¬ 
te de abajo del poncho lo necesario para armar un cigarro. Don 
Teodoro colgó en un brazo las dos maletas que le alcanzaba Ri¬ 
cardo y estaba ya de pié, en actitud indecisa. 

Martín sacó un trozo de tabaco y ofreciéndoselo al carrero, 

dijo: 

—Dése el gusto de un cigarro. 

—Gracias, no fumo. 

—Pique nomás, que es mío el naco; va ganando eso en el 
envite. 

Iba don Teodoro a contestar, cuando Cuchilla Grande cortó 
el diálogo ásperamente: 

—¿Es suyo el azulejo, Claudio? 

—Y suyo, amigo Cuchilla. 

—Gracias, Dios se lo conserve. 

—Amigo Ricardo, sirva pa la rueda una copa de ginebra.— 
Volvió a decir Martín.—Claudio Corro convida a don Teodo¬ 
ro... A ver si así pierde, aunque más no sea, la sed. 

—Güeno... me voy diendo. Adiosito camaradas. 

—Yo le hago de aparcero un rato, don Teodoro; mis ba¬ 
guales se me deben haber adelantao. Güeñas tardes, amigos. 

—Yo voy pal mismo rumbo... si no incomoda mi compa¬ 
ña.—Dijo Cuchilla Grande. 

Bajo las garúas que el viento golpeaba sobre el camino, par¬ 
tieron los amigos mientras en la reja se cruzaba un silencio hos¬ 
til entre Ricardo y El Maldito. 


117 



CAPÍTULO X 


. _ AREMOS vuelta? 

H I 1 —Sí, está lavado. 

—Podíamos darle un calor al agua, si quiere. 

—Como gustes; yo no tengo sueño... Y eso que este mur¬ 
mullo de la garúa convida a acostarse. 

—Es que usted durmió toda la tarde. 

—¿ Qué más iba a hacer ? ¿ Estarme ahí, viendo caer la llu¬ 
via sobre los árboles, siempre igual hora tras hora y agregarle 
a ese aburrimiento las historias de finados de Don Teodoro, 
siempre las mismas ? 

Mientras Ricardo preparaba de nuevo el mate, se agudizó 
el zumbido de las moscas sobre el silencio que guardaron un ins¬ 
tante el joven y Don Manuel, en el despacho de la pulpería. Dé¬ 
bil, la luz de la lámpara ponía sombras borrosas en la pieza. Sen¬ 
tados junto a una esquina del mostrador los dos hombres pare¬ 
cían impulsados a protegerse en una cordial intimidad, en el per¬ 
dido refugio de aquel techo, mientras fuera silbaba el viento en 
su tránsito veloz desde largas distancias. 

Como resumiendo su juicio sobre el cliente que esa tarde 
ocupara su atención, Ricardo dijo: 

—Sin embargo, Don Teodoro es uno de los pocos hombres 
que no pierden sus días; ni los años le hacen detener el afán de 
trabajo. 

—Para poco le sirve. Mira, Ricardo; está visto que en es¬ 
tos lugares da lo mismo el mucho trabajo que la holgazanería. 

—Pero usted trabaja. 

—Yo sí, aunque ya me siento vencido por estos pagos. Te 
voy a decir: antes, cuando recién vine, me pasaba el día en la 
reja y el mostrador, como tú lo haces ahora, con la esperanza de 
que a fuerza de trabajo multiplicaría los ahorros que había lo- 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


grado en cl comercio de mi tío en Montevideo, y sería pronto 
dueño de un capital Las otras pulperías están muy lejos; los 
hombres de por aquí, rara vez van a Meló; por fuerza tenían 
que llegar a mi casa a hacer sus compras. Yo vine a América 
sin otra cosa que la voluntad de hacerme rico; una voluntad de 
gallego... ¿Sabes? De buen gallego. Tu padre también fué in¬ 
migrante; pero él era de familia rica en España, y era vasco. Yo 
nací de pobres y traía la resignación de mi pobreza para luchar 
contra todas las privaciones. A poco de estar aquí, fui compren¬ 
diendo que no era la miseria con la que iba a tener que luchar. 
Al contrario, si hubiera, más miseria, mi negocio habría ido 
mejor. 

—No entiendo bien eso, Don Manuel. 

—Ya verás, muchacho. Solo, refugiado detrás de esa reja, 
mirando salir y ponerse el sol sin nadie con quien poder expli¬ 
carme esta vida, me la he ido explicando a mi modo, y veo que 
si estos gauchos no tuvieran en cualquier galpón de estancia un 
pedazo de carne para asar, trabajarían más por tener plata y, 
moviéndola, yo tendría verdaderas ganancias. 

—Sí, es verdad; los ricos y los pobres, apenas se diferencian 
en la reja. Son igualmente generosos y sobrios. 

—Cuando yo llegué y me vi solo, creí que no tendría más 
que emplear mi voluntad en el trabajo, para multiplicar en pocos 
años mi capital. Puse aquí todos mis ahorros. Como ahora, cuan¬ 
do tú viniste, los gauchos llegaban a la reja a gastar su dinero, 
sin importarles gran cosa de la cuenta que se iba agrandando en 
la libreta. Ellos no saben escribir, me decía yo, y vigilarán poco 
mis apuntes. Pero me equivoqué; porque no saben, son descon¬ 
fiados hasta la insolencia; creen siempre que tú, «el gringo», los 
robas. 

—Pero desconfiados y todo, no embrollan nunca, Don Ma¬ 
nuel. 

—Sí, no te embrollan; pero en cambio, j qué esfuerzo cons¬ 
tante tuve que hacer para mostrarme siempre humilde a todas 
sus palabras! Desde el banco de la reja ellos eran los que man¬ 
daban y yo el sirviente, para que no montasen a caballo enoja¬ 
dos, y desaparecieran de aquí. Tú lo ves: a veces hay que cami¬ 
nar toda una tarde, para llegar a la casa de un cliente. Si ese 


120 



CRONICA DE LA REJA 


se va, ¿dónde encontrar quien lo reemplace? Y «el gallego» de¬ 
bía doblegarse ante cada uno que llegaba, todos los días, todas 
las horas, estuviera aquel sano o estuviera borracho, para que 
hiciese rodar por los barrotes de la reja su dinero que mi humil¬ 
dad le arrancaba. Sin embargo, yo trabajaba contento. ¡Cuán¬ 
tas noches como ahora, después de levantar el postigo, contando 
las ganancias del día, me sentía alegre al ver cómo mi tesón de 
gallego daba sus frutos. Ellos se irían al trote por los caminos, 
guapos, altaneros, despreocupados, sin sospechar que yo, humil¬ 
demente, iba a cada hora realizando mi esperanza de inmigrante. 
Pero un día, uno de ellos tenía una cuenta demasiado grande, 
y me atreví a hablarle delante de los otros. Ese me hizo ver cla¬ 
ro todo lo que me despreciaban. ¿Y cómo contestarles? Hay 
que ser guapo como ellos. 

—Sí, ellos desprecian a quien se hace matar por la plata. 

—¿Qué saben ellos todo lo que uno podría con el dinero? 
¿Cómo hacerles entender que en España se dejó la aldea, los pa¬ 
dres soñando con nuestro regreso enriquecido, la envidia de los 
amigos de la escuela que no se atrevieron a aventurarse en estas 
tierras desconocidas, las mozas garridas ?... Para ellos, el di¬ 
nero se va a las patas de un parejero, a la figura de una baraja 
o a los puñales de un gallo. ¡ Dar la vida por la plata! Les parece 
mezquino; y no advierten que ellos la dan, en cualquier momen¬ 
to, porque uno lleva al cuello un pañuelo blanco y otro uno rojo. 

—Pero usted debió hacerse respetar, Don Manuel. Bien ve 
Vd. como desde que me hice cargo de la pulpería, ya no tras¬ 
pasan la puerta sino aquellos a quienes lo permito. 

—¿Pero cómo quieres que me hiciera respetar? Yo vine a 
América a ganarme una vejez de holgura en mi tierra y no a de¬ 
jar mi vida en la punta de sus puñales. Bien he querido mu¬ 
chas veces contestar con un insulto a la insolencia de un borra¬ 
cho. ¿ Pero tú crées que se puede estar toda una vida en ese jue¬ 
go violento del coraje en que ellos viven? Si todavía supieras 
que una vez, aún con el más diestro, te la juegas para siempre, 
pues vaya, que la sangre hierve en uno y bien desea que se la 
lleven o lo dejen hacer sus días tranquilos. Pero no; no es así. 
Es preciso estar siempre con la voluntad rígida, inquebranta¬ 
ble, y el coraje pronto como una pistola cargada, para soltarlo 


121 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


en cualquier momento en defensa de la vida y de la hacienda. 
Si una vez cediste, porque tu aspiración no es esa, que te tengan 
por guapo, la fama de tu humildad es el cuento que hace reir 
en otras rejas y en los fogones. Entonces, ¿si ya dicen que tú 
eres cobarde, quién se dejará mañana detener por tu amenaza? 

—Pero la autoridad le ha servido, sin duda. 

—¿Tú has visto cuánto vale aquí la autoridad? La autori¬ 
dad va colgada, amigo Ricardo, en la cintura de tus paisanos. 
Quien no tenga fuerzas para emplearla, que no fíe ya más, en¬ 
tonces, que en el desprecio de los guapos. Aquí no hay respeto 
si no para las palabras del Coronel Ramírez. 

—Y al Coronel Ramírez yo lo vi tratarlo a Vd. con cariño 
la noche de las carreras. 

—Sí, el Coronel me trata con amistad; pero él no viene a la 
reja. Además, él es honrado, hace su cuenta y la paga; pero éso 
le basta. Los que vienen aquí, son sus soldados cuando las gue¬ 
rras. Por guapos los tiene, y no va a ser él, gaucho también, 
quien les sujete el coraje si quieren corregir la audacia de un ga¬ 
llego. 

—Lo que Vd. dice es verdad; pero yo creo que si uno lo¬ 
gra la amistad de los paisanos, puede vivir entre ellos sin recelos. 
Después de todo, viéndolos llegar todos los días a la reja a ha¬ 
cerse los mismos cuentos y a oir las mismas canciones, a mí me 
dan la impresión de que tienen algo de niños grandes, despreocu¬ 
pados, como Vd. dice, de que mientras pasan las horas y los 
días en sus charlas de pulpería, nosotros estamos detrás del mos¬ 
trador, atentos a su generosidad, para irnos enriqueciendo con 
sus dineros que sólo algunos, muy raros, buscan guardar y mul¬ 
tiplicar. 

—Sí, Ricardo, niños dices tú, de hombres que de pronto 
ves sacudidos por un impulso violento y salvaje que les llena los 
días y les roba el sueño de las noches mientras no alcanzan a de¬ 
jar tendido a alguno en la cuchilla. ¿Su amistad? Bien quiso ga¬ 
nárselas el humilde gesto mío al servirlos. Pero cuando me vie¬ 
ron conservar las costumbres de mi tierra, parecía como si cre¬ 
yeran que uno les despreciaba el país, y te negaban participa¬ 
ción hasta en sus charlas. Quise ser como ellos, tocar la guita¬ 
rra, jugar al truco, montar caballos ariscos; y entonces me vol- 


122 



CRONICA DE LA REJA 


vi ridículo a sus ojos y era el tema de sus risas. ¿Y todo para 
qué? Para que despacio, muy despacio, vayan aumentando tus 
ganancias; y así hasta la vejez en que te has de morir aquí, en 
la soledad de esta cuchilla sin haber logrado volver a tu tierra 
enriquecido como uno soñó al cruzar el mar. 

—Pero Don Manuel; nadie le hace a usted la competencia; 
¿por qué no salimos a recorrer las estancias, aumentamos los 
clientes, y aún mismo los pedidos de los que ya le compran? Es 
que Vd, al menos desde que yo estoy aquí, vive como con desga¬ 
no, con el gesto agrio, entregado a sus amores con Liberata. 
¿Cuántos gallegos como Vd. están ahora haciéndose ricos en el 
campo ? 

—Es verdad. Mi ambición se ha ido poco a poco achicando; 
ya no tengo más aquellas alegres esperanzas del primer día cuan¬ 
do bajé el postigo de esa reja y vi salir el sol sobre la estancia 
del caudillo. Por la historia de los otros gallegos, llegados y en¬ 
riquecidos, todo nos parece fácil a los que nos lanzamos al mar, 
después de ellos. ¡ Pero qué dura paciencia es preciso tener! La 
mía se ha ido perdiendo. Me parece que por más esfuerzos que 
haga, todo va a ir igual; despacio, despacio, en este campo que 
te envuelve en su indiferencia. Cuando yo llegué, en esa estan¬ 
cia de ahí cerca, había un níspero y un espinillo; Doña Antoni- 
ca vino desde la Cuchilla Grande a comprarme unos metros de 
zaraza blanca con florecillas moradas, y Patricio cantaba ese 
embrollo de su décima de Jauricaragua. Ya van de ésto muchos 
años, y todavía, en la estancia no ha crecido otro árbol más que 
el níspero y el espinillo, y Doña Antonica sigue viniendo de la 
Cuchilla Grande y no te compra otro género si no es la zaraza 
blanca con florecillas moradas, y Patricio sigue cantando su dé¬ 
cima de Jauricaragua. Ellos tienen sus fiestas alegres, sus bai¬ 
les ; pero son para ellos, no para nosotros. El gallego que se des¬ 
monta en el rancho donde bailan tus paisanos, debe esperar que 
un borracho quiera lucir su insolencia en su persona o que al¬ 
gún bárbaro lo espere con una broma cruel, reída por todos, por¬ 
que eres «el gallego», al montar para irte. Pocas son las muje¬ 
res que tú puedes enamorar; y si alguna te gusta, y piensas en 
traerla para acompañarte en esta soledad de trabajo, no falta¬ 
rá un guapo, payador, guerrero o jinete audaz, que se te cruce 


123 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


en el camino y entusiasme a la mujer que al fin criolla, con ellos 
se entiende. Liberata vino para hacerme de cocinera, y hoy es 
casi dueña de casa. ¿Qué quieres que haga? No me han dejado 
en el pago más que esta negra, y con ella me quedo. Yo no sé, 
Ricardo; pero si pedí que te trajeran cuando supe tu necesidad 
de trabajo, es porque bien veía que en mí cada vez algo se me 
va aflojando por dentro y me faltan ya las ganas de seguir en 
esa reja detrás de la cual me parece hallarme emparedado. 

Y después... hasta estos cielos, estos campos enormes, ca¬ 
llados, te van llenando el alma de una pereza lenta, irresistible, 
que cada día va deteniendo un esfuerzo tuyo. Si adviertes cómo 
hoy has perdido el día, se te atrasan tus libros, la tierra se amon¬ 
tona sobre tus muebles, al principio lo sientes y te prometes pa¬ 
ra mañana poner a todo arreglo. Pero viene el otro día, y nada 
ni nadie nota tus libros, ni tu suciedad. El campo sigue igual; el 
mismo sol que te afloja los músculos o la misma lluvia que te 
duerme sentado; los mismos gauchos a la espera de las barras 
del día para levantarse a tomar mate y el anochecer para ten¬ 
derse en el sueño... Tú quisieras trabajar, ordenar tus libros, 
limpiar tu casa y tu cuerpo; a eso has venido. Pero aquel día, y 
el otro, y el otro, siempre iguales, indiferentes, parece que te di¬ 
cen : ¿ para qué ? ¿ para qué ? 

Ricardo sonrió con benévola burla en el rostro. 

—Vd. ha perdido, Don Manuel, toda esperanza en la pul¬ 
pería, y aumenta su desazón con esos pensamientos. 

—Se me han ido apareciendo poco a poco como te los digo, 
en los largos años que aquí llevo solo. Y sin embargo este cam¬ 
po no será siempre así; un día aparecerán, quien sabe cuántos y 
venidos de dónde, los hombres pacíficos que lo trabajen y se 
adueñen de él, mientras los gauchos pierden su vida cantando 
en las rejas o preparándose para sus guerras. Pero ¿cuándo va 
a ser éso? A lo mejor esperamos largos años y cuando ésto va¬ 
ya a cambiar y vengan los hombres como uno, la vejez ya nos 
habrá quitado las fuerzas para el trabajo. Gracias, ya está frío 
tu mate. 

—Dejamos, si le parece. 

—Sí, ha de ser tarde. . . Sigue el mal tiempo. . . Una llu¬ 
via como ésta, caía cuando descubriste a Gil. Ya ves, ésa es nues- 


124 



CRONICA DE LA REJA 


tra vida. La caña es de lo que más ganancia nos aporta; pero 
cuando los gauchos se reúnen, uno está deseando y temiendo 
que le pidan muchos vasos. Si los toman, vas ganando la tarde; 
pero estás pensando si con ella perderán el sentido y en la borra¬ 
chera se les ocurrirá armar pendencia contigo. Ese perro estará 
aullando de frío. 

—Parece que el viento silba del pampero; tal vez esta llu¬ 
via sea para limpiar. 

—A estas horas es capaz que El Maldito esté caído en al¬ 
guna zanja del camino. Como no lo encuentren duro mañana... 
Buenas noches. 

Dijo desde la penumbra de la trastienda, Don Manuel. En¬ 
corvado sobre su lecho extendido junto al mostrador, contestó 
Ricardo: 

—j Qué hombre! Buenas noches. 

A intervalos, en la oscuridad de la pieza, escindía la viva luz 
del cigarro junto a los labios de Ricardo. Sobre el murmullo de 
las garúas, el viento llevaba el aullido de un perro hasta multi¬ 
plicarlo en los eucaliptus de la cuchilla. 

¿ Fué la intimidad de la tarde de apretados horizontes, o la 
entristecida confidencia de Don Manuel, de costumbre tan silen¬ 
cioso, que puso en el espíritu de Ricardo aquel estado de inquie¬ 
tud vaga que le hacía permanecer con los ojos entornados bajo 
las pesadas sombras, oyendo pasar la lluvia sobre el tejado y sus 
pensamientos bajo la frente? 

Iban ya largos meses que él había llegado a la pulpería, sin 
voluntad propia y sin esperanza, dejándose guiar la vida por los 
impulsos venidos de fuera. ¿ Se quedaría allí para siempre, o no 
era aquel período de su vida, más que un instante de espera pa¬ 
ra luego emprender nuevos esfuerzos en ambientes propicios? 
Se lo había preguntado ya muchas veces, sin intentar una res¬ 
puesta que él sentía lejana en su espíritu. Pero la conversación 
que acababa de tener con Don Manuel había avivado en su áni¬ 
mo sentimientos hasta entonces advertidos vagamente por él, 
cuando en la reja oía a los gauchos o Don Zenón daba en un 
breve cuento la historia de aquellos hombres. Mientras Don Ma¬ 
nuel hablaba, él sólo quiso con sus breves respuestas mitigar la 
congoja de aquel hombre que encanecía envuelto en la bruma de 


125 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


un sueño que desaparecía después de haber puesto tan conmove¬ 
dora audacia en su mocedad de la aldea. Pudo decir algo más, 
sin duda; pero aparte de no sentir él la arrojada necesidad espi¬ 
ritual de convertir a los demás a sus propias ideas, que en la mo¬ 
destia de su ánimo sólo creía dignas de regir su vida, era tam¬ 
bién que él, al sentir el fatal alejamiento de Don Manuel, se 
preguntaba qué sería de su vida en aquella soledad que el galle¬ 
go sentía tan cruelmente hostil. 

Como si delante suyo quisieran defenderse de las amargas 
inventivas del gallego, acudían los gauchos a la imaginación del 
joven, en lento desfile, envueltos en una lejana tristeza, desnu¬ 
dos los conocidos rostros de la insolencia con que la palabra de 
Don Manuel los iluminara, a mostrar sus almas a la de Ricar¬ 
do, de ellos paisano, cuya veloz inteligencia los comprendía para 
acogerlos con amistad tierna en su corazón. Y los veía sencillos, 
hechos sólo de acciones y silencios, desmontarse y llegar a la 
reja. Algunos, gozando de la total dicha simple de ir sobre el 
caballo o estar bajo los arcos propicios, viendo pasar el sol so¬ 
bre los cielos, correr las azules sombras de las nubes en las lla¬ 
nuras, sentir llegar desde el monte el canto del sabiá en el silen¬ 
cio atento del atardecer, oir los cuentos de los hombres; sin 
preguntarse nada; sin esperar nada; libres de todo afán; felices 
con que el día de mañana fuera idéntico al de hoy, como el de 
hoy lo fué al de ayer. Otros, cuya vida parecía concentrarse toda 
en los violentos ejercicios del cuerpo, y que en los descansos del 
anochecer, permanecían, como los cielos, callados, tal como si el 
alma gozara tan sólo en el lento reposo de los músculos. 

Ricardo creía, con lo que ya llevaba visto en la reja, poder 
dar la cifra moral de cada uno de los que allí se reunían. Un 
episodio, un cuento, un amor, un odio, definían para siempre a 
los hombres en el concepto de los otros y en el de ellos mismos. 
Nada habría ya de cambiarlos en la extensión de la vida, califi¬ 
cados imperturbablemente en los ajenos labios, o consumidos 
por el fuego de una pasión que sólo apagaría la muerte. Excep¬ 
cionales eran Don Zenón, con sus labios siempre florecidos de 
fáciles cuentos y fábulas, y el caudillo, silencioso, pareciendo 
que sólo él conocía los caminos por los cuales su voluntad guiaría 
la vida. 


126 



CRONICA DE LA REJA 


Mientras alrededor de Marcos Ramírez se agrupaban los 
hombres cuyas almas se mostraban en el gesto o en la palabra, 
el caudillo era para Ricardo como la cumbre del paisaje moral 
de su pago. Igual al Cerro Largo que en los amaneceres sostenía 
en sus lomos los cuerpos graciosos de las nubes, era de un gris 
luminoso en los mediodías, de un violeta sombrío en las tormen¬ 
tas, cambiante en la tonalidad de su superficie pero siempre 
igual a sí mismo, así el caudillo; uno y otro, emulando las cur¬ 
vas de las lomas y los esfuerzos de las almas, sólo ellos erguidos 
entre lejanos horizontes, imprimiendo fisonomía al paisaje; im¬ 
pasibles como un destino cumplido. 

¿Cómo Don Manuel no había advertido la simplicidad de 
aquellas almas ? 

Las desabridas palabras del gallego, le recordaron las que¬ 
jas igualmente amargas de Doña Lolita. Por soberbia no había 
querido el uno ni podido la otra, explicarse aquel ambiente en 
cuya soledad vivían perdidos y al que acusaban de su propio has¬ 
tío inacabable. ¿ Por qué, si los dos sentían la hostilidad del ais¬ 
lamiento, no se habían buscado para hacerse recíproca compa¬ 
ñía, pareciéndoles al contrario, que el uno era igual a todos los 
otros ? Es que las ansias que la soledad ponía en el alma de uno, 
no hallaban eco en la del otro. Doña Lolita sufría la congoja de 
los años vividos; Don Manuel la de los tiempos que soñó vivir. 

En cambio, ¡cuán justa aquella heróica humildad de Don 
Teodoro, o la alegría con que Don Zenón había situado su rego¬ 
cijada mansedumbre en el medio bravio! En las notas lentas del 
estilo como en la queja prolongada de la vidalita, Ricardo había 
encontrado la misma larga tristeza que envolvía el rostro de los 
gauchos cuando sus silencios en la reja. 

—Es verdad; una lluvia como ésta caía cuando mi disputa 
con el Pardo Gil, 

Y el pensamiento se detuvo en reproducir la escena bajo la 
fría garúa, solos los dos en medio del círculo de las otras figu¬ 
ras, erguidas y atentas. En su recuerdo no había el más leve ren¬ 
cor. Olvidado de la injuria que los duros labios del pardo le 
lanzaron, sólo volvía ahora a verlo, humillada la antigua gallar¬ 
día, triste la figura empequeñecida al pasar frente a los altos 
eucaliptus, después de la despedida insultante del Tuerto 


127 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Narzo qu? le anunciaba el tratamiento que desde entonces el an¬ 
tiguo valiente iba a merecer. A solas, se lo confesó: a la adver¬ 
sión que Gil provocaba en él, sucedió después de aquella tarde, 
la gratitud por haber sido el instrumento con que él descubrió 
ante los ajenos ojos y los suyos un sentimiento que sus recuer¬ 
dos de la infancia le hacían creer ausente de su alma; el del se¬ 
reno valor. Y lejos de envanecerse por ello, sintió que podía pro¬ 
digar generosamente su bondad, sin que la enturbiara el pensa¬ 
miento de que era el temor el que impulsaba sus actos. Desde 
entonces el Comandante González no había vuelto a sentarse a 
su lado, detrás del mostrador. De seguro estaba en su rancho 
lujoso de aseo, calentando las manos ateridas de frío, en el so¬ 
bar de los tientos que su paciencia anudaba en ceñidos lazos... 

Bajo el peso de las sombras se entornaban los ojos de Ri¬ 
cardo; y mientras en la mano olvidada la ceniza apagaba la vi¬ 
va luz del cigarro, en sus labios se extendía una sonrisa con que 
el cariño de su alma regocijada veía pasar la vida simple de los 
amigos. 

Generosos, el dinero no tenía para ellos el prestigio lleno 
de dolorosos afanes y ocultos renunciamientos que tenía para 
los hombres como Don Manuel. Y Ricardo que sólo esperaba 
por él ser el dueño de su vida humilde, sintió admiración por 
aquellos hombres ignorantes de avaricia, de los cuales unos vi¬ 
vían conformes en la trabajosa oscuridad de sus vidas, y los in¬ 
quietos lo eran por conquistar prestigio en el noble desarrollo de 
la personalidad. Los más ostentaban la bella libertad de de¬ 
rrochar bajo el arco de la reja, la plata como el coraje. 

Otra vez el recuerdo de Don Teodoro, sin orgullo, sin ges¬ 
tos románticos, tenaz en su oscuro esfuerzo, volvió a su memo¬ 
ria. El se había apartado de los caminos para fijar su esperanza 
en el reducido campo, mientras Claudio Corro, Ubre como sus 
baguales, seguía paseando por las cuchillas distantes sus luchas 
despreocupadas y bellas. Pero aquellos hombres, apagados por 
el brillo de los valientes, blandos en el orgullo, eran sin embar¬ 
go como los duros mojones que en las lejanas distancias sepa¬ 
ran un campo de otro; así ellos con el tenaz esfuerzo señalaban 
los lindes de la época que se iba, de la que por ellos mismos ha¬ 
bría de venir. 


128 



CRONICA DE LA REJA 


Cuando Ricardo llegó a la reja, el primer conocimiento de 
aquellas duras vidas llenó a su alma de asombro rayano en el te¬ 
mor. Si entonces Don Manuel le hubiera hecho su dolorida con¬ 
fesión, sin duda él hubiera deseado volver a la monotonía gris 
de Meló. 

Pero la vida para él era hasta entonces un alegre espectácu¬ 
lo, Tan ágil como su inteligencia para advertir los ajenos defec¬ 
tos, era su bondad para excusarlos de modo que no pusieran va¬ 
lla al impulso de su amistad generosa. Limpio de todo orgullo 
que ninguna virtud suya podría explicar a sus ojos, Ricardo 
sintió en el ambiente sobrio de las desiertas cuchillas y los cie¬ 
los inmensos, que la humildad de su alma nada más precisaba 
para realizar la esperanza de cumplir con su vida, que el incesan¬ 
te trabajar en el medio íntimo y cordial del pago. 

Las oscuras angustias del vivir cotidiano que él recordaba 
de su casa sin padre, y luego la austeridad del paisaje donde se 
fijaba su vista en las soledades de la reja, le dieron prematura¬ 
mente una serena resignación a su alma, estremecida unas veces 
en presencia del caudillo cuya vida historiaban cien hechos he- 
róicos, enardecida por la lectura de los periódicos que registra¬ 
ban los avasalladores discursos de los políticos en la ciudad, y, 
sin embargo, conformábase con que su vida fuera así, humilde, 
sin gallardos episodios, llena del contento trabajar y de las vi¬ 
das y cuentos que verían sus ojos y oirían sus oídos mientras 
él detrás de la reja, iba realizando la suya con estóico renuncia¬ 
miento a todos los sueños de juventud para cumplir un destino 
honrado, sentido por él como la única necesidad moral. 

De niño perdió las horas asombrado por los diálogos de su 
padre con el abogado del pueblo, admirando sin alcanzar sus lí¬ 
mites, la capacidad de aquellas inteligencias ilustres para él por 
el estudio; se recordaba sentado en un banco de la plaza sintien¬ 
do las voces de un piano alzarse en la noche, y reir en sus juegos 
a las niñas. Música serena del aire aromado por los naranjos; 
música en el cielo luminoso de estrellas; música en el dulce des¬ 
fallecimiento de su alma en sueños. Bella la vida de heroicidad 
del caudillo a quien rodeaba la admiración de la multitud mien¬ 
tras aquél, indiferente, tenía puestos los ojos en distantes días 
del pasado o el porvenir; oscuros estremecimientos habían sácu- 


129 



JUSTINO ZAFALA MUNJZ 


dido a su Cuerpo hasta fijarse en las sienes, cuando de entre la 
diligencia vió saltar, ligeros como la brisa el vestido y el paso, 
a una mujer ciudadana que soltó a volar sobre el camino los pᬠ
jaros sonoros de su voz. 

Sí, él amaba todo ésto; pero también las sencillas gentes, 
la amistad cordial y el bondadoso dar de su generosidad. 

Y en la modestia de su alma, no le torturó la ambición de 
aquellos sueños y conformóse con ir, puesta en ello toda la vo¬ 
luntad, edificando su honrada vida, prisionero de sus esperanzas 
detrás de la reja, mientras veía salir y ponerse los soles, ennegre¬ 
cerse y reverdecer los campos, y despedir a las golondrinas del 
alero de los arcos para verlas retornar cuando en las cuchillas 
los tímidos macachines pusieran manchas rosadas. 

Había cesado la lluvia; en el silencio del campo, fueron pri¬ 
mero temerosas, luego en pequeños coros, hasta que en el cami¬ 
no, en el bajo, junto a los paraísos, por fin en toda la exten¬ 
sión cercana, las ranas sonaron en incansables coros sus campa¬ 
nillas de cristal. 

Indiferente a los alegres coros, imperturbable en la mono¬ 
tonía de su canto, un grillo enronquecía bajo los arcos de la 
reja. 

En la oscuridad del despacho que ya no rasgaba la chispa 
del cigarro olvidado, la atención de Ricardo se detuvo oyendo 
el ruido de un ratón que golpeaba y hacía correr bajo los estan¬ 
tes un objeto en su afán de roerlo. Precisos, los finos dienteci- 
llos martilleaban sobre la dura corteza, y el despacho le respon¬ 
día con multiplicados ecos. Bajo el silencio herido por ellos; por 
horas inacabables; solos, tenaces, cantaba el grillo bajo los arcos 
frente al camino, trabajaba el ratón en la pieza. 

Largo tiempo distrajeron la atención de Ricardo; y sintién¬ 
dolos aún, como de oscuras distancias, no advirtió que su pen¬ 
samiento se iba en el sueño. 


130 



CAPÍTULO XI 


I BASE ya el sol de las cuchillas, cuando los de la reja volvie¬ 
ron curiosos la mirada hacia el camino en el que Don Zenón 
detenía la jardinera acompañado de una joven vestida con 
humildes géneros oscuros. 

Candinio Viraré, adelantándose al encuentro del viajero 
dijo, fijando sus ojos inquietantes en la morocha que bajó los 
suyos ruborosa. 

—Parece que trái adornada la sopanda, Don Zenón. Güen 
viaje habrá hecho con tan güeña compaña. 

—¡ Qué cuala, amigos, si esta muchacha parece que viniera 
ennoviada, de tan aburrida como ha hecho el camino. 

Camila miró con sus brillantes ojos negros al busto del 
compañero, y tornó a bajarlos al sentir sobre su cuerpo las mi¬ 
radas de todos los de la reja. 

Por más que fuese tímida su actitud, la muchacha se sintió 
orgullosa en su instinto de mujer, al ver cómo su presencia po¬ 
nía en los rostros de todos el deseo de serle gratos; incapaces 
de pronunciar la palabra de elogio por aquella fresca juventud, 
los rudos hombres suplieron el silencio con el gesto cordial y la 
mirada audaz. 

Sentada junto a Doña Lolita, viendo pasar frente a la ven¬ 
tana las sombras de los que ya entrada la noche se alejaban de 
la pulpería, Camila recordaba aquel instante de su arribo a la 
Azotea, y un vago pesar se anunciaba en su espíritu al recordar 
el rancho dejado sobre una loma de los bañados del Tacuarí, 
allá, bajo el ancho cielo florecido de estrellas, para servir de 
compañía a la anciana en quien había pesado duramente la sole¬ 
dad del último invierno. Aquella mudanza en su vida parecía con¬ 
formar a todos, .sin que ella acertase a comprender cabalmente, 
ni el secreto deseo de Don Zenón al mostrarse tan empeñoso por 


131 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


traerla para acompañar a su prima en la Azotea, ni el placer de 
su madre aceptando aquel desprendimiento definitivo, como si 
sólo hubiera estado aguardando el pedido del anciano para en¬ 
viarla lejos de sí. 

Camila no sabía, aunque más de una vez hubiese sentido 
rubor al escuchar los requiebros del anciano, la razón de la 
cortesía con que la avergonzaba al llegar de visita al rancho 
de sus padres. 

Nadie ignoraba en el pago la simple costumbre suya de 
vaciar el surtido de sus maletas en el rancho donde las criollas 
le tenían trastornado el seso, para lograr la correspondencia 
del afecto que él mostraba de tan ingénuo modo. Por eso en el 
rancho de Camila, siempre se recibieron sus visitas con ruido¬ 
sas muestras de gratitud por parte de la madre, que entre el 
mucho lamentarse por la invencible indolencia del marido, ex¬ 
presaba su esperanza porque un día la muchacha, cuyas exce¬ 
lencias exaltaba con calculada insistencia, fuese el sostén de 
su miserable vejez. Y Don Zenón, seguro de que una vez des¬ 
pertado el interés de la madre, sus astutos galanteos le darían 
el favor de la moza, no esperaba el ruego para desensillar los 
rocines de la jardinera y pasarse los días levantándose antes 
del sol y sentarse a acompañar en el mate y la charla a la ma¬ 
dre de Camila, mientras sus ojos estaban puestos en las movi¬ 
bles caderas y el cuello de la joven, cuando ella, en el centro 
del patio, esparcía en dorados círculos el maíz que las gallinas 
picoteaban a sus piés. 

Así, solícito y tímido, el dueño de la Azotea cercaba a 
Camila con su absurda pasión, sin animar en la moza sino el 
cariñoso respeto que su bondadosa ancianidad merecía. 

Muchas tardes, al trasponer en su jardinera los lindes del 
bañado en cuya loma se levantaba el rancho de Camila, Don 
Zenón, recordando los más nimios incidentes de esos días, pen¬ 
saba haber sorprendido en ella algún signo de que entonces 
comenzaba a perder la timidez con que escudaba a su donce¬ 
llez, y mesándose la blanca barba, como si el mentón de la crio¬ 
lla acariciase, se decía convencido: 

—¡ Pacencia... Pacencia. .. que vale más, maña que 
juerza... ! 


132 



CRONICA DE LA REJA 


No fué por ello preciso a Doña Lolita insistir en dema¬ 
sía en su deseo de que una joven le hiciera con su presencia 
menos vacía aquella soledad que entonces harto ya le angustia¬ 
ba el espíritu, para que él, por solicitud cariñosa hacia su pri¬ 
ma, tanto como por creer llegada la hora de conquistar el amor 
complaciente de Camila, montase en su jardinera y fuése en 
busca suya, con gran regocijo de los padres, pues así lograban 
un asilo seguro para la muchacha, al tiempo que explotando 
el amor de Don Zenón, tendrían cuenta abierta en la pulpería. 

En nada consultaron, pues, la opinión de Camila quienes 
pudieron disponer entonces de su vida; pero la muchacha, no 
bien fué llegada a la Azotea, y se hubo familiarizado con el 
ambiente, se sintió allí me... a su placer que en el rancho solita¬ 
rio donde se criara. 

No se ocultaban a sus seguros instintos, los deseos con¬ 
tenidos de los gauchos que en las mañanas la saludaban al en¬ 
contrarla barriendo las losas de la vereda junto al camino, ni 
el murmullo de admiración con que la seguían sus voces cuan¬ 
do al volver del corral, pendientes de sus brazos los baldes re¬ 
bosantes de espumosa leche, el viento jugaba en sus faldas 
descubriendo las fuertes pantorrillas. 

Quiso la poca ventura de Don Zenón, que para Camila 
fuese su llegaba a la Azotea, el instante primero en que com¬ 
prendió el oscuro sentido de su ser. 

Viendo cómo los rostros de los gauchos se tornaban extra¬ 
ños en su presencia; asediada cada día más por los interesados 
favores del anciano, y avisada de las ansias de aquellos hom¬ 
bres fuertes, por las bromas procaces de los peones cuando ella 
les alcanzaba la cena, Camila se vió de pronto dueña de un te¬ 
soro, por cuya posesión los hombres depondrían todo su orgullo 
y olvidarían todo amor o amistad. 

Oyendo los relatos de Liberata, cuando solas en el cuarto 
la morena hacía alarde de su imperio sobre la voluntad de Don 
Manuel, o se complacía en recordar los lances amorosos goza¬ 
dos desde la adolescencia, a la sombra de los mimbres o sobre 
los duros terrones de las huertas escondidos entre los altos maí¬ 
ces, Camila se sentía dichosa al notar bajo las sábanas las se¬ 
guras formas de su cuerpo joven que ella guardaba con altivo 


133 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 

recato, segura de que en cualquier instante por ellas sería la 
preferida de los gauchos. 

Se sabía la única mujer codiciable en el pago y ésto, unido 
a la solícita mansedumbre de Don Zenón ante sus caprichos, la 
llevó a pensar en que la vida de los parroquianos de la reja, 
no tenía más fin que la satisfacción de instintos como aquellos 
que ella creía despertarles con la sola presencia de su lozana 
virginidad. 

En el deseo de los gauchos comprendió Camila el valor de 
los encantos de su cuerpo, crecidos con la misma descuidada 
inocencia de las margaritas en las lomas; y como a la simpli¬ 
cidad de su conciencia faltaba toda otra noción de su honra, 
era feliz con pensar que sólo las cigüeñas en su vuelo sobre las 
lagunas del Tacuarí, sorprendieron la desnudez de su cuerpo 
secándose al sol de las mañanas. 

Sólo uno, de todos los conocidos, indiferente y extraño, 
turbaba a su seguro orgullo. 

Ricardo había sido para ella desde el primer momento de 
la llegada a la Azotea, el único hombre ante cuyos ojos quiso 
ver bien apreciado el valor de su honra. La contenida firmeza 
de su carácter; la desenvoltura con que la recibía siempre, como 
si su presencia no le impresionara en lo más mínimo, unidos 
al placer recibido oyendo la palabra fácil de aquel joven tan 
netamente diferenciado de los demás de la comarca, movieron 
siempre a Camila a empeñarse en agradarle, tanto como él 
continuaba descuidado de su coquetería. 

En los mediodías, cuando terminado el almuerzo los mo¬ 
radores de la Azotea se recogían para la siesta, Camila escapa¬ 
ba al celoso cuidado de Don Zenón, que vencido de sueño se 
dormía en el sillón de Doña Lolita junto a la ventana del ca¬ 
mino, y corría al comercio donde contaba encontrar a Ricardo 
ensayándose en la guitarra, o mirando hacia el cerro de Medi¬ 
na, gris en la luminosa lejanía. 

De pié, apoyada en lós estantes donde se alineaban poci¬ 
lios sobre cuyas losas blancas veíanse ingénuas escenas de ni¬ 
ños impresas en tintas de verdes claros, azules y rojas; los jue¬ 
gos de naipes y las cajas de los acordeones, la joven contaba a 
Ricardo los más pueriles incidentes del día, o se quedaba en sus- 


134 









JUSTINO ZAVALA MUNJZ 


pensó oyendo los relatos de su vida en el pueblo, con los ojos 
puestos en él conjunto abigarrado de cinchas, encimeras y rien¬ 
das, pendientes del techo, movidas apenas por la débil brisa que 
entraba por la reja, 

Pero cuando envanecida por la espera humilde del ancia¬ 
no, Camila daba en hablar de sí, Ricardo sentía una secreta 
hostilidad hacia aquella muchacha de campo tan segura del po¬ 
der que sus frescos encantos tenían sobre los hombres; tan or- 
gullosa de su doncellez, que daba la sensación de que sólo bus¬ 
caba con las constantes alusiones a su cuerpo, despertar sus 
deseos, para solazarse luego viéndole padecer por sus altivas 
esquiveces. Gozando la certidumbre de hallar en cualquier ins¬ 
tante abiertos y tendidos hacia ella los brazos del altivo y el 
humilde, si un día quisiera en ellos apretarse, ninguna inquietud 
podría turbar a su alma, mientras mantuviese la virtud de su 
honra, Y como esperaba cjue jamás el amor abatiría aquel or¬ 
gullo, escudo de su virtud, se sentía tan dueña y segura de sí, 
que no ocultaba su desprecio por las mujeres como Maruja, a 
cpiienes suponía dispuestas a obedecer a la voluntad de aque¬ 
llos a los cuales amaban. Astuta para presentir los deseos de 
los hombres, vivía tranquila y sin temor; si el amor llegaba, 
sería humilde y tímido ante su erguida soberbia. 

Bajo la mirada firme de Ricardo, Camila sentía el extra¬ 
ño placer de detener sobre sus formas vibrantes de juventud los 
pensamientos del joven que acaso estuvieran antes en el cerro 
coronado por el altillo de Maruja. 

Sabrosa de cuerpo; con los senos temblorosos al reir, co¬ 
mo dos frutos escondidos bajo la bata de claro percal; los ojos 
audaces; de seguras redondeces el vientre cuya curva apreta¬ 
da y pequeña señalaba la cinta del delantal, Camila excitaba 
entonces los deseos de Ricardo hasta el punto de hacerle sentir 
embotado el cerebro y tener sólo la sensación de su mirada an¬ 
siosa puesta en el cuello húmedo de la joven, cuando en las ra¬ 
mas de los paraísos se peleaban las calandrias agitando las ali¬ 
tas anhelantes por envolver a la hembra en celo. 

Aquel mediodía, sobre la tierra de claridades resplande¬ 
cientes, pesaba el silencio. Extendidas sobre la tierra removi¬ 
da a la sombra de los paraísos, abiertos las alas y el pico, se 


136 



CRONICA DE LA REJA 


fatigaban las gallinas; puesto el hocico sobre las patitas delan¬ 
teras alargadas cuanto podían, para sentir en el vientre el fres¬ 
co de la tierra sin sol, dormitaban los perros. Sonaban en el 
despacho los cansados compases de una milonga que Ricardo 
ensayaba en la guitarra. 

A veces, en el silencio asombrado, escindía el griterío de 
las cotorras, hurtando el maíz que en las primeras horas de 
aquella mañana de octubre fué dejando caer en los surcos de 
su mano hacendosa, Don Zenón. 

Nadie iba por el camino callado; y hasta el caballo del pi¬ 
quete parecía dormitar en la quinta, con el cuello inclinado 
hacia el suelo, mientras temblaban sobre sus lomos las man¬ 
chas circulares de sol, caídas de las copas de los naranjos, cuan¬ 
do Ricardo vió a Camila encorvarse junto a la estaca, y con el 
rostro encendido de calor dirigirse a la reja, balanceándose en¬ 
tre su mano y el caballo que la seguía, la onda invertida de la 
soga. 

—Te vengo a invitar pa dar una güelta. 

—¿Una vuelta?;—preguntó el mozo sin entender el extra¬ 
ño capricho de la muchacha. 

—Sí; una güelta por el campo. En las casas todos duer¬ 
men la siesta, y Liberata va a decir, si preguntan por mí, que 
estoy lavando en los mimbres. 

—Pero yo no puedo dejar sola la pulpería. 

—¿Y quién va a venir con este sol que raja la tierra? 

—Es que además, si Don Zenón se entera de que andamos 
solos por el campo, se puede disgustar. 

—¡Puff! dejá ese viejo que duerma tranquilo; se le ha 
vuelto una fija que yo tengo mi honra pa él. Si quiere mujer, 
que rumbée pal Tacuarí, como cuando anda por allá, y aquí 
van cayendo los gurises con encargues pa las chinas que él 
roncea. 

—¿Estás celosa? 

Camila rió con soberbia y dijo: 

—¿Yo? Bien sabés vos que no me deja ni lavar los platos 
tranquila; se sienta en el banquito de ceibo y se está las horas 
en la cocina con los ojos de un lao pa otro, asigún sea lo que yo 
esté haciendo. El se crée que no veo cómo hace que se limpia 


137 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


con el cuchillo las botas, cuando me mira las piernas si me aga¬ 
cho a juntar leña. Parece perro viejo que ande uno se sienta 
allá va él a echarse. Güeno; ¿y vamos al campo? 

—¿Y qué vamos a hacer con este sol? 

—¡Güe... a galopiar un poco; ésta es la única hora en 
que a una la dejan libre. 

—Bueno; anda ensillando, mientras tanto yo cierro y voy 
a buscar mi caballo. 

Poco después los dos jóvenes trotaban por las cuchillas 
que van subiendo hacia Frayle Muerto. Al principio trotaron 
en animada charla junto al alambrado del camino, recordando 
Camila los días en que olvidada del paso de las horas, se per¬ 
día, al galope de su caballo, entre las bruscas quebradas del Ta- 
cuarí, Pero cansados de la monotonía del paisaje se interna¬ 
ron en las cuchillas solitarias del campo, sobre las cuales ape¬ 
nas si una débil brisa ondulaba en la falda de la muchacha, 
puesta a horcajadas sobre el recado. 

Bajo la plena luz del sol, cuyos rayos parecían haber ahu¬ 
yentado hasta las más débiles nubecillas para dejar limpio el 
azul clarísimo del cielo, no se oía un solo canto ni ruido en la 
extensión ondulada de los campos. Sólo la brisa del mediodía 
iba por sobre las tiernas gramillas, refrescando la frente de 
Ricardo cuyas sienes latían bajo el sombrero. 

A medida que se apartaban del camino, la presencia de la 
soledad fué acallando las palabras de Camila, que entonces azu¬ 
zaba de continuo al lerdo caballo del piquete, mientras subían 
y bajaban cuchillas en dirección a la Laguna del Negro. 

Así anduvieron largo rato en silencio, pasando junto a las 
majadas protegidas en temblorosos grupos en las sombras de 
las zanjas, y a los ganados que en las laderas pacían dispersos 
y como olvidados de los toros que estiraban el cuello querien¬ 
do recoger en sus temblorosas narices, todo el olor de las ter¬ 
neras cuyos lomos acariciaban largamente con la roja lengua 
humedecida de deseo. 

Ricardo iba como sujeto por los ojos al costado de Cami¬ 
la, en el que el viento débil de la tarde levantaba la falda, per¬ 
mitiéndole ver un trozo de muslo moreno que en rápida visión 
le llenaba los ojos entre el blanquear de las enaguas. 


138 



CRONICA DE LA REJA 


Al principio, ella gozaba al advertir el gesto suspenso de 
Ricardo a la espera de que el viento de su caballo al galope le 
mostrase aquel trozo de su pierna. Pero, poco a poco, fué ella 
misma sintiendo un oscuro placer en aquella huida por la so¬ 
ledad, junto al amigo. 

Si en un principio apretó presurosa sobre el recado la fal¬ 
da, luego, cuando la brisa sonaba en sus oídos dándole la sen¬ 
sación del bello galopar, sintió sin sonrojos la caricia tibia del 
sol sobre su morena pierna. Y sin intentar explicárselo, se vió 
sorprendida por la desconocida sugestión que la abierta sole¬ 
dad ejercía sobre su espíritu, olvidada de todo pudor, como si 
no fuera la mirada de un hombre la que ella sentía posarse en 
su muslo desnudo y en sus senos temblorosos por el galope del 
caballo. Parecíale que ya otras veces habían estado en la mis¬ 
ma intimidad; desde largo tiempo antes eran amigos así, li¬ 
bres de todo recato, ellos solos entre los hombres extraños. 

Nada en verdad, que no fueran palabras triviales, habían 
dicho desde que los caballos se alejaron de los paraísos de la 
Azotea; sin embargo la alegría, primero, de verse galopando 
libremente sobre las cuchillas; la emoción de aquella soledad, 
hicieron a Camila sentirse unida en aquel instante al compañero 
con quien se había perdido en la abierta extensión de los cielos 
y los campos. 

Así llegaron a la más alta cumbre del contorno; envueltas 
y perdidas en la luz las copas de los eucaliptus de la Azotea, 
asomaban por detrás de la lejana cuchilla. Camila miró hacia 
los cuatro horizontes; sobre las lomas cercanas y distantes, só¬ 
lo el sol cayendo sobre el silencio extendido. Tuvo la sensación 
de la soledad rodeándola, y de que acaso estaba a merced de su 
amigo. 

—Aunque yo- diera un grito, naides me podría oir aho¬ 
ra... 

—Es verdad;—dijo Ricardo. 

Y callaron, porque las palabras, recordándoles las distin¬ 
tas y cotidianas posiciones de uno frente al otro, ahuyenta¬ 
ban, como bandada de atemorizadas palomas, los pensamientos 
de entonces. 

Volvieron a poner al galope los caballos y así bajaren y 


139 



JUSTINO ZAVALA MUNJZ 


subieron cuchillas, gozosa Camila de cansar el vuelo de las per¬ 
dices cuyo batir de alas hacía ondular las gramillas, y sintien¬ 
do Ricardo que sus labios volvíanse a cada instante más secos, 
mientras los ojos perdían la sensación del paisaje, fijos en las 
blancas ropas sobre el muslo moreno. 

¿Camila, como él, sentiría los impulsos violentos del ins¬ 
tinto y el deseo de besar, escondidos en el abierto paisaje; o al 
contrario, ni siquiera advertía los rayos del sol sobre las pier¬ 
nas a cada instante más desnudas por el viento del galope, feliz 
con sólo gozar del libre correr sobre los campos ? 

Y temeroso de que sus deseos le hiciesen ver en la joven 
un estado de ánimo que sólo era suyo, no se atrevía a decir pa¬ 
labras que pudieran alarmarla y hacerla tornar a la Azotea. 

Ella, por su parte, continuaba galopando sin atender al 
vuelo de las faldas, acostumbrada ya, con un inconsciente impu¬ 
dor, a mostrar sus piernas a Ricardo. El sol que hacía latir con 
violencia las venas de la frente; el aire fresco con el aroma sua¬ 
ve del campo florecido de primavera; el cálido roce de los coji¬ 
nillos en las piernas sudorosas, y la caricia de las ropas sobre 
los senos sacudidos por el galope, despertaban en ella oscuras 
voces sin palabras precisas, sin claros pensamientos, haciéndola 
hostigar al lerdo caballo; olvidada de las distancias y el tiem¬ 
po, sintiendo sólo que Ricardo galopaba a su lado en la íntima 
soledad. Al llegar a una hondonada, cuyas tupidas gramillas 
semejaban húmeda alfombra, advirtió el desarreglo de su reca¬ 
do, producido por la carrera. 

—¿Quieres que te lo acomode?,—dijo Ricardo desmon¬ 
tándose. 

—Güeno; si no, soy capaz de rodar. 

Ya estaba él de pié junto al caballo de ella, cuando la 
misma sensación de lo que podría ocurrir, les dejó en suspen¬ 
so. Por fin, más seguro de sí, Ricardo propuso: 

—Si deseas bajar, no tendrás después cómo subir; echa, 
si te parece, las piernas para adelante, y así podremos apretar 
la cincha. 

—¿Así?—dijo la muchacha, sintiendo sobre su pierna el 
calor de la cabezada de plata del recado. 

—Eso es. 


140 



CRONICA DE LA REJA 


Con mano temblorosa el mozo desprendió primero la he¬ 
billa de la sobrecincha, y cuando hubo de levantar los cojini¬ 
llos para desatar el corrión, sintió que el dorso de su mano to¬ 
caba la pierna desnuda de Camila. Trémulo, llevó más alto la 
mano simulando estar ocupado en arreglar el apero, mas, en 
verdad, ya incapaz de resistir a sus impulsos. La tibieza de la 
pierna de la joven parecía traspasarle la piel y, anhelante por 
recibir en lo más sensible su caricia, dió vuelta torpemente el 
brazo, mientras sobre la palma de la mano recogía una porción 
de aquella carne tibia y combada. 

Débilmente; angustiado por el temor y el deseo de que ella 
comprendiese su ardor, oprimió los dedos temblorosos, y es¬ 
peró. 

Camila creyó sentir en todo el cuerpo aquel temblor de su 
pierna; sus deseos y su instinto la advirtieron, esta vez con un 
goce vago de que así fuese, de las ansias incontenibles de Ri¬ 
cardo; y poseída ya toda ella de una extraña laxitud, se afir¬ 
mó sobre los estribos a fin de permitir que aún la mano con¬ 
tinuase más alto acariciándola. 

Ambos parecían tener toda la sensibilidad de su ser, con¬ 
centrada allí donde la mano anhelante iba oprimiendo la fina 
piel morena. 

Hasta que enardecidos ya por aquel contacto, él le abrazó 
los muslos, sintiendo en las sienes saltar violentamente las ve¬ 
nas, mientras ella, olvidada del altivo orgullo con que escuda¬ 
ba su doncellez, soltó las riendas de su voluntad y esperó de la 
audacia del joven la culminación de aquel instante, cuando de 
pronto, su mirada percibió la sombra de un cuervo que en tran¬ 
quilo vuelo describía grandes círculos sobre la llanura. 

Serenamente, el ave inclinó las abiertas alas y hendiendo 
el aire tranquilo de la tarde, trazó una vertical hasta posarse en 
un poste del alambrado. 

—Ahí viene Doña Antonica!;—exclamó Camila, enrojeci¬ 
do el rostro, como si acabaran de sorprenderla. Ricardo siguió 
su mirada y sin advertir la presencia del cuervo, preguntó, al 
tiempo de quitar las manos del recado para que ella se sentase: 

—¿Por dónde la ves venir? 

—¿No viste el cuervo volar dando vueltas y posarse en 


141 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


aquel poste? Seguro que Doña Antonica ha de venir subiendo 
la cuchilla, y él la espera. Y ya ha de ser tarde; yo me voy 
adelante, después llegás vos. 

Puso al galope el rocín, mientras Ricardo la veía alejarse 
y observaba al cuervo posado cerca suyo. Poco después, sobre 
la afilada curva de la cuchilla, asomaron casi simultáneamente 
la cabeza blanca del caballo tubiano, y la mancha violeta del pa¬ 
ñuelo anudado sobre el cabello de Doña Antonica. Cuando el gru¬ 
po hubo terminado de coronar la cuchilla, el cuervo volvió a vo¬ 
lar lentamente y sosteniéndose frente a su dueña, la seguía desde 
la altura unos instantes, para luego describir sus círculos y lan¬ 
zarse perpendicularmente sobre otro poste cercano. 

El joven, distraído su pensamiento de Camila ante aquella 
extraña amistad de Doña Antonica y el cuervo, los seguía a 
corta distancia, observando cómo el ave esperaba en medio del 
camino, erguida con arrogancia la cabeza y recogidas las alas, 
a que el tubiano se acercara llevando sobre sus lomos a la pe¬ 
queña viejecita, para elevarse luego en los aires y subir, subir 
siempre, hasta empequeñecerse; y allá, quietas y abiertas las 
potentes alas, balancearse en un fantástico columpio, bajo el 
azul profundo de la tarde. 

Otras veces, como un niño travieso que se adelanta al paso 
tardo de la abuela para dejarse alcanzar distraído por el paso 
de un insecto, el cuervo simulaba dormirse en la cuchilla a la 
espera de la lenta llegada de los amigos por la franja tendida 
del camino y ya ellos cerca, volvía a elevarse, dejábase caer so¬ 
bre el extremo de una de sus alas, y continuaba trazando con 
su sombra violada sobre el rojo sendero, los círculos en que 
encerraba el trote del tubiano. 

Así los vió seguir el rumbo de la pulpería; hasta que ins¬ 
tantes después el ave se sostenía sobre la cuchilla, anunciando 
a los de la reja la llegada del grupo familiar de sus otros 
amigos. 

Cuando Ricardo desensilló el caballo junto al tubiano de 
Doña Antonica, maneado bajo los paraísos, vió al cuervo ador¬ 
mecido sobre una de las torres de la Azotea, esperando la hora 
del crepúsculo, que era para él la del regreso de su dueña. 


142 



CAPÍTULO XII 


A LLA va la diligencia. Audacia del mayoral tirarse 
en la Laguna del Negro. 

—Es verdá; pero si espera a mañana, ya no pasa. La 
laguna debe seguir creciendo con las aguas de la Cuchilla 
Grande. 

—Primavera mojada vamos a tener. 

—Sí señor; hace ya tres días que llegué y no ha parado 
una hora la lluvia. 

—No va a poder dirse mañana. 

—Si calmase un poco me iría. 

—El bañao está campo ajuera y si usté no sabe nadar, por 
más güen caballo que lleve siempre es peligroso. 

—No señor, yo nado algo. De todos modos me llego has¬ 
ta el canal; si es muy fuerte la corriente, doy vuelta. 

—Es lo justo; no debe apeligrar su vida al ñudo. Aquí to¬ 
davía no le hemos echao los perros. 

Ricardo sonrió complacido por las últimas palabras de 
Marcos Ramírez y dijo: 

—Muchas gracias. Coronel. Es que tengo la obligación de 
llegar hasta el rincón del otro lado. 

Y la conversación volvió a cesar en el zaguán. 

Por el Camino Nacional, andando lentamente por los cam¬ 
pos enlodados, perdidos los contornos en el ambiente gris del 
agua que cerraba el horizonte sobre la cumbre cercana, iba la di¬ 
ligencia hacia Meló, con una fuerte sugestión de pesadez y tris¬ 
teza en el paisaje de soledad. 

Del fondo del zaguán llegaban los acordes que Zacarías 
Peñaflor arrancaba de su guitarra al templarla, mientras él 
disimulaba su presencia en la rueda donde le habían admitido 
para que distrajese las horas de lluvia con sus canciones y sus 
cuentos. Había llegado al pago sin más bienes que la música 


145 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de su guitarra y el encanto de la palabra siempre fácil para la 
narración fabulosa o regocijada. Y entre los hombres sencillos 
que no se apartaban nunca de las cuchillas de la comarca sino 
en las guerras, siempre hallaba el payador lugar atento para las 
invenciones de su ingenio, que nadie preguntaba si eran ciertas 
o no, satisfechos sólo con que fuesen extrañas y emocionadas. 
En las fiestas campesinas, por su melena rubia, los ojos azules 
y la gallardía del cuerpo, las criollas le miraban con ojos en¬ 
ternecidos, mientras estrujaban hasta ajar cruelmente el pa¬ 
ñuelo bordado que momentos antes mantenían, cuidadosas, aca¬ 
riciados por las toscas manos sobre la falda. Pero Peñaflor con¬ 
tentábase con darse discretamente por aludido por aquellos 
desfallecimientos ingenuos que provocaban su presencia y su 
música, y prefería ofrecer al primer gaucho que veía padecer 
por encontrar una palabra dulce y veraz para jurar su amor, 
uno de sus “compuestos” en que prestaba el acento afelpado de 
la voz y la exaltación hiperbólica de su pensamiento, para que 
el amigo lo ofreciese como la imagen misma de su estado senti¬ 
mental. Y así encendía en las otras mujeres el deseo de oirle 
contar al oído sus propias angustias amorosas, y conquistaba 
la amistad agradecida de los hombres. 

En las ruedas de las rejas, el payador llegaba con aire cor¬ 
dial y prestaba de inmediato atento oído a la palabra de los 
amigos. Al principio sus comentarios eran breves y humildes; 
hasta que de pronto, y ésto siempre ocurría, sin que él ni los 
otros lo notaran, tenía la palabra; y entonces por toda la tar¬ 
de, entre el sostenido silencio de los otros. Si deseaban oir su 
música, Peñaflor accedía sin los requiebros de vanidad de los 
otros payadores, tal como si en vez de complacer a la rueda, 
fuera por su propio solaz que empuñara la guitarra. Era feliz 
con poder usar la guitarra y la palabra fácil, para dar curso a 
la despreocupada alegría de su alma y a la espontánea amistad 
que sentía hacia los demás. 

Leal, bondadoso, sin ambición; colmaban sus días que nun¬ 
ca conoció agitados por un plazo cumplido, una rueda atenta 
para su música, mientras iba entre ella, por horas intermina¬ 
bles, el mate amargo. 

Marcos Ramírez que le conocía, mandaba soltar al campo 


144 



CRONICA DE LA REJA 


su caballo apenas se desmontaba frente a los patios; y Peñaflor 
quedábase por largos días en la estancia cuyo hospedaje paga¬ 
ba agradecido y orgulloso con el ánimo siempre dispuesto para 
llenar el atardecer de música o alargar las veladas, terminada 
la cena, con sus narraciones. 

Sonaba entonces la guitarra sobre el silencio de la pieza 
que el murmullo del viento con lluvia en el patio contribuía a 
hacer más denso. 

A pesar de su deseo, Ricardo sólo lograba mantener por 
instantes la conversación, que pronto decaía entre respuestas 
precisas y breves de los otros. 

Frente a él, la luz fría de la tarde amenguaba los rasgos 
del caudillo a quien él miraba con toda la atención que la pru¬ 
dencia permitía. Vestido de bota ancha y rugosa; bombacha y 
saco negros, esparcíase la mancha blanca de la barba sobre el 
pañuelo oscuro. Ocultos los ojos por la sombra del sombrero 
que conservaba puesto como si fuera o acabase de salir, Ricar¬ 
do notaba los grandes y lentos planos del rostro en silencio, 
que le daban la impresión de un pensamiento en reposo. Entre¬ 
lazadas sobre la falda, las manos en las que el lazo y la lanza 
pusieron noble rudeza. 

Van ya tres días que vive bajo su techo, acercados por la 
lluvia que despobló los caminos y apretó sobre el cerro los ho¬ 
rizontes, y el caudillo sigue siendo para él algo lejano, sin inti¬ 
midad, en la mesura constante de las palabras y los gestos. 

Se diría que bajo la frente tiene como un terco pensa¬ 
miento oculto que mantiene alerta a su voluntad. ¿Cómo habrá 
sido la juventud de pobreza de este hombre de tan severo orgu¬ 
llo, sobre quien parece que no pudiera ejercerse ninguna huma¬ 
na autoridad? Ricardo siente su altiva indiferencia hacia la im¬ 
presión que sus palabras y sus gestos pudieran producir en el 
ánimo ajeno. 

Y sin embargo hubo un tiempo en que fué joven y po¬ 
bre ... 

A su lado el hijo mayor, Bernabé, tiene una imperturba¬ 
ble adustez en el ceño. 

Oye reconcentrado y grave cuando habla el caudillo; pero 
no le mira, como si quisiera aislarse en sí mismo para juzgarle 


10 


145 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


o pesar, .sin la sugestión de la presencia, las enseñanzas que 
recibe de labios del padre. Así como es sereno el gesto de Mar¬ 
cos Ramírez, es de contracciones bruscas el de Bernabé; se di¬ 
ría que ha heredado sólo las violentas tempestades que han sa¬ 
cudido el alma del caudillo. Su espíritu nació envejecido de pa¬ 
sión, sintiendo desde niño la dramática tarea de soportar sobre 
los hombros todos los odios que rodean a su padre a través de 
los años y de lejanas distancias. El no pudo distraer la juven¬ 
tud en juegos inocentes; debió aprovechar ávidamente las ho¬ 
ras en adiestrar el alma para el duro destino que voces oscu¬ 
ras y tenaces le señalan en su vida de hijo del caudillo. Por eso 
es huraño en el gesto y violento en la palabra, aunque hable 
con la más leal amistad. Ricardo sólo ha advertido que una rᬠ
faga de ternura, como la brisa sobre arisco pajonal, pasa so¬ 
bre su ceño adusto, cuando dirije la palabra a Maruja. 

En silencioso respeto ante aquellos espíritus más sabios en 
vida y más fuertes, Antolín, hijo menor de Ramírez, perma¬ 
nece sentado junto a Ricardo, fijos los ojos de juvenil curiosi¬ 
dad en las lejanías grises que el anochecer va tiñendo de azul. 

Bajo el peso de los silencios austeros, tan extraños para su 
espíritu, Ricardo crée que su presencia prolongada en la estan¬ 
cia ya molesta a los huéspedes. Pero piensa también en la gra¬ 
ciosa hija del caudillo, que de pronto asoma por las puertas 
que comunican al zaguán con el comedor y el dormitorio, y 
transforma el ambiente con la alegría de un rayo de sol sobre la 
espinosa y oscura copa de un tala. 

Entre los rostros severos, ella deja salir su risa de clari¬ 
dad de mañanas. 

Y siente entonces, que de aquella casa entre cuyas paredes 
se pasea la figura corpulenta del caudillo como ahogada por la 
falta de largos horizontes y grandes cielos, él ya no puede irse 
sin vaciar su pensamiento en los oídos de Maruja. 

Si ella le fué amable en las carreras por la sola gracia de 
la voz y el brillo de los ojos negros, más ansioso de su amorosa 
intimidad se siente ahora, cuando después de tres días de vivir 
bajo su techo, sólo ella parece libre de aquel peso como de un 
grave pensamiento de algo dramático próximo a ocurrir en 
aquel ambiente de severas voces y gestos atentos. 


146 



CRONICA DE LA REJA 


Pensaba en ello Ricardo, cuando Peña flor, seguro de no 
interrumpir a nadie con su palabra, comentó el reventar de una 
cuerda sobre la guitarra. 

—Me he lucido... ya estoy como Gil, reventando las cuer¬ 
das. Menos mal que no me va a dar por echarle la culpa a don 
Ricardo. 

—Pero amigo—dijo el caudillo—resultó que Gil no tenía 
fiera más que la cara. 

—Parece que el hombre vió la muerte en el caño de la pis¬ 
tola de Ricardo, y se le aflojaron los garrones;—dijo Bernabé. 

—Sí, yo creo que el hombre vió que tal vez yo lo matase, 
y por suerte se asustó. 

—Por suerte pa él—dijo Bernabé. 

—Y para mí. 

—Pa usté no; al fin y al cabo mataba un mal bicho. ¿Pa 
qué sirve ahora ese maula? 

—Será así, Bernabé; pero hoy me sería muy doloroso ha¬ 
berlo muerto. Si el pobre Gil vale poco, ya tiene bastante des¬ 
gracia con ello- 

—Si lo mataba con razón, no colijo de qué se iba hoy a 
arrepentir. 

—Ya vé que no era necesario. Después... será tan difí¬ 
cil convencerse uno de que ha tenido razón para matar un hom¬ 
bre. Al cabo de los años puede que sus razones se le olviden, 
o no le aparezcan tan claras, o le parezcan falsas; y el otro ya 
está muerto y no queda esperanza de deshacer tanto mal. Pre¬ 
ferible es que haya sido así. 

El caudillo, que observaba con complacida atención a Ri¬ 
cardo, intervino al fin, impresionado por la digna modestia del 
mozo. 

—No es más que esa la verdá. Cuando uno no ha conoci¬ 
do de cerca a la muerte, se siente como una bárbara curiosidá 
por llegar hasta el fin después que se ha sacao el puñal; pocos 
son los que como el amigo Ricardo pueden tantearlo hasta el 
último momento y dejar con vida al indino que se tiene por 
delante. Los más aprendemos ésto al cabo de los años y cuando 
hemos cometido la primera barbaridá, sin remedio. 

Bernabé miraba a su padre con la actitud violenta del hom- 


147 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


bre que tiene pronta la respuesta en los labios, pero a los que 
cierra el respeto. Marcos Ramírez continuó, mientras Peña flor, 
cuidadosamente, descruzó las piernas y apagó la vibración de 
la guitarra extendiendo sobre el encordado abiertas sus largas 
manos. 

—Cuando yo era mozo, apenas si pasaba los veinte años, 
apareció en el pago un negro de apelativo Clarín. Era un tipo 
chicuelo; pero membrudo y ágil. Al principio todos lo tratába¬ 
mos como a un camarada; pero el hombre parecía que le inco¬ 
modaba ser como cualisquiera, y comenzó a hacer diabluras. 
Una vez jué a un pobre turco que lo saqueó en un camino y 
como el otro amenazó con la polecía, lo enlazó a la cincha y lo 
hizo trotiar hasta dejarlo sin resuello. Armaba pendencia en las 
carpetas y no había taba sana pa él si le ganaban la plata. Co¬ 
mo lo jueron dejando. Clarín se jué dando a guapo, y en eso 
se pasaba de reja en reja. Al hombre no le había llegao la hora 
de encontrarse con el que le iba a enfrenar tanto coraje, y se¬ 
guía ansina sin que le hicieran mayor caso. Hasta que una noche, 
llevao del Diablo, golpiaron, él y un amigo, en la pulpería de 
un gallego que vivía allí cerca de donde está ahora la Azotea. 
El gallego, un alma de Dios, abrió una rendija alumbrándose 
con una vela. No había terminao de preguntar quienes eran, 
cuando Clarín lo tiró pa adentro de una puñalada en la ingle. 
El compañero, asustao después de aquella noche, desapareció 
del pago. Pero Clarín creía que al fin había hecho una gaucha¬ 
da, y se quedó pa dir dejando entender en las rejas cuando se 
mamaba, que él era el de la hazaña, Al principio ganó el mon¬ 
te; pero cuando pulseó que al comisario le faltaba coraje pa 
prenderlo, ya no se cuidó de naides, y se dió a hacer fechorías 
con las mujeres. Los paisanos no podían quedarse juera o en la 
reja después de entrada la noche, porque Clarín se les presen¬ 
taba al rancho a judiarles las mujeres. El hombre se había he¬ 
cho, al fin, de fama. Si avanzaban los perros pal lao del mon¬ 
te, la gente se trancaba en los ranchos porque iba llegando Cla¬ 
rín; si disparaba la majada en el rodeo, los hombres se acomo¬ 
daban las armas, porque andaba rondando Clarín; si un caba¬ 
llo relinchaba asustao en la soga y se despertaban los teru-terus, 
era Clarín que iba pasando. El negro estaba en todas partes, y 


148 



CRONICA DE LA REJA 


naides conseguía prenderlo; aunque él juraba en las rejas haber 
acompañao al propio comisario en un camino. Cansao de tan¬ 
ta pellejería, un día el Coronel Don Alejandro se puso la auto- 
ridá que allí faltaba, y salió a rondar con dos gauchos. La cosa 
jué fácil. Llevaron unas hachas y se hicieron pasar por mon- 
teadores en el Tacuarí. Y Clarín cayó en las guascas. Justa¬ 
mente yo estaba en la estancia de Don Alejandro; y como él no 
quería dir al pueblo, me preguntó si era capaz de llevar al ne¬ 
gro. Cuando vió que lo soltaban de las estacas pa entregárme¬ 
lo, la señora pedía llorando que no me dejaran solo con aquel 
negro diablo capaz de hacerme alguna mala jugada en el ca¬ 
mino. Don Alejandro se réia y yo me hallaba ya con rabia de 
aquella desconfianza. . . 

—Tata, vamos a traer luz. Ya no se ven ni las caras;—so¬ 
nó con desconcertante alegría la voz de Maruja sobre el silen¬ 
cio atento de los hombres. 

—No mi hija; déjenos así. 

Y la palabra pausada, de acento llano, casi indiferente del 
caudillo, volvió a continuar en el zaguán, en el que apenas se 
distinguían ya los bustos de los otros cuatro hombres, estirados 
hacia adelante con el ansia de oir el relato que a veces parecía 
perderse entre la blanca barba. 

—Güeno: al principio trotiábamos callaos. Clarín llevaba 
las manos atadas por atrás de la espalda y el cabresto del caba¬ 
llo prendido en la cincha del mío. Pero cuando vió que viajᬠ
bamos ya solos, comenzó a insultarme, diciéndome maula; que 
por qué no me había ofrecido pa dirlo a prender, como me ha¬ 
bía ofrecido pa llevarlo después que estaba en las estacas. Me di¬ 
jo guacho, que como a todo comedido a mí tampoco me iba a 
dir bien, pues cuando él se escapara de la cárcel me enseñaría 
que yo no era hombre pa Clarín ni pa otros más desgraciaos. 
Yo lo aguantaba callao porque si hablaba, al vertía que aquel 
negro no llegaba entero al pueblo, y seguía trotiando con él de 
tiro, deseando subir la cuchilla de adonde ya viese el caserío 
de Meló. Pero el negro era insolente y emperrao. Y después, 
él había asesinao a un hombre, asustao a un comisario; había 
matreriao, armao pendencia en las rejas. El era Clarín, y yo 
era un mocito trabajador y nada más. Ya no me gustó cuando 


149 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


lo dijo la señora de Don Alejandro; el negro me lo iba gritan¬ 
do a la espalda, y me iba dando rabia de que yo mesmo lo juera 
pensando. Parecía que en vez de llevarlo de tiro, era Clarín el 
que me iba arriando con sus insultos pal pueblo. 

Así llegamos al anochecer. A nuestra izquierda se abría 
un bañao rodeando el monte; no había camino cerca. Yo rum- 
biaba como baqueano por un sendero de los animales que baja¬ 
ban a la aguada del paso. El rancho más cerca, era un bultito 
negro en la cuchilla, a dos leguas. 

Yo iba cansao del trote incómodo de mi caballo que sólo a 
sacudones hacía andar al matungo lerdo de Clarín. Habíamos 
viajao todo el día con un sol bárbaro, y todavía aquel negro 
me seguía insultando de atrás.—¡Qué canejo: la verdá es que 
yo nunca había matao a naides, ni había sentido en las carnes 
la hoja de un puñal; no sabía lo que era el coraje ni dar la 
muerte a otro. Y al oir de gurí los cuentos de los veteranos, 
había sentido curiosidá por saber cómo era aquello que tantos 
podían contar. Domar a un potro no es domar a un hombre, aun¬ 
que con los dos se arriesgue la vida. 

Ya íbamos por el medio del bañao... Clarín era Clarín; 
yo no era naides. Si él se escapaba y contaba aquel viaje, to¬ 
dos iban a creer que le había tenido miedo. Y del pueblo no iba 
a ser el primero en escaparse. Después, ¿a cuántos más iba a 
judiar aquel alma atravesada? 

Me desvié hasta un albardón clareando entre las pajas. Al 
llegar despertamos y voló un Juan Grande que se había dor¬ 
mido parao, mirándose el pecho. Cuando me apié, sentí la ri¬ 
sa de un zorro que nos estaría bombiando de lejos. Manié mi 
caballo y sin hablar, bajé al negro que también se había ca¬ 
llao. Saqué mi puñal y el suyo que llevaba pa entregarlo en la 
Jefatura. El negro me miró cortarle la soga de las manos y 
parecía no entenderme. Al zorro le había dao por ráirse de 
nosotros. 

—Güeno, máistro enseñame tu cartilla.—Le dije cuando le 
alargué el puñal. 

Pero él me miraba como si quisiera darse cuenta de que 
pa ser libre, no le faltaba más que tenderme en el pasto como 
al gallego. Yo estaba con rabia y con curiosidá por lo que nos 
iba a pasar. 


150 



CRONICA DE LA REJA 


Volvió a ráirse el zorro. Nosotros lo sentimos, frente a 
frente, con el puñal en la mano. 

—Vamos, Clarín, mostrame cómo se mata a un gallego. 

Me empezaba a dar asco aquel negro de mala entraña 
que me seguía mirando como si no me oyera, cuando en un 
redepente encogió el brazo y lo largó con juerza hasta mí. No 
sé cómo hice; pero solté un revés, sentí pesao el puñal, y vide 
que la cabeza de Clarín se cáia pa un costado con los ojos y la 
boca abiertos. Se le atropelló la sangre al pescuezo haciendo bor¬ 
botones, y saltó en un chorro largo, mientras el negro dió tam¬ 
bién dos saltos en el aire, se metió, y cayó aplastando las pajas. 
Yo quedé un momento parao. Las pajas se habían vuelto a 
levantar y sólo alvertí a Clarín por el sonido gangoso. 

Le solté el caballo, desmanié el mío, y me volví al trote. 

Cuando ya subía la loma que cierra el bañao, el zorro 
aquel me soltó otra carcajada. 

La llama de un fósforo que el caudillo encendió para dar 
fuego a su cigarro, descubrió los rostros angustiados, rígidos, 
de los otros hombres vueltos hacia él. 

Bernabé disimuló su silencio haciendo correr la silla al des¬ 
cruzar las piernas; Ricardo miró la noche ya llegada en el cam¬ 
po. Antolín permaneció inmóvil. 

—Sí señor;—dijo Zacarías Peñaflor con acento humilde, 
como si contestara a alguien. 

Marcos Ramírez volvió a hablar: 

—Cuando llegué al pago, Don Alejandro conoció la verdá 
y me creyó. Se dijo que Clarín se me había escapao. Y enton¬ 
ces comenzó la gente a mirarme de otro modo, porque yo había 
librao en güeña ley al pago de Clarín. Aunque ladraran los pe¬ 
rros, ya sabían las mujeres que Clarín no volvería de allá adon¬ 
de se me había juído. Pero yo no estaba contento. Jué el que 
mató a Clarín, decían en voz baja cuando en mi trabajo llegaba 
a las rejas; gracias a él estamos libres de Clarín, repetían las mu¬ 
jeres. Así andaba otra vez, como aquel día, siempre acompañao 
de Clarín, pero en un viaje de días, de meses y años, en el co¬ 
mentario de la gente. Y no era pa tanto. Aquello jué un mo¬ 
mento nomás. Yo no había aprendido nada, como no juera sa¬ 
ber que cuando uno tiene valor, no hay pa qué andarlo luciendo 


151 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


en la primera que se presente, como un apero. Después vinieron 
las guerras. Cuando uno tiene veinte años, crée que ya ha pa- 
sao mucho tiempo y no vendrá más el momento de ser como 
se quiere. De áhi esa curiosidá y ese apuro. Sólo los años le en¬ 
señan que el coraje no envejece y si está cuando joven, puede re¬ 
servarlo tranquilo pa usarlo una vez cuando viejo, si es preci¬ 
so; o acaso nunca, que eso es lo mejor... Al fin y al cabo, des¬ 
de aquella tarde hasta hoy han pasao tantas cosas, que bien 
veo que aunque Clarín se hubiera escapao y me hubiera echao 
fama de maula, no hubiese demorao mucho en desmentirlo. 
Pero cuando el negro me insultaba, era sólo un mozo trabaja¬ 
dor, no sabía nada de ésto... 

Vamo a ver, amigo Peñaflor, no le he dejao darnos su 
música; toque algo. 

Alguien, que en la sombra no se hubiera podido precisar, 
dejó escapar un suspiro de alivio. 

—¿No toma un mate, tata?—preguntó Antolín. 

—Sí, pida un mate. 


La guitarra comenzó a apoderarse del silencio, primero 
en tímidas voces de la bordona, luego en los rápidos estreme¬ 
cimientos de la prima; unas voces sucedían a las otras cada vez 
más claras y audaces, hasta alijerar con su música el ambiente 
del vaho de angustia que había dejado la narración del caudi¬ 
llo; y entonces Peñaflor, seguro ya de que el silencio era de 
atención para él, golpeó gallardamente las cuerdas que vibra¬ 
ron a un tiempo y se apagaron bajo la presión de la mano del 
payador, quien tosió y dijo; 

—Este estilo lo compuse. Coronel, pa una novia que tuve 
hace mucho tiempo. 

—^Vamo a óirlo. 

Sonó con prolongado acento la bordona; le siguieron, vi¬ 
vaces, como dos ecos, la segunda y tercera; volvió la bordona a 
hablar y en la lejanía la voz de la prima repitió el eco. De pron¬ 
to la cuarta, melancólica, viril, alzó la voz en un canto sereno, 
que las otras cuerdas repetían en apagado murmullo. Como si 
el lenguaje de la guitarra no bastase a su alma colmada, Zaca- 


152 

















JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


rías Peñaflor inició el canto con acento cálido, extendiendo las 
palabras, en un ritmo ingenuo y bárbaro: 

Muda la noche estrellada. 

Dormido el campo en las sombras, 

Pero mi alma enamorada, 

Crée que el silencio te nombra. 

Las luminosas lejanías; el rayo de luna clareando en los 
altos pajonales; el balido entristecido de las majadas; el chorro 
de luz de la Vía Láctea arqueándose entre los horizontes; el 
murmullo de las hojas del ombú, eran voces infinitas a las que 
el corazón enamorado de Peñaflor oía pronunciar el nombre 
de la novia. 

Fuera, el viento había callado y todo era silencio bajo la 
voz del payador, que se elevaba en el zaguán, salía a los patios 
y detenía la charla de los peones en el galpón cercano, 

Peñaflor enviaba su canción enamorada a la novia esquiva 
y lejana. Sentimental y pueril unas veces, volvíase de pronto 
enérgica y ruda la queja; hasta que al fin, en un arrebato de 
despecho, calló de pronto la voz del payador, mientras la cuarta 
levantó otra vez largamente su nota a la que respondieron las 
otras cuerdas en un eco apagado. 

Animado por las breves palabras de aplauso, el payador 
apenas si guardó silencio el instante preciso para que se aquie¬ 
tase en los otros el estado emocional que su estilo había produ¬ 
cido, y de nuevo pulseó la guitarra, jugó un momento como 
distraído con los dedos sobre las cuerdas, y comenzó los com¬ 
pases rápidos y llenos de fresca picardía de una milonga, 

Pero Ricardo ya no lo escuchaba; mientras la música se 
elevaba en el zaguán oscurecido, espontánea, regocijada, su pen¬ 
samiento se sumía por grados en el asombro que le produjera 
la narración del caudillo. Los años habían pasado largamente, 
fecundos en episodios de violencia y de dolor sobre el recuerdo 
de aquella tarde cuyas visiones habían quedado en la memoria 
de Ramírez como sucesivas imágenes a las que faltaba ya el ne¬ 
xo de la emoción de los primeros días. 

De sus labios de hablar lento, habían salido las palabras 


154 



CRONICA DE LA REJA 


con no disimulada monotonía, tal como si estuviera Ramírez 
narrando un vulgar episodio venido a conocimiento de su alma 
ya desgastado de verdad al trasmitirse de labio en labio por lar¬ 
go tiempo antes de que él llegara a oirlo. 

Entonces pudo ver Ricardo, que desde el primer día de su 
llegada a la estancia una amistad cordial le había acogido. Des¬ 
pués de aquella confesión del caudillo, brotada espontánea y 
descuidada en sus labios, sintió que en su trato no había falta¬ 
do intimidad para él; sólo que él no había sabido advertirla 
preocupado por encontrar entre el alma de Ramírez y la de los 
demás hombres, extrañas diferencias que colmasen su fértil 
imaginación de joven. Ahora lo veía como un alma sencilla y 
recta, diferenciándose de las otras por la fuerza con que reci¬ 
bía los choques de la vida y con que actuaba en ésta. Pero, ¿cuál 
era la medida de esa fuerza? He ahí lo desconocido para Ri¬ 
cardo. 

¿Cuál era la razón de esa fuerza? ¿Acaso bastaba para 
explicarla la voluntad tenaz al servicio de un certero instinto 
moral ? ¿ Acaso eran las inmensas potencias morales de su alma, 
que necesitaban esa vida de acción heróica para desarrollarse 
armoniosamente, tal como su cuerpo necesitó emplearse en du¬ 
ras labores para adquirir aquella total plenitud de los múscu¬ 
los? He aquí lo que Ricardo deseaba saber en aquel instante 
sin lograrlo. Pero lo veía desarrollado íntegramente, como un 
árbol crecido hasta levantarse solo en medio de los cielos hon¬ 
dos y lejanos. Observado en la austera intimidad del hogar, a 
través de la conversación y de sus actos más simples, Marcos 
Ramírez afirmaba en Ricardo los conceptos que la fama gaucha 
había creado sobre su contextura moral. Lo veía amar los cora¬ 
zones sencillos y honrados, y darles su amistad sin reservas. 
Despreciaba la astucia como arma de los débiles; leal hasta la 
temeridad, no comprendía otra vida que la de la verdad, y es¬ 
taba en ella, sin oscuras incertidumbres. Cuando él afirmaba 
o prometía algo, aún al más humilde de los hombres, luego lo 
mantenía sin que ninguna conveniencia pudiera insinuar en sus 
actos públicos un asomo de negación, ni siquiera de limitación 
de lo que había pronunciado en la intimidad. Y bien se adver¬ 
tía que en ello no entraba el mezquino cálculo de mantener 


155 



JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


adictos a él a los que pudieran serle útiles; sino que respetaba 
aún en el más humilde, la dignidad humana. Por eso desde le¬ 
janas distancias acudían en demanda de su consejo, las almas 
honradas en sus momentos de tribulación y de lucha. 

Ricardo había leído en su aprendizaje en Meló y oído de 
labios de otros hombres, la historia de otros caudillos; pero és¬ 
te parecía distinto. A pesar de ser el primero en medio de la 
sociedad en que actuaba, se conservaba modesto en los hábitos 
y en los gestos; y si bien ya no seguía apoyado en la mancera 
del arado la línea oscura de los bueyes en la huerta, sobre el ca¬ 
ballo diestro en la labor continuada, dirigía el cuidado de su ha¬ 
cienda en medio de la admiración de los peones por aquel bra¬ 
zo que había llegado ya a los límites de la ancianidad con la 
fortaleza de los primeros años en el manejo certero del lazo. 

La admiración de unos y el interés de otros, hubieran siem¬ 
pre hallado palabras con qué justificar cualquier acto del cau¬ 
dillo que significara una desviación del camino árido de fiera 
virtud en que había vivido. Pero advertía Ricardo que Marcos 
Ramírez después de haber conquistado con una vida de sacri¬ 
ficios y heroísmo la admiración de las muchedumbres, era ca¬ 
paz de la estóica resolución de renunciar a todo y llegar, solo 
con su alma altiva, a la tarde de la muerte, antes de negarse en 
una claudicación. Acaso, sí, su prestigio estuviera cimentado 
en violencias y hasta en algún bárbaro episodio; pero lo que na¬ 
die podría negar a aquel hombre rudo y bondadoso que no cono¬ 
cía ni amaba otra cosa que la serena soledad de los campos, era 
la pura sinceridad con que había vivido y ya sólo esperaba des¬ 
aparecer de entre sus paisanos, a los que dejaría como viva 
enseñanza el ejemplo de su fé en la virtud. 

La voz de la esposa del caudillo llamando para la cena, 
calló a la música de Peñaflor. 

En el rectángulo de luz que la lámpara del comedor avi¬ 
vaba en el zaguán, Ricardo vió avanzar al caudillo con pesado 
paso... 

En la intimidad reveladora de la casa, como en la palabra 
emocionada de los payadores, Marcos Ramírez conservaba los 
mismos rasgos morales que extendieron su fama desde la cu¬ 
chilla de su primera hazaña, hasta los pagos remotos. 


156 



CAPÍTULO XIII 


H a cesado la lluvia. V’an hacia el norte, veloces, en fuga 
precipitada que las hace adelantar a unas sobre las otras, 
mientras las más débiles se deshacen en lluvia, las nu¬ 
bes que el pampero, como un pastor celoso, recoge dispersas 
en las llanuras del cielo y conduce hacia otros horizontes. 

En la limpia mañana florecen en luz los arbustos sobre cu¬ 
yas hojas mojadas cae el claro sol. 

Llámanse en la cercana loma los teru-terus; en el ombú la 
alegre humedad del ambiente está cantando en el pico de una 
calandria. 

¿Cómo ha podido ser este encuentro de los dos solos, jun¬ 
to a la ventana enrejada frente a la cual tiembla la enredadera 
interrumpiendo la visión del bañado, extensa llanura azul en 
cuyo centro, como una imprevista y verde colina, se va, ondu¬ 
lando sobre las aguas, el monte del Tacuarí? 

Durante los días pasados en la estancia, en la intimidad 
de la lluvia de cerrados horizontes, Ricardo había deseado mu¬ 
chas veces levantarse de la rueda del zaguán en donde oía la 
voz del caudillo, para ir hasta la penumbra del cuarto cercano 
en que sonaba la clara voz de Maruja. Entonces sabía las pala¬ 
bras que pronunciarían sus labios y la audacia de su mirada 
deteniéndose en los ojos negros de la joven, limpios y alegres 
como su canto entre los labios rojos. 

Su espíritu descansa de la rudeza del ambiente, en pre¬ 
sencia de la joven; y se aviva la v'^oz, y una esperanza de im¬ 
precisos pero ciertos goces se anuncia en la desolación de su 
vida de pulpero. 

Toda la sequedad que los días solitarios han puesto en su 
pensamiento; la hostilidad de las cerradas paredes del negocio 
en las noches de invierno en que ido de sus ojos el sueño nin- 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


gún recuerdo ni esperanza feliz acortaba los insomnios, se han 
borrado de su memoria desde que aquella figura delgada y sua¬ 
ve, de negrísimo cabello dividiéndose en dos sobre la frente 
curvada, anda a su alrededor con la alegría de su juventud en¬ 
tre el áspero hablar de aquella morada de caudillos. 

La palabra de Ramírez y su presencia, llenaban la casa, 
los patios, los tiempos del pago; a los hombres y las cosas, daba 
su cercanía un aspecto dramático, que se avivaba en los ojos de 
Bernabé y se recogía en los silencios de Antolín. 

Dura la vida, entre las pasiones incontenidas, los gestos 
huraños; el trabajo cansado en su inalterable sencillez; las ca¬ 
lladas noches, o pobladas de la música salvaje del pampero. En 
las lomas y los valles, la espera de un galope de carga o de una 
mancha de sangre. 

En las escasas mujeres jóvenes que había ido conociendo 
en sus visitas, la misma aridez borrando los signos de la femi¬ 
nidad. Martirizadas las robustas formas bajo el traje de fiesta; 
entornados los ojos con un pudor lleno de tristeza; sobre la fal¬ 
da las manos estrujando el pañuelito de seda de un rosado pue¬ 
ril; juntas las rodillas y cruzados los pies por detrás de las pa¬ 
tas delanteras de la silla, como si temieran caerse, así se esta¬ 
ban delante suyo toda la tarde; cerradas almas con las que era 
imposible toda afectiva comunicación. Si él hablaba, contesta¬ 
ba la madre, y respondía la última palabra, con apagada voz 
de eco, la hija. 

Sus rostros no eran ni alegres ni tristes; parecían no haber 
amado nunca ni sufrido; eran un silencio blanqueado de polvos 
de arroz. 

Bien distinta la joven que entonces le acompañaba en el 
mate. La pesada tristeza de la virtud en las otras, desaparecía 
en ella iluminada por la gracia. En el ambiente austero que la 
sola presencia del caudillo producía, Ricardo sintió sonar duran¬ 
te las horas de lluvia en la estancia, la alegría ¡nocente de su 
voz. 

Desde que la viera, el campo se reveló a sus ojos con una 
ternura en sus líneas que antes no le conociera. Ya no recordó 
el pampero, sino la brisa aromada por las yerbas de pajarito 
de los montes, sonando como una desmayada sinfonía sobre las 


158 



CRONICA DE LA REJA 


suaves curvas del paisaje azulado de luna. Entre las losas rojas 
del camino; en las sombras de los mimbres; en la pluma relu¬ 
ciente de los teru-terus; en el canto de los cardenales, un nuevo 
sentido de su alma descubría un lenguaje de escondida dicha 
entre el luchar de los hombres. 

Sentado frente a ella, siente que todas aquellas voces es¬ 
tán en la voz de Maruja; que aquellas luces están en la luz de 
sus ojos. Y quisiera decírselo; pero, como en la soledad de sus 
paseos, advierte que su alma sólo es una caja de resonancias de 
todas aquellas músicas, sin ninguna propia para poder expre¬ 
sarse. 

Y callan los dos, sobrecogidos en un dulce temor. 

Porque ella también, ahora en que por fin está sola a su 

lado, quisiera oir la palabra animada por los bellos pensamien¬ 
tos que ella adivina bajo la frente vibrante. Sí; él conoce todas 
aquellas vidas recordadas con su padre; él vive entre los hom¬ 
bres rudos que se reúnen en la reja de la Azotea; pero tam¬ 
bién, ella sabe que detrás de sus ojos pardos que miran con fir¬ 
me lealtad, hay otros pensamientos acaso sólo por ella presen¬ 
tidos en aquel rostro de labios finos, blanca piel y firmes rasgos. 

De pié, ella lo vé viril y tierno, a un tiempo mismo. Aun¬ 
que viste botas y bombachas; a pesar del pañuelo blanco anuda¬ 
do a su cuello, del rebenque colgante de su mano, Maruja sien¬ 
te que sólo él es distinto en el pago; y por eso se ha quedado 
sentada largo rato esperando la palabra que ella no sabe pro¬ 
vocar. 

Y a hurtadillas le miraba los labios, como si ellos guarda¬ 
ran todos sus dulces sueños de los anocheceres, cuando miraba 
desde el altillo enrojecerse los cielos en los lejanos horizontes. 

Las palabras eran tímidas, pues sólo querían huir del si¬ 
lencio que los delataba: 

—¡Qué crecido se ha puesto el bañado! ¿Vé usted aquel 
mimbre del que no aparece sino la copa sobre las aguas? 

—¿Cómo ha podido crecer tan solo, entre las aguas que 
quieren ahogarlo? 

—En el buen tiempo está lejos del canal del río. Piense 
todo lo que deberá usted nadar en la creciente. Si esperara una 
noche, el bañado bajaría. 


159 



JUSTINO '¿AVALA MUNIZ 


—Bien quisiera hacerlo, Maruja; pero debo continuar el 
viaje interrumpido hace tantos días por la lluvia. 

—Sin embargo, un día más... ese bañado es peligroso 
para quienes no lo conocen. 

Ricardo se sonrió y dijo: 

—Si me ahogara en él, las aguas no guardarían mis hue¬ 
llas ... ni el pago mi recuerdo. 

—¿Por qué dice eso, ahora que va a arrojarse al peligro? 
Es el placer de hacer daño. 

Un instante se encontraron las miradas, y huyeron teme¬ 
rosas hacia el campo. 

Maruja había dejado escapar una verdad que Ricardo no 
se atrevía a preguntarle, y se calló avergonzada. Ahora no te¬ 
nía ya la seguridad con que oía los tímidos elogios de los gau¬ 
chos; pero es que aquéllos nada decían a su alma. 

Hija de Misia Adela era, sin embargo, bien distinta a la 
madre. Una, criada en la rudeza de su tiempo, amó al gaucho 
altanero, de recia figura, cuyas proezas en los combates y las 
hierras glosaban las décimas de los payadores y las palabras 
de los caudillos. 

Arrullaron sus sueños cuentos de gesta; y en su infancia 
muchas veces detuvo en el patio los juegos de niña, para que¬ 
darse mirando pasar por las cuchillas los escuadrones de lan¬ 
ceros marchando a la guerra. En el rancho se guardaban las 
lanzas del padre y los hermanos, iguales a las que veía arrinco¬ 
nadas en las estancias cuando iba de visita. Más temible que 
todas aquellas, era la del mozo de rizada melena cuya voz de 
caricia sintió en las ruedas de los pericones, pensando cómo 
sería de viril en los entreveros. Y amó desde temprana edad a 
Marcos Ramírez, porque él era el tipo de la belleza varonil de 
su tiempo. 

Maruja nació cuando ya habían pasado los fuertes traba¬ 
jos de la pobreza. Su padre era entonces el caudillo, y se le edu¬ 
có en el pueblo entre gentes de vida tranquila; oyendo relatos 
de la ciudad; entre la amistad tierna de las niñas y el home¬ 
naje emocionado de los jóvenes. De la guerra no recordaba 
sino una madrugada en que los relinchos de los caballos dete¬ 
nidos junto al ombú despertaron su sueño. Por la ventana del 


160 



CRONICA DE LA REJA 


\ 


altillo estuvo largo rato viendo andar en la confusa claridad de 
la hora, a hombres extraños, envueltos en el poncho, entre el 
sonido de sables y los relinchos de sus caballos contestando a 
los que venían del bajo donde sonaba el galope de una tropilla. 
Después recordaba distintamente, aún ahora a través de ios 
años, ios pasos de su padre subiendo a su pieza. Y le vió entrar, 
blanqueando la barba en la penumbra, y dirigirse a su lecho. 
Había conservado cada una de las breves palabras, y parecía 
aún sentir el calor de los labios cuando le dejaron en la frente 
el beso de la despedida. Ella no pudo reprimir la congoja y lo 
despidió con el llanto. Poco después sintió agitarse a los caba¬ 
llos bajo el ombú, y partir al trote por el cerro. 

Educada en un colegio de religiosas, ella no conoció el 
encanto varonil que amó su madre viendo a Marcos Ramírez 
saltar frente a los cielos sobre el lomo de los baguales, y el or¬ 
gullo de oir glosar en la alegría de una décima la hazaña de su 
hombre en un combate. Sobre su roja sangre de hija de caudi¬ 
llos, la educación volcó la desmayada palidez de las leyendas 
cristianas. Y cuando volvió a los campos, tuvo la pena de ver 
que no la distraían los dramáticos cuentos de los hombres, ni 
nadie oiría sus tiernos pensamientos de colegiala. 

Ricardo era para ella, un sueño de sus sueños. 

Volvieron a hablar, temerosos de que alguien llegara sin 
haber podido decirse antes de la despedida aquello que los dos 
estaban pensando. 

—i Qué lejos parece estar la pulpería en aquella cuchilla! 

—Cierto. jY qué sola! 

—¿Se aburre Vd. viendo siempre las mismas caras y oyen¬ 
do a los gauchos contar las mismas cosas? ¿Verdad que es tris¬ 
te el campo? 

—Cuando los gauchos están en la reja, su amistad y su 
charla me hacen olvidar el trabajo. Pero cuando vienen las tar¬ 
des, y todos empiezan a montar para irse, y Don Manuel se 
duerme sobre los ponchos en el mostrador, entonces sí, la sole¬ 
dad se vuelve angustiosa. 

—Sin embargo, Vd. ve llegar a la diligencia; conoce gen¬ 
tes de la ciudad; habla con ellas. En cambio, yo sólo puedo ver- 
la pasar por aquella cuchilla, de Meló a Montevideo, siempre al 


11 


161 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


• % 

galope sus caballos, como si los hombres llevaran apuro en huir 
del silencio del campo. 

—Pero a la estancia llegan continuamente los paisanos. 

—A mí no me distraen estos gauchos. En cambio, ellos se 
ahogarían en la alegría de la ciudad. Hablan siempre como eno¬ 
jados y tristes; no hacen sino recordar los tiempos pasados. 

—Es verdad; tal vez por eso tiene esa tristeza su conver¬ 
sación. Los muertos siguen viviendo en sus narraciones, y les 
llenan los diálogos con la gravedad de sus tumbas. 

—Por eso vivo encerrada en el altillo. Me distraigo, mu¬ 
chas veces, viendo cómo se hace la tarde allá en la Azotea. 
Se empieza a poner el sol, y el horizonte se cierra todavía muy 
lejos, allá sobre los Cerros de las Cuentas; después se viene 
acercando, hasta que cae el cielo sobre la pulpería, y la escon¬ 
de. Después, más cerca, se pierde la Laguna del Negro, el ba¬ 
ñado, el camino. El Cerro Largo parece una nube azul caída en 
la llanura. 

Hasta que por fin ya no quedan más que la playa del co¬ 
rral y el cerro. Otras veces, cierro los ojos, y me gusta oir có¬ 
mo llega la noche durmiendo los cantos, los ruidos, las voces. 
Hasta que la lechuza grita asombrada, y entonces abro los ojos 
y miro las estrellas. 

—¡Qué curioso, Maruja!; ¿sentiremos de igual modo? 

—¿Vd. también ha jugado a no ver la noche y sentir que 
está llegando? 

—Para distraerme, un paisano me enseñó a tocar la gui¬ 
tarra. Y de tanto sentir esas voces, quise tocar en ella esa 
queja de estilo que está sonando en la tardecita. Pero yo 
soy muy torpe; y la música de las cuerdas es demasiado fuerte 
para dar esa música, tan débil que hasta la brisa la turba. Es 
como un canto en silencio. Me parecía la pena extendida del 
campo; pero ahora veo que no es así. 

—¿Por qué crée que no es así? 

—Porque ahora que estoy a su lado, recuerdo esa queja 
como la de mi pena por no haberla vuelto a ver desde aquel 
día de las carreras. 

Los ojos de Maruja se entornaron ruborosos, y no contes¬ 
tó. Pero Ricardo sintió que ya no podría detener las palabras 


162 



CRONICA DE LA REJA 


y habló sin medida, cálida la voz, nerviosas las manos, frente 
a los labios sonrientes de la joven. Hasta que le llegó la voz de 
Antolm indicándole que los caballos estaban prontos para el 
viaje. 

Entonces, impaciente, dijo: 

—¡Maruja, la mañana está clara; yo sé cómo podremos 
hacer alegres a los días; se lo digo y usted se ha puesto triste. 

—¿Qué tonta, verdad? ¿Vendrá pronto? 

—Cuando Vd. quiera, Maruja. 

—Sí; vuelva pronto. Ahora ya no será como antes. Llega¬ 
ba la tarde y yo me adornaba cuidadosamente, como si espera¬ 
ra a alguien. Y un día tras otro, siempre igual; adornándome 
por la tarde para esperar a la noche. 

De pronto, sin transición, levantó la voz como si temiera 
que alguien la hubiese oído y ella quisiera engañarle con pala¬ 
bras indiferentes. 

—Mire cómo blanquea el bañado. 

—Es verdad. Tiene una luz más viva que el cielo. 

—Cuando llegue a la orilla, antes de nadar, mire para el 
altillo que yo lo saludaré despidiéndolo. 

—Vd. no podrá notar si miro, ni yo podré ver su saludo. 

—Sí, lo veré. Dé vuelta hacia acá el caballo. 

—¡ Bellos ojos de tan buena mirada! 

Ella rió de su error. 

—No son mis ojos. A Tata le trajeron unos anteojos de 
larga vista; pero él dice que no necesita usarlos. Yo me entre¬ 
tengo con ellos, desgarrando esa gasa gris que tiene el campo 
lejano. Me gusta ir mirando cómo se levantan los árboles y 
blanquean las casas, allá donde un momento antes nada había. 
Con ellos lo miraré. 

Aunque estaban llenos de palabras, la despedida fué un 
mudo apretón de manos; y se separaron. 

Sobre los caballos nerviosos por el ambiente fresco de la 
mañana, Ricardo y Antolín comenzaron a descender hacia el 
bañado, extendido como una inmensa superficie sobre la cual 
parecían colocados arbitrariamente algunos mimbres cuyos 
troncos ocultaba el agua. 

Golpeaba sonoramente el trote de los caballos sobre las 


163 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


gramillas empapadas, mientras Antolín indicaba al amigo el 
lugar por donde habría de comenzar la travesía a fin de cru¬ 
zar la parte más angosta del río. 

Con sus pelajes lavados por la lluvia, los ganados pacían 
en las lomas, asustados de continuo por los ñanduces cuyos 
charabones ensayaban breves carreras abriendo al aire el blan¬ 
co reverso de las alas. 

Distraído por las palabras de Antolín, Ricardo esperaba 
quedarse solo para reunir en su pensamiento, y gozarlas, todas 
las horas de dicha transcurridas en la estancia que entonces el 
cerro ocultaba. 

Así, oyendo sin atender las palabras amigas, andaba lenta¬ 
mente, pasando entre pequeñas lagunas, olvidados espejos en 
el verde, junto a las cuales dormían las cigüeñas. 

Un olor a campo mojado refrescaba las narices de los ca¬ 
ballos, cuando sorprendidas por el chapoteo de sus cascos en 
el agua huyeron en bandadas las bandurrias, poblando el am¬ 
biente con su tonto vocerío. 

Al llegar sobre una pequeña loma se detuvieron los ami¬ 
gos. Mientras Ricardo se había bajado para ajustar la cin¬ 
cha, Antolín le indicaba el rumbo que debía seguir sobre las 
aguas. 

—¿Es güeno pal agua su caballo? 

—Después que empieza a nadar, sí. 

—Entonce, si va a cruzar arriba de él, aflójele nomás las 
riendas, que él solo buscará salida tirando pa la querencia. 

—¿Debo tirarme derecho a aquel mimbre? 

—Eso es. Cuando pase el canal, tírese rumbo a los saran- 
dises aquellos que agatas si les vemos unas ramitas. 

—Muy bien; muchas gracias. 

—¿Por qué no se saca las botas? 

Ricardo se quitó las botas, las sujetó con los tientos al re¬ 
cado, y montó. Pronto ya para internarse en las aguas, torció 
el caballo y lo colocó dando frente a la estancia. Pensando en 
que Maruja lo vería a pesar de la distancia, se quitó el som¬ 
brero saludándola. 

Desde el altillo, a través de los campos, ella lo despidió 
con un rayo de luz. 


164 



CRONICA DE LA REJA 


Ricardo había olvidado la cercanía de Antolín, que dijo: 

—Ya está zonceando la muchacha, con un espejo. 

—Adiós, Antolín. 

—Hasta la vista, amigo. Yo lo voy a bombiar mientras 
usté cruza. 

Hostigado por el rebenque, el caballo comenzó a andar 
cauteloso abriendo una huella en la superficie ocre de la re¬ 
saca, A su frente se extendía la llanura de luz del bañado, bajo 
la que desaparecían los caraguatás y los pajonales. 

Al principio anduvo sobre la superficie sucia del reman¬ 
so; después se acercó a la franja de aguas corriendo veloces 
y encrespadas sobre las que pasaban, dejándose llevar como 
pequeños botes sin gobierno, los patos salvajes. Ricardo veía 
a uno y otro lado pasar las aguas sobre las ramas abatidas de 
los pequeños sarandíes, mientras los más fuertes, como en un 
anhelo de aire, levantaban al cielo sus brazos desnudos. 

Hasta entonces el caballo andaba sobre tierra firme; 
a causa de lo llano del terreno llevaba ya gran parte adelanta¬ 
do en la travesía sin que el agua le hubiese mojado el pecho. 
Aún le quedaba por andar lo más peligroso de aquella jorna¬ 
da cuando, ya muy distante, llegó junto al mimbre. 

Allí se detuvo a observar el río que pasaba bajo sus piés. 
Lejos sentía el quejido de los árboles bajo el peso de la masa 
de aguas corriendo hacia el Paso del Sauce. 

Desde la orilla le llegó la voz de Antolín, apenas inteligi¬ 
ble. Pensó, oyéndola, que estaba solo y sin esperanza de ayuda 
en su cercana lucha contra la corriente. 

—¡Tírese a la izquierda! 

Agitando en la mano un pañuelo, el amigo, empequeñeci¬ 
do por la distancia, le indicaba el rumbo. Más allá, blanquea¬ 
ba el altillo de Maruja. ¿Acaso estaba ella mirándolo arries¬ 
garse en aquella extensa llanura blanca? 

El no sería ya más que una manchita oscura nadando ha¬ 
cia la orilla lejana; ella no podría sentir la emoción de su lu¬ 
cha sobre aquel abismo en el cual remarían ardorosamente las 
patas del caballo. 

El río estaba allí, con sus aguas luminosas y limpias; aho¬ 
gando los pequeños árboles, desgajando a los otros; callado a 
sus piés, con roncas voces más lejos. 


165 



JUSTINO' ZA VA LA MUNIZ 


Una sensación de angustia oprimía su pecho, mientras la 
mano sostenía, firme, la rienda del caballo cuyo hocico tembla¬ 
ba junto a las aguas. 

Del mimbre se lanzó un martín-pescador, golpeó con su 
cuerpo la superficie del río, y fué un arco invertido cuyos colo¬ 
res avivó el sol en sus plumas mojadas, volando hasta la ra¬ 
ma de otro mimbre cercano. 

No era posible la duda. Aunque supiese que las aguas ha¬ 
brían de arrastrarlo hasta esconderlo en un oscuro rincón del 
monte, él no podría dejar de lanzarse ahora en aquella fran¬ 
ja movible sobre la que se iban los rayos del sol. Volver hacia 
la dejada orilla, significaba el oprobio sobre su vida futura. 
Maruja no le había dicho que amaba el valor; sólo le había 
contado sus sueños de dichosa vida borrando con la alegría de 
los días tranquilos la dramática tristeza que ella sentía en el 
campo. Por servir los intereses de Don Manuel, olvidados por 
el propio gallego en su desesperanza, él iba a arrojar su cuerpo 
sobre el vértigo de las aguas; y Don Manuel no habría de agra¬ 
decérselo siquiera. Allí en donde nadie mostraba prisa por cum¬ 
plir ningún trabajo, él no podría retornar a la estancia a espe¬ 
rar un día más a que el bañado bajase. 

Sobre la franja irisada del canal adelantaba un grupo de 
camalotes meciéndose en los altos tallos sus flores moradas; 
pasaron junto a él, y se alejaron. 

Al sentir sobre las ancas el rebenque, el caballo dió un 
pequeño brinco y llegó al borde de la barranca que aún deja¬ 
ban ver las aguas. Allí se detuvo tembloroso; estiró el cuello 
y el aire de su hocico resoplante formó pequeñas burbujas so¬ 
bre el río. 

Ricardo miró a los sarandíes limitando el ancho del río. 
jQué lejos parecían estar ahora! 

Más allá, el campo abierto donde los hombres estarían, 
indiferentes, viendo pasar las horas, sentados a la orilla de los 
fogones o en la reja de la Azotea. Le irritaba el absurdo de 
su valor en aquel momento. 

Inútil temeridad de arriesgar la vida, sin ningún objeto 
preciso, por sólo no parecer cobarde. 

Volvió la cabeza hacia la otra orilla. Antolín continuaba 


166 



CRONICA DE LA REJA 


allí, junto al caballo, como un pequeño bulto sin forma; más 
allá, la estancia en donde estaban el caudillo y Maruja... 

Era la dura ley del pago. 

Golpeó el rebenque con fuerza sobre el caballo, y cayeron 
en el río. 

Fuerte en su voluntad, aflojó las riendas, se agarró con 
ambas manos a las crines; respirando con dificultad por una ex¬ 
traña opresión que le dolía el pecho, comenzó a nadar. 

Abiertas con ansias las fauces; respirando con fuerza por 
las anchas narices; extendido como una proa cortando las 
aguas, el cuello; echadas hacia atrás las orejas, el animal cor¬ 
taba en línea recta la franja clara del bañado, mientras sobre la 
superficie jugaba la corriente con las cerdas de su extendida 
cola. 

Desde la distancia Ricardo veía acercarse los troncos se¬ 
cos que sobrenadaban ligeros describiendo las ondulaciones del 
canal, y pasaban junto a las narices de su caballo. 

Confundidos en un mismo anhelo por tocar la orilla dis¬ 
tante, el caballo mantenía rígido el cuello extendido, mientras 
el jinete estirábase hacia adelante, asido fuertemente a las cri¬ 
nes y puestos los ojos ansiosos en las ramas de los sarandíes 
entre las cuales brillaba el sol sobre las aguas. 

Mientras adelantaba esforzadamente el caballo en cuyos 
flancos golpeaban las olas para rodearlo describiendo círculos 
que otras ondas borraban a la distancia, Ricardo sentía la an¬ 
gustia de aquel nadar lejos de toda orilla, librado sólo al ar¬ 
dor de su animal para hendir felizmente la extensa superficie 
blanca, sobre la cual estirábanse los rayos del sol como si los 
llevara la corriente. 

¡ Qué débil y pobre cosa sería su solo esfuerzo para luchar 
con aquel caudal que corría cercándolo, si faltaran las fuerzas 
a su caballo! 

Entonces su cuerpo sería llevado por el torrente con la 
misma facilidad con que llevaba sobre sí a los troncos; por en¬ 
cima de los pajonales abatidos, de las rojas ramas de los saran¬ 
díes, sin que sus brazos pudieran detener un instante el ímpetu 
fatal de las aguas sobre las cuales sólo produciría su batir bre¬ 
ves círculos, hasta que, rendido al seguro destino, se hundiese 


167 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


su cuerpo para levantarlo de nuevo el capricho del río, llevarlo 
sobre su blanco lomo, y echarlo, muerto gajo, en la sucia quie¬ 
tud de un remanso! 

Por sobre su cabeza sintió pasar el sedoso batir de las 
alas de una cigüeña, cuya sombra vió alejarse, serena, sobre el 
bañado. 

A instantes, parecían desfallecer las fuerzas del caballo y 
comenzaba a dejarse desviar bajo el impulso de la corriente. 
Entonces Ricardo le palmoteaba la quijada haciéndole torcer 
la cabeza y volver al rumbo. De pronto se detuvo dando un 
fuerte resoplido; ya pisaba de nuevo la tierra firme. 

Aún debieron andar largo trecho, firmes las riendas por 
temor a cualquier sorpresa del bañado, antes de pasar frente 
a los pequeños sarandíes y detenerse sobre la loma en donde 
terminaba la llanura inundada. 

Bajóse allí Ricardo para arreglar sus ropas empapadas, 
mientras el caballo se ponía a pastar ávidamente. 

Por la ladera del cerro trotaba ya Antolín hacia la estan¬ 
cia en donde narraría en la rueda familiar la hazaña suya. 

Acaso los labios del caudillo, dispensadores de fama, hi¬ 
cieran el comentario entusiasta de su hecho, frente a Maruja 
que recogería en el espírku alborozado las palabras del padre. 

¿Ella le estaría mirando aún? 

Montó y, como antes de aventurarse en el río, se volvió 
hacia la estancia y quedó mirando hacia el altillo de Maruja. 

Por encima del cerro, del campo, del bañado, ella lo des¬ 
pidió con un rayo de luz. 


168 



CAPÍTULO XIV 


S ordas voces despierta en los cardales el viento. Regu¬ 
lares, precisos, suenan sobre el suelo oscurecido los cascos 
del caballo que al tranco va siguiendo el camino. 

Una cuchilla, un bajo; una cuchilla, un bajo; así, aburri¬ 
da repetición del paisaje. Callado vuelo de un pájaro desde aba¬ 
jo casi de las patas del caballo; apretadas sombras de las maja¬ 
das en las laderas. En todo lo ancho de la tierra cuya abier¬ 
ta extensión adivina el espíritu donde los ojos no alcanzan, mu¬ 
da y pavorosa espera de algo que está por suceder en el cie¬ 
lo en donde brilla, encendido de asombro, el lucero, mientras 
va solo Ricardo avanzando de regreso a la Azotea. 

En el cielo y en la tierra, silencio; lejano silencio pleno de 
una sugestión potente de agüerías y almas en pena que pasea¬ 
ran sus tormentos eternos sobre el sueño de los hombres cuyos 
fogones ya apagaron. Empalidece la clara luz del lucero que va 
a caerse en la onda del alto cerro; sobre una cuchilla en el 
otro extremo, alguien enciende un trágico resplandor san¬ 
griento. 

Una cuchilla, un bajo; una cuchilla, un bajo. Altas voces 
del viento en los cardales y en las siete cuerdas sonoras del 
alambrado; murmullo de lejanos ecos en el ala del sombrero. 

Absortos los ojos doloridos de fijarlos tercamente, va Ri¬ 
cardo viendo deshacerse una nube frente a la luz, hasta que, 
como un sol frío y adverso, el disco enrojecido de la luna se 
levanta en la cuchilla lejana y extiende largas sombras sobre el 
camino y el campo. 

Ahora, su pensamiento está fijo en la cercana casa que 
blanquea entre las pesadas formas de los árboles; el caballo 
mira atento a su sombra acompañándole sobre el camino negro 


169 



JUSTINO ZAVALA MÜNIZ 


y torturado, cuando de pronto en el ambiente lleno de resonan¬ 
cias, les llega el eco de otro jinete, que hace volver la cabeza 
a Ricardo y erguir las orejas al caballo. 

Galopa el otro mientras él va al tranco; pronto se halla¬ 
rán juntos. Así andan una cuchilla más. Ricardo acorta el paso 
esperando; pero el tranco del otro responde como un eco al 
suyo. 

Comienzan a cruzar una cañada donde el camino se ensan¬ 
cha. Entonces suenan el enérgico latigazo del desconocido y el 
galope del caballo. Ricardo se ha llevado la mano al revólver y 
oprime la segura rienda de su caballo que intenta volver la 
cabeza. 

—Güeñas noches. 

—Buenas noches. 

Alguna distancia resuena el acompasado trote, mientras 
los hombres se hablan. 

—I Caminando ? 

—Es verdad. ¿Vd. también de viaje? 

—Sí señor. ¿Va pal pueblo... si se puede saber? 

—No, señor; voy hasta la Azotea de don Zenón. 

—¡Hombre güeno...! ¿No verdá? 

—Así es. 

—¿Usté es de por allí? 

—Soy uno de los pulperos. 

—¡Cañejo, si es verdá! Usté es don Ricardo; ya me pa¬ 
recía conocerle la voz. En el tiempo que va que no nos vemos, 
tal vez ya no si acuerde de El Macho. 

—¡Tiene razón! ¿Cómo no lo conocí? La verdad es que 
había desaparecido del lugar. ¿Cómo lo han tratado los brasi¬ 
leros ? 

—Mal, don Ricardo; pa mí ya no hay más vida que ésta 
perra que voy llevando. 

Lejos de olvidarlo, el joven recordaba como un ensueño 
doloroso la figura de El Macho desde aquella noche en que 
lo conoció en la Azotea. Desde entonces no habían vuelto a 
encontrarse; pero en las ruedas de la reja más de una vez el 
relato de las duras andanzas del matrero mantuvo largo espacio 
la charla de los paisanos. 


170 



CRONICA DE LA REJA 


Desarmados ya de toda prevención, acercaron los caballos 
que se extendieron los hocicos intentando reconocerse, y el diᬠ
logo se hizo fácil mientras clareaba la luna sobre los cardos y 
en las curvas de las cuchillas manchadas por las sombras defor¬ 
mes de los ganados. 

—¿ Piensa quedarse por aquí ? 

—Ni sé, don Ricardo. Lo que es por el Brasil ya me es 
costoso mantenerme. 

—Sí; en la reja contó Claudio Corro que por allá se decía 
que Vd. había muerto a un compañero suyo llamado Guerrilla. 

—¿Y cómo lo contó Claudio? ¿Que lo maté mal? 

—El no sabía bien; se lo dijeron en el Brasil y no le dió 
mucho crédito. 

—Yo se lo voy a contar, don Ricardo... A usté lo persi¬ 
guen, lo hacen malo a la juerza y dispués, no sólo buscan aco¬ 
rralarlo pa darle fin, sino que todavía lo hacen hasta maula 
y asesino en la fama que le echan. Y uno, ¿ cómo se va a defen¬ 
der si vive de día en los montes y de noche solo en los cami¬ 
nos ? ¿ Usté no halla ? 

—Ya lo creo; dura la vida suya. 

—Cansao de llevarla maté a Guerrilla; y en vez de mejo¬ 
rar, a los males antiguos les agregué otro mal. Yo me juí de 
aquí aburrido de esperar la ocasión de encontrarme con ese 
maula de Carreras. Inválido; sin poder trabajar en otra cosa; 
mal visto por la polecía, crucé la línea confiao en mi habüidá 
en las barajas. Unas pocas leguas de la frontera, en un boli¬ 
che adonde había llegao pa orientarme, me encontré a Guerri¬ 
lla. Era un hombre gordo, petizón, muy tomador, que hablaba 
a los gritos y gastaba la plata entre la brasilerada que lo se¬ 
guía. Tomé callao unas copas y volví a montar. Ya iba por el 
camino cuando Guerrilla me alcanzó. Con que nos pusimos a 
hablar. Tenía facha pa todo; pa comilón, güen chupador o ami¬ 
go de mujeres; menos pa ser hombre de mucha coraje o capaz 
de cometer un asesinamiento... 

Con que el hombre me ofertó formar en su cuadrilla de 
contrabandista. ¿De qué más me iba a ocupar con esta pierna 
inválida? Jugador o contrabandista... ¿Usté no halla? 

Aceté y empezamo a trabajar. Con que no habíamos an- 


171 



JUSTINO ZA VA LA \í V N ¡ Z 


dao mucho juntos, cuando ya vide en la que me había embre- 
tao. Era un hombre como no he visto otro; tenía una madre 
rica; estancia grande, y amistá con algunos de la autoridá. ¿ Por 
qué diablo a aquel gordo tan amigo de comer y chupar a gus¬ 
to le había dao por meterse a contrabandista? No demoré en 
saberlo. Guerrilla era un alma endiablada. Uno de sus brasile¬ 
ros me contó una noche que veníamos de bomberos abriendo la 
marcha a la cuadrilla con un contrabando, que porque uno le 
había dudao en una pulpería, lo había concluido por la espalda 
en una picada. ¡ Mal hombre aquel gordo tan amigo de ráirse! 
La gente lo soñaba... 

—No se andaría muy a gusto con semejante compañero. 

—Ansina es, sí señor. Pero a mí me trataba con mira¬ 
mientos; y como amigo, lo era, mesmo. Generoso con la plata 
y el coraje, dende el principio le ganaba a uno la amistá con su 
modo tan bonito y la lealtá con que se jugaba al lao de uno. 
Con que yo me juí comprometiendo en nuestras encontradas 
con la polecía. 

—¿No le tendría miedo? 

—¡No señor!; el hombre era guapo mesmo. Dispués... 
tenía una créencia ciega en una oración pa las heridas... La 
verdá es que nunca le habían agujereao el cuero. Muchas ve¬ 
ces hablamos de eso con los otros; yo me réia de su créencia, 
y ellos seguían convencidos. 

Con que, una vez Guerrilla resolvió desparramar la gente 
y quedarse sólo conmigo, porque nos tráian muy mal. 

Una noche veníamos viniendo a cruzar la línea. Hacía un 
frío que nos endurecía las manos abajo de los ponchos; ni ha¬ 
blábamos por no abrir la boca en la que no dejábamos apagar 
el cigarro. En eso vimos una luz en un rancho y sentimos ri¬ 
sas. Guerrilla quería llegar; pero me mostré tan negao a com¬ 
prometernos al ñudo, que seguimos andando. Con que el hom¬ 
bre puso mala cara y entonces sí que no dijo una palabra en 
el camino. 

En una de esas vimos venir, en la noche clara, a un negro 
al tranco del petizo. Guerrilla se le acercó a conversar. Con 
que, dispués de saludarlo, le preguntó pa dónde iba. El negro 
dijo que iba pa aquel rancho a tocar la música. 


172 



CRONICA DE LA REJA 


—¿Pero cómo, moreno, vos tan viejo y todavía tenés al¬ 
ma pa salir a los caminos con este frío pa dir a un baile? 

—No voy pa divertirme, amito; yo soy la música y en és¬ 
to me voy ganando la vida. 

—I Pero no tenés frío, moreno ? 

—Cómo no, mi amito. Ya tengo las carnes duras como 
los huesos y me lastima el caballo... ¡ Cuanti más con estos 
fríos! Pero soy viejo, nunca pude juntar un rial pa cuando 
llegara a esta edá y áhi tiene, mi amito, que voy arrastrando 
mis años de músico aunque el frío me endurezca en los ca¬ 
minos. 

Guerrilla hablaba como con lástima; yo se la tenía a aquel 
disgraciao. 

—¿Y no te gustaría dejar de una vez esa acordeón y que¬ 
darte a dormir en estas noches de helada? 

—¡Ya lo creo, mi amito. Pero si no voy con mi acordeona 
no tendré qué comer al otro día. 

No había terminao el moreno cuando sonó un tiro y Gue¬ 
rrilla dijo: 

—Güeno, negrito, quédate a descansar. 

El cuerpo del moreno se echó pa adelante; cayó, sonando, 
la acordeón. Dió un paso el petizo; por el pescuezo se le acostó 
primero el moreno y dispacio, pesao, jué resbalando callao 
hasta cáir al camino. 

—¿Y usted no dijo nada? 

—Yo no tenía ninguna idea; no hacía más que mirar pa 
dir comprendiendo aquello. Guerrilla dió de rienda al caballo, 
se agachó sobre el muerto y me dijo con la misma calma: 

—Güeno, ya está bien dormido; les va a faltar la música a 
los del baile. 

—Pero Vd. no habrá permanecido así, delante de un crimen 
de esos. 

—Áhi jué mi mal, don Ricardo. Cuando me juí de aquí 
llevaba una cansera invencible de la soledá en que vivía. No po¬ 
día quedarme con un amigo a mi lao en la reja, ni con una mu¬ 
jer en su rancho toda la noche. Por ese bandido de Carreras 
yo había cáido en matrero; primero, cosa de mozo, créia que 
el asunto iba a ser sólo con él; pero bien pronto vide que.Ca- 


173 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


rreras, porque era comisario, tenía a todos de su parte. Y me 
encontré solo. Escondido en los montes o en las sierras a las 
horas de sol, cuando los hombres trabajan en los rodeos o se 
reúnen pa contarse historias o pa oir un payador en las rejas, 
me era preciso esperar la cáida de la noche en el campo y en¬ 
tonce, como los carpinchos que salen a pastar en las barrancas 
del río, montar a caballo pa dir de un pago a otro a la hora 
en que las sombras limpian de comisarios los caminos. {Cuán¬ 
tas veces, duro de frío o cansao del zumbido del silencio, tuve 
la tentación de dar de rienda al caballo y enderezar al galope, 
sin pensar en más nada, sino en que allí estaba ardiendo el fo¬ 
gón que yo véia desde la llanura, y orillándolo, al calor de los 
trasfogueros estarían sentaos los hombres hablando tranquilos, 
entre mate y mate, sin hacer caso de los ladridos de los perros 
que sentían el trote de mi caballo en la noche! Por eso me 
juí al Brasil. 

Aquella tarde que encontré a Guerrilla, lo vide tan cama- 
rada de todos, sentao echao pa atrás contra el mostrador; con¬ 
versador ladino; ruidosa la carcajada; gordo de llevar güeña 
vida; respetao por el pulpero y rodeao de tantos que le busca¬ 
ban la boca pa que les contase historias, que me dieron ganas 
de quedarme yo también a óirlo. Con que cuando me alcanzó 
en el camino, no tuvo mucho que hablar pa juntarme a su pan¬ 
dilla. Usté mesmo hubiera pensao que el hombre rejuntaba 
compañeros pa andar siempre en reuniones alegres, que no pa 
tener pendencia con la polecía. Y me juí con él. 

Con que anduvimos solos muchos días. El tenía dinero; 
amistá con la gente; conocía el pago; ansina no era nada raro 
que él juese mandando y yo lo siguiera. Y a eso nos juimos 
acostumbrando. Pero al fin yo colejí que poco a poco, como 
quien dentra en un río, había sentido el primer frío al meter 
los piés, me acostumbré a eso y metí las rodillas; dispués, otro 
poco, y así juí hundiendo la voluntá propia pa dir cumpliendo 
la de él. 

Con que un día vide que nos buscaban con ganas; pero 
ansina como él jué en un principio pensando por mí, pal final, 
el hombre era juerte y déspota, también jué sintiendo por mí. 
Sus amigos eran mis amigos, y sus odios mis odios. Yo sabía 


174 






uTm'Wfi 








kM 

17/ f l'W J í 

31 r IÍt jy 





It^f" 
















JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


que no era ansina en el fondo; pero en los hechos y pa la gente 
yo no era más que la sombra de Guerrilla. El movía un brazo 
o torcía el rumbo del caballo, y yo respondía los mesmos mo¬ 
vimientos o seguía el mesmo rumbo. 

—Tiene razón: hay ciertos hombres que por su voluntad, 
o más probable es que sin ella y sí por la sola fuerza del carác¬ 
ter, si se unen a nosotros es para ir, poco a poco, pero de una 
manera fatal, atándonos a su destino sin consultarnos. Lo me¬ 
jor es separarse de ellos a tiempo. 

—Sí, don Ricardo; ¿pero quién puede adivinar al prin¬ 
cipio que el amigo generoso y valiente va a ser, con el correr 
del tiempo, uno de esos hombres? ¿Quién puede decir el mo¬ 
mento fijo de la madrugada en que ya no es más de noche y 
se ha dentrao en el día? Y el día es bien claro, y la noche ne¬ 
gra. Mesmo, cuando lejos se alvierten ya los primeros resplan¬ 
dores, que uno nunca ve empezar, parecen tan débiles que el 
peso de la noche los va a ahogar. Ansina están, indecisos, como 
apretaos, hasta que la vista se acostumbra de tanto mirarlos, 
cuando en un redepente nos sorprende ya el sol saliendo en la 
cuchilla. Pero si no hubiéramos visto pasar ésto ansina tantas 
ocasiones en la vida, ¿hubiéramos podido coléjir que aquel res¬ 
plandor miedoso iba a sostener primero y a empujar dispués 
a la noche hasta hacer sobre el campo y el cielo todo claridá? 
¿Usté no halla que nó, don Ricardo? 

—Es verdad. 

—Y dispués... todos tenemos nuestro orgullo. Si yo me 
iba ¿no era tenerle miedo a su dominio? ¿Por qué iba a ser él 
y no yo el primero de los dos ? Pero no pensaba que aunque yo 
juese más juerte, no era ansina pa los otros. Estábamos en 
sus canchas; y cuando me junté con él, él era Guerrilla, cargao 
de fama en el Brasil y a mí no me conocían más que por ser su 
compañero. ¿Qué valía mi coraje pa convencer a los otros de 
que la cosa había cambiao entre él y yo ? 

Guerrilla comenzó a ver que no llevaba en mí al hombre 
pa que le obedeciese en todo. Nunca nos dijimos nada de todo 
ésto, que al fin yo tampoco véia muy claro; pero, eso sí, él y 
yo véiamos que no había yo echao juera mi alma pa ponerme 
la suya. Hasta que vino el asesinamiento del pobre moreno. 


176 



CRONICA DE LA REJA 


Con que jué entonce que recién yo carculé claro lo que aque¬ 
llo podía ser. ¿Lo había matao Guerrilla, por el solo gusto de 
terminar a un infeliz que nada le había hecho y ni llevaba nada 
encima más que la música de su acordeón? 

—Algunos hombres matan así, Macho; a ese moreno, o 
a Vd,, o al primero que en ese momento se atraviesa en su ca¬ 
mino; el caso es matar, no importa a quién. 

—Colijo que áhi no lleva razón, don Ricardo. ¿No habría 
sido pa echarles a perder la fiesta a los del baile, faltándoles la 
música ? 

Al fin, yo no lo había dejao que se los juera a estropiar de 
otro modo. Pero, ¡ qué diantres! se me vino otra idea más juer- 
te y más justa: ¿No habrá matao al pobre moreno, pa atarme 
con la complicidá de aquel hecho? Yo creo que esa jué su idea 
endiablada. Y ansina pasó pa todos; juimos los dos, los que 
terminamos al moreno. Dende ese día, aunque yo juese incapaz 
de pensar las fechorías de Guerrilla, nos buscaban con las mes- 
mas ganas a los dos; y el trato o la muerte que me esperaba, 
no iba a ser menos cruel que la suya. Entonce me hubiera se- 
parao. Pero ¿pa adonde rumbiar? Si me hubiese presentao a 
la justicia declarando que estaba asqueao de las cosas de Gue¬ 
rrilla y quería llevar una vida tranquila, ¿quién me hubiese 
créido? No es costumbre de la justicia creer en palabras de 
promesas, si uno trái atrás unos hechos que parecen desmentir¬ 
las. De la justicia ni de naides. Con que, vide que estábamos 
solos, él y yo, entre los hombres enemigos. Y aunque estába¬ 
mos juntos y solos, íbamos separándonos poco a poco; yo por 
el odio que comenzaba a sentir al verme dominao cada vez 
más; él, por el rencor de saber que en el fondo yo no lo apro¬ 
baba ni lo temía. 

—¿ Por qué no se vino entonces. Macho ? 

—Y yo que sé, don Ricardo; quien sabe no jué el orgu¬ 
llo.., Unicamente la muerte de alguno de los dos, ya me había 
hecho a pensarlo sólo ansina, podía cortar la coyunda que nos 
ataba. Con que una tarde veníamos juyendo de la polecía, por 
entre las quebradas de la sierra. Hacía largo rato que ninguno 
de los dos hablaba. En eso se volvió, y me dijo: 

—Mirá Macho; en aquel rancho entre las palmas, hay dos 


1 77 


12 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


mujeres, la madre y la hija. Vamo a llegarnos y pasamos una 
noche macanuda. 

—¿Con las mujeres? 

—jPues ta claro! Yo me quedo con la hija, vos con la 
madre. 

—¿Vos ya tenés rilaciones? 

—No, ¿y pa qué las precisamos? 

—Entonce no. Guerrilla. 

—¿Tenés miedo? 

—¿Cuándo me lo conociste? 

Y nos volvimos a callar. Caminamos ansina yo ni sé cuan¬ 
to tiempo. Tan pesao pa mí como nuestro silencio, sólo era el 
del anochecer. 

—Mira: si querés, vos te quedás con la hija. 

—No, Guerrilla; no porfiés porque no judeo mujeres. 

—Pa mí que tenés miedo. 

—Probáme, si te parece. 

Por primera vez nos habíamos dicho lo que andábamos 
pensando uno del otro. Y nos volvimos a callar. Abajo véiamos 
nacer el arroyo Ceibal entre las sierras azules y venir, herido de 
flores, arrastrándose en güeltas apretadas a morir entre los 
bosques de palmas del Yaguarón. 

—¿Entonce no vas? 

—Ya te lo dije. Guerrilla. 

—Ta güeno. Vamo a arrimarnos al monte pa churras- 
quiar. 

Y otra vez callaos, comenzamos a bajar hasta las palme¬ 
ras. Nos había llegao la hora; yo sabía que iba a ser allí, den¬ 
tro de un rato nomás.. . 

—¿Pero él le dijo algo que se lo hiciese notar? 

—No; pero lo pensaba con tanta juerza, que me parecía 
que él lo iba a óir; y créia que también sentía alto el mesmo 
pensamiento en los ojos de Guerrilla. 

Llegamos a una güelta del monte y mesmo, donde hay 
unas cuatro o cinco palmas que con los troncos separaos y las 
hojas de arriba juntas parece que se hubieran apartao un poco 
pa conversar en voz baja, allí nos apiamos. Dispués que desen¬ 
sillamos nos sentamos al lao del fogón. El de un lao, yo del 


178 



CRONICA DE LA REJA 


otro. Disimulao me senté en un tronco de mataojo, de manera 
que quedaba casi parao. Usté ve que soy inválido y tenía que 
tratar de pararme rápido. Guerrilla me entendió pero no dijo 
nada. Comenzamo a comer. El lo hizo como siempre; a mí se 
me atragantó y dejé. Pa no guardar el puñal, agarré una rama 
y me puse como a hacer palitos pa los dientes. Guerrilla me 
miraba por abajo del ala del sombrero; yo también con los 
ojos casi tapaos por el mío, lo véia del otro lao del humo del 
fogón. 

—¿Y no se decían nada? 

—Nada; yo no hacía más que pensar; ¿va a ser ya, ense¬ 
guida ? 

Y esperaba. Pero él no tenía apuro; sabía que igual iba a 
pasar aquello, cuando envitase. 

Comió, limpió el facón, y sin mirarme, lo tiró lejos. ¡ Gon- 
fiao el pardo! 

En una me dijo: 

—¿No comés más? 

—No me apetece. 

Entonce agarró el asador y con carne y todo me lo tiró a 
la cara: 

—Comé, muerto de hambre. 

Salté con el facón en la mano; pero él, como un gato, me 
patio la muleta, y cayó arriba mío con las dos manos añudadas 
en mi garganta. Me ladié como pude y le encajé el facón en el 
pecho; pero el arma se me dobló sin entrar. Recogí el brazo y 
se lo volví a querer hundir; mas se hizo un arco el acero, mien- 
tras Guerrilla seguía apretando. Otra vez, con toda la juerza 
que me quedaba, se lo llevé al medio del pecho. Entonce me 
acordé desesperao de !a oración de Guerrilla; el facón se cim¬ 
braba y él seguía apretando, apretando, sin hacer caso de mi 
arma. La tiré lejos; no podía nada con ella y me agarré, casi 
ahogao ya, a las muñecas de Guerrilla que apretaba, sin sacar¬ 
me los ojos de los míos. ¿Cuántas güeltas nos dimos sobre los 
mataojos? Yo ni sé. En una de ésas, casi vencido, más por la 
idea de que nada podría contra su oración, al abrazarle la cin¬ 
tura le encontré el revólver. Se lo arranqué de un tirón y le pu¬ 
se el caño al lao del pescuezo. Apreté el gatillo. Dentre el hu- 


179 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


mo, sentí a Guerrilla saltar y volver a cáir arriba mío. Quedé 
como atontao. ¿Iba a ser ansina? ¿Ni el acero, ni el plomo, 
me servirían contra su oración mientras él seguía apretando 
hasta dirme ya nublando la vista? Pero el coraje volvió a su¬ 
bírseme dentre el espanto, y apreté otra vez, con el caño contra 
el pecho. Guerrilla dió otro salto y volvió a cáir. Y sus manos 
añudadas, apretaban, apretaban.... 

Yo había peliao con hombres como yo, don Ricardo; pero 
aquella oración... 

Y apreté otra vez, con el caño puesto en su vientre. Ni un 
quejido de Guerrilla; sólo mis ronquidos de ahogao. ¿Cuánto de¬ 
moré pa ponerle otro plomo? Ya se me iba la cabeza... 

¿Sería verdá aquello? Era, don Ricardo. Los dedos de 
Guerrilla comenzaron a aflojar, aflojar; se abrieron un po¬ 
co; dispués cayeron las manos al costao de mi pescuezo y ri- 
cién entonce lo bajé despacito de arriba mío. El roncaba a 
mi lao, revolviéndose; yo roncaba también, sin mirarlo, sin 
moverme; volviéndome las juerzas. Tuvimo un momento acos- 
tao uno al lao del otro. Pal final me levanté, ensillé sin dar 
güelta la cara pal lugar de donde me venían los ronquidos, en¬ 
vainé mi facón y monté. Vine a mirarlo; ya se había callao, 
con la boca y los ojos entreabiertos. Me agaché un poco y le 
dije: 

—Usté lo quiso. 

Y me juí al tranco, sin que él pudiera ya contestarme. 

Nuestro mal estuvo, yo colijo áhora, en habernos juntao. 

No está bien que dos hombres de alma juerte se ayunten pa an¬ 
dar de aparceros; aunque no quieran uno dominará al otro, o 
terminarán como Guerrilla y yo. 

Cuando miré las sierras, del lao que se había dentrao el 
sol, vide sobre la altura a dos polecías que iban al paso, como 
dos pájaros grandes y feos que jueran haciendo equilibrios pa 
no cáirse del filo de la sierra. 

Así jué la cosa, don Ricardo. ¿Usté crée que cometí un 
asesinamiento ? 

—No, Macho; pero ha sido muy dolorosa esa vida que 
usted llevó y esa muerte que tuvo que dar. Usted es joven; sus 
paisanos lo aprecian. ¿No habrá modo de que ya termine sus 


180 



CRONICA DE LA REJA 


andanzas de matrero? Ahora que se vió libre de Guerrilla, de¬ 
biera cambiar su manera de vivir. ¿No ha pensado en ésto? 

—¡Cómo no, don Ricardo! Aquella mesma tardecita, me 
dieron ganas de poner al galope mi caballo, subir a la sierra y 
alcanzar a los polecías pa decirles que ya estaban libres, como 
yo, de Guerrilla. Pero hice bien en seguir rumbiando por entre 
las palmas. Cuando supieron el hecho, jué pa pior, pa mí. Ellos 
lo buscaban pa matarlo, porque él no hubiera dejao de cometer 
fechorías. Por librarme de él, obligao a defender mi vida; con 
asco de su oferta de judiar unas mujeres; lastimao por la muer¬ 
te de aquel moreno infeliz, yo libré a la gente de Guerrilla. 

¿No había hecho bien? ¿No era eso lo que querían, verlo 
muerto? Pues no, mi amigo. Entonce dieron en cobrármelo co¬ 
mo güeno. Yo no podía matar a Guerrilla como ellos. Porque 
llevan un saco con botones de escudo, o a veces unos aficionaos 
que se rejuntan cuando el perseguido puede peliar; sin saber la 
causa, ni haberlo conocido nunca, lo persiguen sin descanso 
hasta acorralarlo como a un zorro y terminar con él. Un sable 
que se cuelgan o un poncho patrio, vuelven güeña la muerte de 
un paisano, aunque lo hagan sin rabia, sin miedo y sin necesi- 
dá. Pa eso son la polecía. ¿De adonde sacan que por ser pole- 
cía ya se vuelven justos y honraos? ¿Acaso no los reclutan en¬ 
tre nosotros, tan bárbaros, o más por el calor del sable, como 
cualisquier paisano, pa dispués dejarlos que ellos digan quién 
es el güeno y a cuál hay que matar? 

Concluyó con Guerrilla, dicen; él debe ser pior. ¿Por qué? 
¿No pude haberlo concluido porque era mejor? ¿Y ellos, por 
qué lo hubieran concluido? Parece que se hubieran puesto celo¬ 
sos porque contra mi gusto les gané de mano. ¿Usté no halla 
que son injustos los hombres, don Ricardo? 

—Tiene razón. Macho; pero a usted no le queda otro ca¬ 
mino más que el de alejarse del pago. Aunque dijera a los hom¬ 
bres que no peleará más, ellos no se lo creerían hasta después 
de haberlo castigado. La justicia no conoce la esperanza de una 
vida mejor; cuando juzga y condena, sólo piensa en el pasado; 
v crée que no hay más camino para el arrepentimiento de un 
iionibre, si no es el del sufrimiento en las cárceles que ellos 
han levantado. Usted delie irse, iNIacho. Ahora que su nombre 


181 



JUSTINO 'ZAVALA MUNIZ 


se ha rodeado de fama después de haber muerto a Guerrilla, 
todos lo perseguirán encarnizadamente sin preguntarle ni escu¬ 
charle si usted fue justo o nó, matando al matrero que ellos 
buscaban. Puede ser que haya algunos que lo busquen para 
condenarlo con justicia; pero los más a la fecha ya se han echa¬ 
do al cami 30 atrás suyo, por despecho, porque son guapos y 
quieren probarlo enfrentándose con usted, o por perversa com¬ 
padrada. El que termine con su fama, Macho, de un sólo gol¬ 
pe la cobrará para su nombre. Y aunque los hombres fuesen 
mejores, ¿cómo convencería usted a los jueces de que la pri¬ 
mera vez mató porque le habían insultado a su madre, des¬ 
pués peleó obligado, y ahora acaba de matar por defenderse 
y creyendo hacer un bien? Para la justicia, los muertos tienen 
un precio, que es la cárcel; y en esa moneda hay que pagár¬ 
selos. 

Se hizo un silencio emocionado. Los caballos golpeaban, 
lentos, distraídos, el suelo enlosado que la claridad de la noche 
coloreaba de ocre. Los hombres miraban atentos hacia la cu¬ 
chilla próxima, sobre la cual blanqueaba la Azotea de don Ze- 
nón, entre la masa oscura de los paraísos; rígida, la aguda agu¬ 
ja de un álamo parecía desgarrar las frágiles nubes que pasa¬ 
ban por el cielo caído detrás de la cuchilla. 

Ricardo pensaba en la admiración que El Macho le produ¬ 
jera la primera vez de su conocimiento; y ahora, después de 
oída su queja, no podía reproducir en su espíritu aquella fres¬ 
ca adhesión que sintiera entonces por el matrero. ¿Era que sus 
años posteriores en la reja, le habían mostrado el dolor de aque¬ 
llos hombres condenados a un incesante matrerear por los mon¬ 
tes y las sierras, con el tormento inacabable de ganar cada día 
la vida, exponiéndose a la muerte? ¿O era el alma de El Macho 
la que había envejecido en la prolongada tortura de sus andan¬ 
zas con Guerrilla? 

Al abrigo de la ladera, en el camino ensanchado, dos ca¬ 
rreros guiaban sus bueyes con cansadas voces, hacia las carretas 
envueltas en la luz azul de la luna. 

—¡Buenas noches! 

—¡Güeñas noches! 

—Viajan temprano. 


182 



CRONICA DE LA REJA 


—Es verdá, sí señor... aprovechando la noche clara. 

Cuando los hombres se detuvieron, un largo relincho del 
caballo de Ricardo, ahuyentó el silencio frente al arco de la 
reja y se fué a los campos. 

—¿No quiere quedarse. Macho? 

—Gracias, don Ricardo; bien quisiera, pa prosiar otro ra¬ 
to... Pero no me queda más remedio que marchar. .. 

—Présteme entonces una maleta. 

Diósela el matrero en silencio, y Ricardo entró en la pul¬ 
pería, de donde reapareció con ella cargada de alimentos. 

—Lleve, por si tiene mucho que andar sin encontrar casa 
amiga. 

—^Gracias, don Ricardo. Salúdeme a don Zenón. Hasta la 
vista. 

—Buen viaje, Macho. 

Mientras volteaba el recado junto al galpón, Ricardo con¬ 
tinuaba pensando en el amigo cuya silueta escondieron las som¬ 
bras de los eucaliptus. 

Apenas murmuraba la brisa en el álamo tembloroso; en 
líneas suaves se extendían las lomas hasta la llanura abierta 
donde dormían las estancias recogidas entre los árboles; so¬ 
la, la luna avanzaba en un cielo propicio, limpio de nubes. Con 
la tranquila dulzura de la noche, se extendió la vidalita que uno 
de los carreros se iba por el camino silbando. 

Ricardo había soltado el caballo, y oía las apagadas re¬ 
sonancias de la hora, sentado junto a la reja. 

Sobre el sueño de paz de los campos, iría El Macho solo 
con el dolor de su vida huyendo de los hombres cuyos ranchos 
se empequeñecían, íntimos, bajo el cielo profundo. ¿Por qué 
aquellos hombres, desde el caudillo hasta el matrero, consumían 
sus vidas en la hoguera de esa pasión de valor soberbio, desha¬ 
ciendo el encanto suave del paisaje campesino, con sus luchas 
cruentas ? 

El valor, arrastrándolos al crimen contra otro o contra 
ellos mismos. ¿Acaso por sí mismo, por el placer de su solo 
ejercicio, sin un fin duradero, merecía el valor gastar tantas 
nobles vidas? En la indiferencia de la soledad campesina, tal 
vez las potentes energías vitales de aquellos hombres, sólo en 


183 



I 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


él encontraran el cauce para desarrollarse. Pero ¿adonde con¬ 
duciría a sus paisanos aquel pensamiento de la virtud de una 
vida trágica ? 

A unos convertía en caudillos, a otros en matreros. La 
guerra y el crimen, pasando siempre sobre las lomas graciosas, 
bajo los anchos cielos. Y de tanta energía perdida; de tanto 
dolor sufrido, no quedaba otra cosa más que una mancha roja, 
como tímidas margaritas, sobre las verdes gramillas, y un rela¬ 
to emocionado en la reja, azuzando a los otros. Así por siem¬ 
pre, doloridos y miserables. 

¿Cómo encontrar una esperanza en la cual ellos creyeran 
con el corazón alegre, y para lograrla empleasen esas fuerzas 
enormes de las almas que el pensamiento de una oscura fatali¬ 
dad gastaba trágicamente? 

Como la más débil voz de la noche, todavía sintió Ricar¬ 
do al cerrar la puerta, que le llegaba la serena queja de la vi¬ 
dalita que el carrero se iba por el camino silbando. 


184 



CAPÍTULO XV 


D on Ricardo, un rial de yerba. 

—¿Cuánto me va a llevar por este par de botas, 
pulpero ? 

—¿Quiere servir otra ginebra pa la rueda? 

Sin dar tiempo a que hubiese atendido la voz de uno, le 
llamaban los otros, hombres, muchachos, desde la reja y jun¬ 
to al mostrador cuya distancia recorría el joven con azuzada 
inquietud. 

—¡ Animesé, Comandante...! 


—Oigalé... 

—¡Ja ja ja! 

Irrumpían de pronto las voces de los que sentados junto a 
una mesa continuaban la jugada del truco. 

La llegada de los días de primavera, de clara luz en los 
caminos, volvió a agrupar al paisanaje en la pulpería. Estaban 
otra vez, desde el principio de las mañanas hasta el caer de las 
tardes, reunidos en despreocupadas ruedas los amigos de Ri¬ 
cardo, contándose los viejos relatos o historiando el único epi¬ 
sodio que quebró el pesado hastío del invierno en los ranchos 
lejanos. 

Alegre el sol entre las ligeras nubes; alegres las cuchillas 
de un verde brillante en el primer plano visible, más sombrío 
a la distancia, hasta confundirse en un tono gris azulado los 
límites del campo y el cielo, más lejos. Jubilosos balidos de 
las majadas dispersas; saltaban persiguiéndose entre regocija¬ 
das voces los chingólos desde el anca de los caballos hasta la 
tierra sombreada; erguido el cuello, airosa la rosada cresta del 
sol, el gallo lanzaba al aire diáfano su canto tranquilo y sober¬ 
bio. La broma más ingénua; una carta al caer sobre la mesa 
de los jugadores, provocaban altas carcajadas en la pulpería 


185 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

entre cuya sombra fresca un claro rayo de sol saltaba sobre los 
vasos. Colmada alegría de vivir en los hombres, los animales y 
las cosas. 

Y sin embargo, Ricardo sentía, en el espíritu una extraña 
inquietud. No cesaban sus manos de hundirse en los panzudos 
tercios de yerba; de correr las pesas en la balanza, anotar can¬ 
tidades en las libretas o hacer sonar las monedas en el cajón del 
mostrador; impaciente, como si temiera que el tiempo fuera a 
faltarle para despachar los pedidos de aquellos que una vez ex¬ 
presado su deseo acomodábanse, olvidados, a oir la charla de 
los otros. Pero no; no era de la atención del negocio de donde 
le venía aquella oscura inquietud que le hacía andar entre los 
amigos indiferente a sus voces, extraño a su alegría. 

Ya otras veces en la soledad, le había sorprendido aque¬ 
lla misma ansiedad de algo lejano, impreciso, que ninguna pa¬ 
labra o idea podría expresar y que, no obstante, adquiría en él 
la fuerza emocional de un hecho. 

Su cuerpo estaba ágil y limpio de toda pereza, como aquel 
claro rayo de sol que danzaba frente a sus ojos; pero más hon¬ 
do que el pensamiento cambiante que animaban los otros con 
su palabra, la sombra de una idea, tenaz parecía nublar a su 
espíritu. 

Sí, él ya conocía aquellos estados de su alma. Los cielos, 
los campos, los hombres y las cosas, se vaciaban de pronto de 
todo contenido espiritual, y se tornaban en áridas superficies 
extrañas, con las que su pensamiento no podía comunicarse. 
Se diría que de él mismo se había ido su alma, y sólo queda¬ 
ban los ojos mirando sin comprender, los oídos sintiendo lle¬ 
gar, sin eco alguno en la conciencia, fragmentado el canto de 
los pájaros, y los brazos y las piernas moviéndose por impul¬ 
sos mecánicos cuya voluntad él no registraba. Mientras tanto, 
la imaginación lo volvía a los días de la infancia, simples y cla¬ 
ros como la canción que oyera todas las noches al dormirse; 
iba entre figuras ciudadanas evocadas por el último libro llega¬ 
do en la diligencia y que él leía por la noche para descansar en 
la actividad del alma la fatiga del cuerpo. O las más de las ve¬ 
ces, nada veía ni oía, y sin embargo su pensamiento se iba por 
largas horas hundiendo en un sentimiento vago, extenso, como 


186 



CRONICA DE LA REJA 


un limpio cielo de atardecer de otoño, sin nube que lo interrum¬ 
pa ; sin sol que lo encienda; tan cercano o tan hondo como nues¬ 
tra vista alcance; sin canto que nos distraiga de la pura pre¬ 
sencia del azul pálido que nos envuelve, indefinido y sin límites 
como un pensamiento místico. En esos momentos una lejana 
angustia se apoderaba de él; era como si los deseos repetidos 
y breves que en los días ordinarios lo detenían en su afanoso 
trajín, desbordaran al fin en su alma y fuera preciso detener 
la vida hasta que aquel extraño movimiento declinase para so¬ 
meterlo entonces a la segura voluntad de cumplir el destino 
trazado. 

¿Podría decir cuáles eran las ansias que así lastimaban a 
su alma ? No; sólo sabía que deseaba que la vida cambiase, nue¬ 
vos horizontes vieran sus ojos y otras almas despertaran la cu¬ 
riosidad de la suya, ya colmada en la contemplación de aque¬ 
llas simples de sus amigos. 

¿Cómo y dónde hallar esa vida? El no lo sabía ni lo bus¬ 
caba. Acaso grandes potencias del alma, que debió amputar en 
plena juventud para amoldarse a aquella existencia de pulpero 
en una perdida cuchilla, aún intentaran retoñar en él, dolori¬ 
das por la opresión de su voluntad, en esos momentos desfalle¬ 
ciendo en flaqueza. 

¿Era la angustia de su amor no gozado plenamente, pues 
el trabajo le había impedido volver a la estancia en cuyo alti¬ 
llo quizá estuviese Maruja mirando la masa blanca de la Azo¬ 
tea junto a la sombra enrojecida del camino? Sí; su pensamien¬ 
to evocaba la gracia de aquella niña cuya clara risa deseaba 
volver a oir. Evocando la delgada figura pensaba en la futura 
alegría del hogar; y gozaba ya adelantando el tiempo en el re¬ 
gocijo de la casa formada, los hijos alegres y sanos, mientras 
entre él y la madre se extendía la calma de una vida virtuosa 
gastándose en el generoso darse a la dicha de los hijos. Si es¬ 
tuviera ahora al lado de Maruja podría el encanto de su risa 
borrar la angustia de su alma. 

Pero no; era algo más lejano y oscuro lo que en él se agi¬ 
taba. Ricardo no acertaba a explicarse cabalmente aquel estado 
de ánimo suyo, inusitada disonancia en la sencilla alegría del 
paisaje y los hombres. 


187 



JUSTINO ZAFALA MUNJZ 


Olvidaba que no en vano un espíritu como el suyo for¬ 
mado en los primeros días por las lecciones del padre; que ha¬ 
bía soñado luego con la ciudad de cuyos días diversos y com¬ 
plejos traía el eco la diligencia en los periódicos y en los ros¬ 
tros y vestidos de los escasos viajeros; que había desfallecido 
de dulce tristeza o se había enardecido con visiones heroicas 
oyendo trozos de música en Meló o la historia de la Revolu¬ 
ción Francesa que su padre comentaba; no en vano él había 
traído aquellas voces de su alma a ahogarlas en la humildad 
de la vida presente entre los abiertos campos. 

Los que le rodeaban entonces, eran sus amigos y él los 
amaba porque hacia el amor como hacia el sol los árboles, se 
dirigía espontáneo su espíritu en una incesante necesidad de 
salud moral. No obstante aquel lenguaje, rudo, áspero, sin ma¬ 
tices casi, no era el suyo. Bellos espectáculos los de aquellas 
existencias colmadas de humilde dicha; pero nadie, de todos, 
tenía su lenguaje ni semejanza con su alma. 

Los más de los días, el afanoso trabajar entre la amis¬ 
tad de los paisanos bastaba para su contentamiento, aumenta¬ 
do por las fábulas o consejos de Don Zenón. Pero de pronto 
le ocurría como esa mañana, advertir que el mismo trabajo 
no era más que la repetición de breves ejercicios cuyo princi¬ 
pio y fin conocía de antemano; terminar uno para empezar 
otro; cansancio sólo del cuerpo. Y él bien lo sentía, que hay 
horas en las cuales el alma anhela emplearse y rendirse en afa¬ 
nes sin límites. Entonces las mismas palabras de Don Zenón 
volvíanse cansadas y oscuras a sus ojos; Don Zenón, encaneci¬ 
do ya en un destino cumplido, era sólo un recuerdo; mientras 
él, Ricardo, tenía a su alma sufriendo de esperanzas. 

¡Qué esfuerzos dolorosos en esos momentos, para conti¬ 
nuar en la humilde vida solitaria mientras aquellas voces os¬ 
curas del ser, en la juventud acalladas, se levantaban con soni¬ 
dos lejanos más allá del trabajo diario, más allá de las pala¬ 
bras amigas, más allá de la existencia física que continuaba 
indiferente a sus ansias! 

¿Para qué tanta lucha? 

Su adolescencia lo halló en la pobreza, y aceptó el duro 
trabajo sin rebelión alguna convencido de que sólo por él ga- 


188 



CRONICA DE LA REJA 

\ 

liaría un lugar entre los demás hombres. Después conoció a 
Maruja, y el vago pensamiento de que otros seres recibirían 
al fin la cosecha de su oscuro esfuerzo, sostenía a su espíritu 
en todo desfallecimiento, con la esperanza de poder emplear 
pródigamente la bondad de su corazón... 

Dos hombres se acercaron. 

Don Teodoro, el antiguo carrero, saludó cortésmente a 
los numerosos parroquianos y seguido de su acompañante se 
acercó a un rincón del mostrador y dijo, después de palabras 
cordiales de saludo, a Ricardo: 

—Aquí, con el amigo Gutiérrez hemos hecho un negoci- 
to. . . ¿Yo tengo crédito, don Ricardo, pa sacar hasta quinien¬ 
tos pesos en un año? 

—jCónio no, Don Teodoro! 

—Güeno, .muchas gracias... capaz que se los pueda de¬ 
volver con la lana de este año de mis animalitos.. . muchas 
gracias... Güeno, entonce el amigo Gutiérrez va a sacar aquí 
' una libreta pa gastar en un año hasta quinientos pesos, que yo 
pago. El negocito es ése, ¿sabe? El amigo Gutiérrez me vende 
unas cuadritas de campo. 

—Muy bien. ¿Quiere ahora mismo la libreta? 

El amigo Gutiérrez habló entonces: 

—Si no hay inconviniente... Tome algo, Don Teodoro. 

—No, muchas gracias; voy a aprovechar este pedazo de 
la mañana pa darle un galope a mi ganadito. ¿Quedamos en¬ 
tendidos, Don Ricardo? 

—Entendidos. 

Y Teodoro saludó cortésmente a los parroquianos, montó 
a caballo y poco después no era más que un bultito negro entre 
el polvo del camino. 

Frente a la mesa Don Zenón jugaba al truco teniendo por 
compañero a Fermín Yáñez y en contra a Fernando González 
y Zacarías Peñaflor. 

Patricio mostró un inocente servilismo en el apresura¬ 
miento con que ofreció su sitio a Tánico Gutiérrez cuando éste 
fué a sentarse a espaldas de Fermín Yáñez de modo de mirar¬ 
le discretamente las cartas. 

La presencia de este hombre y lo que acababa de ocurrir- 
le, fijaron en él los pensamientos de Ricardo. 


189 













JUSTINO ZAFALA MUNJZ 


Nacido de padres ricos, Tánico Gutiérrez llegó a la mo¬ 
cedad sin "hábitos de trabajo, ignorante del mundo, con un sen¬ 
timiento absurdo de superioridad sobre los demás, adquirido 
a fuerza de tratar sólo a los peones que vivían del pan de su 
padre. Así lo sorprendió la orfandad y con ella una pequeña 
herencia. Acostumbrado a no tener más voluntad que la de su 
padre, ni más trato sino con aquellos que a su casa llegaban, 
raros, pues la notoria avaricia había dejado sin amigos al vie¬ 
jo Gutiérrez, Tánico se encontró de pronto con que estaban 
abiertos para su libre voluntad, los caminos por los cuales ale¬ 
jarse en los fuertes caballos que antes no hiciera sino contem¬ 
plar como delicia vedada, a conocer el mundo soñado por su 
ánimo timorato. 

Y un día ensilló y llegó hasta Meló. 

El pueblo fué para él un deslumbramiento. Las mujeres 
de miradas audaces; el hablar cortés de los hombres; los entris¬ 
tecidos escaparates de algunas tiendas en cuya cercanía apes¬ 
taba el* olor a kerosene de la lámpara que daba amarillenta luz 
a los objetos; las noches de la plaza en donde los ricos, hombres 
y mujeres, aparecían con su traje nuevo cuya dignidad real¬ 
zaban con el andar grave alrededor del farol que señalaba el 
centro de la vereda enlosada y vestían el rostro también de 
gestos inéditos, olvidados unos y otras de que en los días ordi¬ 
narios se veían en manga de camisa, los hombres, y ellas des¬ 
nudas de todo afeite; todo ésto estaba más allá del límite hasta 
donde la imaginación de Tánico hubiera podido alcanzar. 

Cuando volvió de Meló creyó que toda su persona denun¬ 
ciaba el ambiente civilizado en que había vivido unos días. Al 
sol del camino brillaban las botas de charol; un pantalón gris 
celeste mostraba en su justeza las redondas formas de las pier¬ 
nas; enhiesto el bigote delante de las mejillas redondas y lus¬ 
trosas, y en la cabeza un alto sombrero de curvadas alas. Pesa¬ 
do y duro, pareciendo oprimir la frente pura de toda huella de 
pensamientos, era el jopo que lo asemejaba, a sus ojos, al po¬ 
lítico mundano que al suyo diera fama en Montevideo. Como 
a su cuerpo, vistió al carácter. Hablaba apenas; movíase con 
un suave balanceo de polka; escuchaba gravemente a los hom¬ 
bres importantes y distraído a los humildes. Delante de muje- 


190 



CRONICA DE LA REJA 


res era tal su cortesía, que muchas veces al montar a caballo 
después de una visita, sintió entumecidas las mandíbulas por la 
sonrisa imperturbable que conservó en el gesto aunque, mien¬ 
tras las hijas callaban ruborosas, la dueña de casa lo enterara 
de todos los achaques de su vejez. En el saco no le faltaba ja¬ 
más un jazmín que el sol y el viento marchitaban en el ojal, y 
en el bolsillo interior un pequeño espejo y un peine, instrumen¬ 
tos de su donaire indispensables, cuando en la cercana zanja de 
las casas amigas humedecía y armaba cuidadosamente el jopo. 
Sin duda Tánico era el mozo elegante del pago. 

Cuando Ricardo lo vió por primera vez, pensó que aquel 
ser tan inusitado en la aridez del ambiente, buscaba enternecer 
el corazón de alguna hija de estancieros admirada de su gen¬ 
tileza. Y éste era el pensamiento lógico en presencia de aquel 
en quien eran tan postizos el atildamiento de los vestidos como 
el de las palabras. ¿ Acaso hubiera importado al deslumbramien¬ 
to ingénuo de una criolla el que en el pago se le conociera no 
por su nombre, sino por el mote de «caretita de a vintén», la 
más ajustada definición de su rostro inexpresivo, de mejillas 
radiantes y de ojitos abiertos con asombro pueril? Pero esta 
solución, la única salvadora para Tánico, era por él olvidada 
en presencia de un destino más alto. 

Tánico quería ser comisario. 

Por azar de la política un amigo de su padre había llegado 
a Jefe de Policía de Cerro Largo. ¿Cuál posición más alta, más 
absoluta, que la de comisario de su pago? 

Y el deseo no había terminado de expresarse en su ánimo, 
cuando ya el sueño se apoderó de él alentado por sus costum¬ 
bres de holgazán y sus mezquinos afanes de superioridad. 

¿Cómo había dado en aquella esperanza? Nadie podría de¬ 
cirlo; nadie, sino fuera un muchacho de mirada asombrada que 
le servía de peón. Al principio Tánico le habló vagamente de su 
advenimiento al poder; pero como hallara en el otro un espíri¬ 
tu sobradamente dispuesto a creerle, se dió a ir desarrollando 
delante de los ojos asombrados del muchacho sus visiones de 
mando, hasta que por fin el humilde compañero sintió también 
el ardor de la esperanza, y dijo a Tánico, una mañana en que 
iban como de costumbre hablando de policías por el camino: 


191 



JUSTINO ZAVALA MUNÍZ 


—¿No le serviría yo pa asistente? Carece sólo conocer la 
disciplina... si usté me la enseñara... 

Y desde entonces soñaron los dos. 

Ya caminaban a disciplinaria distancia uno de otro; las 
órdenes de Tánico eran breves e imperiosas; y en las rejas, co¬ 
mo esa m.añana en que Ricardo los observaba, no hubiera osa¬ 
do el peón sentarse al alcance de la vista de su jefe. 

Ricardo terminó de señalar la futura deuda de Tánico, 
que importaría el precio del último retazo de su campo hereda¬ 
do. Poco a poco, en aquella libreta que él miraría sin hojear 
siquiera, se iría anotando la historia de su segura y próxima 
miseria. 

Sentado a espaldas de Fermín Yáñez, enhiesto el jopo, 
oloroso de Agua Florida, continuaba grave, severamente digno 
de las insignias que esperaba lucir. Detrás de la reja, en respe¬ 
tuoso silencio, lo observaba su compañero en el sueño inocente. 

Una ráfaga de piedad cruzó por el espíritu de Ricardo en 
presencia de aquel drama mezquino y ridículo. 

Zacarías Peñaflor acababa de dar las cartas. Don Zenón 
echó el busto hacia atrás, hizo un guiño apenas inteligible a su 
compañero, y dijo: 

—^Vamo a ver. Comandante Yáñez, si le gusta esta his¬ 
toria : 


Don Juan en un entrevero 
Mostró su mucho valor. 

Montando un caballo overo 
Que era un pingo... de mi flor. 

Un coro de carcajadas resonó en la pulpería y en la reja. 
Zacarías Peñaflor dijo: 

—Dispense, Don Zenón; pero a sus canas yo les viá decir 
las tres cosas necesarias en la vida. 

—¡Cómo no, amigo, haga el máistro a su gusto! 

Un silencio de atento regocijo aguardó la respuesta, y Pe¬ 
ñaflor dijo: 

—Pues... 


192 



CRONICA DE LA REJA 


Para enlazar, un sobeo; 

Para peliar, un trabuco; 

Y para jugar a ésto, 

Contra flor el resto y truco. 

Parece un rito, en este juego inocente que hace olvidar las 
horas a los paisanos en las pulperías y en los galpones, perma¬ 
necer en sostenida y ruidosa alegría, mientras se cantan los 
puntos o se cobran las apuestas. Extraño será quien se siente 
en una mesa de truco y no se crea obligado a aguzar el ingenio 
en la broma mortificante y a soltar en una hora más carcaja¬ 
das que cuantas profiere en un mes de vida ordinaria. Los reu¬ 
nidos entonces en la Azotea cumplían gozosos la norma tra¬ 
dicional. 

Cuando se hubo callado el comentario ruidoso al desafío 
de Peñaflor, Don Zenón después de mirar sus cartas y consul¬ 
tar al compañero, volvió a decir: 

—Amigo Zacarías: usté tiene fama de güen cantor; pero 
éso es con la guitarra en la mano. Mas en este juego endiablao, 
cualisquiera se le anima. 

En los ojos de todos estaba asomando la risa. Don Zenón 
continuó: 

—Y de nó, escuche: 

Para el monte la calandria 

Para el campo el teru-tero. 

Para cantarle a sus cartas 

. 

Con esta flor yo le quiero. 

Fermín Yáñez no pudo ocultar, ante tan airosa respuesta, 
la expresión de su amor propio satisfecho: 

—¡ Así me gusta, compañero! ¿ Qué miedo les vamo a 
tener ? 

Peñaflor dijo: 

—Con la palabra nos ganan... Veremos si con las cartas. 

Tirando las suyas sobre la mesa dijo Don Zenón, con aire 
de seguro triunfo: 

—Cuarenta y una. 


193 


13 



JUSTINO Z A VA LA MVNIZ 


—Son pocas pa mis cuarenta y siete. 

Explotó, ruidosa, la unánime carcajada, que se aquietó 
bruscamente cuando el Comandante Yáñez tiró sobre la mesa 
sus cartas y dijo con violento enojo: 

—¡La ocasión que no mintieron jué pa ensartarnos... 
yo no juego más! 

—No se enoje compañero,—aconsejó Don Zenón;—más 
corría el ñandú y un sapo le ganó. 

Patricio había aprendido en su permanencia invariable en 
la reja durante largos años, el mecanismo de la conversación 
del dueño de la Azotea; por eso brillaron sus ojos de curiosi¬ 
dad placentera al advertir detrás de las últimas palabras el re¬ 
cuerdo de una fábula, y dijo: 

—Cuente, Don Zenón, ese lance. ¡Debe ser divertido ver 
a un sapo corriendo contra un ñandú! 

—De eso hace como cien años, Patricio; es historia muy 
vieja. 

—Cuentelá lo mesmo, que óimos con gusto;—asintieron 
los otros. 

—Ta güeno. Amigo Ricardo, ¿quiere servir una giniebra 
pa la rueda? Yo les voy a contar esa historia, ansina nos olvi- 
damo de la pérdida de áura. 

—¡Pues claro! 

Dijo uno, en tanto todos se acomodaban en los asientos pa¬ 
ra saborear el relato de aquellos labios florecidos de ingenio. 

—Pues sí. . . ya digo que ésto pasó hace como cien años; 
de ahi que no deben quedar testigos. 

—De juro—comentó gozoso Patricio. 

—Aconteció que el Tigre y su sobrino el Zorro, de apelati¬ 
vo Juan, continuaban en guerra, persiguiendo uno y disparan¬ 
do el otro, sin miras de nunca acabar. Pero esa ocasión no fal¬ 
tó un amigo de los dos que se apersonara al Tigre y le dijiese: 

—^Vea, Don Tigre: yo colijo que está mal que ustedes an¬ 
den ansina; usté adelgazao de tanto trotiar al ñudo pa dar 
con Juan, y el muchacho asombrao entre las pajas hasta quedar 
medio loco de miedo, ya que redepente se le siente ráirse a car¬ 
cajadas sin que háiga naides con él. Dispués, esta guerra trái 
el mal pa toda la animalada; son ustedes, es razón, los que pe- 


194 



CRONICA DE LA REJA 


lean, mas todo el mundo sufre con el asunto. Dispués. .. ya 
andan los otros animales haciendo mentas de que no haiga mo¬ 
do de arreglar una cuestión de familia, que siempre es feo an¬ 
dar aventando en público. ¿Usté no halla? ¿Por qué no vemos 
de terminar esta pendencia, pa bien de todos? 

El Tigre se hizo el convencido y propuso: 

—Ta bien: decile a Juan que le hago esta oferta. Corremo 
una carrera, yo con mi parejero el ñandú, y él con el que en¬ 
frene; si me gana, tenemo dos años de paz; si yo gano, él se 
entrega allí mesmo. 

Y la carrera se ató. 

Nunca vido naides un bicherío más grande que aquel do¬ 
mingo, en la costa del Tacuarí. Se había corrido la noticia de 
que Juan iba a enfrenar un sapo, y cuanto bicho viviente se 
encontró con algo pa jugar, jué cayendo a la cancha siguió de 
rebuscarse. Otros, y éstos no eran pocos, caminaron leguas pa 
sólo darse el gusto de ver perder a Juan. Se contaba de una cru¬ 
cera vieja que se había arrastrao todo un bañao pa darse ese 
gusto; no le perdonaba a Juan que ella con más coraje no pu¬ 
diera hacer las hazañas del muchacho, y llegó con la lengua 
bailándole, contenta de verlo cáir en una zoncera. 

Cuando jué pa la madrugada del domingo, Juan cayó al 
Paso con su parejero y la aparcería. El parejero era un sapo 
panzón, al que ya le venían saltando los ojos, del viaje. Ve¬ 
nían Teru-Tero, bien vestido, de botas coloradas muy lustrosas, 
copetito parao y un traje que le relumbraba; él tráia la palabra. 
Lagarto, montao en un moro, y Zorrillo, en un picaso de raya 
blanca en la frente, andaban callaos; sólo se óia de vez en cuan¬ 
do una carcajada de Juan. 

Aunque era temprano, ya en la cancha ni se véian los tri¬ 
llos del bicherío que los rodeaba. Juan andaba de un lao pa otro, 
de poncho envalijao, golilla blanca en el pescuezo, con cara de 
risa al óir los comentarios de la riunión sobre su parejero. 

Ya calentaba el sol cuando cayó el Tigre rodeao de su 
aparcería; no hubo bicho maula que no se le rejuntase en el 
camino, y lo venían siguiendo entre gritos pa que él los oyese 
y los tuviera de allí pa adelante por aparceros. 

Se hicieron a un lao los carreristas y trataron de enfre- 


195 



JUSTINO ZAVALA MUNÍZ 


nar. Juan pidió que se pusieran de banderas a dos animales de 
pacencia y probaos como incapaces de hacer un mal juego pa 
naides; dos de quienes naides recordase una sola malicia ni 
picardía. El Tigre acetó. Se nombraron entonce al Burro y al 
Güey. ¿Quién con más güeña pacencia pa estarse cuatro horas 
al rayo del sol ordenando las partidas? 

Juan pidió que se pusieran de sentenciadores a dos anima¬ 
les serios y de respeto, que no dieran ganada la carrera ni por 
miedo ni por conviniencia. El Tigre acetó. 

—Malo cuando un poderoso se muestra tan confiao...! 
—comentó Patricio. 

—Se nombraron dos toros; el muchacho sabía que nunca 
habían andao bien con su tío y que no le tenían miedo. Pal úl¬ 
timo pidió que la concurrencia quedara medio lejos de los tri¬ 
llos, porque su parejero se asustaba y a más, podían pisárselo 
en algún remolino que se armase. Llamaron al sargento Lechu¬ 
za que estaba a cargo de la polecía de perros y le dieron la 
orden. 

Se enfrenaron los parejeros. Allí nomás pegó un grito la 
oveja como pa que el Tigre la sintiera: 

—¡ Me juego lo que llevo al tordillo, y doy luz! 

No precisó gritar dos veces, porque Zorrillo se le acercó 
haciendo caracolear el picaso de cola alzada y le acetó el envi¬ 
te. Y se jugaron la lana que llevaban arriba. 

Aquello era una fija como no se tenía noticia de otra; 
alrededor de los trillos no era más que el griterío de la apar¬ 
cería del Tigre dando doble y atropellándose pa acetar los con¬ 
vites de los aparceros de Juan. 

—¡Chist... chist... despejen...—gritaba medio ronco 
el sargento Lechuza y corrían los perros de un lao pa otro la¬ 
drando ya de lengua de ajuera. 

Frente a los banderas el Tigre miraba al aceituna de Juan, 
dispués al dueño y, como al descuido, sacaba la lengua y se lam¬ 
bía, dispacio, la baba que se le cáia de ganoso. 

En una carpa Doña Pepa la Cotorra, discutía a gritos con 
los clientes mientras Perico el Loro rezongaba medio dormido 
pa alvertir que había varón en la casa. 

En un redepente se sintieron los gritos de Teru-Tero. 


196 



CRONICA DE LA REJA 


—i Se vinieron...! 

Y el bicherío se apiló en los trillos. 

El tordillo, abiertas las alas, alargao el pescuezo, trataba de 
no perder tiempo en gambetas y corría firme, de boca abierta. 

Los más grandes de los bichos eran los únicos que podían 
ver a cada trecho al parejero de Juan que daba un salto en el 
aire, y en el silencio de todos, se sentía su voz de aliento. 

—¡ Hooóoc! 

De pronto, parecía que el tordillo corría solo; pero más 
allá, a un cuerpo de ventaja, relumbraba al sol el aceituna y 
se le sentía el grito: 

—i Hooóoc! 

¿Qué era aquello? ¡Vieran ustedes voltiar la cola a mu¬ 
chos ! 

Pal final, a un cuerpo de los sentenciadores, iba sólo el 
tordillo; pero en eso, casi contra el hocico de los jueces, brilló 
al sol en el aire, el lomo del aceituna que gritó: 

—¡ Hooóoc! 

Y la ganó con luz. 

Contra la costumbre, Juan no quiso saber de discusiones 
y al trotecito, callao, seguido de Teru-Tero que hablaba a los 
gritos, rumbió pal bañao en compañía de sus otros aparceros, 
cuando ya cáia la tarde. 

Casi termina mal la cosa, porque dispués que perdió el tor¬ 
dillo, Tatú se presentó desafiándolo con un peticito pangaré; 
y aconteció que no faltó quien dijiese que aquel era un venao 
con el que Tatú quería hacerse el cascarudo. 

—¡Pero amigo, había sido lijerón el sapo! ¿Cómo pudo 
ganar, Don Zenón?—preguntó ingénito, Patricio. 

—Fácil, amigo; pa algo le han de servir las luces a un hom¬ 
bre. Juan presentó un sapo en las partidas... pero tendió co¬ 
mo cien al lao de los trillos. ¿Compriende? 

Cayeron las sonoras carcajadas de los otros, sobre el asom¬ 
bro infantil de Patricio. 


Sólo Ricardo y Tánico no habían asociado su risa al co¬ 
mentario regocijado con que los otros recibieron la sencilla fá- 


197 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


bula de Don Zenón. Tánico había esbozado apenas una sonri¬ 
sa, con atento cuidado de no desarreglar en público su rostro 
adusto de futuro comisario. 

Ricardo había sentido, mientras las palabras de Don Ze¬ 
nón sostenían el silencio en el despacho, levantarse en los pa¬ 
tios la voz llena de Camila. Y desde entonces su atención vol¬ 
vió a perderse en imprecisos pensamientos, que le hicieron es¬ 
tar ajeno a la animada charla a la hora del almuerzo y no ad¬ 
vertir el momento en que se alejaron todos de la pulpería. 

Cansado del cerco de pared que le pesaba sobre el espíri¬ 
tu, Ricardo abandonó el despacho y se dirigió a la quinta, es¬ 
pantando a su paso a las gallinas que, abiertas las alas y el pi¬ 
co, se protegían del sol en las crudas sombras de las casas re¬ 
cortadas sobre la tierra sedienta del camino. En el mediodía, 
avanzaba envuelto por el aire pesado que escintilaba delante 
suyo con un temblor de llama. 

Caminó luego bajo los árboles. Distraído, su pensamiento 
se detenía un instante viendo anunciarse una nueva hoja en el 
álamo tierno, observando los caminos de las hormigas que iban 
presurosas entre los pastos con sus trocitos de hojas de naran¬ 
jo, mientras la brisa las balanceaba a uno y otro lado, débiles 
barquitos con sus verdes velas latinas, o sintiendo junto a las 
copas blancas de los perales, zumbar las avispas. 

El y Don Zenón, cuidaban con amoroso afán aquellos 
árboles, entre los cuales pasaban horas de la mañana, atentos 
a sus apretados brotos, a las desgarraduras de los vientos, al 
daño de las hormigas, condoliéndose ambos en alta voz, tal co¬ 
mo si aquellas vidas misteriosas que veían desarrollarse silen¬ 
ciosamente, pudieran sentir sus propias emociones. Aquellos ár¬ 
boles, desde los primeros tiempos de su llegada a la Azotea, 
eran el signo visible de la recíproca amistad entre el anciano y 
el joven. ¡Cuántas veces, sus miradas siguieron la línea recta 
y temblorosa de aquel álamo y, como el árbol, alzaron al cie¬ 
lo sus almas! 

Así llegó hasta el bajo, en donde se apretaban mimbres, 
sauces llorones y eucaliptus, a la orilla del ancho azude, y se 
tendió en la sombra sobre el verde húmedo de los pastos. 

No pensaba nada; fijaba un momento su espíritu en el 


198 














JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


\ 


verde aterciopelado de los paraísos, cuando ya lo distraían los 
reflejos del sol en el agua, o una nube pasando por encima de 
las copas de los árboles. Frente a sus ojos, la brisa llevaba de 
uno a otro lado a una mariposa celeste, pedacito de cielo caído 
entre los árboles; sobre el camino florecía un cardo en el rojo 
de un churrinche; más lejos, el campo descansaba, a trechos, 
en la sombra de las nubes, del gran sol que caía pesadamente. 

Todo dormía en el sopor de la siesta; sólo, en un sauce, el 
canto de una torcaza acunaba al luminoso silencio. 

Por un sendero bordeado de higueras, Ricardo vió avan¬ 
zar a Camila, desnudos los brazos entre los cuales sostenía un 
atado de ropa, y brillando el sol en su descote descubierto. Tu¬ 
vo el pensamiento de alejarse; desde aquel mediodía de su pa¬ 
seo en el campo, no tornaron a hallarse solos en el despacho de 
la pulpería. Camila se había sentido celosa, y lo mostraba en su 
grosera esquivez, desde que él había estado en la estancia de 
Ramírez. El, por su parte, llena el alma de tranquilos sueños 
provocados por la presencia continua de Maruja en su imagi¬ 
nación, se regocijaba de aquel alejamiento que le permitía man¬ 
tener sin mancha de deslealtad su amor a Maruja y su amis¬ 
tad a Don Zenón. Pensó después que si se levantaba para ale¬ 
jarse, ahora cuando ya Camila se acercaba sonriendo, no po¬ 
dría hacerlo sin soportar la impertinencia de algunas palabras 
en que la muchacha le mostrase la satisfacción de su orgullo 
al verse temida. 

Y se quedó. 

Mientras arrimaba la tabla para arrodillarse en ella junto 
al agua, Camila dijo: 

—¿Cavilando con la novia? 

—Es verdad. 

—¡Ha de ser lindo sufrir de esa peste! 

Ricardo no contestó. 

Durante largo rato permanecieron en silencio. El espera¬ 
ba ver pasar las nubes en el trozo de cielo donde se abrían las 
copas de los árboles; ella cantaba en voz baja, mientras iba ex¬ 
tendiendo la ligera espuma del jabón en el agua. Luego Cami¬ 
la comenzó a decir cosas indiferentes, entre largos silencios, 
y él se sentó frente a ella, a mirarla. 


200 



CRONICA DE LA REJA 


Entre las ropas ceñidas, volvió a ver los muslos morenos, 
y otra vez sus sienes latieron. Sin que él lo advirtiera, su mi¬ 
rada fuése quedando fija en aquellos muslos desnudos, mien¬ 
tras su pensamiento volvía a estar en cosas oscuras, lejanas, 
más allá del paisaje, de los árboles, del murmullo de las avis¬ 
pas; como si su alma se hubiese alejado y vagara en la lejanía 
secular del tiempo. 

Inesperadamente, resonó bajo el arco de sus sienes una 
voz extraña; los escrúpulos morales de toda su vida se sirvie¬ 
ron de los rostros amigos que asomaron, asombrados y adus¬ 
tos, entre la bruma de su pensamiento. Fijos los ojos en los ti¬ 
bios muslos, permaneció absorto viendo las imágenes familia¬ 
res encenderse atropelladamente como una multitud hostiga¬ 
da por la cruel curiosidad de ver aquel momento fugaz de su 
íntima flaqueza. 

Privado de voluntad, permanecía con la extraña sensación 
de mirar cómo fuera de él se proyectaba el espectáculo de la 
lucha entre sus oscuros impulsos y sus sentimientos morales, 
sobre la llanura de su alma. 

Hasta que, como una cerrazón avanza de los cuatro ho¬ 
rizontes y desciende del cielo, ocultando montes y acallando rui¬ 
dos, así, sobre las figuras y voces familiares, se tendió un pe¬ 
sado tul ahogándolas, cuando percibió en las sienes el martilleo 
violento del deseo. 

Se tendió en el pasto, y continuó mirando, reseca la gar¬ 
ganta y toda su conciencia ocupada en aquello que no era una 
idea y, sin embargo, tenía más fuerza y le era más comprensi¬ 
ble que la más simple de las ideas. Sentía levantarse desde un 
lejano lugar de su alma, una verdad desconocida hasta enton¬ 
ces; pero él no la había hallado a fuerza de sumar una razón 
a otra, anulando el error para que fuese comprendiendo su in¬ 
teligencia, sucesivamente, la certidumbre del juicio; no, era 
una verdad simultánea, surgida espontáneamente sin la fatiga 
de un razonamiento; verdad de presencia como la emoción de 
un paisaje. 

Parecíale haberse despertado en él una conciencia más vi¬ 
dente, certeramente segura, que traspasaba la piel y las palabras 
de Camila, para adivinar en ella el más íntimo y eterno ek- 


201 




JUSTINO Z AVALA MUNIZ 


mentó de su alma. Y no tenía, al mirarla, ningún propósito, 
ni pensaba si ella lo tendría; sólo deseaba que continuara allí, 
desnudos los brazos, descubierto el nacimiento del cuello, arro¬ 
dillada con la falda recogida sobre la tabla de lavar, para que 
no se le ocultaran aquellos muslos y su espíritu en su presen¬ 
cia siguiese soñando. 

—¡Qué ganas tendrás de irte por el camino de Bañado de 
Medina... ! 

Aquellas palabras le sonaron a algo extraño y violento, 
y no contestó. Por suerte, Camila calló, y sus formas volvie¬ 
ron a hablar con un lenguaje distinto a aquel impertinente de 
las palabras. 

¿Cómo era ella? ¿Acaso sus formas tenían un sentido que 
sus palabras vulgares ocultaban? 

A Ricardo le pareció haber pensado una tontería y se 
sonrió. 

Pero recordó de pronto cuántas mañanas de su infancia 
se nubló la clara alegría de su espíritu al levantarse y ver su 
rostro todavía cubierto de sueño. Aquel niño de ojitos brillantes, 
las mejillas infladas, la boca pequeña e inexpresiva, el mentón 
redondo, la frente ahogada por el cabello amenazando unirse 
a las cejas, aquel rostro torpe, no era el suyo. Y evitaba mirar¬ 
se al espejo, con rencor violento, contra aquella imagen en 
cuya oscura superficie se perdían sin huella los sueños ince¬ 
santes de su alma. 

Otra vez, ya viviendo en la Azotea tuvo esos mismos 
extraños pensamientos: Atravesaba el bañado de Tacuarí; las 
pajas levantándose entre los ariscos caraguatás alcanzaban has¬ 
ta el caño de su bota; la más próxima cuchilla distaba leguas de 
allí. Y recordaba la súbita piedad que había sentido hacia el 
sendero por el cual iba su caballo. Aquel pobre sendero ocul¬ 
to entre las pajas, condenado a ahogarse en una laguna o a ser 
borrado por los caraguatás, sin alcanzar nunca a la lejana cu¬ 
chilla a enjoyarse de luz en los amaneceres con los rayos que 
el sol le iría dejando en los pastos humedecidos de rocío, a re¬ 
frescarse en la sombra de las grandes nubes al mediodía, o mi¬ 
rar en la noche cómo el cielo repetía, inmensa y estrellada, su 
misma curva sobre la cuchilla. 


202 



CRONICA DE LA REJA 


—i Mira qué margarita, Ricardo... Toma, te la regalo! 

El rodeó el azude, y fué a pararse detrás de ella que son¬ 
riente, le alcanzó la flor. 

Sobre el silencio se oía el canto de la torcaza, péndulo so¬ 
noro, marcando el paso de las horas en el lento mediodía. 

Inclinada sobre la tabla de lavar, Camila veía temblar en 
el agua su imagen y la cercana de Ricardo. De pié junto a ella, 
él creyó desvanecerse. En el blando nido de la camisa blanca, 
veía recogerse, tímidos y cálidos, los senos de Camila. Angus¬ 
tiado, no alcanzaba a levantar su voluntad en aquella sensa¬ 
ción de vértigo que le sacudía las sienes. 

Y volvió a sentir que no la que mostraban las palabras, 
sino aquella dulce y tímida de sus formas, era el alma íntima 
de la joven cuya revelación se hacía acaso por primera vez pa¬ 
ra ella misma, ahora detenida en temeroso silencio, y para él 
que la identificaba a la suya, comunicándose en un lenguaje 
silencioso y desconocido. Sí, ella era entonces, una mujer que 
no había sido nunca, y que acaso no volviera a serlo jamás. 

Miró su rostro en el agua, y le pareció verla grave, eno¬ 
jada. 

Aquellas formas, de apretadas curvas, cuyos límites aca¬ 
riciaba su mirada, ¿tenían en verdad los profundos abismos 
en que se perdía su pensamiento, o estaban éstos sólo en su 
conciencia ? 

Se arrodilló a su espalda, y acarició el cuello con la mar¬ 
garita. Camila continuó en silencio; pero él advirtió cómo se 
estremecía la piel al paso de la flor. Ella ya no lavaba; vaci¬ 
lante entre el temor y el deseo, le parecía que, por una súbita 
y extraña revelación, su alma había comprendido a la de Ri¬ 
cardo, que en los días ordinarios le pareciera tan imposible de 
conocer bajo la palabra ilustrada y el gesto severo. 

Adivinaba su pensamiento, sin la oscuridad del lenguaje 
diario, y esperaba. 

El se inclinó algo más, y su aliento cálido como una bri¬ 
sa sobre las gramillas, movió los vellos de la nuca húmeda. 

Camila torció el rostro hacia él. |Qué cercanos y distan¬ 
tes los labios!... 

Callaron los pájaros; en el denso silencio se buscaban lofc 
anhelos jadeantes. 


205 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


El sol se oscureció de súbito; huyó de abajo de los pies la 
tierra; se perdieron el azude resplandeciente, los árboles, el ca¬ 
mino; se aquietó la brisa.. . 

Lejos, en una lejanía de sueño, continuaba sonando el 
péndulo de la torcaza... 


204 


SEGUNDA PAUTE 


CAPITULO XVI 


E l tiempo ha pasado por la vida de Ricardo, como un río 
en la llanura, lento y tranquilo, sin líneas bruscas ni al- 
' tas barrancas cerrando los paisajes extendidos. Sólo ha 
dulcificado el brillo de sus ojos, ahora llenos de una compren¬ 
sión bondadosa, engordado las mejillas y ensanchado las en¬ 
tradas de la frente. En lo íntimo, sigue igual a sí mismo; 
generoso en el pensamiento y en la acción; cordial en la pala¬ 
bra; humilde en la esperanza. 

Encorvado sobre un libro en cuyas blancas hojas se hace 
más viva la luz de la lámpara, oye cantar la máquina de coser 
en que Maruja prepara las camisas de olorosa franela que lue¬ 
go se apilarán en los estantes y vestirán más tarde los ricos y 
pobres del pago. 

A veces, fatigados los ojos de fijarlos sobre los reflejos del 
papel, los levanta y mira a la esposa. 

En el ambiente íntimo de la noche, sólo los dos velando 
en la soledad del campo, como desde el día en que él partió con 
ella de la estancia del caudillo cuyos patios llenaban aún de 
música las guitarras de los payadores en la fiesta, callados, ca¬ 
da uno se abstrae en sus pensamientos de sencilla dicha, sin¬ 
tiendo una el temblor de su vientre germinado, y recordando 
el otro, qué ha sido de su vida en los largos días que lleva 
transcurridos en la Azotea. 

Vencido por el ambiente que él en su hosquedad no pudo 
comprender, Don Manuel trató una noche la venta de la pulpe¬ 
ría con Don Zenón, y a la mañana siguiente, con la misma se¬ 
renidad de las acostumbradas charlas, el viejo amigo enteró a 
Ricardo que ya eran ellos dos los nuevos dueños del negocio. 
El dinero del uno y el trabajo del otro, harían lo que no logró 
realizar el huraño espíritu del gallego. Pocos días después, duro 


207 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de rencor el gesto, Don Manuel se acomodaba entre las venta¬ 
nillas de' la diligencia que durante tantos años había visto de¬ 
tenerse y partir desde la reja, y se iba del pago hacia la lejana 
aldea con unos pocos dineros en la mano, mientras sólo Libera¬ 
ta sentía entre la sociedad en la cual él había vivido, el desga¬ 
rramiento de la ingrata despedida. 

Bien pronto se perdió de las conversaciones el nombre del 
antiguo pulpero, única huella que los campos guardaron del al¬ 
ma encendida de Don Manuel. 

Después vino el enlace con Maruja. En la memoria de 
Ricardo era el recuerdo de estos primeros tiempos, como una 
prolongada mañana en que los ojos, los oídos, las manos, to¬ 
do su ser, estaban llenos de la serena gracia de la esposa. 

A la luz de la lámpara, brillaban entre los pastos resecos 
que les habían servido de envase desde Montevideo, las lozas 
recién sacadas de los cajones; sobre el mostrador, con el desor¬ 
den de un sumario recuento, se amontonaban los géneros veni¬ 
dos en el surtido; junto a Maruja, dejados sobre el piso, cin¬ 
chas, bastos, frenos, estribos relucientes, rojas caronas. 

Entre las cerradas paredes continuaba cantando la máqui¬ 
na de Maruja en cuyo cabello la luz de la lámpara ponía man¬ 
chas azules. A objetos nuevos olía el ambiente mezclándose el 
olor de las suelas relucientes con el de los géneros extendidos 
y el suave de los pastos secos de los cajones. 

Dueño de la pulpería y unido a Maruja, la vida adquirió 
para Ricardo un significado concreto. Desde entonces, su tesón 
fué ensanchando el negocio y realizando su esperanza. 

En el silencio continuo bajo los cielos, la voluntad se em¬ 
pleaba sin descanso, alegre el espíritu, mientras a su alrededor 
parecía que nada cambiase. 

La honradez de su palabra; la constante generosidad con 
que a sus propios ojos se perdonaba en lo posible de las nece¬ 
sarias astucias de pulpero para lograr los dineros de los gau¬ 
chos; y, sobre todo, porque ellos advertían que sus sentimien¬ 
tos morales eran, en lo íntimo, también los de él, le afirmaron 
la amistad de todos y la fé con que a su consejo ilustrado ocu¬ 
rrían cuando de otro necesitaban guiarse para las más simples 
acciones que no fueran las bellas y fuertes de la labor campe¬ 
sina. 


208 



CRONICA DE LA REJA 


Solo por los caminos; sentado a la mesa de los estancieros 
o detrás del mostrador, Ricardo era el pulpero criollo en quien 
el oficio parecía cosa pegadiza y pasajera, y verdad sólo, aquel 
placer por la narración regocijada o el cuento trágico; el per¬ 
der las horas junto a la guitarra de un payador, o vaciar el cin¬ 
to mientras se encabritaban los parejeros frente a los banderas. 
Leal como ellos en la amistad; austero en la honradez; vivaz en 
la narración, nadie pensaba en la reja que aquel hombre igual 
a ellos mismos sucedía en idénticos afanes a Don Manuel. 

Nada más simple que el mecanismo de su negocio. Dueño 
de la confianza del pago, y única su pulpería en la extensa 
región, su sola voluntad marcaba los precios que los criollos 
debían pagar por las mercaderías y los que él fijaba por las 
lanas y cueros recogidos en los galpones de las estancias, sin 
más prenda de garantía que la indudable honradez de su pa¬ 
labra. 

En la libreta de cada uno iba él anotando, más por orga¬ 
nización de sus propios intereses que por exigencia de ellos, 
la deuda de los clientes que éstos saldaban espontáneos, sin 
que apareciera nunca en las palabras o los hechos, la lucha 
de intereses entre aquellos hombres sencillos y su generosa 
paciencia. 

Así iba la vida, entre un comercio de honradeces y la 
paz extendida en su espíritu por la serenidad moral de Ma¬ 
ruja, cuando de pronto aparecieron hombres de extraños sen¬ 
timientos que él advirtió que en no lejano tiempo iban a 
cambiar la fisonomía del pago, a pesar de las tímidas actitudes 
primeras, detrás de las cuales fueron dejando ver la soberbia 
de una voluntad dispuesta a cumplirse. 

Una oscura fuerza había comenzado a actuar llegada de 
los horizontes del sur; cautelosa, sirviéndose de los hombres 
de vida más gris, se iba realizando en signos visibles. 

En las lejanas cuchillas se sorprendieron un día los ga¬ 
nados chúcaros al notar empequeñecido el paisaje para sus 
libres carreras, por los hilos de un alambrado. 

Despreciable para todos era el dueño; brasilero enrique¬ 
cido por la herencia del padre, quiso hacer cierto su dominio, 
y lo cercó. Sobre el Cerro de los Cuervos un tropero humilde, 

209 


14 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


desconocido en los escuadrones guerreros, había terminado por 
hacerse-dueño de la estancia de su patrón, que huyó a ocultar 
en una casa del pueblo su perdida libertad de no pensar en 
nada. Más cerca, aquel “guacho” criado a golpes, había sor¬ 
prendido a todos casándose con la viuda del estanciero cuando 
aún no se habían secado los pastos de la sepultura de quien 
lo recogió en su casa. Y así fué dueño de la mujer y el campo, 
el maula ladino que sólo parecía haber nacido para hacer man¬ 
dados y recibir golpes. 

Estos eran los hombres esperados por Don Manuel; él 
no los supo ver, y se fué cuando ellos ya estaban sobre las 
cuchillas del pago. 

Ellos, que hasta entonces nada habían sido entre la clara 
vida de los fuertes en las luchas físicas, se ataban en un 
nuevo lazo de intereses que una mano invisible y tenaz iba 
trenzando a través de largas distancias. 

Entre las hojas de los libros de Ricardo, aquella nueva 
vida se patentizaba a su vista. En las líneas simétricas de las 
cuentas, iba él recogiendo la historia económica del pago, así 
como de los labios de Don Zenón la historia moral. 

Nuevos valores, tímidos al principio, se anunciaban ya en 
la comarca. 

Los gauchos, valientes y fuertes, eran sin duda capaces 
de dar la vida en el violento impulso del brazo adelantando el 
puñal; pero eran en cambio incapaces de aquel esfuerzo tenaz 
que Don Teodoro anunció entre ellos y se iba haciendo pre¬ 
ciso para realizar la vida. 

Acaso los continuos pamperos de odio y coraje de las re¬ 
voluciones en que había nacido el pago y ellos habían crecido, 
les dejaron el sentimiento dramático de la brevedad de sus 
vidas y, por lo mismo, de la esterilidad de todo extenso es¬ 
fuerzo. ¿Para qué oscurecer los días en el trabajo humilde, si 
a la noche tranquila habría de suceder, impensado, el ven¬ 
daval ? 

Y así no les quedó ninguna larga esperanza que, como 
palenque, les sirviera para atar a ella las violentas pasiones 
de las almas. 

Frente a ellos, como ocultándose, los sentimientos egoís- 


210 



CRONICA DE LA REJA 


tas iban creando con dura voluntad sobre la indiferencia del 
paisaje, una nueva sociedad. 

Los gauchos lo advertían vagamente; ya no estaban todos 
los ojos fijos en el cerro donde blanqueaba la estancia del 
caudillo; muchos miraban ahora, en largos días, hacia las líneas 
violetas de los surcos, y en prolongada esperanza aguardaban 
ver fructificar el esfuerzo en los dorados maizales; otros, com¬ 
prendían el lenguaje oscuro de los diarios de la capital, y 
hacia ella arriaban las majadas por los caminos. 

Sí, cambiaban el pago; reducían las distancias amojonán¬ 
dolas con sus arboledas. 

¿Pero cómo detener aquel impulso? 

Y los hombres fuertes se dejaban arriar en el tiempo, como 
una tropilla de bravos baguales por el cencerro de la yegua 
madrina de una anticipada resignación. 

Surgían ya los ricos, y por ello los pobres se hicieron 
más pobres. 

Cesó de cantar la máquina de Maruja. Afuera resonaba el 
silencio. 

—Parece que empieza a levantarse viento.—Dijo la es¬ 
posa atendiendo al sordo murmullo que llegaba desde la quinta. 

Ricardo dejó de escribir y miró a la joven cuyos ojos 
tenían entonces la ternura de una caricia. 

El mugido de un toro se alargó por el camino, y en un 
lento llamado se oyó un silbido acercándose. Ladraron los 
perros desde los paraísos y les respondieron, más lejos, los de 
Don Zenón. 

Desde el bajo venía la voz de un hombre llamando: 

—¡Vamos... vamos... síiiga!... 

Sonaron con agria melancolía las lentas palabras llamando 
a las sombras. 

—No es el viento, Maruja; va llegando una tropa. ¿No 
sientes la voz del puntero? 

—¡Qué tristeza tienen, ¿verdad? 

Relinchó un caballo asustado al pasar frente a la reja. Con 
el rumor del pampero lejano llenaba el silencio el sordo andar 
de la tropa por la ladera. Luego, violento, sacudió el piso del 
camino en la cuchilla y sus ecos se multiplicaron bajo los arcos 
de la reja. 


211 





JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Ricardo y Maruja abrieron una rendija y pegaron el ros¬ 
tro juntó a la puerta viendo pasar durante largo rato, bajo la 
clara noche de estrellas, a aquellas sombras sonoras. De pron¬ 
to, de la confusa multitud se apartó un jinete y dirigió el caba¬ 
llo hacia el hilo de luz que salía por la rendija. 

—^^Güenas noches, Don Ricardo. ¿Está velando? ¿No le 
incomoda despacharme una copita? 

—Es verdad, amigo Claudio. Bájese, nomás. 

Recostado ya junto al mostrador, Claudio Corro, alegre 
la palabra, sorbe su caña mientras conversa con los dueños 
de la pulpería, y la luz de la lámpara se estira sobre los rene¬ 
gridos mechones de su melena. 

—Había desaparecido del pago. 

—Es verdá, sí señor. Andaba caminando por áhi. 

—¿Siempre domando? 

—Es ansina, sí señor. Siempre de un lao pal otro; es mi 
gusto, y mi oficio. 

—¿ Es largo este viaje que va haciendo ? 

—Sí señor; voy pa adentro acompañando a estos hombres. 
Carece conocer aquellos pagos. ¿Cuánto le debo Don Ricardo? 

—No es nada, Claudio. 

—Muchas gracias. ¿Va diendo bien el Coronel, Doña?— 
Ya despidiéndose, preguntaba el domador. 

Mientras desataba el cabestro de su bagual, dijo a Ricardo 
que lo despedía desde la puerta: 

—Mis acuerdo a Don Zenón. Hasta la vista. 

—Buen viaje. 

Lejos, sobre el murmullo de viento de la tropa, aún sona¬ 
ba la voz llamando a las sombras: 

—¡Vamos... vamos... síiiga... 

Cansados del ambiente cerrado del despacho, los dos espo¬ 
sos salieron a refrescarse las sienes en el aire de la noche. Cogi¬ 
dos del brazo llegaron hasta la esquina del edificio desde donde 
veían el amplio cielo. Maruja sintió por todo el cuerpo extender¬ 
se una dulce laxitud que la hizo apoyar tiernamente la cabeza 
sobre el hombro de Ricardo, y dijo: 

—Debe ser muy tarde; se me entornan los párpados. 

—Vámosnos, pues. 


212 



CRONICA DE LA REJA 

Las Tres María eran ya una flecha azul cayendo en el ho¬ 
rizonte. * '• -oí 

Junto a la esposa dormida, Ricardo recuerda olvidados 
días, abiertos los ojos de los cuales ha huido el sueño. 

La presencia de Claudio Corro ha avivado en él los es¬ 
tados dolorosos de su alma que siguieron a la posesión de Ca¬ 
mila junto al azude, borrados más tarde de su pensamiento por 
la serena dicha de su hogar habitado por Maruja. 

En la oscuridad de la pieza, volvía a sentir el rubor que 
la traición al bondadoso amigo había puesto en sus palabras y 
en sus gestos cuando se encontraba con Don Zenón después de 
aquel minuto de flaqueza, pasado el cual sintió dentro de sí el 
más doloroso derrumbamiento. 

¿ Qué habría sido de Camila ? 

Después de aquel mediodía tan breye o tan largo, nunca 
pudo saberlo, pero sí que partía como un tajo en dos su vida, 
el destino de ella se hizo claro y cruel. 

Mientras él le huía lacerado por el remordimiento de ha¬ 
ber traicionado a la amistad y al amor, ella estaba a cada 
instante junto al mostrador, esperándolo en la sombra de los 
árboles, envuelta por el agrio olor de los cueros apilados en 
los galpones; hostigada por una insaciable voracidad de hem¬ 
bra que lo acorralaba entre sus brazos y lo agobiaba con la 
exuberancia de sus formas desnudas. 

Hasta que por fin, sin ninguna transición, la encontraron 
un anochecer revolcándose con un gaucho grosero y mal olien¬ 
te entre los maíces. 

Ricardo sintió entonces una nueva angustia en su espíritu; 
por soñar una hora, bajo el canto de los pájaros, había abati¬ 
do el edificio del orgullo donde Camila guardaba su paz y su 
honra. 

¡Cuánto no sería de justo el odio de ella hacia él ! 

Y evitó su encuentro obstinadamente. Pero ella no le con¬ 
servaba ni amor ni rencor. Viéndola ofrecerse, impúdica, al 
goce de todos, se diría que en su alma ya no cabía otra cosa sino 
el látigo del deseo precipitándola con dolorosa rapidez en una 
completa insensibilidad moral. Nada recordaba entonces, en la 


213 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


procacidad de las palabras, en la sensualidad de los movimien¬ 
tos, a la muchacha arisca llegada una tarde a la Azotea entre el 
tímido deseo de los hombres. Viéndola pasar indiferente a su la¬ 
do, Ricardo piensa que ningún hecho, ni aún el de la posesión 
del cuerpo, le hicieron suya a Camila. Como su cuerpo, que en¬ 
tre sus brazos fué aquel mediodía de apretadas curvas y ahora 
se había ensanchado hasta perder la unidad de las formas, así 
seguramente en ella había muerto el alma de entonces para rena¬ 
cer ésta, que él no sabe si está colmada de despecho o de desola¬ 
ción. 

Su destino, después de aquel mirarse orgullosa en su hon¬ 
ra, no hacía sino repetir el de tantas mujeres que, como ella, 
se habían fundido trágicamente en el medio de brutal sensua¬ 
lidad de los galpones. 

Sin duda él fué quien derrumbó en aquella vida el único y 
deleznable muro que guardaba su tranquilidad. Acaso, también, 
pudo no ser nada más que el viento animador de la hoguera de 
deseo, escondido bajo las apretadas formas de Camila. Pero ésto 
no bastaba para su justificación. 

Si, nada más triste que esas almas encerradas bajo las be¬ 
llas formas encendidas, debiendo esperar a que el acaso de los 
vientos traiga desde ignorados horizontes la semilla del amor y 
del placer para fecundar la llanura desolada de sus vidas. Ser 
fruta sabrosa, y saberlo; ser margarita en la soledad verde; ser 
agua clara en el monte; y sufrir el drama de continuar en el 
gajo, bajo el sol de fuego, corriendo hacia el pantano, si un 
hombre no siente el deseo de la carne dulce, del aroma ténue, 
de apagar en fresca agua la sed. No poder ofrecerse a los la¬ 
bios y a las manos, sabiendo que fatalmente se pudrirá la car¬ 
ne; se borrará el color; llegará, agua escondida, a perderse en 
la suciedad de la resaca. 

i Almas sin más destino que el darse; y aún así, sólo cuan¬ 
do la mano se extiende para arrancarlas! 

Estar bajo los cielos y apretar duramente los ojos cuando 
nacen los soles; reverdecen los árboles; cantan los pájaros. Mu- 


214 



CRONICA DE LA REJA 


da y ciega piedra manchando el paisaje, si una mano extraña 
no viene a levantar los párpados. Así, por todos los días hasta 
caer en el pozo de la muerte. 

Trágica virtud de estar muerta en la vida, sin la cual sólo 
se tiene el desprecio de los hombres. Y hacer de ella el orgullo. 

Por olvidarla, rodaba la muchacha infeliz sobre los reca¬ 
dos tendidos en las enramadas; bajo las cina-cinas; al abrigo de 
las culatas de las carretas; llama consumiéndose de placer o de 
dolor, cuando Claudio Corro soltó sus baguales en los campos 
de Don Zenón. 

La belleza de aquella vida libre y solitaria; el reposo de la 
mirada; la alegría de la palabra ágil como el cuerpo sobre los po¬ 
tros, detuvieron a Camila en su despreocupado darse a todos, 
para guardar amorosa fidelidad al domador. 

Se acallaron sus cantos en la cocina; dejó de oirse su voz 
gritándose con los peones encogidos bajo el vientre de las leche¬ 
ras en la rueda del corral; se volvieron tímidos sus movimien¬ 
tos como el mirar de los ojos. 

El amor era en ella una dulce tristeza. 

Hasta que una tarde sorprendióse Ricardo y detuvo la mú¬ 
sica de su guitarra, al ver pasar frente a la reja a los baguales 
de Claudio. Aún estaba con la pregunta en la frente, cuando apa¬ 
reció el domador, vestido de viaje, con el gesto de la despedida. 

—¿ Qué hay, amigo Claudio ? ¿ Se va del pago ? 

—Sí señor; antes de que me ate a la soga de su cariño esa 
china. Hasta la vista, Don Ricardo. Voy a alcanzar a mis ba¬ 
guales. 

En los árboles se había dormido ya el canto de los pája¬ 
ros ; ni una nube en el cielo; ni un ruido en el campo. 

Por la loma callada se iba el domador en lento trote si¬ 
guiendo a sus baguales. De pronto un grito sonó en el atento 
atardecer: 

—¡ Claudio! 

Suelto a la brisa el cabello; extendiendo los brazos querien¬ 
do alcanzarlo, Camila corría detrás del trote indiferente del ji- 


215 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


nete, ensuciando la limpia serenidad de la tarde con los gritos de 
su dolor. 

Así corría por la ladera, mientras el silencio turbado le de¬ 
volvía con repetidos ecos sus voces. 

Abiertos los brazos; echada hacia atrás la cabeza, Ricardo 
la vió coronar la primera curva del paisaje. 

—¡ Claudio! 

Gritó aún, y se quedó crucificada sobre el rojo horizonte. 


216 



CAPÍTULO XVII 



S allí? 

—Sí, señor. 

—¿Entonces usted crée que es un daño echado por 


los vecinos? 

El guardia-civil miró con asombro a Ricardo, como si qui¬ 
siera descubrir en su rostro la sinceridad de la pregunta, y con¬ 
testó : 

—Usté va a ver la prueba. 

—¿ Cuál sería la prueba ? 

—La locura de la moza, pues. 

Ricardo sintió en el tono de rencor con que el otro habla¬ 
ba, la inutilidad de su intento por convencerle de que era aquello 
un absurdo, y volvió a callar. La honradez de su vida conquis¬ 
tando la confianza del pago, habían hecho que el caudillo le in¬ 
dicara para juez de paz de la comarca. Y aunque en la humil¬ 
dad de su ánimo quiso renunciar, el pedido de todos obligó a su 
bondad y admitió distraer los monótonos días de pulpero admi¬ 
nistrando justicia a aquellos hombres que se ajustaban con vo¬ 
luntad espontánea a la conducta de su consejo. Simple función 
de hallar el juicio equitativo entre los amigos de pronto distan¬ 
ciados; de solemnizar, con el pecho cruzado por la banda celes¬ 
te y blanca, los raros matrimonios de aquel tiempo. Pero de sú¬ 
bito se volvió grave esa mañana al ser llamado para negar con 
su juicio la imperturbable convicción del pago. 

Iba en ello pensando, bajo la mirada atenta del guardia-ci¬ 
vil, cuando llegaron, cansados del fuerte sol recibido en largas 
horas de viaje, a un rancho escondido entre las curvas de las 
laderas. 


217 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Una pesada sensación de tristeza le invadió el espíritu al 
desmontarse en el patio de crecidos malvariscos, descoloridos de 
sol y suciedad, entre los cuales subía, ahogándose, la flor roja 
de una achira. 

Avanzó por el sendero hasta el único rancho que constituía 
la morada del paisano Paja Brava. Era un largo galpón cuyo 
techo de paja, erizado por los vientos, se sostenía en tres grue¬ 
sos horcones de troncos de mimbre. 

Grave, con los necesarios aires de autoridad que su petu¬ 
lancia exigía, el comisario se puso de pié al ver llegar al juez, 
y se adelantó extendiéndole la mano, seguido de otro hombre. 

Uno era Carreras; el otro Paja Brava. 

Ricardo no pudo reprimir una mirada de asombro cuando 
oyó el nombre del último; tal como si no hubiera comprendido 
bien. 

Y no obstante, aquel era Paja Brava. Alto, de grandes vo¬ 
lúmenes el cuerpo, había en todo él una sensación de invencible 
cansancio que le volteaba la cabeza, los párpados bajo las cejas 
hirsutas, los brazos, y parecía desplomarse hasta los piés por los 
pliegues perpendiculares de la bombacha. Bastaba mirarle a la 
boca de gruesos labios caídos; a las manos; a la encorvada es¬ 
palda; en cualquier momento de su cuerpo se recibía la misma 
impresión de un inextinguible abatimiento. 

¡Y le llamaban Paja Brava ! 

Ricardo le había oído nombrar. Solitario, morando junto 
a la portera de una estancia sobre un camino perdido; sin comu¬ 
nicación con la vida social del pago, había sido para el pulpe¬ 
ro, por la sugestión del nombre y la soledad, algo huraño y bra¬ 
vio; acaso matrero audaz, pendenciero violento; todo, menos 
aquella cansada masa de humildad. 

¿ Por qué el apodo ? 

Tal vez cuando niño fué así; espíritu suelto corriendo por 
las cuchillas en la anchura de los campos y los días, libre de los 
trabajos de la vida; en los juegos con sus amigos, confundidos 
en la dichosa ignorancia de quiénes eran los ricos y los pobres, 


218 



CRONICA DE LA REJA 


su alma acaso tuvo las rebeldes arisqueces de la paja brava, 
crecida sin huella en la llanura de los bañados. Pero las miserias 
de la vida, acorralándolo en aquel rancho cuyas paredes atrave¬ 
saba el viento silbando; un hijo más cada año para mantener 
con la mezquina carne que se asaba a la sombra del mimbre del 
patio, el único que conservaba en el ambiente de suciedad la pu¬ 
reza de su color bajo los cielos; extendidos sus días en las lí¬ 
neas oscuras de los surcos, y alargados los anocheceres en el si¬ 
lencio del mate amargo; perdidas bajo la indiferente grandeza 
de los cielos hasta las más pequeñas esperanzas, los años que¬ 
braron las tajantes aristas de su alma por las cuales mereció el 
apodo. Y ahora sólo él le quedaba como una crueldad más de 
los hombres que aún seguían llamándolo Paja Brava, para que 
al verlo las gentes extrañas enmudecieran viendo deshacerse 
la imagen creada por la sugestión del nombre, ante su presencia, 
montón dolorido levantado sobre los piés. 

O acaso él fué siempre así; temprano dolor irredimible. Los 
hombres lo motejaron Paja Brava con la misma arbitraria des¬ 
preocupación con que bautizan a sus bueyes. Calandria, Golon¬ 
drina, Ceibo; ¿qué importa recordar la música, la clara vi¬ 
da del pájaro o el árbol, sobre la mansedumbre oscura de un 
animal o de un hombre? Y mientras el buey y el hombre ru¬ 
mian su tristeza, van, obedientes, trabajando bajo la voz que 
les hace saltar sobre el lomo la alegría de sus nombres. 

Sobre troncos de mimbre apenas desbastados, sentáronse 
los tres, y el comisario habló: 

—Le he mandao avisar porque según colijo, el delito está 
aprobao. En esa pieza está la muchacha dañada y áhi tenemos, 
pa lo que usté ordene, a los culpables. 

Ricardo siguió con la mirada el rebenque del comisario, 
extendido a manera de índice, y se fijó en dos figuras, hombre 
y mujer, que de pié junto a los horcones simulaban, con la cabe¬ 
za hundida en los hombros, dolientes cariátides sosteniendo el 
peso del galpón mientras miraban con ojos aterrados al grupo. 
Frente a ellos, un soldado los guardaba con la misma mirada 
infantil con que los rodeaban los sucios niños de Paja Brava. 


219 



JUSTINO '¿AVALA MUNIZ 


Por una de las oscuras puertas del tabique que dividía un 
trecho det galpón cerrando los cuartos de los padres y los hi¬ 
jos, salió la madre y, sin mirarlo, como si estuviera fuera de 
ella la voluntad que guiaba sus pasos, llegó hasta Ricardo y le 
extendió la mano, áspera y rígida. Como un llanto le caían por 
el cuerpo los vestidos negros; el pañuelo anudado en el cuello, 
apenas si dejaba ver el dolorido rostro. 

Nadie podría decir si es joven o vieja; si sufre o sólo ca¬ 
lla; cómo son las formas perdidas bajo los pesados géneros. 

La miseria ha borrado en ella todos los signos de la femi¬ 
nidad para convertirla en un ser sin definición ni raza; sin más 
lenguaje que aquel que expresa la resignación impasible de su 
rostro. 

Ricardo interroga al hombre: 

—¿Usted también crée que su hija está dañada? 

—Sí señor. ¿Quién va a dudarlo? 

—¿Quiére contarme cómo ocurrió? 

La palabra del paisano tenía la misma pesadez de su cuerpo: 

—Aconteció que la muchacha estaba ennoviada con ese mo¬ 
zo. Pero él un día, por no sé qué diabluras que le hizo al padre, 
juyó pal pueblo y despareció por un tiempo del pago. Ocasiones 
la muchacha sabía de él por algún camarada venido por estos 
laos, y guardaba sus esperanzas. 

Aconteció un día, muerto ya el padre, que ese indino cayó 
al pago acompañao por esa mujer; venían acollaraos. La mu¬ 
chacha se anotició de éso, y comenzó a perder las carnes y dir- 
se quedando que era un silbido. El no vino más por el rancho 
porque ésa lo tiene como atao a las enaguas. Hasta que aconte¬ 
ció una tarde, que la muchacha no pudo resistir más la triste¬ 
za y, de juro pa saber la causa, jué al rancho de él a averiguar 
si era en deveras que tuito entre ellos había concluido. Dice que 
la recebieron con zalamerías y le cebaron un mate con unos me- 
junges adentro. Volvió desconocida de contenta contándole yo 
ni sé que historias a la madre. Y aconteció cjue cuando jué a la 
mañana del otro día, la muchacha se nos recuerda ya ida. 


220 



CRONICA DE LA REJA 


Mientras el hombre hablaba, Ricardo sentía que la seguri¬ 
dad de espíritu con que había montado a caballo para terminar 
aquella diligencia de su investidura de juez le iba abandonan¬ 
do bajo el peso de las palabras definitivas de Paja Brava juz¬ 
gando los hechos. 

En la esperanza de recuperarse y hallar la palabra senci¬ 
lla que apagase el odio de aquellos padres hacia los infelices a 
quienes acusaban, pidió para interrogar a la enferma. 

Estaba ya sobre el umbral de la puerta, cuando desde la os¬ 
curidad de la pieza surgió un grito que él pareció recibir como 
un latigazo en el rostro: 

—i Ay... ay... pobre de mí! 

Nada podía ver, encandilado por la potente luz del campo, 
en aquel rincón en donde lloraban en apagado rumor las som¬ 
bras. Junto a él todos callaban con los ojos absortos. 

Poco a poco comenzó a percibir los contornos de algunas 
sombras recortándose en la oscuridad. Junto a la pared del fon¬ 
do se agitaba un cuerpo de mujer sobre un catre; a su lado, 
se empequeñecía otra arrollándose en un banco. 

—Dentre;—dijo el padre. Y mientras adelantaban a tien¬ 
tas, continuó:—Mi hijita: aquí viene el juez pa que usté le diga 
lo que le acontece. 

Ricardo no tenía palabras para expresar la ternura y el 
horror que aquella escena de pesadilla producía en su espíritu. 

Arqueada violentamente; en alto las rodillas, escondía entre 
ellas la cabeza que se sacudía con el temblor del llanto, derra¬ 
mando sobre la mancha blanca de la sábana los cabellos negrí¬ 
simos. Alzados los brazos en arco, entrelazadas las manos, fin¬ 
gían un nimbo de dolor sobre la figura humillada. La voz era 
clara, gritando: 

—i Ay, infeliz de mí que he perdido mis días I j Pobre, po¬ 
bre de mí que para siempre he perdido mis días... I 

Sólo el comisario conservaba enhiesto el busto, que a los 
otros hundían en terror aquellas palabras. 

Ricardo ensayó consolarla y dijo: 


221 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—Escúcheme: ¿por qué llorá así si nada le duele y pronto 
estará sana? 

Ella le oyó, quién sabe desde qué distantes abismos, y con¬ 
testó : 

—¡Ay, señor; yo no podré curarme, porque perdí el senti¬ 
do de los días. Se curan las locas. Pero yo no lo soy... Ellas 
son malas... no conocen a nadie...! ¡ Ay, ay, pobre de mí, que 
no estoy loca y no puedo ver pasar los días! 

—¿Por qué dice que perdió el sentido, si habla tan bien? 

—Sí; yo sé, yo sé. Usté crée que lloro por el novio. No, 
no es por él que lloro. Es por los días... por ellos que se per¬ 
dieron para siempre y que nunca más volverán a pasar para que 
yo los vea... Antes, cuando era chica, ¡ qué lindas eran las se¬ 
manas que pasaban... y pasaban... con sus cosas...! ¿ Por 
qué me quitaron el sentido, si yo era buena ? 

La dramaticidad del acento daba un tono trágico a las pa¬ 
labras pueriles. 

—Usted no puede creer que le hayan hecho daño. Está ape¬ 
nas enferma y pronto se curará; consuélese. 

—Sí, yo sé, yo sé... Al principio comencé a no acordarme 
de nada, y después comencé a entristecerme, entristecerme... 
tanto, que nada me hacía reir ya. ¡ Pero todavía tenía sentido! 

El llanto ahogó de nuevo a la voz; entre los otros continua¬ 
ba la angustia del silencio. 

—^Una noche me acosté con sentido, cuando me levanté y 
vi el día, fui corriendo adonde estaba mama y le dije: ¡ Mama, 
mama, este día no pasará nunca más! Ella no créia, y enton¬ 
ce yo me eché a llorar y grito: ¡ Sí, mama, este día no pasará 
nunca más! Ahora ya se fueron los días, se fueron mama, pa¬ 
ra siempre, para toda la vida... | Mama, protéjame que soy una 
desdichada sin sentido! 

Detrás de Ricardo sonaba el rumor de un llanto ante la 
evocación de aquel instante. 

—¡Ay, infeliz de mí que no llegaré a vieja, ni moriré, por¬ 
que este día no pasará nunca más! Yo no quiero a mi novio; 


222 



CRONICA DE LA REJA 


quiero morir. Pero este día no pasa para que yo muera. | Ay, ay, 
desdichada de mí!... 

I Qué palabra encontrar para detener aquel río de dolor ? 

El grito de la joven levantándose sobre la pesada tristeza 
que le envolvía desde que él se hallaba rodeado por la familia de 
Paja Brava, adquiría una extraña fuerza dramática capaz de 
lastimar a cualquier espíritu de bondad como era el de Ricardo. 
Parecía que de todas las almas habían subido hasta la boca, y 
se habían hecho palabras en los labios de la joven, los sufrimien¬ 
tos del padre, de la madre; de toda la raza que aún habría de 
llegar para padecer miseria sobre la belleza del paisaje. 

—¡ Ay... ay, pobre de mí! 

Gritaba la voz del rancho en la ladera, y se perdía en la 
primera loma sin esperanza de alcanzar jamás al camino para 
que la oyesen los demás hombres. 

Ante la vanidad de cualquier consuelo, Ricardo se alejó de 
la pieza con la congoja de aquella vida aterrada por hallarse per¬ 
dida en un día inacabable. 

En el galpón dos nuevos personajes se agregaron al grupo. 
Eran un gaucho viejo del rancho vecino y su hijo, a quienes el 
comisario había enviado a llamar para que prestasen testimonio 
de lo que allí se actuara. 

De nuevo sentados en los troncos de mimbre, todos rodea¬ 
ron al juez con viva curiosidad por oir su fallo. 

Humillados, continuaban los presos con el cuerpo pegado a 
los horcones y los ojos fijos en el suelo. 

El comisario fué el primero en hablar. 

—¿ Qué le parece el caso ? 

—¡ Pobre niña; será preciso llevarla a un médico. 

— I Y qué tiene que hacer un médico en estas ocasiones ? Yo 
colijo que debemos obligar a esos sabandijas a que le echen ajue¬ 
ra el daño a la moza. 

—¡ Es razón!—afirmaron los otros, de manera definitiva. 

Ricardo sintió que aquellas palabras del comisario enuncia¬ 
ban lo que todos esperaban de él para que autorizase desde, en- 


223 




JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


tonces el suplicio de los infelices, hasta hacerlos confesar el su¬ 
puesto delito. La sinceridad de su alma deseaba expresarse con 
igual firmeza a la de aquellos ignorantes; pero la piedad domina¬ 
ba a su ánimo y le impedía herirlos con el desprecio que él sen¬ 
tía por sus convicciones. Para que ellos mismos advirtieran la 
verdad, desde allí interrogó a la mujer. 

—¿Usted le dió mate a esa joven el día en que estuvo en 
su casa ? 

—Sí señor. 

—¿ Le echaron algo en el agua para hacerle daño ? 

—No, señor juez; si también lo tomamos nosotros. Ella lo 
puede decir. 

—¿Usted no se enojó por que ella fué a su casa? 

—No la vide de güeña gana, no señor. Pero juro que no jué 
de intento si alguna mirada mía le hizo daño, ¿Qué sabe una, 
infeliz, si tiene algo en los ojos que no conoce? 

Sugestionada, ella también, por el ambiente de superstición 
que pesaba en el rancho; sintiendo los gritos de la loca; viendo 
la inconmovible seguridad con que la acusaban, y recordando 
el odio de su celo cuando creyó en peligro a su hombre, aquel 
pobre espíritu cedía también y comenzaba por admitir una culpa 
misteriosa en sus ojos. 

—¿Lo vido, señor juez?—Dijo Paja Brava. 

Primero con palabras vagas, Ricardo comenzó a hablar. In¬ 
tentaba ir distrayendo a los espíritus, con sus elementales cono¬ 
cimientos y sencillos juicios sobre la imposibilidad de daños y su¬ 
percherías como el que los tenía allí reunidos. Buscaba alejar¬ 
los de la idea fija de la culpa, para entonces iniciar el dictado 
de su fallo que sería, sin duda, de absolución. 

Las caras de todos se alargaban hacia él, con el terco deseo 
de advertir la línea simple del pensamiento que movía sus pala¬ 
bras, muchas de las cuales ellos no comprendían. Pero cuando, 
animado por el silencio tanto como hostigado por la sensación 
de que estaba siendo cobarde para ser justo, adelantó su resolu¬ 
ción de absolver a los culpados, advirtió cómo el gesto de Paja 
Brava se iluminaba de estupor y de odio. 


224 



CRONICA DE LA REJA 


Calló un instante y esperó. El gaucho viejo llamado para 
dar su testimonio, comentó: 

—Usté, don juez, habla como un libro. Pero yo conozco la 
verdá de estas cuestiones, porque las vide una vez. 

—¿Está seguro de que vió algo semejante a ésto? 

—Sí señor, y se lo voy a relatar, si usté quiere óirme. Yo 
venía una tardecita cayendo al paso de arriba del Bañao de Me¬ 
dina, montao en un bagual que andaba arrocinando, cuando me 
salió al encuentro una viejita alta y flaca, y me pidió que la pa¬ 
sara pal otro lao. El arroyo estaba campo ajuera, y mi bagual 
era asustao y bravo. Con que le pedí que me dispensara, pues 
no podía hacerle aquella comisión; si consiguiera montarse, allí 
nomás el bagual la iba clavar de cabeza. Ella debía alvertirlo en 
los bufidos con que el animal la cuerpeaba de sólo verla cerca; 
pero no quiso atender a razones y se retiró con cara de enojada, 
diciéndome: 

—^Dios se lo pague. 

Ahijuna, yo no soy de los que me ando lomiando por cualis- 
quier zoncera; pero aquellas palabras me hicieron correr un frío 
por el espinazo. Eché el matungo al agua y atravesé el arroyo 
sin mirar pa atrás. En una de ésas, cuando ya subía la barran- 
quita, el animal resopló con juerza y se me cayó de entre las 
piernas como partido por un rayo. Aquello no podía ser sino 
la vieja. Me di güelta a mirarla, y la vide sentada en una piedra 
del otro lao, bombiándome. Yo no sabía ni una oración. En una 
se paró; parecía más alta y más flaca que antes. Agarró dispa- 
cito derecho al paso, y comenzó a caminar por arriba del agua 
rumbo a los álamos de la otra orilla; yo la miraba atontao. Pa¬ 
só por dentre los juncos y llegó a los árboles. Ansina anduvo 
unos pasos hasta que de pronto, yo ni sé cómo, se me perdió de 
vista. Me pareció que era un álamo más en el monte. ¿Y cómo 
no voy a creer en las cosas del otro mundo dispués que vide lo 
que cuento? ¿Usté no halla? 

—Es razón,—dijeron todos. 

Cuando los bustos volvieron a erguirse, finalizada la na- 


16 


225 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


rración del viejo, Ricardo sintió la inutilidad de toda palabra. 
Aquel hombre anciano, ¿era un charlatán vanidoso que había 
imaginado el absurdo embuste para poner im silencio de horror 
en las ruedas del fogón de los atardeceres? Le miraba la blan¬ 
ca barba; la dulzura de los ojos serenos; la honradez del gesto; 
y comprendía que aquel hombre no hacía sino repetir la creen¬ 
cia llegada a su alma inocente, quién sabe por qué oscuros ca¬ 
minos, que le rodeaba desde la infancia y lo acosaba en las mis¬ 
teriosas voces de la noche en el monte y los graves silencios de 
los mediodías. 

Espera aún encontrar una mirada de duda en alguno de los 
rostros. Pero todo es vano; las razones golpean sobre la dura 
piedra de los espíritus enceguecidos en la ignorancia, y se pier¬ 
den sin eco en el galpón. Bien sabe él que si cede ante los ros¬ 
tros que lo miran con terca espera de su última palabra, en el 
pueblo los hombres civilizados pondrán en libertad a los reos. 
Pero esta resolución sería indigna de la sinceridad de su alma y 
del amor verdadero que en su miseria aquellas almas le mueven. 

Creyó ver una mirada de amistad en el joven, y con la es¬ 
peranza de hallar un eco para sus palabras, le preguntó: 

—¿Usté no crée que su padre se haya equivocado cuando 
le pareció ver a la vieja caminando sobre las aguas? 

—Usté es el juez... está bien. Pero yo me he criao en esa 
créencia, y creo. 

Estas palabras resumían la ley de la vida moral de todos. 
¿Cómo cambiar ese ritmo de desolación, por el de la esperanza 
de edificar otra vida? 

El juez siente subir un vaho de miseria física y moral, una 
visible sugestión de crimen, que de pronto borró en él la bon¬ 
dad tranquila de todas las horas y espoleó su ánimo hasta ha¬ 
cerlo ponerse de pié y decir: 

—Señor comisario: ese hombre y esa mujer están en li¬ 
bertad. 

Pareció que el silencio se ahondaba para oir sus palabras. 
En las miradas todas asomó el estupor y el odio como rcspucs- 


226 



CRONICA DE LA REJA 


ta. Sólo el comisario parecía pasear el aplomo insolente de su 
ignorancia, sobre la angustia del minuto. 

Ricardo siente que está allí, rodeándolo, acosándolo, toda 
el alma de la ardiente superstición del pago. 

Caída sobre el pecho la cabeza, los dos culpados comen¬ 
zaron a alejarse por el campo abierto. Van callados; hundidos 
ellos también en el terror del misterio; cogidos de la mano, co¬ 
mo dos niños protegiéndose bajo el cielo inmenso. 

Las palabras de Paja Brava apenas salen por la gargan¬ 
ta que la angustia achica: 

—¿Es ansina, entonce, su justicia? 

—No es mi justicia, paisano; es la verdad que ese hombre 
y esa mujer no han podido enloquecer a la pobre niña. 

—El Coronel no diría lo mesmo. 

—Yo no juzgo con el Coronel, sino con la ley. 

—¿ Y quién hizo la lay ? A mí naides me preguntó si era mi 
gusto cumplirla. 

—La hicieron los que deben hacerla; los que saben más 
que usted y yo. 

—Esos sabrán de letras; pero yo sufro, y de ésto naides 
me enseña. 

—Es razón;—dijo el viejo vecino. 

El rostro siempre oscurecido de Paja Brava, se iba ani¬ 
mando de odio, como su palabra. 

El comisario creyó de su deber interrumpir y cortar por fin 
el diálogo. 

En el ánimo de Ricardo se extendía una tristeza resignada 
por el choque con aquellas almas doloridas, y se dirigió a su ca¬ 
ballo para marcharse. 

—I Ay... ay de mí, que he perdido mis días! 

Le siguió por el sendero de malvariscos el grito del rancho. 

Por las laderas soleadas, Ricardo se alejaba del rancho que 
en la abierta alegría del paisaje era un pozo de tristeza. 

Distraído en el sonoro compás del caballo, su pensamiento 
huía de las imágenes de dolor y del sentimiento del fracaso de 


227 




JUSTINO ZAVALA MVNÍZ 


su bondad recogidos en medio dé la familia de Paja Brava. 

Cruzó las llanuras del bañado; sobre las lomas sintió silbar 
la brisa en el ala del sombrero, y escuchó el canto del sabiá pa¬ 
sando junto al monte del Tacuarí. 

Pero él no miraba ni oía; rígida la rienda sosteniendo el 
brioso afán de su caballo por alcanzar la querencia cuyas cuchi¬ 
llas afiladas ya veía desde las lomas, se dejaba llevar sobre el 
paisaje extraño a su congoja. 

Así vió llegar el anochecer alargando las sombras sobre los 
altos pastos. 

Grandes nubes oprimían a los horizontes circulares de las 
llanuras; a su izquierda, el Cerro Largo era una cumbre de per¬ 
dido dibujo; en dispersas columnas bajaban a la aguada los ga¬ 
nados. El aire sereno se musicalizaba en la voz de las majadas; 
más lejos, bajo el silencio violeta, el rancho de Paja Brava era 
un puntito caído entre las grandes curvas del campo y el cielo. 

Anduvo aún largo espacio por el camino, cansándose la vis¬ 
ta de no encontrar un accidente en qué fijarse, en el paisaje cu¬ 
yas lomas la noche borraba; así su alma, perdida en angustia 
sobre la llanura callada, mientras los toros, sólo ellos más fuer¬ 
tes que el silencio, se desafiaban llamándose desde largas dis¬ 
tancias. 

Cuando se desmontó frente a la reja ya en las lagunas del 
cielo comenzaban a florecer las estrellas. 

Desde el fondo de los arcos de la pulpería, arrastrándose 
sobre los codos, Martín El Maldito llegó hasta él con un agrio 
saludo. 

Ricardo no pudo evitar el sentimiento de disgusto ante 
aquella figura que le recordaba el rancho de Paja Brava. 

También iba Martín acabándose dolorosamente en la trági¬ 
ca creencia de que la maldición de su madre se cumpliría hasta 
el fin. Tiene el oscuro pensamiento de que sobre el cuerpo ya 
casi todo paralizado, aún está su alma viva, por el milagro de 
la voluntad. Pero sabe que si él un día, borracho, se distrae, o 


228 















































JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


si desfallece y no la levanta por encima de todo dolor, entonces 
se extenderá callada, desde la cintura en donde aguarda, hasta 
los ojos, la muerte. 

Evitando mirarlo, Ricardo corrió a limpiarse el espíritu en 
la sencilla paz del hogar. 


230 



CAPÍTULO XVIII 


S OBRE el camino sombreado por los eucaliptus están cayen¬ 
do las doradas hojas del otoño; hay un tinte morado en 
las cañadas extendidas hacia Tacuarí; aunque ya es 
avanzada la mañana, el sol es una luz tibia sobre los rostros de 
los reunidos en la Azotea. 

Centurión, Quiroga, Peñaflor y el Tuerto Narzo, sentados 
unos en los bancos de piedra bajo los arcos, acodado el último 
en la reja, hablan con el Comandante González y Don Zenón, 
sobre cuyos bustos los barrotes dibujan paralelas líneas de som¬ 
bra dentro del despacho. 

Junto al mostrador, orillando un claro de sol sobre la ma¬ 
dera brillante, Ricardo y Lorenzo Rivero miran atentos un gé¬ 
nero extendido entre las manos del gaucho; zaraza azul con flo- 
recillas rojas, cuya presencia ha puesto en los ojos de Rivero un 
gesto reconcentrado. 

—¿ Le gusta el generito ? 

—El precio es acomodao; pero, ¡qué canejo!, no lo voy a 
llevar. 

—Piense la alegría de su mujer si usted le cae con este 
regalo. 

La sorna disimulada con que hablaba el pulpero, aflojó otra 
vez la voluntad del gaucho cuyos ojos se quedaron perdidos en 
la duda. ¡ 

—Sí señor; a la patrona le daría un gusto... Pero estas 
florcitas.... 

Entre los brazos extendidos de Ricardo se alargaba la za¬ 
raza, brillando al sol sus florecillas rojas; entre sus labios apre¬ 
tados se ahogaba una sonrisa. La duda ablandaba el gesto de Ri- 


231 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


•vero hasta que la voluntad, al fin despierta, se encendió en los 
ojos y se.alargó en la mano con que estrujó un borde del géne¬ 
ro rechazándolo. 

—No, pulpero, no. En mi casa no entra este color salvaje. 

El rostro de Ricardo simuló grave resignación ante la ne¬ 
gativa esforzada, y comentó: 

—Si es así, amigo Lorenzo... 

Y los dos se unieron a la rueda amiga. 

Ya se levantaban los otros para dirigirse hacia los paraísos 
bajo cuya sombra Quiroga y Narzo iban a jugar un partido a la 
taba. Cuando Ricardo alcanzó al grupo, Peñaflor aún comen¬ 
taba el posible encuentro de El Macho con el comisario Carreras. 

—El hombre anda cansao de dormir entre las pajas y en 
una de esas le va a salir al polecía. 

—Y el comisario lo va a peliar, si se encuentra medio 
acomodao;—agregó González. 

—¡Qué va a peliar ese maula; cuando El Macho lo apure 
se le aflojan los garrones,—comentó Narzo. 

—Calíate Tuerto; no digás lo que dispués no sos capaz 
de sustentar cara a cara. 

—Decía, nomás, amigo Quiroga. 

Contestó el aludido alejándose hacia el barril del agua, de 
donde volvió con un jarro rebosante con el cual mojó la cancha. 

Estaban los dos adversarios colocados en los extremos del 
pequeño rectángulo sobre el cual tirarían la taba, ajustado el 
chiripá, en la nuca el sombrero, adelantando un pié hasta to¬ 
car la raya desde donde harían la jugada, cuando Centurión 
dijo: 

—Comandante: un rialito a manos de Isabelino. 

—Le aceto; siempre es mejor andar bien con estos tuertos. 
Pa enemigos son bichos de mal agüero. 

—¿Jugamos, Don Ricardo, una copa de caña pa la rueda? 

—Como quiera, Peñaflor. Me gusta Narzo por la postura. 

—Caramba, me peinó el gallo, pero es lo mesmo; la cues¬ 
tión es engañar el rato. 


232 



CRONICA DE LA REJA 


Blanca al claro sol de la mañana, la taba bailaba sobre la 
palma de una mano; la oprimían suaves los dedos bronceados, 
y la arrojaban en abierta parábola hasta caer sobre la línea 
violada junto al pié del contrario. Una exclamación de burla; 
un comentario de ligera pena por el tiro errado; un recuerdo 
de otras canchas en que al clavarse el hueso, arrojado con firme¬ 
za por la mano diestra, quitó a uno los últimos dineros o 
encendió los ánimos hasta sacar a relucir los puñales, iban entre 
cada tiro entonces, a la sombra de los árboles. 

De pié junto a la cancha, toda la atención de Ricardo es¬ 
taba puesta en sus ojos y en los oídos recogiendo las palabras 
de la rueda cordial. Olvidado de los afanes de sus días, no 
recordaba sino aquel momento ligero que estaba viviendo entre 
la reunión amiga, oyendo el canto de los cardenales repetirse 
en la quinta, bajo el cielo de un azul transparente por el que 
iban, lentas, grandes nubes cuyos contornos el sol encendía. 
Ni el nombre de El Macho trajo a su memoria el recuerdo del 
dolor extendido de aquella vida en la soledad de los montes. 
Miraba las cuchillas, y no pensaba que entre ellas se empeque¬ 
ñecía el rancho de Paja Brava. 

La mañana tenía una ingénua alegría; su alma también. 

Como una brisa, limpia del jadear del pampero arrastran¬ 
do las pesadas nubes bajo los cielos, sobre los árboles azotados, 
así la clara mañana había llevado lejos de su memoria los re¬ 
cuerdos de los trabajos desde su llegada a la Azotea. Olvida¬ 
ba los años como si no hubiera conocido otras horas sino aque¬ 
llas entre las palabras de los hombres de corazones sencillos. 
Más allá del muro protegiendo al jardín de los vientos, se ador¬ 
mecía la esposa, oyendo a un chichibirri golpear con su fina 
garganta al luminoso silencio, acariciada por el aroma de los 
naranjos florecidos, mientras los ojos se entornaban para ver 
el sueño de los días próximos del ser cuyos primeros signos 
de vida sacudían el vientre fecundado en amor. A su espalda, 
la propiedad de la pulpería; bastante para vivir con su negocio, 
libre de grandes afanes económicos entre la firme amistad de 
los hombres. 


255 



JUSTINO ZAVALA MVNIZ 


Encontrada su vida, cuando aún el cuerpo estaba ágil, sin 
dolor el alma. 

Descansaba en un alto del camino. Miraba hacia atrás los 
pasados años, sin barrancas, sin pantanos, sin hostiles baña¬ 
dos ni abruptas sierras. Ni una huella de los duros trabajos y 
las oscuras angustias atravesados para llegar. Miraba hacia 
adelante: igual el paisaje. Visto en lejanía, sólo suaves ondula¬ 
ciones iluminadas, como el rostro tranquilo con que había en¬ 
canecido Don Zenón. 

Imposible imaginar bajo el cielo limpio de la mañana de 
otoño, las tormentas del invierno lastimando la gracia del cam¬ 
po; así imposible para él recordar el oscuro dolor de las al¬ 
mas que habían empañado a la suya. 

Lejos, cerca, suave color en el campo; luz en el cielo; tier¬ 
na brisa, cantos en los árboles. ¿Quién puede llorar entre tanta 
alegría? 

Amor en su casa; colmada la mesa; amistad de los hom¬ 
bres; bondad regocijada en su corazón. ¿De dónde habría de 
venirle la tristeza? 

Y en el rostro de Don Zenón, de paz encanecido, mira sus 
años venideros. 

Sobre la curva de una loma surgieron de pronto cuatro 
pequeñas formas y se fueron alzando hasta mostrar los bustos 
de unos jinetes levantados sobre la cabeza de los caballos al 
trote. 

Ya bajando la ladera, dos de ellos avanzaban con un rayo 
de sol sacudiéndose sobre el recado. Peñaflor fué el primero 
en conocerlos. 

—Ahi viene la polecía con unos clientes pa usté, Don Ri¬ 
cardo. 

Quedó la taba olvidada junto al pié del Tuerto Narzo, en 
tanto los otros se dirigían hacia los arcos de la reja a esperar 
a los que ya atravesaban el camino. 

—jPero si uno es Patricio!—dijo Quiroga con risa de 
asombro. 


234 



CRONICA DE LA REJA 

—¡Y de vincha el hombre! ¿Si se habrá hecho domador 
a la vejez?—señaló Rivero. 

—El otro parece Más o Meno, por el costumbre de hun¬ 
dirle la panza al matungo, a talonazos. 

En los rostros de todos, estaba asomando una burlona curio¬ 
sidad a la espera del grupo que entraba en la sombra de los 
paraísos. 

Ricardo y Don Zenón volvieron al despacho de la pulpe¬ 
ría, adelantándose las razones de aquel extraño suceso que traía 
a Patricio guardado por la policía, cuando los otros se desmon¬ 
taron y encogiéronse a manear los caballos. 

Ceñudo el gesto, el comisario Carreras avanzó, golpeán¬ 
dole las botas el sable, llevando a sus costados a Patricio y Más 
o Meno. 

Más pequeño parecía el cantor de la décima de Jaurica- 
ragua, hundida la cabeza para no mirar a los amigos cuya bro¬ 
ma cruel ha venido temiendo desde que lo prendieron. El mez¬ 
quino cuerpo se ensancha en los dos arcos de los brazos, por en¬ 
tre los cuales se ven dos pedazos de luz, se oprime en la cintu¬ 
ra, y vuelve a ensancharse en las curvas de las piernas que pa¬ 
recen llevaran, aún caminando, el lomo del caballo entre ellas. 

—¿Anda domando, aparcero, que se ha puesto vincha? 

—^Vamo a óirle la décima, Patricio, aura que Peñaflor ha 
cncordao una guitarra nueva. 

Pero Patricio ni siquiera levantó los ojos hacia los ami¬ 
gos que lo recibían con bondadosas burlas; por debajo de su 
escasa barba blanca, se advertía en el gesto un estremecimiento 
próximo al llanto. 

Vestido con un chiripá de alpala, borrado su color por el 
tiempo; calzando sólo la mitad del pié en las alpargatas que al 
caminar golpeaban sonoramente; cayéndole en anchos pliegues 
la camisa de franela, historiada en múltiples remiendos de di¬ 
versos colores en el pecho, la encorvada espalda y las mangas; 
perdidas las formas del sombrero sobre la melena lacia y en la 
mano un lagarto cuya trenza de tan corta más parecía un pre- 


235 



JUSTINO ZAVALA MVN1Z 


texto para llevar colgada la gran argolla, que no para castigar 
el caballo; débiles las piernas, Más o Meno avanzaba junto al 
comisario, duros los ojitos en el rostro de pájaro casi cubierto 
por el descuidado bigote. 

Bien raro el apodo del gaucho; y sin embargo definía su 

vida. 

Domador, carrero, peón de chacra, alambrador; cualquier 
oficio era bueno para aquel paisano de inmutable lentitud en 
el paso. Con la misma tranquilidad en el gesto y la palabra, 
aceptaba pialar los toros jóvenes en las carreras épicas del cam¬ 
po abierto, para castrarlos, como empuñar la azada y pasarse el 
día encorvado entre las plantas del jardín de una estancia. 

Domador, sus baguales se arrocinaban; pero desde lejos 
le conocían los paisanos en los caminos, por los bruscos movi¬ 
mientos de testa de los animales estrelleros y por las continuas 
espantadas que iban dando, aún de sus propias sombras en la 
tierra. Amansaba un novillo bajo el yugo; pero ya buey, se le 
acostaba en la cuarta del arado antes de terminar la primera 
melga. Cargada la carreta, él no podría decir la madrugada de 
su salida del pago y el anochecer en que llegaría al término del 
viaje; todo iría bien si a lo largo del camino no encontraba una 
cancha de taba, un reñidero, una carrera, o simplemente las dé¬ 
cimas emocionadas de un payador para que, oyéndolas, se olvi¬ 
dara por horas de los bueyes dormidos bajo los yugos. 

¿Indolente, cínico? 

No; trabajaba siempre, no engañaba a nadie. Pero él no 
creía que el trabajo ni la vida fueran algo preciso, ordenado, 
con un fin duradero. Cuando tuvo conciencia de su existir, un 
día se encontró sobre las cuchillas sin saber para qué estaba, y 
sólo vió cómo tenía que vivir cada día de su trabajo, pues así 
lo habían criado. Y aceptó la ley impuesta. 

Pero en su cumplimiento él, desposeído de ambición y es¬ 
peranza, encontró un margen para la libertad, compendiado en 
las palabras que terminaron por ser su nombre: todo lo hacía 
más o menos. 


236 



CRONICA DE LA REJA 


Alambrador, trabajaba solitario en los bañados y las cu¬ 
chillas, desde el amanecer hasta la noche; pero eso sí, sin impa¬ 
ciencias. Cuando ajustaba las cuentas nunca era él quien preci-* 
saba el precio; sólo sabía que podían pagarle, alrededor de una 
cantidad, más o menos. 

Bien pronto las crecientes arrastraban los zarzos; las se¬ 
quías aflojaban sus muertos bajo la tierra; ios toros quebraban 
los postes. Inútil pretender que por ello él perdiera la lentitud 
del paso, la opacidad de la voz. Desde que cavara el primer ho¬ 
yo sobre las cuchillas, él había pensado hacer aquel trabajo, 
como toda su vida, sin amor y sin vanidad. 

No tenía ningún orgullo. Claudio Corro se miraba en la 
dócil destreza de sus baguales; Valerón en las líneas siempre 
sonoras de sus alambrados; Chingólo llevaba sobre el labio una 
cicatriz recordando un entrevero en donde había sido el me- 
^‘or. El no amaba ninguno de sus oficios; iba sólo trabajando 
y viviendo, así, más o menos. 

Había sido peón; llegó a puestero; en el galpón de una 
estancia presidió la rueda de las madrugadas y los atardeceres, 
tan humilde como siempre, cuando ya era capataz. 

Breve tiempo después se vió descendido a puestero; otra 
vez a peón. 

Ni fué orgulloso durante el pasajero encumbramiento, ni 
se sintió humillado en el retorno a su antigua humildad. Acep¬ 
tó el tránsito de la buena como la mala suerte con la misma voz 
opaca, los ojitos brillantes, la camisa historiada de retazos. 

—En la vida, toda cosa es más o meno la mesma. 

Y los paisanos lo llamaron con sus propias palabras: Más 
o Meno. 

Pero de pronto la indiferencia se había borrado del gesto; 
se volvió torva la mirada; salía con el amanecer de su rancho 
cobijado en la curva del monte, y volvía cuando la noche ya ha¬ 
bía confundido a los árboles en una oscura colina informe refle¬ 
jándose en la laguna. 

Desde más allá de su resignación diaria, se levantó en él un 


237 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


sentimiento activo y violento, que le tenía de pié a la sombra 
del pescuezo de su caballo durante todo el día, en la zanja cer¬ 
cana a la casa de Patricio. 

Ni la esperanza ni la miseria crearon nunca en él una volun¬ 
tad tan despierta como la que el rencor levantó desde la oscuri¬ 
dad de su instinto. 

¿ Cómo pudo Más o Meno perder la impasibilidad de su vi¬ 
da y Patricio, el bondadoso y cobarde, despertar su odio ? 

He ahí lo que se preguntaban los amigos de la reja, cuan¬ 
do el comisario se adelantó a informar a Ricardo sobre aquella 
extraña pendencia. 

El rostro del juez tenía un gesto de contenida burla mien¬ 
tras el comisario hablaba. 

Momentos después, sentado entre Don Zenón y el Coman¬ 
dante González, testigos de la audiencia, y como distraído de los 
rostros de los gauchos que se aplastaban contra las rejas de la 
ventana del camino para ver y oir a través de sus vidrios lo que 
allí pasara, ordenó traer los presos. 

Patricio se adelantó con precipitado paso, se acercó a la 
mesa, y dijo entre dientes: 

—Condéneme a pagar lo que quiera, mas no me mande al 
pueblo, por favor. 

—Siéntese;—respondió el juez. 

La palabra severa pareció voltear al tembloroso Patricio so¬ 
bre la silla. 

Más o Meno permanecía de pié junto al comisario. El juez 
interrogó: 

—¿De modo, amigo Más o Meno, que es cierto que usted 
pretendía coser a puñaladas al paisano Patricio? 

Apenas si el Comandante González lograba sofocar la risa 
asomando a sus ojos, ante la burlesca gravedad del juez. 

—Sí señor, es ansina. Pero este viejo picaro me jué a insul¬ 
tar a la patrona. 

Patricio escondía la pequeña cabeza entre los hombros le¬ 
vantados, como si las palabras y las miradas le golpeasen el 
rostro. 


238 



CRONICA DE LA REJA 


—i Qué cuála, don Juez...!—exclamó Don Zenón. Y la 
frase quedó interrumpida para que no se desbordara en risa. 

—Está bien. Señor comisario: haga el favor de llevar a 
Más o Meno, pues voy a interrogar a Patricio. 

Cuando los otros hubieron salido, el cantor de la décima de 
Jauricaragua recién se sentó totalmente en la silla, y volvió a 
decir: 

—Pago lo que quiera, Don Ricardo. ¡Mas no me vaya a 
mandar pal pueblo! 

—Cuente todo lo que le ha pasado y cómo le hicieron esa 
herida en la frente. 

—A la vejez, Patricio, se te sulevó el coraje y te dió por 
andar atropellando a la gente?—Comentó González. 

—Contá dispacio, camarada, y a ver si no se te olvida nada 
en la rilación. Vamo a buscar el modo de acomodar estas cosas, 
pues pa las ocasiones están los amigos.—Aconsejaba con acento 
de sorna Don Zenón. 

Patricio miraba con aire asombrado a los tres amigos en 
el costado opuesto de la mesa, tal como si no los reconociese. En 
su tribulación ni siquiera sospechaba la burla que cualquier otro 
hubiese advertido en los rostros. 

—Comenzá dispacio y hacé memoria cabal de lo acontecido, 
sin venirte con arañas por la paré. De no, el juez va a tener 
que mandarte pal pueblo. 

—Güeno, está bien, Zenón, está bien; yo relato todito con 
tal de que Don Ricardo agencie el modo de no dir a Meló. ¡ Qué 

disgracia sería verme entre la oscuridá de un calabozo_yo me 

muero ahogao! Usté sabe, Don Ricardo, que Más o Meno es 
agregao en mi campo dende que se juntó con la muchacha. Co¬ 
mo juimos nosotros, mi mujer y yo, quienes la criamos, pa ayu¬ 
darlos, nomás, le dimos aquel ranchito y permiso pa tener unos 
animalitos. El hombre es güeno.. sí señor. ¿ Por qué lo voy a 
negar? Es ansina pal trabajo, más o meno como quien dice; pero 
trabajador, sí señor, y de güenos modos con la moza y la gente. 

Aconteció que dende que yo me he quedao solo en la viudez. 


239 





JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


tomé el costumbre de dir algunas tardecitas, cuando volvía de la 
Azotea, a-tomar un mate con el hombre. El tiene su guitarra y es 
hasta medio cantor; pa darles gusto yo les cantaba a ocasiones 
mi décima de Jauricaragua, pues a la muchacha le agrada dende 
que era gurisa. 

Aura, estos últimos tiempos, aconteció una vez que yo lle¬ 
gué a la casa a eso del mediodía; Más o Meno andaba pal otro 
lao del Tacuarí tendiendo unos alambraos. 

Entonce pasamo el rato con la muchacha en la cocina; ella 
arreglaba sus ameleyos, y yo cebaba el mate. 

—En todo eso no hay nada feo.—Comentó, alentándolo, 
Don Zenón.—Compaña, nomás, de vecino. 

—Ansina jué al principio, amigo Zenón. Mas yo no sé qué 
diablo se me ganó en el cuerpo mirando a la muchacha, y sentí 
como hervirme la sangre cuando ella se agachaba pa fregar los 
bancos. Por entre la bata le véia golpear los senos cuando sacu¬ 
día los brazos, y a mí me golpiaban las venas de la frente y sen¬ 
tía como si juera a darme un váhido. 

—Cosas de la vejez, Patricio.—Dijo González. 

—Tal vez nomás. Comandante; era como una flojera en las 
piernas que me hacía pegar las rodillas una contra otra. Güe- 
no; con que me juí y no pasó nada. Mas de áhi pa adelante, lle¬ 
gaba el mediodía y me daba como una comezón en la sangre que 
no paraba hasta montar a caballo y rumbiar pa lo de Más o 
Meno. 

—¿Pero la mujer se había enterado de la razón de sus 
visitas ? 

—Ahi está lo malo, Don Ricardo. Me dió que la muchacha 
maliciaba mi zoncera y no estaría muy arisca sí yo conseguía 
hacerle entender. Dispués, como Más o Meno es un cristiano an¬ 
sina ... ¿ Sabe ? 

—^Vos le atropellabas la mujer. 

—Atropellarle, justamente, no Zenón. Yo créia que pro- 
siando nos íbamos a entender con la moza. Montaba a caballo y 
al tranco, al rayo del sol, iba con pacencia pensando las cosas 


240 



CRONICA DE LA REJA 


pa decirle cuanto llegara. Pero mal pisaba el patio, y le véia los 
brazos desnudos, las caderas redondas, los senos golpeándose 
por abajo de la bata y los ojos brillándole, me volvía a dar como 
un golpe en los ojos y se me secaba la prosa en la garganta. 

—¡Asunto serio, Patricio! ¿Y por qué diablo no rumbias- 
te pa otro lao? 

—IY pa dónde, en estos pagos ? Güeno: una ocasión llegué 
con la prosa acomodada y dispuesto a largársela cuanto me apia¬ 
ra, nomás; me la había venido repitiendo de un tirón mientras 
tranqueaba en el mediodía. Me bajé y de un golpe le dije, casi 
sin mirarla: Mirá, muchacha; decile a Más o Meno que de vez 
en cuando carnée nomás una ovejita de las mías pa ustedes 
dos.. . Y ya iba a soltar el rollo cuando ella me dijo: Justamen¬ 
te, Padrino, lo estaba esperando pa que me cortara unas leñitas. 

—Agradecida la moza. 

—I Canejo I Sudaba a chorros en el picadero repitiéndome 
por lo bajo la prosiada que iba a tener cuando le llevara las as¬ 
tillas. 

—Te vino bien, Patricio, pa cavilar mejor. 

—Al principio jué ansina. Comandante. Pero pal final, ca¬ 
duco como ya voy quedando por los años, se me jueron perdien¬ 
do las palabras y comenzaron a dormírseme los brazos y darme 
unas puntadas bárbaras en la cintura. Cansao, no bien le eché 
las astillas al lao del fogón, rumbié pa mi rancho molido del sol 
y del trabajo. 

—¿Y la prosa que habías cavilao? 

—¡Qué prosa, ni prosa! No pensaba sino en llegar a mi 
casa pa echarme en la cama, adonde estuve toda la tarde como 
envarao y dormido. 

—¿Te resabiaste de ésa Patricio.^ 

—Ahi está mi zoncera, Zenón. Mal llegó el otro mediodía, 
sentí otra vez la comezón y no pude con mis ganas. 

—¡ Porfiao el cristiano! 

—No era porfía, Comandante; colijo que era como una 
peste. Cavilando en mi casa y mientras rumbiaba, todo me páre- 


241 


16 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


cía tan fácil; pero mal asomaba el rancho a mis ojos ya cerca, 
se me iban juyendo las palabras y me daban como áhogos. Yo 
siempre he sido muy poquito. 

Con que esa ocasión ella estaba lavando los platos en la co¬ 
cina y yo sentao casi atrás de ella hablándole de güeyes perdi¬ 
dos. Tiraba y tiraba, y no me salía una prosa acomodada como 
pa decirle aquello. Pa pior, ella estaba que era un gusto. En una 
rejunté coraje y me dije: ansina no más, la cuestión es empe¬ 
zar ... 

—Y te salió el cumplido. 

—Mas no jué de palabra. En una en que ella pasaba pal pa¬ 
tio con una palangana con agua sucia, pa hacerle ver mi inten¬ 
ción medio claro, le pegué una palmada en las nalgas. Ni vide 
cómo hizo. En un redepente me sentí acostao de un palangana- 
zo en la frente y la sangre chorriándome por los ojos. 

Ahi está cómo jué la cosa. 

Dispués me puso salmuera, me ató una vincha, y rumbié 
al trote pa mi casa. Entonce comenzó a ronciarme Más o Meno 
y yo me gané en mi rancho y desparecí de la Azotea. 

Difícil era a los otros contener la carcajada que habría de 
ahuyentar la simulada gravedad del juicio. 

Con la risa temblándole en los ojos, en las mejillas y los la¬ 
bios, Ricardo se dirigió a Don Zenón: 

—Si le ajustamos la ley, será preciso enviarlo a Meló. ¿No 
le parece? 

—Ansina es, señor juez... 

—j Pero Zenón, tantos años camaradas... ! 

—Mas yo creo—continuó el anciano como si no viera el 
gesto desesperado de Patricio;—que podíamos arreglar aquí no- 
más las cosas con un poco de güeña voluntá. Al fin, el paisano 
ha sido siempre un vecino sosegao... compañero de truco... 
güen cantor... 

—¡ Claro, amigo Zenón! Dispués, que yo pago lo que Don 
Ricardo mande. 

—¿Usted qué piensa. Comandante? 


242 



CRONICA DE LA REJA 


—Yo creo, señor juez, que el paisano lleva razón: ha pa* 
decido de alguna peste. 

—Es ansina. Comandante. 

—Muy bien; traigan a Más o Meno. 

El comisario volvió a entrar con el otro detenido. 

—Más o Meno—dijo el juez—Patricio confiesa haberle da¬ 
do una palmada a su mujer; pero ella le hirió con la palangana 
y usted lo ha querido matar. ¿ Es cierto todo ésto 

—Sí señor. 

—Por esas causas ustedes tendrían que ir presos a Meló. 
Pero pensando en que son vecinos tan antiguos en el pago, so¬ 
segados y trabajadores, yo podría ponerlos en libertad a los tres, 
si logramos volver la amistad entre ustedes. ¿Le gustaría tener 
una chacra para arar ? 

—Sí señor; sería güeno. 

—¿Usted se compromete a cercarle una chacra a Más o 
Meno? 

—I Cómo no, Don Ricardo; lo que usté diga! 

—¿No le vendrían bien dos lecheras para atar? 

—No estaría mal, no señor. 

—Además, una vaquillona carneada para este invierno. 
¿Usted se las dá, Patricio? 

—¡ Cómo no, Don Ricardo; si pa mí es un gusto. Hoy mes- 
mo podería llevar un tercio de yerba. ¿Sabe? Siempre es güe¬ 
no estar precavido; vienen las lluvias, crece el bañao del Tala- 
vera y a lo mejor se quedan aislaos y no hay modo de conseguir 
una cebadura. Sí, sería güeno llevar un tercio. 

Más o Meno continuaba con los ojos fijos en la sombra pro¬ 
yectada por el juez sobre la pared; tal como si no fuera a él a 
quien Patricio hablaba. 

—Muy bien. Y a la mujer podía mandarle un género para 
abrigarse en el invierno. ¿Estamos? 

—¡Justo, don juez! Vamo a tener un invierno crudo, según 
va el otoño de llovedor. Mesmo, yo ya había pensao en un rega- 
lito ansina. ¡Si siempre hemos sido tan camaradas! ¿No.es an¬ 
sina, Más o Meno ? 


243 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


—Por eso jué a propasarse con la patrona, palmeándola. 

—¡ Pero amigo Más o Meno! Te aseguro que no había nin¬ 
guna idea mala. Como de chiquita la había tenido tantas oca¬ 
siones en la falda y tantas otras la había palmeao... ¿Alvertís? 

Dentro del despacho, contra los vidrios de la ventana, reso¬ 
naron las carcajadas finalizando el juicio. 

El ánimo jovial del juez, ayudado por el empeño unánime 
de los otros, logró al cabo borrar del espíritu de Más o Meno 
toda huella de rencor, cuando ya Patricio subía y bajaba cuchi¬ 
llas, al galope tendido de su caballo. 


244 



CAPÍTULO XIX 


L entos, con apagados ecos, sonaban los pasos de Ricar¬ 
do en la pieza; pronto llegaba junto a la ventana del ca¬ 
mino y miraba al campo largamente. 

El día había sido lluvioso y sonoro; entonces se alzaba el 
silencio entre el campo y el cielo. 

Ricardo volvió los ojos hacia el rincón de la pieza. Senta¬ 
do en el lecho, agobiado de fatiga en el esfuerzo tenaz por res¬ 
pirar, Don Zenón desde allí miraba en la luna del ancho espe¬ 
jo reflejarse el paisaje; anochecer azul y verde. 

A veces, en la callada hora, resonaba el relincho de alguno 
de los caballos cuyos jinetes hablaban en la reja. 

—Van ya unos días que soy padre, y aún usted no conoce 
a mi niño, Don Zenón. Voy a traérselo para que me diga si se 
me parece; apenas si hemos hablado de él desde su llegada. 

El anciano volvió los cansados ojos hacia el amigo y con 
serena voz respondió: 

—Déjelo, Ricardo, déjelo, no quiero verlo. El asoma en una 
punta del camino cuando ya me pierdo en la otra. . . quién sabe 
pa donde. El viene entoavía demasiao lejos pa poder ver quién 
he sido, y yo no puedo retrasarme y esperarlo pa ver quién será. 

—No hablemos así, Don Zenón. ¿Para qué llenarnos de 
angustia ? 

—Vamos a prosiar sí, amigo mío, en esta hora que entoa¬ 
vía es nuestra. Usté y yo, tranc[uilamente, como tantas otras 
nochecitas en los bancos de la reja. No quiero conocer a su hijo, 
pues a él ya no podré, como antes lo hice con usté, llevarlo de 
la mano por esas cuchillas. Ansina, sin verlo, él no sentirá no ha¬ 
berme conocido, y yo no sufriré el dolor de dejarlo si no he te- 


245 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


nido tiempo de quererlo. Que aprenda con usté a llevar una hon¬ 
radez sencilla y porfiada; y en sus dichos halle amigos acuerdos 
pal viejo Zenón. 

Ricardo quiso evitar a los ojos serenos que le observaban, 
la presencia de su rostro entristecido, y de nuevo los lentos pa¬ 
sos resonaron sobre el silencio. 

—Así será; yo no haré sino justicia a su pura virtud. 

—Eso no; todos hemos pecao. Mas que no nos deje hasta 
la última hora, el consuelo de haber sido leales con los amigos, 
olvidaos con los enemigos, y siempre buscao por la bondá ser 
mejores. Mi vida ha sido larga y al tranco; no he conocido más 
que el trabajo y la amistá de los hombres. La suya jué pa mí 
la última y la mejor; lo he querido como al hijo que no pude 
agenciarme... 

Ahora era Don Zenón quien desviaba hacia el espejo ilumi¬ 
nado de anochecer, los ojos entristecidos. Como olvidado de las 
últimas palabras, continuó hablando: 

—Ahi se van Rivero, Centurión y Quiroga; juntos y callaos 
como siempre. 

La débil luz del crepúsculo se oscureció en la ventana, mien¬ 
tras las figuras de los tres jinetes amigos pasaron, lentas y os¬ 
curas, por la luz del espejo. 

—Mi pequeña parte en la pulpería queda pa su hijo; quie¬ 
ro que dispués de .mí, sea él su socio en el trabajo. 

—No debe pensar en eso, amigo mío. 

—^No lo rechace, bien poco es. Sólo espero que nunca la 
ambición lo hará duro ni ingrato; pues la avaricia empaña las 
más claras virtudes del hombre... Ahi pasa Claudio Corro... 

Los dos fijaron la vista en el espejo viendo pasar el grupo 
ágil de los baguales y luego la ligera silueta del domador. Por 
el camino en silencio, sonaba la alegría de una milonga que 
Claudio se iba silbando. 

—¡Cuándo descansará ese pájaro! 

Y volvieron, en la pieza oscurecida, a sus pensamientos. 
Dijo Ricardo: 


246 



CRONICA DE LA REJA 


—Espero que nunca la ambición me hará ingrato. 

—También ansina dijo el hombre, y mintió. ¿Si acuerda 
cómo Don Juan se lo aprobó? 

En los atardeceres, desde la mañana de su conocimiento, 
el anciano y el joven sentados en los bancos de piedra bajo los 
arcos de la reja, vieron caer la noche mientras Don Zenón lle¬ 
naba la hora con una de sus fábulas. Como entonces, olvidaron 
de nuevo el tiempo que se iba en la serena palabra del anciano: 

—Hace de ésto cien años, cuando los caminos no habían 
alcanzao entoavía a ser ni una fina senda en las gramillas y a 
las picadas sólo las conocían los toros chucaros, cayó un hom¬ 
bre en el Tacuarí crecido y era juguete de la correntada. Ma- 
notiando los sauces y sarandises, apenas si conseguía tenerse a 
flote, cuando ya se le agarrotaban las manos y se le erizaba el 
cuero de frío. Dar un grito en la soledá, era al ñudo; a lo lar¬ 
go de la llanura no podía haber voz más juerte que la del río 
rompiendo los árboles y despedazándose contra las barrancas. 
Braceaba el hombre cansao y sin esperanza queriendo cortar la 
corriente, cuando Don Juan el zorro se acercó a la orilla y que¬ 
dó mirándolo. Sentao sobre una piedra, olfatiando el río, Don 
Juan véia al cristiano golpiar el agua sucia de la resaca, sin po¬ 
der adelantar más de un cuerpo en el remolino que lo daba güel- 
tas como a un tronco seco. Pal final, el hombre miró a Don 
Juan y le gritó: 

—¡ Salvemé, camarada! 

Dispacito, como con miedo, el zorro ganó el río y nadó 
hasta adonde estaba el desvalido, con la cola extendida por arri¬ 
ba del agua. 

—Agarresé hermano y siga. 

Se prendió el hombre con la juerza del ahogao y se dejó 
llevar sobre las güeltas del río, hasta un remanso adonde hi¬ 
zo pié. 

Cuando se vido libre, naides jué nunca más agradecido de 
intención y de palabra que él; ningún precio era caro pa pagar 
al zorro la vida que le había dao. Pero Don Juan contestó hu¬ 
milde : 

—Vea, camarada; ésto no tiene valor ni precio; di áhi que 


247 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


no me deba nada. Yo soy también un pobre paisano caminador, 
y quedo muy conforme con haberlo servido en algo. Otra oca¬ 
sión le acontecerá a usté emprestarme un servicio de esta laya, 
o mayor. 

Pero tanto insistió el hombre ablandao por la gratitú, que 
al fin Don Juan concluyó por decirle: 

—^Vea, amigo: ya que pa usté carece mostrarme su amis¬ 
tó, le pido que si de hoy pa adelante en algunas ocasiones en¬ 
cuentra a un finao de mi familia tirao en el campo, lo sepulte 
como a cristiano. Es favor que me hace. 

Prometió el hombre convencido, y cada uno agarró su 
rumbo. 

Pasaron los años y no volvieron a encontrarse en el ca¬ 
mino. 

Ya el cristiano se había olvidao casi de la juerza del agua, 
del frío de la tarde, de las orillas perdidas del río, y del valor 
de Don Juan. Pero había dao la palabra, y sólo por eso la iba 
a cumplir en cualisquier ocasión. 

Aconteció que una noche de luna, como estas que vamos 
pasando, venía viniendo por el bañao del Tacuarí, cuando vido 
un bultito atravesao en el camino. Se apió el cristiano y reco¬ 
noció a un zorro muerto. 

Cavó con trabajo una sepultura, enterró al bicho y volvió 
a montar contento de haber cumplido con Don Juan. 

Pero no había trotiao una legua, cuando otro zorro tirao 
en el camino le espantó el caballo. Se volvió a apiar el hombre 
y trabajó de nuevo hasta sepultar al dijunto. Y siguió trotiando. 

Ya subía la primera loma que cierra el llano, cuando otro 
zorro negriaba en el campo pelao. 

El hombre se apió dudando. Miró cerca, y sólo oyó el rui¬ 
do apagao de una tropilla pastando; algo más lejos clareaba la 
luna sobre el lomo de una majada. 

—¡ Qué pucha; cavar otra sepultura es pesao y al cuete... 
Siempre pa alguna cosa menuda puede servirme este cuerito. 
Don Juan está bien pagao con los otros dijuntos que le ente¬ 
rré... A más, quién iba a pensar en esta peste en la familia; 
ni él mesmo. 


248 



CRONICA DE LA REJA 


Y no dudó más. Le agarró una pata, con el puñal en la 
mano. Sorprendido pegó un corcovo. 

El di junto largó una carcajada y se le paró atrevido. 

—Vea, paisano: bien me maliciaba yo aquella tarde que la 
vida de un hombre mísero, vale menos que la sepultura de tres 
zorros. 

Y Don Juan se jué riyendo a carcajadas por el bañao, mien¬ 
tras el cristiano redoblaba como un tambor su galope por la 
loma. 

Calló la cansada palabra; pero antes de que Ricardo alu¬ 
diera a su fábula, de nuevo la voz de Don Zenón se elevó tem¬ 
blando de angustia: 

—¡ Canejo, amigo Ricardo, nos ha sorprendido la noche 
en mi cuento. 

—Es verdad; en este tiempo cae la noche de pronto. 

—Encienda la luz, amigo mío; pronto, apenas si lo veo 
como un bulto negro. ¡ Caramba... cómo se nos vino la no¬ 
che ... ! 

Las palabras tenían en el espíritu de Ricardo un estreme¬ 
cimiento dramático que le entorpecía las manos cuando preten¬ 
día dar luz a la pieza. 

Poco después entró un paisano a hacer compañía a Don 
Zenón, mientras el pulpero iba a su hogar a hacer la cena. 


Cuando Ricardo se detuvo en la puerta, su mirada tor¬ 
nóse de súbito endurecida ante la escena que vieron sus ojos. 
Sostenido por el brazo del paisano que se hundía en las altas 
almohadas, encorvado violentamente hacia adelante, Don Ze¬ 
nón extendía la boca abierta y rígida hacia la pantalla con que 
el hombre lo abanicaba lentamente. Al sentir los pasos ami¬ 
gos, los ojos del anciano se fijaron en la puerta con honda 
y resignada tristeza. 

Ricardo avanzó y púsose a pasear. Sobre las blancas pa¬ 
redes la luz de la lámpara repetía en perdidas sombras la es¬ 
cena. Grave, pesada, la silueta del paisano; arqueado el bus¬ 
to del amigo, mientras él veía a su sombra acostarse en el pi¬ 
so, subir con la lentitud de sus pasos, por la pared, y quebrar¬ 
se en el techo. 


249 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Algo irremediable y oscuro se había precipitado en la pie¬ 
za mientras él cenaba distraído viendo dormir a su hijo. 

La mano del peón se sacudía en ritmos pausados delante 
del anciano, y el escaso aire sonaba secamente en la garganta 
del enfermo. Ricardo avanzó hasta sentarse junto al lecho, 
evitando el ruido de sus pasos como si temiera despertar a 
alguien que amenazaba desde el silencio. 

Don Zenón hizo un esfuerzo y preguntó: 

—¿Qué hora es? 

—Las diez de la noche. 

Apoyados los codos sobre las rodillas, el pulpero oprimía 
entre sus manos la cabeza con violencia impensada. A instan¬ 
tes levantaba los ojos hacia el lecho en donde respiraba ca¬ 
da vez más sonoramente el anciano. Sostenida en el brazo del 
hombre, la recia espalda se curva en un movimiento tierno; 
se agita la blanca barba al impulso del viento producido por 
la pantalla frente a la boca; y fijos, llenos de un pensamien¬ 
to dolorido y mudo, los ojos entornados. 

La angustia sube incontenida hasta la garganta de Ricar¬ 
do; siente que su cabeza caería, pesada, si no la oprimiesen 
violentas, las manos. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Por qué sólo 
en la muerte piensa ahora? ¿No podrá pasar todo ésto y vol¬ 
ver, como en el anochecer recién ido, a oir la alegría de una 
fábula surgir de aquella boca ahora rígida? 

Otra vez con pasos apagados sale hacia la puerta; se 
siente ahogar por la dramaticidad del silencio. 

Sobre las baldosas se alargan las anchas sombras de los 
cuatro arcos romanos sosteniendo la galería del patio. Hay 
también allí, una muda tristeza acostada entre las paredes, re¬ 
cogida en la sombra del brocal del aljibe. 

Fuera, en el campo abierto, sólo así podrá respirar nor¬ 
malmente. 

Desde el zaguán ve huir por las rendijas de la ventana 
la luz del cuarto de Don Zenón. Lejos, los fogones en las cu¬ 
chillas alargan las distancias. Sobre su cabeza se ahonda la cla¬ 
ra noche de agosto, en un silencio de espera. 

De pronto el terror sacude a su espíritu; acaso en ese 


250 








JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


instante, callado, va a pasar lo que se anuncia en la pieza jun¬ 
to a Don Zenón. Y vuelve presuroso como si pudiera prote¬ 
gerlo con la mirada. 

Otra vez los ojos entristecidos del anciano lo esperan a 
que llegue a la puerta por la cual salen los fatigosos ronqui¬ 
dos que la galería repite en apagados ecos. 

—¿Qué hora es? 

—Ya es tarde, Don Zenón. 

Callaban los tres, y sin embargo a Ricardo le parecía oir 
resonar un pensamiento entre las paredes. 

Apenas si pudo entendérsele cuando Don Zenón dijo: 

—¡Qué larga esta noche! 

El paisano comentó, grave: 

—Es el invierno. 

Don Zenón curvóse de nuevo extendiendo la boca rígida 
en busca del aire que movía su blanca barba. 

—Antes de que llegue el día, yo me iré. 

—¿Por qué piensa eso, Don Zenón? 

—Está escrito que así sea. 

Parecía que el silencio de la noche entraba en la estancia. 

Bajo las sábanas ahora es todo el cuerpo del anciano que 
se dibuja con la misma frágil ternura de su espalda. 

El pensamiento de Ricardo se va hundiendo lento, acu¬ 
nado por los ronquidos del enfermo. En presencia del bonda¬ 
doso amigo agonizando, vuelve a sentir el terror supersticio¬ 
so que le sacudía cuando su mano tímida acariciaba el vien¬ 
tre de Maruja próximo a desgarrarse en el hijo. La misma 
sensación de su pequeñez impotente ante la fatalidad desarro¬ 
llándose frente a sus ojos, al alcance de su mano. Acariciaba 
el vientre de la madre, con una mezcla de ternura y venera¬ 
ción; bajo la bóveda frágil luchaban las aterradoras fuerzas 
de la Vida y la Muerte, y él nada podría hacer para prote¬ 
gerla ni para cambiar al ser que ella estaba formando. ¿Po¬ 
dría amar a su hijo si él nacía monstruosamente feo? ¿Y si 
por su culpa nacía para el dolor? 

Vencido ante las obstinadas y oscuras fuerzas, sólo te¬ 
nía la caricia emocionada para la madre dormida, próxima a 


252 



CRONICA DE LA REJA 


germinar con la simple seguridad de un árbol. ¡Qué callados 
abismos éstos, de donde viene la vida y adonde nos lleva la 
muerte! ¿Acaso son dos distintos, o es uno mismo? 

Como delante de su niño que vive y mira sin poder ha¬ 
blar, y está de pronto alegre sin ninguna causa exterior, ale¬ 
gre hasta reir en sueños, piensa ahora delante de Don Zenón, 
que vive y mira un punto lejano entre los párpados, y tiene el 
rostro sereno, piensa si recién venidos o ya en los lindes de 
la muerte, están viendo las lejanías desde la cual vinieron y 
hacia la cual se van. ¿Pero habrán visto algo antes? ¿Verán 
algo después? ¿Qué pensarán en estos momentos solemnes y 
definitivos? 

El peón deja a largos intervalos correr levemente un pié 
sobre el piso, mientras la pantalla suena, seca y monótona, fren¬ 
te a la abierta boca. 

El sigue pensando: 

—¿*Me habrá perdonado sin dolor? ¿Aún me ve, desde la 
distancia brumosa de su agonía, gracias al amor con que cui¬ 
dó de mi vida? 

Sobre la angustia de estas preguntas se tendió una pesa¬ 
da oscuridad en su conciencia. Por unos instantes—¡acaso tan 
largos!—todo su ser quedó pendiente del ronquido inacabable 
de Don Zenón como un reloj marcando, imperturbable, los 
minutos que faltaban para la eternidad, 

—¡Qué mezquino es todo lo demás en la vida; los ami¬ 
gos; el negocio; sus luchas, frente a la grandeza de este si¬ 
lencio sin hechos y sin palabras! ¡ Cómo amaba él la vida y sin 
embargo, cuán heróica resignación en los ojos entristecidos 
con que ahora mira! A despecho de la luz de la lámpara no 
podrá, como lo quiere, alejar las oscuras fuerzas que lo están 
cercando... Estas mismas, en un día no lejano, tenderán tam¬ 
bién a Marcos Ramírez. Y nada podrá el valor del caudillo; 
a su seguridad en la acción, vencerá la fatal seguridad de una 
hora como ésta. ¿Cómo la recibirá aquél? ¿Podrá verla lle¬ 
gar con la misma paz heróica y humilde del rostro de Don 
Zenón ? 

Se sentía un hombre sencillo y pequeño; jamás había 


253 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


pensado Ricardo en estas cosas-; pero el espectáculo que ahora 
tiene delante de sus ojos remueven, aún en las más sencillas 
almas, estos graves pensamientos que son los de su vida 
misma. 

De pronto el paisano y él, levantaron los ojos asombra¬ 
dos oyendo una voz dolorida: 

Del principio del camino 
Amaneciendo llegué. 

Por el fin de este camino. 

Anocheciendo me iré. 

Sobre el silencio pasaba un carrero cantando. 

Don Zenón abrió los ojos y dijo: 

—¡ Qué cansancio... acuéstenme ya! 

Con suavidad de madre, entre los dos lo tendieron sobre 
el lecho. 

Ricardo tornó a salir frente al campo; los pensamientos 
golpeaban con violencia bajo el arco de la frente. 

De pronto una idea le detuvo, aterrado: 

—¿Por qué no lloro? ¿Acaso no veo que es verdad? 

Levantó hacia el cielo los ojos cansados y resecos. El es¬ 
pectáculo simple de las estrellas, le pareció poblado de oscuros 
y pavorosos misterios de mundos que acaso estuvieran nacien¬ 
do y muriendo más allá de la luz tranquila de la luna. 

Cuando volvió a la pieza el llanto refrescaba sus párpa¬ 
dos. Apenas le llegaron las palabras de Don Zenón: 

—¿ Qué te parece Ricardo, cómo está esta florcita... ? 
¡Qué silencio hay esta noche...! 

Y la cabeza de mirada lejana, cayó sobre la almohada con 
la grave tristeza de un atardecer. 

¡Qué aterradora mudez la de aquellas horas inacabables? 
Ricardo nunca hubiese pensado, oyendo los relatos en la reja, 
que la muerte fuese una cosa tan d^olada y muda. ¡Qué tre¬ 
mendo silencio...! 

—Aún está ahí, sobre la cama, y vive... ¿Si hablára¬ 
mos ... ? ¡ Pero qué torpes y vacías, también, las palabras! 


254 



I 


CRONICA DE LA REJA 


¿Estará aún ahí, o ya nos mira por entre los párpados entre¬ 
abiertos, desde insalvable distancia? 

Ricardo tosió y, como un eco, la tos ahogó el ronquido 
en la garganta de Don Zenón, Aquél tuvo la violenta eviden¬ 
cia del minuto. Saltó junto al lecho, cogió la blanca mano caí¬ 
da sobre las sábanas y lo llamó desesperado, con la voz y los 
ojos: 

—I Don Zenón! 

Fatales, irreprimibles, los labios se abrieron lentamente,, 
y se cerraron. Volvieron a abrirse cuanto podían, y se cerra¬ 
ron. Más lentos aún, se distendieron, rígidos, y se cerraron. 
Como el aleteo de un pájaro temblaron los párpados y oscu¬ 
recieron la bondad de la mirada. 

—|Don Zenón! 

Una mano cruel, invisible, tendió sobre el cuello un tul 
de amarillenta palidez; y segura, inevitablemente, cubrió con 
él los labios, la nariz, la frente noble, hasta perderlo entre la 
blanca cabellera. 

Los ojos de Ricardo habían seguido extáticos aquel trán¬ 
sito callado y terrible. 

{Nada más! 

Y abrazado a la mano bondadosa, ya fría, cayó quebrado 
por el llanto. 

A través de las lágrimas sus ojos buscaron de nuevo a 
Don Zenón. Piadosamente el paisano le había ocultado bajo 
las sábanas el rostro, y le miraba con terquedad las manos 
entrelazadas. 

Extendió Ricardo la suya para descubrir aquella noble 
cabeza y lacerarse el alma mirándola. Pero apenas la hubo 
visto, detuvo su ademán, aterrado. 

Empequeñecida, una extraña cabeza veía ahora en donde 
reposara antes la del anciano. ¿Cómo pudo hacérsele aquella 
burla trágica? ¿Ya no era más él? 

De pié, rígido el cuerpo, creyó desvanecerse ante las mez¬ 
quinas formas que se dibujaban bajo las ropas y dejaban ab¬ 
sorta y sin dolor a su alma. 

Tambaleante, pesada la cabeza por el ambiente y por el 
dolor, salió hasta el camino. 


255 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Un aire frío lastimaba su rostro. 

Se .había entrado la luna; amanecía en el llanto escondi¬ 
do de una viudita. 

¿Dónde estará Don Zenón? ¿Será la mezquina forma en¬ 
cogida bajo las sábanas, o estará acaso en algún punto lejano 
más allá de las nubes rojas apoyadas en el Cerro Largo? ¿O 
se ha deshecho silenciosamente, como esas débiles nubes de 
gasa que se disgregan delante de nuestros ojos, calladas y sin 
huellas, en el cielo? 

Ya brillaba el sol en las más altas cuchillas, cuando lo 
advirtió su alma asombrada. 

Desde los eucaliptus, le llegaba el regocijo de los carpin¬ 
teros que construían sus casas cantando. 


256 



CAPÍTULO XX 


, ’OMO pesa un finao! 

— II —¿ Marchamos, Don Ricardo ? 

■ ^^1^ —Sí, vamos andando. 

Sonaban las voces graves entre las cabezas inclinadas so¬ 
bre los gruesos ponchos. En el silencio iluminado del patio 
golpeaban las espuelas de los hombres que quitados los som¬ 
breros, endurecidos los ojos, rodeaban la brillante caja y avan¬ 
zaban con ella bajo los pesados arcos de la galería, sonoros de 
cantos de los gallos en los patios cercanos. 

Cuando atravesaron el zaguán, cayó sobre el silencio de 
los hombres el llanto de las mujeres. 

Agitáronse asustados los caballos ante la aparición del 
grupo sobre la acera, junto a la cual esperaba un carrito ti¬ 
rado por tres rocines sobre uno de los cuales montaba el hom¬ 
bre que habría de guiarlo. 

Ricardo levantó los ojos y miró al campo. Era una tem¬ 
plada mañana de agosto luminosa y sonora. 

Balaban en blancas hileras las majadas en las lomas; mu¬ 
gían, lentas, las lecheras sobre el círculo violeta de la playa 
del corral; erguidos en un claro del camino, una pareja de 
teru-teros tenía un limpio grito en el pico; el invierno había 
quemado el campo hasta volverlo de un sucio tono morado 
bajo el azul resplandeciente. Sobre el piso endurecido junto 
a la acera, sonaron los cascos de los caballos inquietos por 
la cercanía de los jinetes alzando trabajosamente la caja en 
cuyas manijas el sol resplandecía, hasta depositarla en el ca¬ 
rrito que se balanceó sobre su eje bajo la pesada carga. Arro¬ 
dillóse junto a ella un muchacho y la sujetó entre las manos, 


257 


17 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


mientras Cuchilla Grande tendía con un maneador un enrejado 
en la culata para impedirle caer por los saltos del camino. 

Sin mirarse entre ellos, cubriéronse la cabeza con el som¬ 
brero los gauchos; avanzó con lentitud el carro, y ellos tras 
él. Alineáronse sobre las losas de la acera las mujeres y así 
quedaron, mudas, como un relieve dolorido con sus anchas 
sombras de la mañana sobre la pared. 

Jubiloso, el relincho de un caballo asombró al silencio de 
los hombres. 

Alineados de a cuatro pasaron frente a la reja; bajo los 
paraísos cantaban los gallos. 

Iban al tranco, callados, los pocos hombres hasta cuyos 
ranchos había llegado la noticia de la muerte de Don Zenón. 
Y aquellas almas solitarias, llamadas por el dolor, partieron 
de las altas cuchillas y escondidos valles a apretarse junto al 
carrito marchando hacia el pueblo, que conducía la caja en 
donde iba, para siempre callada, la historia de toda la co¬ 
marca. 

Hasta la blanca Azotea de Don Zenón el sol aún estira¬ 
ba sobre la cuchilla las sombras de los paisanos cuando ya 
ellos se hundían en el primer bajo. 

En un eucaliptus un venteveo gritaba su nombre, y en 
renova,dos ecos otros le respondían desde el camino y la quin¬ 
ta. Desde las oscuras copas de los naranjos se alargaba la cin¬ 
ta musical de las calandrias; un sabiá guardaba su nido, oyén¬ 
dose la voz melancólica; gritaban las cotorras sobre el con¬ 
junto de los claros cantos repetidos entre los árboles bajo los 
cuales pasearon, tantas mañanas como aquélla, Don Zenón \ 
Ricardo. 

Sobre las lomas continuaban balando las majadas. 

Guiaba la dolorida marcha del cortejo una pareja de co¬ 
rre-caminos, entre grititos alegres sobre el sendero. 

Ricardo sentía el contraste entre el oscuro dolor de los 
hombres y la resonante alegría de la luz y los pájaros. 

Como en una sinfonía heróica, las voces todas del pago 
despedían en la mañana azul al paisano que las evocara por 
largos años en sus fábulas. 


258 



CRONICA DE LA REJA 


Nadie hablaba entre los hombres; sobre el piso del cami- 
no ritmaba el tranco de los caballos ya entre el círculo de las 
lomas que ocultaban el dejado paisaje, y aún les llegaba el 
canto de la torcaza, campana mojada, sonando bajo la bóveda 
del cielo. 

Eran al principio pocos; los parroquianos de las tardes y 
de los domingos perdidos junto a la reja mientras entre las 
décimas de los payadores se oía el cuento regocijado de Don 
Zenón, los que entonces iban tras él, mudos y graves, como si 
fueran absortos en oir la extraña voz que salía desde el ca¬ 
rrito y sólo a cada uno hablase con las imágenes del recuer¬ 
do. Pero a medida que avanzaban, veían salir de las casas 
cercanas al camino a los hombres adelantando a su encuentro, 
quitados los sombreros, sombríos los rostros, mientras sobre 
el claro de los patios quedaban, extáticos, los grupos de las 
mujeres y los niños con el murmullo de un rezo en los labios. 

Hasta las cancelas llegaban los perros ladrando y por un 
momento distraían sus voces al silencio con que marchaba el 
lento grupo en la mañana. 

Entre los rostros viriles, más duros entonces por el do¬ 
lor, sin palabras los labios y fijos los ojos en el carrito como 
si allí encontraran ellos manantial inagotable para su pesa¬ 
dumbre, Ricardo perdía de continuo la verdad del instante. 

Miraba apenas la caja sacudida por las zanjas del cami¬ 
no, y hasta evitaba hacerlo; sentía de pronto subir hasta sus 
ojos un extraño rencor contra aquellos despojos que con su 
presencia en las horas en que los velaban, lo distrajeron del 
más hondo dolor sin palabras y sin lágrimas. 

¿Era entonces verdad, como todos lo mostraban en el 
gesto, que Don Zenón iba en aquella caja brillante y ahoga¬ 
da? ¿O indiferentes al silencio con que las acompañaba aque¬ 
llas ya no eran más que formas frías y sordas? 

Y vencido sobre el caballo; olvidadas las riendas, él era 
una cosa más que el grupo llevaba por las distancias. 

En los bajos resplandecía el camino con el sol avivándo¬ 
se en los cristales de la escarcha; en las cuchillas sonaba un 
aire frío que apenas agitaba las puntas de los pañuelos. 


259 



JUSTINO ZAVALA MVNIZ 


De los senderos continuaban llegando paisanos y poseí¬ 
dos por la actitud de los otros, apenas cambiaban breves pala¬ 
bras de comentario y aumentaban el apretado cortejo. 

A veces, como un grupo de hormigas deformes arrastran¬ 
do a un insecto bajo el hondo cielo, entraban en la sombra 
de una nube. Sobre las arenas de la llanura, eran un ceñido 
silencio viajando entre el silencio extendido del campo. 

¿Por qué no lloro? 

Preguntábase Ricardo viendo la congoja en el rostro de 
todos aquellos que acaso no recibieron de la mano del amigo 
muerto tantas bondades como él. ¿Será cierto, como créen 
los paisanos, y a pesar de lo que él vio la noche antes a la 
luz de la lámpara, que Don Zenón seguirá viviendo y sufrien¬ 
do sobre las cuchillas de la comarca, en las ruedas de la re¬ 
ja, atado aún y para siempre a las luchas de todos? Y si su¬ 
fre, ¿serán sus sufrimientos de ahora, después del pálido si¬ 
lencio de la muerte, iguales a los de los hombres sobre la tie¬ 
rra? ¿Y si ya nada le importan los mezquinos afanes de los 
que van al tranco acompañándolo? 

No había lágrimas en los ojos de Ricardo; pero la gra¬ 
vedad del misterio le llevaba encogido bajo el poncho, atóni¬ 
to sobre el caballo. 

Iban cayendo al paso de la Laguna del Negro; las ramas 
de los árboles aún deshojados rayaban el azul del cielo. 

Dos carreros, guardando entre las rodillas el fogón, mi¬ 
raban desenvolverse y elevarse la cinta de humo. 

Al ver al cortejo se pusieron de pié y se acercaron. Uno 
de ellos dijo a Ricardo: 

—¿Quién era el finao? 

—Don Zenón, el de la Azotea. 

—¡ Hombre güeno pa todos... Dios se lo reconozca. 

—Así fué. 

—Se nos va un antiguo. Y sus historias, con las que dis- 
pués acortábamos las leguas recordándolas...—dijo el otro. 

Manchóse el claro espejo de la laguna, con las sombras 
del grupo continuando la marcha. 

En lo alto de una cuchilla varios hombres esperaban. So- 


260 



CRONICA DE LA REJA 


bre el caballo de guerra, duro el gesto, Marcos Ramírez se 
adelantaba a los gauchos. 

Como cuando llegaba hasta los ranchos el chasque gue¬ 
rrero, así en la hora de dolor le escoltaban sus hombres. Ber¬ 
nabé y Chispa avanzaban los caballos entre el caudillo y el gru¬ 
po que iniciaban Quiroga, Centurión y Rivero. 

Esperaron con el sombrero en la mano el paso del carrito 
frente a ellos, y con breves saludos se unieron al cortejo. 

—¿Cómo jué la muerte?—Preguntó Ramírez. 

—Lenta y sin nada, como un anochecer.—Contestó Ri¬ 
cardo. 

Y al lado del caudillo que seguía con gesto de enojo co¬ 
mo si culpara a alguien de todo aquello, el pulpero volvía a 
pensar en el heroísmo de Don Zenón, cuya modestia no dejara 
nunca advertir en su alma tanta estoica resignación en los 
definitivos momentos. 

A su alrededor llevaba Ricardo a todos los hombres del 
pago, apretados sobre el camino siguiendo a Don Zenón. El 
caudillo, sus capitanes, sus soldados; el payador, el tropero; 
los jóvenes y los viejos que sólo así se veían reunidos para la 
marcha a la guerra, iban ahora rodeando a aquel muerto cu¬ 
ya vida había sido entre la de ellos, violentos, como una la¬ 
guna de paz. 

Por la llanura de Bañado de Medina resonaba el tropel 
de unos caballos trotando y los golpes de una jardinera. 

Cuando estuvo junto al cortejo, se detuvo el andar pre¬ 
cipitado, mientras Felipe preguntaba: 

—¿Es verdá que es Don Zenón el finao? 

—Es verdá;—dijo uno. 

—jCanejol—Injurió el antiguo mayoral. 

Y torciendo la marcha, perdida la alegre charla de sus 
viajes, continuó al tranco, en silencio, cerrando el cortejo. 

¿Dónde está? ¿Dónde está? 

Entre el golpear de los caballos al paso sobre las losas 
de los Manantiales, sentía sonar esta pregunta de obsesión Ri¬ 
cardo, mientras iban con aquella caja por las cuchillas, a ente¬ 
rrar a la bondad del pago. 


261 



CAPÍTULO XXI 


N O suena la guitarra entre la numerosa rueda agrupada 
en la reja; todos los labios están quietos; las miradas 
severas; hasta se olvidan los vasos de caña servidos 
por el Comandante González que sustituye a Ricardo en el 
mostrador. 

A veces, alguien pronuncia unas palabras que el silencio 
comenta. 

Contraído el gesto, Ricardo trabaja afanoso junto a la 
mesa de su escritorio, desde muy temprano de la mañana. Por 
la ventana enrejada el comisario mira al campo, distraído. En 
la puerta que une la pieza en donde está el juez con el des¬ 
pacho de la pulpería, un guardia-civil permanece con el gesto 
adusto, sin mirar a la reunión de la reja, por evitar así una 
charla que nadie entre los otros tendría ánimo de iniciar. 

Está sonando en el ambiente del negocio, un pensamiento 
dramático. 

Desde que el comisario llegara al despuntar el día con el 
preso, Ricardo apenas si se ha levantado de su silla de trabajo, 
poseído de una actividad febril. Dos sentimientos igualmente 
fuertes luchan en su espíritu. Quisiera descubrir, entre la terca 
negativa de los testigos, al autor del crimen que ha conmovido 
a Meló y al pago. Se lo impone la investidura de juez, cuya 
gravedad siente con extraña exaltación. Pero cuando las pa¬ 
labras de alguno que no sabe callar lo bastante le han mostra¬ 
do un resquicio para descubrir la verdad, sus preguntas se 
han vuelto incisivas, breves, precipitadas; disimulando en la 
austera decisión de defender la ley, la angustia que le oprime 
al tener cercana la prueba de que sea aquel hombre cuya bondad 
no se negó en todos sus años, el victimario del procurador. 


263 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


alimaña de los códigos, que así pagó con la muerte el despojo 
de una vida de trabajo. 

Desde la reja en donde suenan, lentas, las palabras, todo 
el pago le mira trabajar ardoroso por hacer justicia. Ellos 
le hicieron su juez; pero ahora, cuando la vida vacía de todos 
está llena del asombro de tal muerte, sienten que Ricardo no 
es su juez. En las palabras de ellos al declarar está el sentimien¬ 
to de justicia en el cual han vivido siempre; sencillo y trágico. 
En las palabras de él, interrogándolos, hay el deseo de otra 
justicia; la de los hombres de la ciudad y sus leyes. Ellos ya 
han juzgado y absuelven al preso; lo defenderán de aquel a 
quien ahora desconocen al sentir la severidad de su mirada y 
la rapidez con que les asesta las preguntas. 

Sin levantar los ojos del papel en donde escribe, Ricardo 
indica al comisario que haga pasar a Chispa. 

—¡Chispa!;—gritó el policía. 

—Voy, comisario. 

De entre la rueda de gestos preocupados se levantó el 
gaucho, torpe el andar, y avanzó hacia el despacho seguido del 
murmullo de los otros. 

Al llegar junto a la mesa del juez se detiene indeciso, hasta 
que éste le ordena sentarse. Cuidadosamente, coloca el som¬ 
brero en el suelo junto a la silla que le indican, divide su copa 
en dos bajo el peso del rebenque, como si temiera que, distraído, 
un viento fuera a llevárselo mientras él declara; tira el cigarro 
que se pegaba en los labios, y se sienta recogiendo el chiripá 
en la falda. 

El comisario Carreras lo mira torvo; él lo advierte y no 
disimula su desprecio. 

Tiene los ojos fijos en un doloroso gesto de querer com¬ 
prender el misterio de los signos que Ricardo va trazando en 
el papel antes de interrogarlo; él fué, muchas veces, el correo 
de amor entre la Azotea y la estancia; ahora mira al juez y le 
desconoce. 

Por fin éste habla con duro acento: 

—¿Cómo es su nombre? 

—¡ Güe, Don Ricardo... ¿ no me conoce ? 

—Dígalo para la justicia. 


264 



CRONICA DE LA REJA 


El gesto de asombro de Chispa se ensombreció y dijo, re¬ 
signado : 

—^Ta bien; dispense. Entonces pregunte de nuevo. 

—¿Cómo se llama? 

—Félix Nájeres, de apelativo Chispa, pa lo que mande. 

—¿En qué trabaja? 

Los pequeños ojos bajo las cejas indómitas volvieron a 
brillar asombrados. Estaba visto que Don Ricardo había cam¬ 
biado de genio con el maldito proceso. ¿A qué esa pregunta? 
Y contestó digno: 

—^Yo no trabajo. 

—¿Cómo? 

—Que yo no trabajo... bien lo sabe el justicia. Soy el 
asistente del Coronel Ramírez... lo atestiguan quienes me han 
visto a su lao en los entreveros y en los caminos. 

Se había sentido herido en lo más íntimo de su orgullo y 
contestó, altanero, sin respirar casi, como un desafío. 

—¿Cuántos años tiene? 

—Yo ni sé... Colijo que tengo añares; pero cuántos... 

—¿Ponemos sesenta? 

—Por áhi. Es que soy indio crudo y no se me alvierten. 

Y se sonrió cordial. 

—¿Jura decir la verdad? 

Pareció como si una mano le hubiera tirado una invisible 
cuerdita que le hizo echar bruscamente atrás la cabeza y le dejó 
duros los músculos todos del rostro: 

—Si juese un embustero, no estaría al lao del hombre 
que estoy. Eso lo sabe cualisquiera en el pago. 

—^¿Vd. sabe, Chispa, que Don Teodoro está preso? 

—Sí, señor, lo vide esta mañana. 

—¿Sabe de qué se le acusa? 

—Sí, señor; me dijieron que le acumulan el asesinamiento. 
¡ Quién iba a carcularlo, ¿ no ? 

—Chispa: Don Teodoro estaba la noche del sábado ce¬ 
nando en una fonda de Meló, cuando llegó un hijo suyo a 
avisarle que el procurador había echado al camino sus anima¬ 
les y se llamaba dueño de la casa y el campo. Don Teodoro 
salió de Meló la madrugada del domingo; a mediodía llegó a 


265 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


su casa. Esa tarde un vecino encontró muerto a puñaladas, en 
el camino de la cuchilla, al procurador. ¿Vd. tiene algo que 
decir sobre ésto? 

—Pa mí que el justicia anda errao. Esa mañana, mesmo 
a la hora en que acribillaban al picaro ése, yo y el Coronel 
veníamos repuntando unos animales por al lao del Camino Na¬ 
cional. Yo venía medio rezagao; pero vide al Coronel saludan¬ 
do a un paisano que venía rumbo a la Azotea en carricoche, 
acompañao por un gurí a caballo. El Coronel me dijo que ese 
paisano era Don Teodoro; entonce no podía encontrarse en 
la cuchilla, pues la horqueta de los caminos es muy grande. 
¿Usté no halla? 

—¿Está seguro de que era Don Teodoro? 

—¡ Güe... ¿ Y quién duda, si el Coronel lo dice ? 

Carreras interrumpió malhumorado: 

—El Coronel pudo haberse equivocado. 

Chispa lo miró con firme desprecio y contestó, irónico: 

—Pueda ser, nomás. ¿Por qué no va usté que es autoridá 
a dudárselo? 

—Chispa:—continuó el juez—el procurador se apoderó del 
campo y la casa de Don Teodoro; éste salió de Meló a la mis¬ 
ma hora en que el otro salía de su casa. Uno quedó muerto 
en el camino; el otro llegó con retraso a su rancho. ¿Qué 
dice de ésto? 

—Sí señor; he óido decir éso. Pero el pago entero se hace 
mentas de que le acumulen a Don Teodoro esa muerte. ¡Un 
hombre tan manso! Nunca lo vide en un entrevero, ni en una 
pendencia mano a mano. Me hace acordar siempre que lo veo, 
a los canarios del Sauce cuando el 70. Habían arao tanto el 
campo pa sus malditas güertas, que nos redotaron porque no 
pudimos atropellar a media rienda en una carga de lanza entre 
los terrones. ¡ Echar a perder ansina, una llanura tan linda! 
Lo mesmo Don Teodoro: no ha hecho sino agachar el lomo 
toda la vida y andar con sus bueyes hocicando el campo con 
el arao. ¡Ni parece un paisano, el pobre; es como un güey 
más en su rodeo! Siempre al tranco en la güerta, apurao por 
ensuciar el campo con los terrones de los surcos. Solo, entre 
las polleras de la mujer y rodeao de gurises, ¿quién lo va a 


266 



CRONICA DE LA REJA 


en vitar pa algo que no sea cavar la tierra, curar ovejas o en¬ 
terrar árboles? ¡Hombre manso, el pobre! 

—Sin embargo, el procurador le quita el campo, y al otro 
día aparece muerto en el camino. ¿Cómo se explica Vd. ésto? 

Chispa calló un instante; miró con lealtad a los ojos del 
juez, y comentó: 

—Cosa del diablo, ¿no... ? ¡O de Dios! 

Era inútil continuar interrogando. Como todos los hom¬ 
bres del pago llamados a declarar después del horror de aque¬ 
lla muerte. Chispa callaba con tenaz obstinación, haciendo im¬ 
posible descubrir la verdad a través de sus respuestas respe¬ 
tuosas, sí, pero invariables en el propósito de ocultar su íntimo 
pensamiento. 

Cuando le dejaron libre se levantó tranquilo, orgulloso de 
haber sido una vez más fiel a su caudillo. 

No quedaba otra esperanza sino volver a interrogar a Don 
Teodoro; Ricardo y el comisario resolvieron hacerlo nueva¬ 
mente. 

Por detrás de la reja lo vieron avanzar seguido del po¬ 
licía que lo guardaba. 

Traía el sombrero en la mano, dejando ver la cabeza en¬ 
canecida volteada sobre el pecho. Caídos los brazos; el andar 
vacilante como si llevara sobre los hombros un peso más duro 
que sus fuerzas para resistirlo. Apenas levantó los ojos cuando 
ios de la reja se quitaron el sombrero saludándolo. Tanto como 
él tardó en doblar la esquina del edificio, se alargó el silencio 
con que todos lo miraron pasar. 

Acaso por primera vez en su vida Don Teodoro lograba 
con su presencia detener así la charla de los amigos. No que¬ 
daba en ningún labio, ni la lejana huella de la sonrisa de 
burla con que le oían sus cuentos de finados y la historia de 
las ovejitas. El, de suyo tan locuaz hasta volverse pueril, pa¬ 
saba con el dolorido silencio de su alma entre aquellos que 
durante tantos años le oyeron, humilde, distraerlos bajo la 
culata de su carreta o los arcos de la reja con sus relatos emo¬ 
cionados. Y al verlo, enmudecieron todos los labios. 

En los ojos de unos estaba asomando la ternura; en otros 
el asombro y la admiración. Le vieron las primaveras -y los 


267 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


inviernos, cruzar su vida a lo largo de los caminos, simple y 
humilde. Toda su historia iba allí con él: las yuntas de sus 
bueyes; el canto de los ejes de su carreta, imperturbable y 
monótono como su vida misma. Dormía bajo los cielos abier¬ 
tos; los viajeros conocieron todas las horas de sus días en¬ 
contrándolo en la cumbre o en el valle, agujereando los cielos 
con el clavo de la picana; con un estilo en los labios, bajo el 
que se iba durmiendo el caballo; o dramatizando las noches, 
con el ojo encendido de su fogón. Cargaba en un poblado la 
carreta para vaciarla en otro; así su alma se llenaba en un 
pago con una historia para dejarla en la reja de la pulpería 
lejana. 

Nada en ella quedaba. 

Después, los trabajos de sus días podían leerse, idénticos, 
en las oscuras líneas de los surcos que él grababa sobre la cu¬ 
chilla de su casa, o en la estampa siempre agrandada de sus 
arboledas. 

De pronto se han callado todos los labios, y nadie puede 
ver lo que hay detrás de sus ojos. 

Y el pago, que le miraba con un desprecio suavizado de 
piedad por su mansedumbre, se ha reunido para defenderlo y 
le mira de nuevo, queriendo oir su silencio. 

Azotado por la injusticia, vencida su terca voluntad de 
ser manso, un inesperado viento de tragedia sacudió sus días, 
y ellos lo sienten dignificado a sus ojos. 

Así entró, tambaleante, empequeñecido de temor, en el 
despacho de Ricardo. 

No había terminado de sentarse, cuando el febril movi¬ 
miento de sus labios se detuvo de súbito mientras las palabras 
del comisario sonaron, ásperas, entre las paredes. 

—¡ Sentate y contestá!.. . 

Las palabras del policía se atropellaban, imperiosas y ul¬ 
trajantes en sus labios; llenaban el ambiente y golpeaban sobre 
Don Teodoro que sólo acertó a mirarlo con una larga mirada, 
como dos brazos tendidos en ademán de súplica, hasta caerse 
sobre la mano del juez que iba escribiendo las breves res¬ 
puestas. 

Encorvada la espalda; caídos los brazos, Don Teodoro 


268 






















JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


apenas mueve levemente la cabera y pronuncia ahogadas pa¬ 
labras entre su barba blanca, mientras el comisario le acosa con 
el gesto, la voz y las manos. 

De pronto, arrebatado de ira ante la inalterable manse¬ 
dumbre del preso, le oprime violentamente un hombro; sacú¬ 
delo, y grita: 

—¡Confesa tu crimen! 

Don Teodoro es una cosa inerte que parece va a caerse 
de la silla, frente a la mirada de piedad de Ricardo. 

Una, dos, incontables veces, el pensamiento del comisario 
ha recorrido el camino desde Meló a la casa del carrero, en 
cuya cuchilla hallaron muerto al procurador. Y hurga, tenaz, 
implacable, en cada palabra de Don Teodoro, como si sobre 
el camino anduviera rastreando en el bajo, en la llanura, en 
la barranca, bajo los árboles, la huella ensangrentada de quien 
él cree el asesino. 

Pero todo es inútil. 

Sólo consigue ir hundiendo cada vez más los hombros, en¬ 
corvando la espalda, apagando la voz quebrada por el llanto 
apenas contenido, del carrero. 

Por fin, rendido al cansancio físico, el comisario se deja 
caer sobre su silla y dice a Ricardo: 

—Está bien, señor juez; no pregunto más. ¿Usté crée que 
no ha sido este picaro? 

—Todos lo niegan. Carreras; y nada prueba que haya 
sido él. 

—Está bien; por mí que quede libre. 

—Vaya, Don Teodoro. 

Dijo con no disimulada ternura, Ricardo. 

Pero Don Teodoro parecía no haber oído aquel diálogo 
ni las últimas palabras de Ricardo; recogido el rostro en las 
manos por entre cuyos dedos desparramábase la blanca barba, 
lloraba silenciosamente. 


El ambiente de la cena ha sido de un molesto silencio en 
el que sólo sonaron las palabras precisas de Maruja, hacien¬ 
do los honores de su casa al huésped, con no disimulado acento 


270 



CRONICA DE LA REJA 


de piedad. La humildad de Don Teodoro se ha hecho pesada 
de tal modo, que parece hundirle los hombros, voltear la mi¬ 
rada sobre los reflejos de los platos, y apagar la voz con que 
agradece a cada instante las pequeñas atenciones que se le dis¬ 
pensan al servirle. 

Ricardo ha intentado al principio una conversación des¬ 
preocupada para alejar el pensamiento de las ideas que a uno 
y otro agitaron durante todo el día. Pero ni Don Teodoro ha 
podido hacer otra cosa que responder con monosílabos, ni él 
mismo ha hallado el tema que aligere el ambiente de lo que 
los tres están pensando. 

Han terminado por parecer profundamente ocupados en 
la función mecánica de la cena, recogidos cada uno en sí mismo. 

Sólo la mujer que sirve la mesa, tiene el gesto aten¬ 
to; a espaldas de Maruja, brilla en sus ojos toda la ágil cu¬ 
riosidad de su pensamiento. Le mira las manos bondadosas 
endurecidas por la picana; brillar la luz de la lámpara sobre 
la extendida melena; los párpados caídos por el cansancio de 
encerrar tantos largos caminos y los hirientes reflejos de la 
escarcha enmarcada en los surcos; y observa tercamente, como 
si temiera perder el instante fugaz en que brillará, sobre la 
figura vencida de Don Teodoro, el resplandor del odio con que 
mató al procurador en el camino. Desespera a instantes, y en¬ 
tonces fija los ojos en el rostro severo de Ricardo. Acaso 
ahora, en la intimidad de la cena, exija el juez la revelación 
de la verdad; y así sabrá ella cómo fué el momento en la cu¬ 
chilla solitaria que todo el pago sospecha y aprueba. 

Inútiles esperanzas; sólo se dicen palabras indiferentes 
las almas cansadas. Y así por toda la cena, hasta que los 
hombres se van hacia la pulpería desde cuyo despacho se sien¬ 
te a poco llegar el eco de la lenta conversación. 

Están sentados junto a la esquina del mostrador; entre 
ellos la caldera del mate. 

Don Teodoro ha tomado el yesquero de Ricardo y le da 
vueltas entre su manos. El juez ha apoyado el mentón en la 
mano izquierda con firmeza, tal como si tuviera cogido allí el 
pensamiento que llena sus ojos y pone un surco en la frente. 
La mano derecha pasea arbitrariamente un lápiz sobre un pa- 


271 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


peí. Las intrincadas líneas que en él traza se diría un gráfíco 
del estado de su alma. Un trecho sigue recta, la línea como si 
conociera su cercano fin; pero de pronto se corta, vuelve so¬ 
bre sí misma; describe confusos círculos concéntricos; busca un 
extremo del papel para elevarse decidida, recta, al fin encon¬ 
trada. Pero vuelve a cortarse, girar sobre sí misma, y per¬ 
derse en círculos confusos. 

Apenas se miran los dos hombres; pero saben que los une 
un mismo pensamiento. 

De pronto Ricardo levanta los ojos hacia el anciano. El 
yesquero sigue dando vueltas entre sus dedos; a veces se es¬ 
capa y queda brillando su metal sobre el mostrador. Pero otra 
vez lo levanta, y lo oprime; lo palpan los dedos temblorosos; 
buscan sus aristas; ciñen sus extremos; y así, girando, gol¬ 
peándolo, guardándolo en la cerrada mano, Don Teodoro más 
parece luchar que jugar con la pequeña pieza, como si quisiera 
reducirla a polvo o encontrar su forma definitiva. 

—¿No duerme, Don Teodoro? 

—No podería, Don Ricardo. 

Volvieron los ojos a entornarse; lenta, caprichosamente, 
volvió el lápiz a rayar sobre el papel; nerviosos, los dedos con¬ 
tinuaron haciendo girar el yesquero. 

Durante largo rato el mate fué de uno a otro, como la 
única palabra cordial que entre ellos se cruzaba. 

Afuera, en la noche, el canto de un grillo era una heroica 
tenacidad por no ahogarse en el silencio. 

Ricardo volvió a hablar: 

—Duro, este oficio de juez. 

—Dura la vida, Don Ricardo. 

—Es verdad. 

—Sólo Don Zenón, ¡pobrecito!, jué como quiso. Güeno 
era él y ansina lo recebieron los paisanos. Igual de joven, de 
viejito, y llegó a la muerte, manso y resignao en un mesmo 
destino. 

—En cambio Vd. ha debido sufrir estos días y sobre todo 
esta tarde con el interrogatorio de Carreras. Pero el hombre 
es así, ya lo conoce Vd. Y después, frente a un crimen como 
ése que ha llenado de espanto al pueblo de Meló y tiene de 


272 



CRONICA DE LA REJA 


un lado al otro a los policías, se explica la impaciencia del co¬ 
misario. 

—Sí señor, es razón. 

El lápiz se clavó en un punto; el yesquero se quedó apre¬ 
sado entre los dedos. 

Ricardo continuó hablando: 

—Sólo el pago pudo salvarlo, Don Teodoro; todas las cir¬ 
cunstancias lo acusaban de un modo indudable. Ese cuchillo 
suyo manchado; su encierro en el rancho sin hablar con nadie; 
la pereza después de ese día en un hombre como Vd., capaz 
de esperar la luna llena para volver al trabajo; el silencio del 
niño. .. Pero el pago entero ha venido a testificar que lo vió 
a Vd. en el camino de la Azotea a la hora del crimen, y éso 
lo ha salvado. 

—¿De modo que áura estoy libre? 

—Para mí, sí; pero es preciso seguir buscando al asesino. 
Los paisanos aprueban la muerte; lo juzgan una venganza de 
los hombres sencillos y sin defensa en la ley, contra un picaro 
capaz de burlarlos y despojarlos, como hizo con Vd., escon¬ 
dido en la ley. Crean o no que haya sido Vd. el matador, con¬ 
sideran justa la muerte. 

—Ellos me vieron crecer entre el pampero de los caminos; 
trabajando en verano, trabajando en invierno; trabajando de 
gurí, trabajando de viejo. Y un día, porque no tuve tiempo, 
ocupao en cruzar el páis cargando la picana, de aprender a es- 
crebir, me confío a un picaro y toda mi vida de trabajo y la 
de mi padre, el campito, los árboles, el rancho, se me pierden 
entre unos papeles. ¡Todo por uno no saber escrebir! Es tris¬ 
te, Don Ricardo. 

¿Sería entonces él? 

Los ojos severos del juez buscaron la respuesta en los del 
anciano; pero los pesados párpados volvieron a caer, y la mano 
temblorosa se extendió esperando el mate. 

—Es triste, sí; pero nunca sería justo matar, ni aún por 
éso, a un hombre. Sobre todo, a lo que nunca se tiene derecho, 
es a asesinar. 

—¿ Asesinar ? 

—Sí señor. Tal como se encontró el cuerpo, lejos la pis- 


19 


273 



JUSTINO ZAVALA MÜNI2 


tola, encogido, acribillado a puñaladas, es clarísimo que ese 
hombre ha sido asesinado bárbaramente. Cuarenta heridas se 
le contaron en el cuerpo. Bastaba una sola de las muchas pu¬ 
ñaladas que tenía, para dejarlo muerto. ¿Por qué, entonces, lo 
siguió martirizando? Por el gusto nomás. Ese hombre es un 
animal cruel, capaz de asesinar así a su mujer y a los hijos. 
Por éso, y a pesar de todo, yo no creí cuando me lo dijeron, 
que fuese Vd. 

—¿Lo hubiera matao con una sola, Don Ricardo? 

—Es seguro que lo ha muerto desde las primeras. Tenía 
una herida en el vientre, por la cual el cuchillo ha pasado em¬ 
pujado con una violencia bárbara; entró en un costado y salió 
en el otro. Sobre el corazón se abrían cuatro bocas rojas; tron¬ 
chados los dedos de la mano derecha; en el cuello, sobre la 
nuca, le ha clavado el puñal y, sin sacarlo, hundiéndolo más, 
se lo corrió por la espalda hasta chocar con las costillas. El 
infeliz estaría ya caído arrodillado, colgándole los brazos, do¬ 
blada la cabeza; y el criminal lo ha tomado del cuello del saco, 
lo ha arrastrado sobre los pastos en donde quedó una huella 
de sangre, y lo ha levantado para seguirlo acuchillando. 

Las palabras del juez eran ardientes, como su mirada fija 
en el interlocutor. 

Al oir la descripción que de las heridas hacía Ricardo, 
Don Teodoro comenzó a erguir el busto, hasta volverlo rígido; 
una luz tímida parecía encenderse detrás del rostro; brillaban 
los ojos, fijos en un punto más arriba de la cabeza del otro; 
en los labios temblaba una palabra dolorosa. 

Ricardo continuó describiendo el cuerpo mutilado del pro¬ 
curador ; 

—Cuando lo vi así, encogido, tirado sobre el camino, no 
pude creer que fuera Vd., un hombre bueno, capaz de matar 
con esa saña. 

Pero Don Teodoro ya no lo oía. Abrió los brazos como 
si rechazara algo que le quemaba, hasta cerrárselos, los párpa¬ 
dos, y con la voz de un ahogado grito, dijo: 

—¡Juí yo, Don Ricardo, juí yo! 

Algo se quebró dentro de su cuerpo; lloraron los ojos. Y 
las manos, el rostro, el busto todo, cayó sobre la mesa como 


274 



CRONICA DE LA RÉJA 

una cosa inerte y así quedó, humillada bajo la viva luz de la 
lámpara, la cabeza encanecida. 

El juez se acercó al anciano, sosteniéndole los hombros 
volteados por el dolor. 

—¿Cómo pudo ser Vd., Don Teodoro? 

Las palabras fueron como agua fresca sobre el fuego de 
su alma. Desde un rincón de la memoria surgió un recuerdo 
perdido en los largos años de su vida de carrero, que le hizo le¬ 
vantar los brazos hasta la cintura del juez y recoger la cabeza 
tímida, como en la falda de la madre la guardaba en los días 
de la infancia. La escondida semilla que las madres pusieron 
en el corazón de los hombres, inadvertida entre los espinosos 
caminos de la vida, florecía entonces en ternura, en la mano 
de Ricardo y en la cabeza blanca doblada bajo la piadosa 
caricia. Y sin pensarlo, las almas se distraen en un sueño le¬ 
jano, más allá de la memoria de sus años; en una mañana sin 
hombres, sin dinero, sin ambición y sin lucha; todo el mundo 
encerrado entre dos brazos por cuyo seno corre, lenta, el agua 
clara de la voz materna. 

Cuando volvieron de él, los corazones estaban tranquilos 
y pudieron hablar. 

—^Yo venía, sí, por el camino de la cuchilla.—Comenzó 
con llorosa voz su confesión el carrero.—Dende que mi mu¬ 
chacho me dijo en la fonda lo acontecido en mi casa, no me 
había podido hacer a la idea de que juese verdad. ¡Tantos 
años, Don Ricardo, entristeciendo la vida en el apuro de tra¬ 
bajar, y en un redepente, ansina, todo ya no era mío! No 
sentía rabia ni coraje; venía como atontao; en la mansedum¬ 
bre del trabajo yo no había sabido nunca levantarle la voz a 
un hombre, menos la mano. Ansina venía pensando en un des¬ 
varío, sin ninguna idea fija pa quedarme en ella cuando, el 
sol ya crecido, avisté al hombre coronando el alto adonde lo 
encontraron. 

—¿Cómo, entonces, pelearon? 

—Yo creo que jué él el primero. Se largó del carricoche 
con la pistola en la mano; como si juera por mandato de 
otro, yo me tiré del mío, sin pensar, con la pistola pronta. 
Nos foguiamos primero de lejos y nos erramo. El segundo 


275 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de él me zumbó en la cara y el mío le pegó en la pierna. Yo 
lo vide correr pal bajo y con miedo de que se escapase mandé 
al muchacho a atajarlo. Soy viejo y no lo alcanzaría con 
mis piernas. El muchacho lo atropelló con el caballo, y lo dió 
contra el suelo de una pechada. 

—¿Por qué no lo dejó? 

—No sé, Don Ricardo, no sé. ¿Cuándo había sacao el cu¬ 
chillo? ¿Cuánto caminé pa llegármele? Estaba como ido, en¬ 
tonces. Y lo agarré con una mano, como usté dice y con la 
otra empecé a pegarle. 

—Pero Don Teodoro: ¿cómo pudo herirlo de esa mane¬ 
ra bárbara? 

—Sí, es razón; jué mucho, demasiao. Aura que usté me 
contó como eran, ricién las veo y pienso que jué mucho; pero 
entonces, sólo mi acuerdo que él me decía al principio: ¡No 
me mate, Don Teodoro, no me mate!.. . 

Cuando lo oí y pensé que por aquel mal hombre yo es¬ 
taba convirtiéndome en asesino; cuando me hizo ver mis se¬ 
senta años de trabajo, de miserias, de bondá, hundiéndose 
ansina en un momento en el crimen, jué entonces que la ra¬ 
bia y la desesperación me cegaron los ojos y comencé a pe¬ 
garle sin mirar, sin contar. Yo era güeno, dende chico, toda 
la vida; y por él la única virtú mía estaba perdida pa siem¬ 
pre. ¡Asesino, asesino!; me gritaban su boca, la mirada de 
sus ojos. Y mientras tuvo juerza pa hablarme o luz pa mi¬ 
rarme, mi rabia crecía y pegaba sin contarlas, sin medirlas. 
Pal fin sentí que ya no era más que un bulto que se me aflo¬ 
jaba y cáia de las manos; no miraba ni hablaba. Y lo solté. 

—Pero Don Teodoro: ¿Vd. no lo veía ya muerto, y que 
cada puñalada suya sería un año más de cárcel para Vd? 

—No señor. Yo no véia nada, no pensaba nada... Aura 
compriendo, sí señor; jué una barbaridá, un crimen, como usté 
dice. Los paisanos no tienen razón. 

Pero yo venía por el camino recordando a mis árboles; 
de chico me castigaba mi padre por cualisquier zoncera; de 
grande me agaché siempre aunque llevase razón. 

Crucé mi carreta por todo el páis y naides pudo hacerme 
enojar; juí a la guerra y sólo de lejos vide los entreveros. 


276 



CRONICA DE LA REJA 


Quería quedarme en un lugar, levantar mi casa, tener hijos; 
y ansina, aunque me juese en la muerte, quedarme fijo en 
la mesa de mis hijos y a la sombra de mis árboles. Y en un 
redepente, un poco antes de la muerte, se le aparece a uno 
un demonio de éstos salido quién sabe de adonde, y le hace 
sentir que todo jué al cuete. 

Sí señor; es un crimen, como usté dice. Pero yo no pen¬ 
saba en la cárcel, ni en nada. Aquello que tenía entre las 
manos—¡estaba loco, Don Ricardo!—era como toda mi vida 
de trabajos. Una cosa ansina como mis esperanzas; y al sen¬ 
tirlo pedirme que no lo matara, yo las apuñaleaba más, ciego 
de rabia por haberme engañao tantos años con aquellas zon¬ 
ceras. 

El Maldito tenía razón: ¿Pa qué trabajar? Si hasta la 
única virtú de ser manso, se me escapaba en una hora. 

—Pero cuénteme cómo pudo empezar a matarlo. ¿El se 
defendía, hablaban algo? 

—Yo ni sé, Don Ricardo. Yo no peliaba como un gua¬ 
po, tranquilo; era un disgraciao cayendo en el crimen. Mi 
acuerdo que ricién cuando iba llegando a mi casa comprendí 
todo. Andando entre los árboles me parecía de pronto que 
iba a encontrar cáido entre los yuyos, muerto, al otro Teo¬ 
doro, el carrero manso. Aura nunca podería volver a ser aquel 
infeliz, trabajador y humilde. Entonces cuando cayó la po- 
¡ecía, ricién pensé en la cárcel. Me la merezco Don Ricardo; 
pero le pido que no me mande encerrar. Tengo miedo, un 
miedo de maula, no a la infamia de estar preso, pues me lo 
merecí; pero soy viejo ya; me duelen las piernas del reuma¬ 
tismo; de noche siendo áhogos y tengo que abrir la puerta pa 
tomar aire; sufro de frío, y ya casi ni sé valerme. Si señor, 
una miseria; pero es ansina. Dispués de lo acontecido, ésto es 
lo de menos. ¿Usté no halla? Y, sin embargo, yo tengo mie¬ 
do de esos dolores que cualisquiera otro en mi caso, despre¬ 
ciaría. Miserias de la vejez... 

Por la conciencia de Ricardo pasaban las ideas, galope 
desatado de baguales, llenando de resonantes ecos las curvas 
de la frente; unos apagando a los otros, siempre renovados 
sin poder precisar ninguno de ellos. 


277 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


¿Lo dejaría en libertad? ¿Pagaría en cambio, la espon¬ 
tánea confesión de un alma colmada, enviándolo preso a Meló? 

En-un alto del camino volvía a ver el cuerpo del pro¬ 
curador, enrojecido con la sangre de sus cuarenta heridas. La 
presencia de aquel cuerpo, la exterioridad de los hechos, de¬ 
nunciaban un verdadero crimen. 

Pero, ¿y esta alma abatida que está a su lado, quién pue¬ 
de medirla? 

El mismo Don Teodoro no sabe decir lo que pasó por 
él. No tuvo tiempo, en el vértigo de la desesperación, de mi¬ 
rar lo que estaba pasando por su conciencia. Y si lo vió, no 
tiene palabras, en su lenguaje de toda una vida de manse¬ 
dumbre, para explicar las fuerzas desatadas del odio. No re¬ 
cuerda los hechos físicos; inútil preguntarle para precisar los 
detalles de la lucha. Sólo recuerda el fuego de su pensamien¬ 
to encendido por las palabras de súplica del otro. Y ahora 
no sabe sino que está allí, caídos los brazos, más tristes que 
nunca la mirada y la voz. 

Desde el pueblo llega el eco del horror producido por la 
muerte; pero en el pago se apaga y su contenido moral se 
transforma. Allá esperan a un criminal; y él les enviaría, para 
que lo condenasen, a este anciano vencido, roto el corazón 
por el desengaño. La moral del pago, austera y trágica, de 
la cual creía haberse librado con su vida humilde, lo empujó 
a dar muerte a otro hombre. Y ahora no será ella quien juz¬ 
gue si él llega a la cárcel, sino los hombres ciudadanos que 
no la sienten ni comprenden. 

No puede con él ejercitarse la sencilla y buena justicia 
aplicada a Patricio entre el comentario risueño de todos. Aho¬ 
ra debe adoptar una posición dramática, cualquiera sea su vo¬ 
luntad de prenderlo o libertarlo. 

¡Cómo se arrepiente de haber cedido al empeño de to¬ 
dos y haber agitado los tranquilos días de pulpero adminis¬ 
trando justicia! 

El no podrá, como otros jueces, aplicar la ley como fue¬ 
ra de ella, sin sentir la emoción del castigo. Alma de una des¬ 
pierta sinceridad consigo misma, se siente responsable de la 
ley y sus consecuencias, tal como si al aplicarla, la justificara 


278 



CRONICA DE LA REJA 


y recrease. Y la ley de los hombres es clara, precisa; tiene el 
sentido aritmético de sus libros de pulpero; en ella se pesan 
las cantidades de culpa, infaliblemente, para las que hay un 
precio. 

Frente a Don Teodoro el juez se siente colocado en un 
punto de angustia, límite invisible pero cierto, entre la llanu¬ 
ra de la justicia de los hombres que pretende tener todas las 
medidas de las almas, y el abismo en que se hundió el terror 
del carrero al sentir perdida la virtud de su vida. 

Los hombres de la ciudad han de condenarlo; los del 
campo, todos, lo han absuelto. 

¿Quién llena esa distancia entre las dos justicias? 

Ricardo la mira con religiosa incertidumbre en el espíritu. 

Don Teodoro repite en alta voz sus propios pensamien¬ 
tos: 

—Hubiera sido mejor, no apartarme nunca de los ca¬ 
minos llevando mi carreta. Cuando uno crée ser dueño de la 
tierra, acontece que se ha vuelto su esclavo. Pa mejorarla y 
agrandarla, vive uno en afanes, olvidao de los amigos, de 
las ruedas de la reja; de que más allá de nuestras cuchillas, 
hay paisanos con quienes encontrarse en una carrera o en un 
baile... Claudio Corro tiene razón: galopiando siempre, un 
día sobre un bagual ajeno, que arrocinao larga al campo pa 
montar otro; no lo ata ninguna cuchilla ni bajo. No tiene un 
pedazo de tierra, y por eso es dueño de los horizontes. ¿Usté 
no halla, Don Ricardo? 

Pero el juez no había podido detener ninguna palabra, 
de réplica ni consuelo, en el tumulto que la presencia del ca¬ 
rrero entonces provocaba en él. 

Sí, él anduvo caminando siempre por la llanura de la 
vida, envuelto en las sombras de su destino que no lo dejaron 
ver, hasta que caía rodando, el pozo de crimen donde se hundió. 

Don Teodoro ya vive en la muerte. Nacieron las espe¬ 
ranzas; los afanes de todos sus años las fueron realizando; la 
casa levantada, los árboles crecidos, la huerta florecida; gran¬ 
des las majadas, blancas nubes de mediodía caídas en las la¬ 
deras. El entre su familia, realizado en cada hijo, en cada 
árbol. 


279 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Y de pronto, nada. Sólo puede mirarlo desde el camino, 
y todo sigue allí, fuera de su apretada mano, imposible para 
su esfuerzo. 

Crecerán los yuyos en los patios, ahogarán a los árboles; 
quebrará el viento a la casa; la miseria dispersará a los hijos 
por los galpones; y él no podrá llegar a sostenerlos. 

Ahora, en la ancianidad dolorida de mezquinos dolores, 
después de las duras luchas, ve perdida toda la cosecha de sus 
años. Quedará solo sobre las cuchillas del pago, ombú desnu¬ 
do quemado por los rayos, levantando los brazos grises hacia 
los cielos inclementes. 

Ya en él todo se cumplió. 

¿Qué esperanza o alegría podrá colmar el pozo de deso¬ 
lación en que ha caído su alma? ¿Cuál prisión más dura que 
la de su angustia inacabable? 

Ricardo no duda ya. 

El canto de un gallo despertó al silencio. 

—Debe ser la madrugada. Ahí tiene su cama, Don Teo¬ 
doro. Buenas noches. 

—Muchas gracias; güeñas noches.—Dijo el anciano, in¬ 
corporándose. 

Y el juez se alejó abriendo las sombras del despacho con 
la luz de un fósforo, pensando en la libertad de Don Teodoro 
que ya sólo le serviría para volver de nuevo a los caminos, 
agobiados los hombros por la picana, pesada en la vejez, lle¬ 
vando de un pago a otro la vieja carreta, cargada ahora con 
la piedad de los hombres. 


De pié junto a la cama, Ricardo siente aligerarse por un 
instante a su espíritu de los pesados pensamientos en presen¬ 
cia del sueño virgen de su hijo. Pero ya acostado, los párpados 
le pesan y en la frente ha reaparecido la duda ahuyentando al 
sueño. 

Sobre el alto del camino vuelve a ver el cuerpo encogido 
del procurador, despojos tirados que mueven su piedad. Cerca 
suyo duerme quien lo ultimó. ¿El lo dejará libre, y creerá como 
todo el pago que la justicia está cumplida? ¿No será su fallo 
un inconfesado acatamiento al fallo de todos? 


280 



CRONICA DE LA REJA 


Su memoria revisa los años: 

La despreocupada alegría con que vió salir el sol la ma¬ 
ñana primera en que bajó el postigo de la reja, se ha perdido 
en él para siempre. La serena paz del rostro de Don Zenón 
también se ha ido, dejándole un asombro en la conciencia y 
como disperso el significado de los hombres y las cosas, unidos 
por tantos años en el consejo de la bondadosa experiencia del 
anciano. En los primeros días creyó que sólo formarían su 
espíritu los trabajos de su oficio de pulpero, separado de los 
gauchos por los barrotes de la reja. 

Toda la historia suya, gris y sin relieve, podría leerse en 
la líneas de sus libros de pulpero; cada capítulo se cerraba en 
la raya roja de un balance; allí quedaban las alegrías y los 
afanes de quien no quiso ser otra cosa sino un hombre hu¬ 
milde, alegre en el honrado trabajar, recogiendo entre la amis¬ 
tad de todos, los dineros despreciados por la sobriedad de los 
otros. 

Más allá del mostrador comenzaba la vida dramática, co¬ 
mo un espectáculo para su espíritu formado por las nociones 
morales aprendidas en el colegio del pueblo y en las continuas 
lecturas de sus noches alargadas de la Azotea. 

Entre él y los gauchos había al principio profundas dife¬ 
rencias de lenguaje, de vestidos y sentimientos. Así sería por 
siempre. 

Y no obstante, al cabo de los años él se ve, como ellos, 
justificando la muerte del procurador. 

No han sido grandes sus luchas en un fácil negocio sin 
competencia; ningún desengaño en el trato con los hombres; 
no ha sido sino feliz en su esperanza amorosa realizada en 
el hijo; nada de cuanto le ha ocurrido y pueda contarse, ha 
podido ponerle la oscura gravedad que domina sus días. El 
campo es luminoso, aún bajo los pesados cielos de tormenta. 

Pero así como el sol del verano y el frío del invierno bo¬ 
rraron la palidez ciudadana de su rostro, así el fuego de las 
vidas entre las cuales ha estado la suya, quemó en él para siem¬ 
pre la alegría de la juventud. 

Ahora comprende el lenguaje de los gauchos cuyas pala¬ 
bras han ido, escondido río, volcando sobre su alma las aguas 


281 



JUSTINO ZAVALA MUNJZ 


de su tristeza. ¿De dónde les viene ésta? ¿Qué dolor de siglos 
ha cansado los corazones en los cuerpos ágiles? 

Sobrios, tienen en el carácter la austeridad del paisaje de 
inmensos horizontes sin diversiones de cambiantes sierras, so¬ 
noros ríos o tiernas arboledas escondidas. Por los ojos se les 
ha volcado en el alma el silencio de los grandes cielos. 

El amor, la amistad, hasta el juego, tienen en ellos la gra¬ 
vedad de un rito de una religión cuya expresión nadie ha en¬ 
contrado ni pronunciado. Su alegría sabe a algo extraño y 
agrio; luz de relámpago guiando a la tormenta. La música re¬ 
gocijada de la milonga, acompaña a la décima narrando un 
entrevero. 

Sobre la superficie del alma de Ricardo, se proyectaron 
aquellas vidas manchándola al fin con la huella de su tristeza. 

La imagen del cuerpo ensangrentado del procurador, se¬ 
guía delante de sus ojos... 

Sin embargo, contra la opinión de todos, él dispuso la 
libertad de los acusados por Paja Brava como causantes del 
daño de su hija. Pero entonces él sabía la verdad; sólo le fué 
preciso valor para hacerla prevalecer. Don Teodoro está aún 
bajo su techo; puede levantarse y reducirlo a prisión, a pesar 
de todos, como juzgó antes a la pareja infeliz. 

Pero en este juicio, ¿cuál es la verdad? ¿La vida perdida 
del procurador, o la de Don Teodoro por aquél arrebatada? 

Y agitado por la duda, vencido de sueño, se durmió. 

A la mañana siguiente, ya el sol muy alto, volvió a en¬ 
contrar a Don Teodoro junto a la reja. 

—Se le jueron las horas, Don Ricardo. 

—Es verdad. Creí que Vd. ya no estaba. 

—No señor, no quise dirme sin darle la mano. 

Todo lo demás fueron palabras pueriles ocultando los gra¬ 
ves pensamientos que uno advertía en el otro, hasta que se 
separaron. 

Por el camino, bajo los eucaliptus, en la mañana resonan¬ 
te, Don Teodoro se fué con el cansado tranco de carrero. 

Junto a la reja, Ricardo escribe su renuncia de juez.^ 


282 



CAPÍTULO XXII 


• ERÁ el rumor de un sueño todavía no desvanecido ? 
H Incorporado en el lecho, mientras mira entrar por las 
rendijas los temblorosos hilos de luz, Ricardo atiende 
con aguzado oído queriendo distinguir entre la sinfonía de can¬ 
tos que el amanecer ha despertado en la quinta, los imprecisos 
sonidos que el día mueve en el campo. 

Junto a la reja, apagando el canto de los gallos, se elevó 
un relincho y desde el silencio extendido en el camino, lo asal¬ 
taron los ladridos de los perros. Con nerviosos gritos cruzaron 
sobre la Azotea dos teru-terus y en la ladera cercana levanta¬ 
ron a la majada que ahuyentó su sueño en largos balidos. ¿De 
ella venía el sordo rumor que se multiplicaba entre los cerrados 
muros del jardín, o de más lejos, de la cuchilla en donde vol¬ 
vió a levantarse el júbilo del relincho? Maruja se incorporó 
en el lecho, y mientras arreglaba con el lento ademán del sueño 
los cabellos, esparcidos sobre los hombros, dijo: 

—¿Es muy tarde ya? 

—Viene amaneciendo. 

—¿Qué habrá hecho madrugar así a los pájaros y la ma¬ 
jada? Se siente el silbido de un carrero. 

—Parece el trote de una caballada; oye sus relinchos. 

Sobre las voces del día vibró, alargada y alegre, la voz 
de un clarín, y como hostigados por ella, más alto los pájaros 
y los gallos cantaron; como tronchados ecos, repitieron el can¬ 
to en las lomas los teru-terus. 

—¿Oíste, Ricardo? ¿Quiénes serán? 

—Suben ya la cuchilla; ese caballo disparó desde los pa¬ 
raísos de la reja. 

Entre las cerradas paredes; bajo los arcos; sobre el ca¬ 
mino, sonaba entonces claro el trote de una tropilla avanzando 


283 



JUSTINO' ZAVALA MUNIZ 


bajo la voz de los hombres que se gritaban palabras alegres, 
o extendían hasta las cabezas de los caballos la rienda de un 
alargado silbido. 

¿Era acaso un regimiento que iba pasando, o eran sus 
paisanos levantados en guerra? 

Mientras se vestía presuroso para ir hasta el despacho de 
la pulpería, recordaba los gestos de los amigos, sus palabras, 
las extrañas compras, y creía advertir en ellos los signos de 
esta marcha que ya iban haciendo en el amanecer. 

¿Por qué la guerra? Ningún hecho político ni aspiración 
tronchada la habían vuelto necesaria. No había sido hasta en¬ 
tonces más que un rumor de pampero pasando por el monte 
lejano. 

Cuando bajó el postigo de la reja, desde la claridad tem¬ 
blorosa lo saludó una voz cordial: 

—Lo hemos hecho madrugar, pulpero; mas no quisimos 
dimos sin darle la mano. 

—Vamo a ver, Don Ricardo, una copa de caña pa ento¬ 
nar el coraje en esta güelta. 

Entre la luz ceniza de la cerrazón, eran livianas las for¬ 
mas de los gauchos envueltos en los ponchos de verano, como 
si flotaran en el aire de gasa que envolvía las copas de los 
eucaliptus y sostenía los horizontes sobre los hilos del alam¬ 
brado, paralelos caminos por donde corrían las finas luces del 
amanecer. 

Bajábanse junto a la reja; rodeaban la casa; sonaban sus 
nazarenas sobre la acera enlosada, cuando Ricardo abrió la 
puerta del camino junto a la cual halló extendida la mano 
de Bernabé cuyo caballo exhalaba por las anchas narices pe¬ 
queñas nubecillas de cerrazón. 

—Nos vamos, Ricardo. 

—¿A la guerra? 

—Pues claro. Vinimos a comprarte algunas cosas y a darte 
la mano. 

Ricardo había creído que la guerra no sería ya más en 
los campos del pago, otra cosa que el tema de las décimas y 
de las reuniones en la pulpería. Recuerdo romántico avivando 
las palabras de los viejos; vida cumplida en el caudillo; temor 


284 



CRONICA DE LA REJA 


desvanecido por los alambrados tendidos sobre las cuchillas, 
lijando el esfuerzo de los hombres en los límites de la exten¬ 
sión cercada. La guerra sucediéndose con la regularidad de 
los veranos, florecida de heroísmos que los inviernos de los 
desengaños agostaron sin germinar en un solo fruto duradero, 
parecía haber desaparecido para siempre de las almas de los 
hombres cuyos ojos podían ver, en el tránsito breve de cada 
día, cómo cambiaban las costumbres y hasta el paisaje donde 
el arado rompía de continuo la virginidad del verde de sus lo¬ 
mas. ¿Quién pensaba en ella.^ ¿Dónde su signo visible? 

La esperanza de los hombres, se alargaba, como la suya 
misma, en los días del tranquilo trabajar. 

Y ahora, de pronto, resuenan las palabras de los amigos 
reunidos frente a su casa, los relinchos de los caballos; ha so¬ 
nado el clarín; con las divisas, círculos de cerrazón, ciñen los 
sombreros; bajo los ponchos suenan los sables; y el sol nacido 
se aviva en las puntas de las tacuaras. 

A la puerta de su casa él lo está viendo todo y, sin em¬ 
bargo, su ánimo está alegre; no tiene ninguna duda en la fren¬ 
te, porque la sola presencia de ellos todo lo explica, y él lo 
comprende y los mira como si ya los esperara. 

Apenas era un adolescente cuando llegó a la Azotea; no 
conoció su juventud otra cosa que su tenaz voluntad sostenida 
por la esperanza que comienza a realizarse en la prosperidad de 
su casa. Tantos años, toda su vida, buscando afanosamente ser 
el dueño de los objetos que se apilan a su espalda en los es¬ 
tantes. Y de pronto, desde la oscuridad de su sueño, ha sentido 
la voz del clarín lejano; se ha sentado a oir el canto de los 
pájaros en la quinta; la alegría de los relinchos; desañarse los 
gallos en los patios. Como todas las mañanas de su vida en la 
Azotea, ha bajado el postigo de la reja esperando la llegada 
de sus paisanos para continuar entre la charla tranquila, el 
monótono negocio. Pero entonces, no llegaron, uno, después los 
otros; están todos reunidos, con una extraña alegría le piden 
la copa de ginebra, el par de botas; un trozo de género para la 
divisa. Todo de una vez, precipitadamente, sin manear los ca¬ 
ballos. Tienen una jubilosa prisa para irse, por los caminos 
sin huellas de la aventura; alegres como nunca. 


285 



JUSTINO ZAVÁLA MUNÍZ 

Todo ha pasado antes de que la brisa termine de recoger 
las nubes de la cerrazón que aún flota en las cañadas y brilla 
en las barbas de los viejos. Y él está alegre como ellos, mien¬ 
tras les habla y les alcanza cuanto le piden. 

Sólo dos veces, desde que habitaba entre ellos, había visto 
a los hombres del pago así reunidos; la pasión del juego halló 
mensajeros que recorrieron el pago llamándolos para reunirse 
bajo las enramadas, una tarde, cuando las carreras; y vol¬ 
vieron a perderse en sus soledades. Hasta que el dolor espoleó 
de nuevo a los caballos, y los trajo para guiarlos al tranco 
por el camino detrás del carrito en que llevaban a Don Zenón. 

Pero entonces, una y otra vez, faltaban muchos; ahora 
ninguno. La alegría de la guerra llegó a todos los palenques, 
inquietó todos los ranchos cuyos viejos baúles devolvieron de 
su seno revuelto las guardadas divisas, y encendió, de todos, 
los fogones bajo los mimbres de Laguna del Negro. 

—¿El Coronel no viene? 

—Se jué a las carreras del Río Negro.—Adelanta su res¬ 
puesta Quiroga desde su caballo detenido entre los de Centu¬ 
rión y Rivero, en el camino donde simulan, los tres erguidos 
bustos sobre los cuellos arqueados de los fletes, un friso sobre 
el horizonte. 

Ricardo no comprende aún. 

—¿Por qué se ha ido a unas carreras? 

—Pues está claro—responde Bernabé—. En las carreras 
se largan los caballos o las guerras. 

—¿Vd. también. Comandante González, se va? 

—Ansina es, amigo Ricardo; menos mal que tuve tiempo 
pa ver esta última. 

—¿ Cuánto le debo, pulpero, por esta carona ? 

—No es nada. Chingólo; llévela de recuerdo. 

—Gracias, Don. 

—Le recomiendo que vigile a Patricio, no sea que aura 
le atropelle la mujer de Más o Meno, aprovechando que el 
hombre nos acompaña. 

Resonaron las risas frente a la reja en donde El Macho 
hablaba: 


286 



CRONICA DE LA REJA 


—Yo voy a ver si me encuentro con Carreras en algún 
entrevero. Como el hombre me anda campiando... 

Fijos los ojos en la lejanía; como caído sobre el recado, 
pasó Paja Brava, enhiesta la lanza, y sin hablar a nadie se 
alejó hacia la ladera desde donde llamaban a los guerreros 
los inquietos relinchos de los caballos. 

La melena dorada por el sol, Peñaflor se acercó a la reja: 

—Don Ricardo; ¿quiere venderme un juego de cuerdas 
pa mi guitarra? 

Cuando se las alcanzaba, Ricardo dijo: 

—Creí que Vd. sólo era cantor. 

—Pa eso voy, Don; a alegrarles los campamentos a los 
amigos. Dispués, que siempre carece ver lo que se canta. 

—¿Por qué es la guerra?—preguntó al Comandante Yá- 
ñez que hablaba, ceñudo, con Candinio Viraré. 

—Y yo qué sé, mozo. ¡Perrerías del gobierno, de juro! 
Nos calienta, y nos alzamos. 

—Pero el Coronel ha de saber la causa. 

—Tal vez, nomás. 

Iba el sol amaneciendo sobre la curva del Cerro Largo 
y multiplicándose en los pastos mojados de rocío; sobre las 
voces de los hombres que continuaban llegando junto a la reja, 
bajo los paraísos, resonaba la alegría de los caballos en con¬ 
tinuos relinchos. 

Por la loma que cierra el paisaje hacia el este, pasó Cu¬ 
chilla Grande alargando su sombra por la ladera, montado en 
un manso caballo; pedazos de luz llevaba junto al rostro, entre 
las manos sosteniendo el clarín con el que se iba su espíritu 
jugando en los aires de una diana. 

Sobre el mostrador se confunden frenos, cinchas, espue¬ 
las, géneros extendidos, que las manos nerviosas de los paisa¬ 
nos han ido quitando de los estantes, mientras Ricardo atiende 
a los que en la reja quieren tomar la copa de despedida. El 
pulpero ve así desordenar su negocio, y ninguna inquietud tur¬ 
ba la extraña fruición con que él mismo desorganiza aquello 
que es el trabajo de tantos años suyos. 

¿Quiere así, frente a los amigos que se van, disculpar su 
egoísmo al quedarse sin correr los riesgos de la guerra?.¿O 


287 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


es que esa despreocupada generosidad con que va a perder el 
fruto de tantos afanes, es la forma de su heroísmo? 

La alegría de los otros le envuelve y priva de todo pen¬ 
samiento, cuando Bernabé, volviendo de las piezas interiores 
donde ha ido a abrazar a Maruja, le estrecha rudamente la 
mano: 

—Hasta la güelta, cuñao, 

—Buena suerte, Bernabé. 

La voz de Antolín gritó frente a la puerta: 

—jA caballo! 

—Hasta la vista, pulpero. 

—Pa usté voy a componer una décima del primer entre¬ 
vero.—Se despide Peñaflor. 

—Amigo Ricardo, siento que le vaya a faltar su compa¬ 
ñero de truco; pero el Coronel de juro se aburría de tanto 
correr sólo animales y se ha soltao a arriar salvajes por el 
páis. 

—Hasta la vuelta Comandante González. 

Ya trotaba al frente de los suyos Fermín Yáñez, cuando 
saludó a Ricardo: 

—Hasta luego. 

Alineados de a cuatro, sobre los caballos nerviosos, co¬ 
menzaron a pasar y despedirse los hombres todos del pago, 
rumbo al Fray le Muerto. 

Subían en sonoro tropel los sillares de rosadas piedras de 
la cuchilla de la estancia del Níspero, precedidos por la nube 
de polvo que levantaba la inquieta caballada abriendo la mar¬ 
cha, cuando el Tuerto Narzo cruzó al galope frente a la pul¬ 
pería. Ricardo le gritó con la risa en la voz: 

—¿Vos también, Narzo? 

—Más seguro si anda en la guerra... 

Y el golpear de los cascos de su caballo, apagó el final de 
la despedida. 


Desde la última cumbre antes de descender a la llanura 
del bañado del Tacuarí, Ricardo vuelve sus ojos hacia la Azotea. 
Detrás de los eucaliptus ha caído el sol ahogado por alar- 


288 



CRONICA DÉ LA RÉJA 


gadas nubes rojas; su hogar es una pequeña altura azul entre 
los árboles que agujerean el horizonte. Como su poncho de 
verano aplastado en los hombros y en el anca del caballo, le 
ciñe el cielo de grandes franjas rosadas. 

Tensa la rienda, el Charrúa aspira sonoramente la hume¬ 
dad del aire que la brisa trae desde el bañado; silencio en las 
casas distantes; silencio en el cercano monte; absorto silencio 
en la llanura en donde se está acostando la tarde, mientras 
corre, callado, el río como una culebra de plata. 

Por fin ya está Ricardo sobre su caballo en el campo abier¬ 
to, buscando las huellas de los paisanos. En su casa estará 
Maruja mirando caer la tarde sobre el camino por donde nadie 
pasa; a sus pies, el niño se dará tumbos jugando con la lana 
del cojinillo que le sirve de alfombra. 

Desde la mañana en que los hombres del pago marcharon 
a la guerra, todo ha pasado para Ricardo como un día dilatado 
de aburrimiento y oscura congoja. Se perdió la alegre voz de 
Felipe gritando a los rocines de su jardinera llegando a la 
Azotea; no se oyó ya más el silbido de los carreros sobre el 
canto de los ejes de las carretas; desierta la reja a la que 
por las mañanas sólo los muchachos llegaban a hacer las com¬ 
pras y contar asombrados los ruidos que en los patios de sus 
casas oyeron en las noches solitarias. Patricio era el único que 
aún llegaba todas las tardes; pero en vez de pulsar la guitarra 
y entonar .su décima de Jauricaragua, se daba a inventar his¬ 
torias de matreros misteriosos y crueles, poblando los montes 
del Tacuarí y asaltando a las mujeres. 

A veces, arriando sus escasos caballos, llegaba un gaucho 
desconocido. Desmontábase en la reja a apurar unas ginebras; 
confirmaba su rumbo; pedía noticias del Coronel Ramírez, y 
volvía a partir. 

A la hora del almuerzo; en los atardeceres mientras sor¬ 
bían el mate; tendidos en el lecho, entre Ricardo y Maruja 
siempre estaba el silencio de espera de un diálogo que ninguno 
de los dos quería iniciar. Ella, que sólo había dicho amar en 
él la bondad y delicadeza de su alma, ahora cuando su padre, 
sus hermanos, el pago todo se había ido a la guerra, sentía 
nacer en su espíritu el orgullo de la raza avergonzándola de 


289 


19 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


su marido, el único que en la reja había quedado acompañán¬ 
dose del maula de Patricio. 

Bien lo advertía Ricardo agobiado de pena. 

¿Pero por qué habría él también de formar en aquellos 
escuadrones, que a esas horas correrían de uno a otro hori¬ 
zonte, ofreciéndose a la muerte sólo porque los chasques del 
caudillo los habían despertado en los ranchos o encontrado en 
los caminos? 

El tenía su idea directriz: hacer su vida, simple y honra¬ 
da. Por ella sujetó los impulsos de su juventud y permaneció 
allí, perdido en el campo, veinte años de duros trabajos. Su 
conciencia estaba tranquila quedándose. Pero de pronto, mi¬ 
rando los lentos atardeceres, una oscura vergüenza anudaba su 
garganta. 

Y así esa tarde, sin arreos de guerra, abrazó a Maruja, 
besó al niño y montó en el Charrúa, alejándose por el campo 
callado. 

Por la ladera en cuya cumbre se halla, Ricardo siente su¬ 
bir el trote de unos caballos. Bien pronto asoma un gaucho 
de divisa blanca en el sombrero. 

—Ya créia no alcanzarlo, Don Ricardo. Y me quedaba 
sin jefe. 

Decía Claudio Corro, alegres como su caballo, el gesto 
y la voz. 

—Creí que Ud. no iría, Claudio. 

—¿Y cómo nó Don Ricardo? ¿Vamos diendo? En el Rin¬ 
cón de los Matreros están acampaos los hombres. 

Las sombras de los jinetes se alargaban por la llanura del 
bañado, hostigando a los baguales del domador que iban, dis¬ 
traídos y dispersos, iniciando el grupo, mientras los hombres 
hablaban. 

—Yo sí créia que usté no nos acompañara en esta ocasión. 
Un hombre de su oficio... 

—Sin embargo, ya vé; también voy marchando. 

Como si se respondiera a un íntimo pensamiento, Claudio 
comentó: 

—Claro,.. aunque juese un pulpero, es criollo de nues¬ 
tra laya. 


290 



CRONICA DE LA REJA 


—¿Y a Vd. dónde lo encontró la guerra? 

—Yo andaba pal Brasil arrocinando estos bagualitos; en 
una pulpería me encontré con unos emigraos que me anoticia¬ 
ron del barullo. Eché mis baguales por delante, y me largué 
buscando el rumbo del Coronel Ramírez. 

—¿Pero por allá se sabe la causa de esta guerra? 

—Saber, mesmo, yo carculo que no. Pa mí la cosa jué 
anoticiarme que el Coronel había alzao el poncho. Y pa algo 
están los caudillos; ¿usté no halla? Vamo a tener agua. 

—No me parece; el sol se entró entre nubarrones rojos 
como anunciando seca. 

—Está de tormenta, Don Ricardo; oiga cómo se entiende 
clarito el grito del tres-pó. 

Lejos, se encendió un fogón y su viva luz, como un lucero, 
se extendió desde la distancia hasta el bañado. 

Claudio lo advirtió y dijo; 

—Allá está la división, jConfiaos los hombres! 

—Están en sus pagos. 

—No crea; con ese diablo de Sangre de Toro siempre 
es güeno estar alvertido. 

—A la reja llegó un paisano diciendo que ya había rum¬ 
beado hacia Treinta y Tres. 

—Pueda ser. .. 

Un momento se distrajeron los baguales refrescándose en 
el agua clara del Paso del Sauce, hasta que el silbido del do¬ 
mador, como un látigo, les hizo alzar la cabeza y subir galo¬ 
pando las oscurecidas barrancas. 

A su izquierda los dos viajeros vieron un jinete que subía 
la loma próxima azuzando la desordenada carrera de un re¬ 
domón. Claudio se sonrió y dijo: 

—¿No lo conoce, Don Ricardo? 

—Ya está muy oscuro. 

—Pa mí que es Pedro el Malevo, por el costumbre de 
galopiar a estas horas sus animales. 

Por el silencio del campo se extendían los gritos del jinete 
corriendo hacia el horizonte sostenido en la loma; así coronó 
la cumbre y sobre ella, dió un salto el caballo y se cayó en el 
cielo. 


291 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


—Cuidao con las zanjas entre los pajonales. Güen lugar 
eligió el Mayor Bernabé pa esperar al Coronel. 

—¿Vd. es baqueano en la entrada? 

—Sí señor; he lidiao algunas ocasiones en este rincón. 

Iban entre dos filas de árboles casi perdidos en los pa¬ 
jonales orillando la curva del Tacuarí, allí ensanchado en una 
laguna bordeada de altas barrancas, cuando una voz los detuvo: 

—¡ Hagan alto! 

—¡Caramba, amigo Cuchilla, ¿ya no reconocés, en el sus¬ 
to, a los amigos? 

Contestó Claudio a la sombra de un jinete que cerraba 
la entrada al Rincón de los Matreros. 


292 



CAPÍTULO XXIII 


E scondido por el círculo arbolado que forman el río 
Tacuarí y el arroyo de Medina; ocultas las huellas en 
los altos pajonales; erizado de talas al cerrarse en la 
llanura, el Rincón de los Matreros sirve de huraño campamento 
a los hombres del pago en espera del Coronel Ramírez, 

Dos días después de la llegada de Ricardo, Bernabé ha 
anunciado que antes de irse la noche, el caudillo estará entre 
ellos. Por eso, aunque ya es pasada la hora de la cena, los 
fogones aún permanecen encendidos animando fantasmagóri¬ 
cos reflejos en las copas de los arrayanes y los chalchales que 
cubren el espacio rodeado por las pajas bravas, o estiran su 
luz en la laguna del Tacuarí, sobre cuya barranca se mueven las 
calladas sombras de los hombres que atienden, en actitud de 
acecho, los reflejos de las boyas de lata sobre las aguas. 

En el centro de la colina que el Rincón cierra, bajo la pe¬ 
sada bóveda de un grupo de talas cuyos troncos aviva la luz 
y quiebran las sombras, sentados sobre los cojinillos, los capi¬ 
tanes rodean a Bernabé a cuya espalda se alarga en lentos mo¬ 
vimientos sobre las pajas, la sombra del cuerpo de Más o Me¬ 
no, cebando el mate. 

El hijo de Ramírez tiene el sombrero puesto sobre los ojos; 
y así, más fuertes parecen las líneas del rostro que la luz de 
un trasfoguero destaca. Frente a él, el Comandante González 
escucha sin mirar la lenta palabra del Capitán Calandria. El 
poncho de verano que cubre el cuerpo de Fermín Yáñez, forma, 
por la luz y la brisa, pliegues continuos y cambiantes sobre el 
pecho del guerrero entretenido en golpearse las botas con el 
rebenque. 


293 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Candinio Viraré mira con sus ojos torcidos al narrador, 
por breves instantes, tenazmente, tal como si quisiera ver su 
pensamiento más allá de las palabras, y luego, sin transición, 
tuerce el gesto hacia el fogón próximo en donde resuenan con¬ 
tinuas carcajadas. 

El Capitán Calandria, de ojos ingenuos brillando sobre la 
blanca barba, narra viejos episodios guerreros. A intervalos la 
voz de un borracho que se ha caído en las pajas cercanas, 
apaga la voz cansada del narrador. 

El cuerpo de Más o Meno se abate y se yergue sobre el 
fogón, como un péndulo silencioso y lento. 

Algo distante, Ricardo mira los trozos de cielo reflejarse 
en la laguna ahogada de camalotes, y escucha la charla: 

—Sí señor; aquella ocasión conocí de cerca lo fiero que 
es un di junto de esos. 

Aconteció que nosotros íbamos adelantaos al Coronel, como 
una legua, lo menos, cuando llegamos a la estancia, como les 
venía contando. Había comenzao a cáir una garúa juerte que 
daban ganas de allegarse a los galpones a secar un poco los 
ponchos; pero los salvajes iban de a pie y el Coronel nos había 
encomendao pisarles los garrones. Con que cuando yo alvertí la 
estancia, me aparté de los muchachos y rumbié derecho adonde 
había un paisano, casi en la playa del corral, cueriando una 
ovejita. 

—¿Lidiando bajo la lluvia, tan cerca de las casas? 

—Eso mesmo me pregunté yo cuando lo vide. Comandante 
González. Con que me arrimé y le pregunté por el rumbo de 
los salvajes. El hombre estaba de sombrero puesto, y no se le 
notaba la güella de la divisa. 

—Alguno medio ido; siempre hay en los galpones aleyaos 
de esos que no sirven pa otra cosa. 

—Mesmo, Pero el hombre no parecía zonzo, ansina; dió el 
rumbo, la cantidá, el estao de las caballadas; todo con certeza. 
Ansina prosiamos un rato, hasta que, cuando ya daba yo de 
rienda al caballo, alvertí un poncho tirao en una cueva de toro. 
Me di güelta pa preguntarle de quién sería, y noté que al hom¬ 
bre le temblaba la boca al contestarme. Entonce le arrimé el 


294 



CRONICA DE LA REJA 


caballo y lo mandé enderezarse. El se paró con el sombrero 
en la mano y antes de que sintiera, le manotié los pelos y le 
pegué un hachazo en el pescuezo. Jué rápido, ¿sabe? Dió el 
cuerpo un corcovo y agarró rumbo a la cueva de toro... colijo 
que a buscar el poncho... 

Bajo la bóveda de los talas resonó la carcajada de los cau¬ 
dillos ahogando las palabras de Calandria, hasta que otra vez 
recobrada la atención, éste continuó, risueño: 

—Cuando miré la cabeza, un pedazo de cuero del pescuezo 
se le había subido a la boca, y los ojos me bombiaban asom¬ 
braos de lo acontecido. La bajé dispacito... 

—¿Pa no lastimarla? 

—Sí señor, es ansina... 

Y otra vez la risa no dejó entender las últimas palabras. 

Distraídos en ella no advirtieron los caudillos cuando Ri¬ 
cardo se puso de pie y se alejó, acongojado, del grupo. 

Se dió a caminar por entre los árboles cuidando de no 
pisar a los que, apoyados los bastos del recado en las altas raí¬ 
ces, dormían sobre las caronas. 

Por debajo de las charlas de los fogones, oía el murmullo 
de los caballos pastando en los maneadores. Así anduvo hasta 
encontrar la salida del Rincón; buscaba el campo abierto para 
aligerar a su alma, bajo el cielo sereno, de la sensación de 
angustia que el relato de Calandria había puesto en él. 

En un claro abierto entre las pajas brillaba la bayeta de un 
poncho con colores de sangre, a la luz de un fogón. Una voz 
lo llamó: 

—¿No quiere un mate, Don Ricardo? 

Claudio Corro distraía*con sus cuentos de lejanos pagos, a 
la rueda en la cual se sentaban el Macho, Juan, Chingólo y el 
Tuerto Narzo. 

Cuando Ricardo se acercó, el último le preguntó con jac¬ 
tancia : 

—¿ Cavilando? 

—No tengo sueño. 

A pocos pasos la luz de otro fogón deformaba los cuerpos 


295 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de Paja Brava y Cuchilla Grande, sentados uno frente al otro, 
callados, quietos, como si se hubieran apartado para oir el 
chillido de la caldera sobre las encendidas brasas. 

De pronto, los dos levantaron a un tiempo la cabeza y 
miraron hacia el pajonal; así estuvieron un instante atentos, 
y luego volvieron, sin hablarse, los ojos al fogón. 

—¿Quién se queja?—preguntó Ricardo. 

Narzo contestó: 

—El bombero ése que bollaron hoy. Claro que los mania- 
dores de las estacas nunca jueron cama muy blanda. 

Movido por la curiosidad, Ricardo se alejó del grupo, pasó 
junto a Paja Brava y Cuchilla Grande, y fué a buscar entre 
las pajas el sitio escondido desde donde se había alzado la voz 
de queja. 

Abiertos los brazos y las piernas; caída la cabeza, la pesada 
sombra de un hombre apenas se levantaba del suelo, sostenido 
violentamente por las estacas. 

Olvidado de la guerra; de los fogones, desde los cuales le 
llegaba el murmullo de las voces de sus amigos; no sintiendo 
más que la dolorida presencia de aquella sombra cuya fatigosa 
respiración parecía repetirse en las pajas estremecidas por la 
brisa, se arrodilló junto a la cabeza del prisionero y le preguntó 
con palabra ensordecida por la ternura: 

—¿ Sufre? 

Se detuvo la quejosa respiración, y los ojos de Ricardo 
sólo pudieron ver cómo el cielo estrellado iluminaba los ojos 
del otro, agrandados ix)r el dolor. 

La vergüenza por aquel suplicio y por su piedad, fué como 
una mano que puso de pie a Ricardo bruscamente; ahogó en 
su garganta las palabras y le empujó, tambaleante sobre el piso 
invisible, sin sentir el filo de las pajas que se prendían a sus 
bombachas; y le alejó hacia el río de cuyas orillas la brisa lle¬ 
vaba el perfume suave de las yerbas de pajarito en los sauces. 

Las breves escenas que han poblado sus horas de campa¬ 
mento, con su desnuda brutalidad, han borrado en él la imagen 
de los paisanos conocida en la reja. Los vé ahora distintos; 
animados los rostros y los relatos por una fuerza violenta y 


296 



CRONICA DE LA REJA 


desconocida en las reuniones de la Azotea; decididos y bárba¬ 
ros, olvidados de aquella sobria dignidad que tenían en los 
días de la paz. 

¿ Por qué así dejaron los tranquilos trabajos, los extendi¬ 
dos silencios bajo el ombú de los ranchos, las reuniones serenas 
de las rejas, para venir a reunirse en el seno del monte, orillan¬ 
do las caronas donde golpean las cartas de la baraja, tendidos 
bajo las carpas de mataojos, entre los relinchos de los caballos 
inquietos en las sogas? 

A ellos, al caudillo, a todos los paisanos a esas horas gua¬ 
recidos en los montes o cruzando los llanos, ¿quién los mueve 
a la guerra? Y cuando vuelva la paz, el luto sobre las calladas 
mujeres, ¿qué habrán conquistado? 

Volverán, tan pobres como siempre, luciendo un grado mi¬ 
litar que para nada sirve o acaso, la mayor honra, un apodo 
logrado en un entrevero. 

Bajo la copa de un mimbre, adelantado centinela del monte 
en la llanura, un nuevo grupo lo detuvo. 

El sargento Epifanio, sentado sobre los talones, tenía un 
trozo de viva luz en el pecho, mientras hablaba con palabra 
vivaz. Como una estrella de sombras rodeando el fogón vió 
Ricardo los cuerpos de Centurión, Rivero y Quiroga, tendidos 
de bruces sobre el recado, sostenida la cabeza entre las manos, 
estatuas yacentes bajo el hondo cielo, atentos a la charla ince¬ 
sante de Epifanio. 

—Aquí estamos, Don Ricardo, engañando la espera con 
cuentos alegres. Si quiere servirse, ricién lo ensillamos; sientesé. 

Dijo el gaucho extendiéndole el mate. 

—Gracias; estoy bien así. 

—Ta güeno... Risultó que pal final, dispués de mucho 
andar rondando, nos apalabramos con la moza y convinimos en 
que yo le pidiera posada esa noche a la vieja. Media arisca la 
china, me tendió un catre del otro lao del tabique que dividía el 
cuarto de ellas, del mío. Ni me acuerdo cuántos cigarros armé 
y concluí, esperando no sentir más a la vieja revolcarse en la 
cama; colijo que ya iríamos dentrando en la madrugada cuando 
le sentí los ronquidos. Entonce me subí a un cajón, pegué un 


297 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 

salto y quedé horquetao en el tirante que divide los cuartos, 
j Canejo, respiraba con tanta juerza que tenía miedo de desper¬ 
tar a la vieja; pa mí que estaba asustao. Pero ansina mesmo, 

me dejé cáir pal otro lao. 

La moza me había mostrao el rincón adonde estaba el 
catre de ella, y a lo gato comencé a rumbiar. Pa no cáirme y 
armar barullo andaba con los brazos extendidos, cuando en 
una toqué un bulto redondo y calentito. Paré las manos y es¬ 
peré un poco. ¡ Otra güelta me había dao por respirar con juer¬ 
za! Dispacito, como dormida, se movió la china en el catre y 
me quedaron las manos llenas del calor de las carnes; comencé 
a tantiarla di abajo a arriba, como pa reconocerla. Y la china, 
máistra, se loniiaba mimosa ofertándose. Agaché la cabeza pa 
decirle un cumplido y le recosté, suave, la barba en el lomo. 
Esperé un poco hasta que se me calmase aquella maldita res¬ 
piración apurada que me había dao. 

De pronto sentí que se daba güelta y reconocí la voz de la 
vieja que me decía, haciéndose la extrañada: 

—¿Qué andás haciendo Pifanio? 

¡Canejo; entoavía le tenía la barba contra el cuerpo y las 
manos agarrándola... 

—ansina, señora,—dije—como quiera que parezca, ando 
buscando una chalita pa armar un cigarro... 

—¿Y vos te has cráido, Pifanio, que son trojes mis 
nalgas ? 

—¿Y juíste, Pifanio?—Preguntó Rivero. 

—¡Qué había de juir! ¿Perder ansina una rilación? Di 
ahi vino, pues, que yo me avecindara en el pago. 

—¿Y la moza? 

—Eso se compuso otro día, a los tiempos, campo ajuera. 

Lejos rasgó el silencio de la llanura el grito asombrado de 
una lecliuza; le contestó un caballo desde la soga despertando a 
la pareja de teru-terus que pasó volando sobre el campamento. 

Los hombres quedaron un instante callados; al cabo co¬ 
mentó Centurión: 

—Capaz que ahi venga llegando el Coronel. 


298 



CRONICA DE LA REJA 


—Si no es algún zorrillo que ha salido con la luna—dijo 
Quiroga. 

El viento de la noche avanzada ya había apagado los fo¬ 
gones del campamento, y su murmullo entre los árboles aca¬ 
llado las voces de los hombres, cuando Ricardo llegó a tenderse 
en el recado junto al tronco de un arrayán. 

A su lado dormía inquieto Peñaflor; vencido de dolor, 
el prisionero dejaba escapar roncos quejidos a los que contes¬ 
taba con voces de insulto el borracho caído entre las pajas; más 
lejos, el sordo sonar de los caballos pastando en las sogas. 

En las más altas ramas del arrayán, Ricardo veía las flores 
de luz de las estrellas. 

¡Veinte años de duros trabajos, abandonados de pronto 
para estar tendido bajo los árboles, en el huraño rincón del 
monte, entre los hombres a quienes el campamento desnudaba 
las almas hasta mostrarlos con una grosera brutalidad! 

Más allá de la curva sobre la cual brillaba el lucero, esta¬ 
ban su casa, su mujer, su hijo; reunidos en los estantes y los 
libros, todos los días de su vida. 

¡Y Maruja, también ella, así lo había querido!... 

De pronto Peñaflor se incorporó sorprendido: 

—¿Sintió, Don Ricardo? 

—Parece la caballada disparando. 

Desde los talas sonó, enérgica, la voz de Bernabé: 

—¡Arriba todo el mundo! 

—¿Ordenamos con el clarín?—preguntó desde la sombra 
de un mimbre la voz del Comandante González. 

Más alto aún debió contestar Bernabé para que no apa¬ 
gasen a su voz el redoblado galope y los relinchos de la caba¬ 
llada disparando por la llanura: 

—Sí, ordene enfrenar. 

Bajo los árboles, sobre la pequeña colina, junto a las pajas, 
más lejos, sonaban sables, voces airadas, relinchos de caballos, 
cuando Peñaflor volvió con el suyo de la rienda y, presuroso, 
lo ofreció a Ricardo: 

—Monte amigo, monte y atropelle aquí derecho. 


299 



JUSTINO ZAFALA MUNIZ 


Desde la curva del monte se elevó la voz de un clarín, y 
otra le contestó en la llanura. 

—¿Pero no será el Coronel? 

—i Qué ha de ser, Don Ricardo! De juro que es Sangre 
de Toro I 

A su espalda, el golpe de unos cuerpos cayendo en la la¬ 
guna despertó a los pájaros. 

En la entrada del Rincón sonó un disparo. Pareció que 
del monte, del río, del campo abierto, mil ecos le contestaron. 

Por sobre el tumulto se alzó de nuevo al voz colérica de 
Bernabé: 

—j Ricardo! 

—¡ Aquí estoy! 

—¿A caballo? 

—Sí. 

—jAtropellá a mi lao! Franco Aguilar nos quiere em¬ 
bretar. 

Las imágenes perdidas en sombra se confundían en el pen¬ 
samiento de Ricardo, con las voces de los hombres, los relinchos 
lejanos de los caballos que huían, un trabucazo disparado desde 
la oscuridad espesa de los talas y el galope de los que llegaban, 
cuando vió que a sus costados se alineaban dos jinetes. 

—jAtropelle su caballo, derecho, rumbo al Sauce! 

-—¿Nos rodearon, Quiroga? 

—Sí señor. 

—Esta va a ser fiera—dijo la otra sombra. 

—¿Será Aguilar, Rivero? 

—¡De juro! 

Azuzados por las espuelas, los caballos resoplantes hun¬ 
dieron los cuerpos en el pajonal. 

Rivero y Quiroga se habían distanciado un trecho, cuando 
Ricardo sintió el sonido como de un cuero seco que golpearan 
a su lado. 

Torció el rostro hacia su izquierda inquiriendo la razón 
de aquel ruido. Le pareció que el caballo comenzaba a levan¬ 
tarse sobre las patas traseras; más alto aún; giró el cielo en 


300 



CRONICA DE LA REJA 


una fantástica rueda de luces sobre sus ojos; una llamarada le 
quemaba el rostro... Y cayó. 


Sobre la oscuridad de la pieza se abre una violenta herida 
de luz en la pequeña puerta por donde llega hasta los ojos 
entornados de Ricardo, la visión del claro día de verano que 
hay en el campo. 

—¿Se siente mejor? 

A su lado estaba un hombre pequeño, de ojitos vivaces. 

¿Quién era? ¿Dónde le había visto ya otra vez? El conoce 
esa voz, mezclada en un recuerdo que no puede precisar ahora 
al salir del sueño que aún voltea, desfallecidas y sudorosas, 
sus manos sobre la cama. 

—Agua. 

El mismo se ha sorprendido al sentir tan débil a su voz. 

El hombre pequeño se puso de pie, se apartó un instante, 
y volvió con un jarro colmado de agua; pero apenas le dió a 
beber unos sorbos. 

—Y, amigo... es ansina: hasta los hombres como usté 
tuercen su vida con estas cosas. Destino perro del páis, siem¬ 
pre cruzao por galopes de guerra. Ta bien nosotros... 

¿ Desde dónde le habla ? ¿ Está cerca, está lejos ? Las pala¬ 
bras le duelen en la frente. ¿Así lo habrá comprendido el hom¬ 
brecito, que ahora se para y va a recostarse al marco de la 
puerta echando su sombra a los pies de la cama ?... 

Se perdió el pensamiento del herido, mientras Franco 
Aguilar atiende con visible angustia a sus gestos. 

—Agua... 

El hombrecito no ha oído; envuelto en su poncho rojo, 
parece una llama que se aviva y se achica en la puerta... Sí, 
él es niño... ha saltado un muro en el pueblo. ¡ Qué suave aro¬ 
ma el de las violetas húmedas que está recogiendo de entre los 
hinojos para formar un ramo! La novia está en la plaza... 
Es ella quien ríe. ¡Cuánta agua en el pozo donde cantan ios 
sapos, florecen los camalotes I... j Cómo le duele el galope de 


301 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


esos caballos! Vienen de lejos, ¡tan lejos! Ese hombre está 
parado en la loma; conduce un arado; los caballos llegan ga¬ 
lopando ... arrollan al hombre,.. siguen galopando... se 
van... ¿hasta dónde?... 

La llama en la puerta se aviva, se alarga, se alarga... 

Se apagó. 

Franco Aguilar, humillada la cabeza, se quitó el sombrero. 



302 



Esta obra füé concebida y escrita 
EN Bañado de Medina.—Se imprimió 

EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE LA 

«Impresora Uruguaya» S. A., calle 
Cerrito esq. Juncal, Montevideo, en 
EL MES DE Noviembre de 1930. 

La ilustró 


CON GRABADOS EN MADERA 

Adolfo Pastor. 



EDICIONES DE TESEO 

JUSTINO ZAVALrA MUNIZ 

CRÓNICA DE MUNIZ. 

CRÓNICA DE UN CRIMEN. 

CRÓNICA DE LA REJA. 

EDUARDO DIESTE 

BUSCÓN.-Novela picaresca. 

LA ILUSIÓN.-Drama en un acto. 

LOS MÍSTICOS.—Drama en tres actos. 

EL VIEJO.—Drama en tres actos. 

TESEO.—Crítica de Arte. 

TESEO.—Crítica Literaria. 

BN PRBPARACIÓN 

FARSAS DE IGUAL.-Teatro. 

ENSAYO SOBRE POESÍA Y POETAS 
URUGUAYOS.-Crítica.